¡Feliz Navidad para todos!

Quien canta, dos veces reza.
Yo quiero hacer oración
y, para entrar en canción,
voy sirviendo una cerveza.

(Nadie por esto se asombre,
pues un trago generoso
alza el salmo jubiloso
porque el Verbo se hizo Hombre).

Hacia Belén -escuchad-
llegó la Vigen preñada
(esto es un cuento de hadas
y también es realidad).

Es el colmo del misterio
que el Niño que se hace caca
redima la carne flaca
del hombre en su cautiverio.

Quien canta, reza dos veces,
si es con guitarra cuatro
y, si hacemos un teatro,
se multiplican las preces.

Así que os invito a una birra
y os ofrezco mi canción.
Cantemos a coro este son
del oro, el incienso y la mirra.

Quien canta dos veces reza
¡nadie esté ya sin cerveza!



(Encontré estos versos en una servilleta de papel, encima de la mesa de un bar; estaba firmado como Juan Luis de Soria, qué cosas)

Superabundancia

He vuelta a mi casa de cuando era chico. La vida es así, con sus temas que van y vienen, como fuga de Bach (que no era un preso de Alaurín), dándonos sensación de regreso y a la vez de avance, de volver al mismo sitio siendo otros. Pensé que sería extraño reir de mayor donde lloré de niño, y viceversa. Hay algo en que no había pensado: mi vecina, la Manoli. De toda la vida, hemos crecido juntos mi hermano y yo con sus hijos, nos ha pedido sal, le dimos azucar, nos daba cariñosamente golpecitos en el tabique cuando ya era muy tarde para el jaleo y la guitarras. Y ahora vuelve a ser mi vecina, la Manoli, pero en vez de decirle a mi madre "se te está quemando" (la pizza), me lo dice a mí, o mi señora.
Cuando la Manoli me pide una zanahoria, es imposible que se lleve dos. Yo le pedí antesdeayer dos palillos de dientes (para un arreglo casero), y volví con la mano derecha repleta de palillos, y en la izquierda un palillero, también lleno. Lo cual fue una proeza de austeridad, pues se puso a fregar un ciervo de cerámica (otro palillero) cuando estaba a punto de salir para mi casa, a cuarenta centímetros de la suya.

La mirada angosta

Una vez me dijo Enrique García-Máiquez -a cuento de una discusión sobre Joaquín Sabina- que una obra de misericordia sería "aplaudir al que se lo merece". Lo he estado meditando, y no lo es; es una obra de estricta justicia. Es decir, por donde hay que empezar.

La obra de misericordia es disculpar, buscar las vueltas para encontrar una migaja elogiable. Y luego mirar por esa puerta angosta, voluntaria, parcial, caritativa; afilar la mirada, entornar los párpados para que sólo entre la luz buena, por menuda que sea, y pensar que de esa migaja saldrá, si Dios quiere -que quiere- la criatura entera y nueva del asombro futuro.

Boligrafos y Amor

Un amigo mío, que está estudiando oposiciones, tenía un bolígrafo. No un boli cualquiera, modelo Bic Mordisqueado, sino un Staedler (Estádler, se lee), con punta fina, que hacía las delicias del papel -pues el papel tiene su sensibilidad, como un político-. El caso es que mi amigo preparaba su examen de desarrollo (rollo rollo rollo) con este boli, y un mal día lo perdió. Su novia y él lo buscaron por todas las papelerías de Sevilla (esto se llama hipérbole, y sirve para dar una impresión exagerada, mientras queda claro que su sentido no es literal), y nada. Pero ayer por la tarde, cuando mi amigo estaba en la biblioteca, soportando el peso insomne del temario como Atlas el mundo, apareció su amada novia, sonriente, con una cajita. En la cajita, cuatro bolis Staedler, negro, azul, verde y rojo. Le había escrito a la directora de Staedler, a Barcelona, y ésta le envió los bolis. Solicitud se llama a este aspecto del amor, y brindo por ello, tan de mañana, como un buen trago para empezar el día.

Semillas de nieve


Cuando parece que nada nuevo va a ocurrir, que las cosas seguirán su inapelable cauce, y un minuto seguirá a otro como un preso a otro en una fila, ocurre algo. Ocurre la nieve en Cracovia, que ya siempre será un símbolo de lo que podemos esperar, el milagro blanco tras una noche densa. Pues nuestro Padre Celestial hace caer su nieve sobre buenos y malos, y yo me alegro mucho, pues no soy bueno. Y las piedras gritan su salmo de intemperie y musgo, desde la Catedral, cumpliendo la profecía, en lo más alto del Castillo. Y los ángeles cantan en una lengua ultrasónica, cifrada, girando, extremadamente leves y gozosos, en remolinos miniados, entre los finos copos que el viento esparce como semillas, tan fecunda es la nieve.

En busca del tiempo partido

Lunes es Sísifo. Martes es la roca que empieza a descender. Miércoles es Tomás Dídimo, que no se cree todavía que exista el Domingo. Jueves fue un hombre en una novela, y es una cálida, discreta víspera. Viernes es un recibidor, una antesala, un "qué más da, mañana fiesta". Con el espíritu del Viernes deberíamos vivir todo: metidos en los afanes del mundo, pero con la alegría de lo venidero viniendo, viniendo, casi en las manos, pero aún no. El sábado pasa sin relojes, como la dicha. El domingo tiene mala fama, el pobre; en él sentimos compilarse de nuevo toda esta jerarquía interior, y nuestras entrañas se resienten. Yo pondría siempre en la agenda un evento atractivo, una cita espléndida para el domingo por la noche. Así, a lo largo del día, cuando nos entristezcamos, podemos sentir: "pero luego viene, todavía, algo bueno". Y ya tenemos este sabor anticipado en la boca, para ir tirando, para condimentar lo presente.

Oración de la mañana. Tema: Guitarras y motos.



Nunca antes había montado en moto; muchas veces "de paquete", y ya me hizo notar Joaquín que, siempre que me subo, me pongo a cantar a gritos (o a gritar a cantos). Pero con esta motito nueva -escúter, vamos- me han tenido que decir qué botón pulsar, y cómo se frena; me lo explicó mi hermano, que de motitos sabe un montón, tras luengos años de roce y cariño con los 49 centímetros cúbicos. Después de un viajecito y medio de acojone -si esto fuera un poema en prosa, habría que decir "congoja"-, la rueda ha ido como la seda, pues riman, y he disfrutado del movimiento de autonomía e insolente levedad, de ser el primero en todos los semáforos, como revanchas tricolores a la vida (vaaale, esto es más de artículo de Máiquez). El aguafiestas que hay en mí -en mí hay de todo, no crean- me advierte que también disfruté mucho en los primeros tiempos de conducir el coche, y luego se pasa. Es igual, todo pasa, supongo.
Como el gusto por mi nueva guitarra, Telecaster americana -Corona California, con pastilla S. Duncan, en amarillo pálido con golpeador negro-, que mis bravos compañeros y amigos me han regalado hace dos semanas, por una especial celebración. Es la guitarra más maravillosa que existe, estoy todo el día tocándola y mirándome en el espejo con ella; no me siento en el váter con ella por miedo a tirar los cepillos de dientes de un mastilazo, y que mi mujer me riña con razón. Supongo, decía, como en el caso de la moto, del coche, de mil cosas, que esta emoción pasará. No importa. Hoy por hoy, son experiencias hermanas del júbilo, de la adoración, del agradacimiento. Pero con la vacuna que tiene esta prosa: soy consciente de su contingencia. Y no me importa. Aleluya al buen Dios de las guitarras y las motos, del entusiasmo y del gustito. Y que su Madre guapa, Virgen de la Lentitud y del Silencio, proteja mis huesos en la carretera.

Bola de cristal con nieve


Como me dijo Luscinda hace poco: Cracovia es una ciudad metida en una bola de cristal con nieve. El castillo y la Catedral, sobre el Vístula, son de juguete; la Cueva del Dragón sirve para repetir dragoncitos que compran los turistas, pero así perdura la leyenda; la Lonja de los Paños ofrece de todo menos tela, figuritas de rabinos haciendo música (compramos cuatro), iconos, matriuskas; la iglesia de Santa María con sus torres paralelas y diferentes, y el interior de ese especial "gótico tapizado". Por la plaza pasan grupos de siete u ocho frailes jóvenes con abrigos modernos, bajo los que asoman los hábitos. La plaza se puede recorrer de café en café, de vino en vino, cada interior más cálido y de madera y hogareño que el otro. Todo parece diseñado para una hermosa Navidad de frío y ponche, para un cuento de papel de plata y abrigo viejo de piel del armario inagotable de casa de la abuela.

Salga el sol por Antequera

"La toma de Antequera en 1410 por el infante don Fernando, apodado desde entonces “el de Antequera”, marca uno de los sucesos más sonados de la reconquista. Cuenta la leyenda que, hallándose el infante indeciso sobre qué objetivo atacar, se le presentó una joven resplandeciente rodeada de leones que le espetó: "Manaña, salga el sol por Antequera y que sea lo que Dios quiera". Cuando la ciudad sitiada se le rindió, sus habitantes emigraron a la capital nazarita para formar el barrio de la Antequeruela..." De aquí viene el dicho.

Ante la indecisión, a veces, lo mejor es decirse "Que salga el sol por Antequera". Hemos comprobado que la ansiedad expectante se calma con la acción. El problema es que no tenemos certezas, apariciones, "una joven resplandeciente rodeada de leones". Pero el Señor Bueno elogia al que, sin tenerla, vive (que se lo digan a Tomás Dídimo). La Fe ocupa el lugar de la joven, el resplandor y los leones;

LLAMO AL TORO DE ESPAÑA

Alza, toro de España: levántate, despierta.
Despiértate del todo, toro de negra espuma,
que respiras la luz y rezumas la sombra,
y concentras los mares bajo tu piel cerrada.

Despiértate.

Despiértate del todo, que te veo dormido,
un pedazo del pecho y otro de la cabeza:
que aún no te has despertado como despierta un toro
cuando se le acomete con traiciones lobunas.

Levántate.

Resopla tu poder, despliega tu esqueleto,
enarbola tu frente con las rotundas hachas,
con las dos herramientas de asustar a los astros,
de amenazar al cielo con astas de tragedia.

Esgrímete.

Toro en la primavera más toro que otras veces,
en España más toro, toro, que en otras partes.
Más cálido que nunca, más volcánico, toro,
que irradias, que iluminas al fuego, yérguete.

Desencadénate.

Desencadena el raudo corazón que te orienta
por las plazas de España, sobre su astral arena.
A desollarte vivo vienen lobos y águilas
que han envidiado siempre tu hermosura de pueblo.

Yérguete.

No te van a castrar: no dejarás que llegue
hasta tus atributos de varón abundante
esa mano felina que pretende arrancártelos
de cuajo, impunemente: pataléalos, toro.

Víbrate.

No te van a absorber la sangre de riqueza,
no te arrebatarán los ojos minerales.
La piel donde recoge resplandor el lucero
no arrancarán del toro de torrencial mercurio.

Revuélvete.

Es como si quisieran arrancar la piel al sol,
al torrente la espuma con uña y picotazo.
No te van a castrar, poder tan masculino
que fecundas la piedra; no te van a castrar.

Truénate.

No retrocede el toro: no da un paso hacia atrás
si no es para escarbar sangre y furia en la arena,
unir todas sus fuerzas, y desde las pezuñas
abalanzarse luego con decisión de rayo.

Abalánzate.

Gran toro que en el bronce y en la piedra has mamado,
y en el granito fiero paciste la fiereza:
revuélvete en el alma de todos los que han visto
la luz primera en esta península ultrajada.

Revuélvete.

Partido en dos pedazos, este toro de siglos,
este toro que dentro de nosotros habita:
partido en dos mitades, con una mataría
y con la otra mitad moriría luchando.

Atorbellínate.

De la airada cabeza que fortalece el mundo,
del cuello como un bloque de titanes en marcha,
brotará la victoria como un ancho bramido
que hará sangrar al mármol y sonar a la arena.

Sálvate.

Despierta, toro: esgrime, desencadena, víbrate.
Levanta, toro: truena, toro, abalánzate.
Atorbellínate, toro: revuélvete.
Sálvate, denso toro de emoción y de España.

Sálvate.

(Miguel Hernández)

El Lector

Hermosísima entrada de Enrique Baltanás. Me recuerda la visión tan particular que Hopkins tenía de la individualidad de cada ser: como el sabor de una fruta, irrepetible, que sólo los labios de Cristo conocen. Muy consolador, si se caen las escamas de nuestros ojos, las vanidades del mundo, y de nuestro mundo interior.

Dos ideas de Lewis

Lewis dice que sentimos más lo que nos separa de los animales, paradójicamente, en los más parecidos, como los simios. Como "sólo les falta hablar", ese "sólo" está terriblemente presente, inquieta, nos interroga.

..........

Lewis apuntaba algo al respecto de "lo artístico" en la Revelación. Como, cosa que aprendió de Tolkien, "los mitos son la Verdad dicha a través de la plata", cuando la Verdad está más cerca de los humano, se va despojando de su Gloria. Esto es la Encarnación. (Balthasar habla de la "Kenosis", el vaciamiento, el ocultamiento de la divinidad, que tendría su culmen en Getsemaní). Por eso Lewis ve coherente que el Evangelio sea tan pedestre y prosaico, y los mitos griegos, nórdicos o escandinavos tan "poéticos". La Verdad pasó de ser un mito a ser un Hecho.

Black Douglas


"En Teba, provincia de Málaga, un monumento recuerda la gesta del
escocés Lord James Douglas –Black Douglas- con motivo de la toma de Teba en 1330. Por encargo del rey Robert the Bruce, marchó a Tierra Santa para depositar allí el corazón del rey fallecido. En el camino decidió unirse a Alfonso XI en su campaña contra Teba. Según el relato llevaba el corazón real en una caja de plata, colgada al cuello. En el momento crítico de la batalla, él y sus seguidores se vieron abandonados… entonces… arrojó el corazón de Bruce al punto más reñido de la pelea,exclamando: “¡Pasa primero en la lucha, como tenías por costumbre hacer, y Douglas te seguirá o morirá en la empresa!”, que es justo lo que hizo…”"

(Me econtré este texto cuando estaba inmerso en mi trabajo actual, redactando una guía cultural de viaje).

¿El cielo es un soborno?

Esto se preguntaba, en su retórica y atea juventud, nuestro querido C.S.Lewis. Hasta que aprendió, y -gratias- nos explicó, cómo si lo prometido tiene relación con la acción que causa la promesa, va desapareciendo la distancia entre ambos. Así, unirse a la amada no es un premio arbitrario por la proeza de conquistarla, como si nos regalasen un coche, sino su culminación, aquello que ya se pregustaba en el cortejo, y de lo que se quería más. Y aunque la pedagogía natural, innata, nos lleva a prometer premios -y castigos- a los niños, para enderezar su conducta, con el tiempo aprendemos que el objetivo es hacer las cosas por sí mismas. De hecho, como el dulce, o el juguete, es algo bueno para el niño, se le enseña dos cosas: primero, a fiarse del adulto, que le dice que aquello que debe hacer (la cama, los deberes...), a su extraña manera, es bueno. Y segundo, a que las acciones buenas tienen una recompensa. Traspasado a la apologética, continuaba, no es que se tenga un tipo de conducta para que nos premien con el Cielo, sino que se va teniendo un tipo de conducta porque una cierta visión, o anticipo, del Cielo ya está dentro de nosotros. El efecto inverso lo tiene muy claro la sabiduría popular: en el pecado lleva la penitencia, lo cual siempre, al final, es una gran verdad. Por eso los peores pecados son los que más hacen sufrir, los que menos gusto dan; los pecados más espirituales: soberbia, ira, egoísmo, desprecio, orgullo. En la lujuria, en la gula, en la vanidad, en la pereza, hay "más cielo", todo lo que tienen de placentero. Pero al final llevan también su penitencia, sólo que es menos directa, más tardía.
Y, con todo, es necesaria la Fe. Pues no siempre vemos la relación entre el acto y su fin. Aunque, me parece, deberíamos siempre intentar verla. A esto se le llama discernimiento, y para ello se pide Luz al Espíritu Santo. Por pedir que no quede.

Oi una voz en la duermevela...

Carpe Diem. Aprovecha, ahora que tienes tus amigos cerca. Llénate de sus voces, recréate en la conversación. Atesora el grano para el invierno duro, como sugería Rocío Arana (a sí misma) en un poema. Mira, piensa, haz música y compártela. No sabes si mañana estarás solo, sin tener con quien hablar de lo más íntimo; aunque ese mañana sea dentro de quince años. Entonces vivirás, en parte, de lo que hoy tienes. Y no desaproveches a los menos cercanos, cultiva su amistad, que también será valiosa. No caigas en el error de pensar que es corriente la amistad que disfrutas, porque es un impagable don. Cada minuto cuenta. Carpe Diem.

et in hora mortis nostrae



Las llaves que dio Jesús a Pedro son sacramentales: signos externos de lo invisible. Abren y cierran en el mundo, como representación misteriosa de lo que sólo Dios abre y cierra en el corazón. Para lo más importante, para el destino último, Dios deja la llave a cada hombre, libre de atar o desatar su propia salvación -aunque la llave la hace Dios-. Por eso Pedro representa, no sólo a Cristo ante el hombre, sino al hombre ante Cristo. Lo que el hombre ate en la tierra, quedará atado en el cielo.

El hombre vestido de blanco murió acompañado de millones de personas que le lloraban, agradecidos por su vida de entrega y su mensaje de esperanza. El hombre que está a su lado (queriendo mostrarle la hora del mundo) morirá después de que millones de personas hayan deseado su muerte. Esta diferencia, que me hizo notar el otro día Joaquín, no puede ser sino un aldabonazo para nosotros los mediocres. "¿Qué quieres que te haga?", oímos decir al Maestro, detrás de este telón de tiempo y prisa. Esa es la pregunta decisiva, y aún más decisiva es la respuesta.

Retorno a Brideshead

“He estado antes aquí”, aparte de una frase que, sin duda, se dijo Edipo, sería el lema de todo hombre cuando contempla la Hermosura; Ratzinger habla de la memoria de Dios dormida dentro de cada uno. Todo -buen- poema sería como ese segundo que media entre “He estado antes aquí”, y el momento en que, definitivamente, no recordamos cuándo.

Hopper, Carver. Soledad y silencio.


Para mi Hopper es a la pintura lo que Raymond Carver al relato. Sus cuadros, sus relatos, muestran la inmensa orfandad del mundo civilizado, la atmosfera de un silencio casi aplastante, en el que ese casi es el espacio decisivo de la libertad, de la respiración. Estrecho pero necesario, vital; sus silencios gritan. Y alguien los escucha.

EL TAMAÑO DE MI ESPERANZA

El tamaño de mi esperanza es reducido. Y no piensen que estoy siendo pesimista.

La misma desazón que nos impide disfrutar del todo -hasta el tuétano-, la misma insondable ansia, ese "buscamos por todas partes el absoluto y no hallamos sino objetos", que decía Novalis, es mi razón para la esperanza. "No sé quién fui, pero sabré quién soy", dice Enrique, y está certeza (poética, no racional), habita en el hueco exacto de la insatisfacción.

Porque es un hueco, un vano, una puerta. La puerta angosta, por la que, antes del fin, habrá que agacharse y pasar. Es cuestión de adelgazar, "como huellas de gaviota sobre la arena". No sabemos cómo será.

Esta mañana doy gracias a Dios por el desasosiego, que nos recuerda -tanto como la felicidad, de modo inverso- nuestro fin último, el otro lado del umbral, "cuyo rumor me llega como a través de un muro".

Every day I have the blues.


Y el viernes, por fin, fuimos al concierto de B.B. King. Es su gira de despedida, con ochenta años de edad. Lo que allí vivimos, en la Plaza de Toros de Córdoba, no encontrará fácilmente el camino de la literatura. Porque la música tiene eso que decía Fray Luis de León:


Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera,
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es la fuente y la primera.

Ve cómo el gran maestro,
aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado,
con que este eterno templo es sustentado.
Pero Fray Luis, por neoplatónico y por vapuleado, sentía la llamada de la agreste soledad. Sin embargo, pudimos sentir que el gozo definitivo del hombre es comunitario. En el concierto del viernes cada músico aportó su virtud, su fuerza peculiar y diferente, a un sonido que nos metió de lleno en el caluroso delta del Mississipi. El gran maestro, el Rey del Blues, tras sesenta años de carretera (entre 120 y 150 conciertos al año), nos dijo adiós. Estuvo bromista, bailongo (sentado en su silla desde hace años), de guasa con nosotros, los de primera fila -a quienes nos regaló unos pins y unas puas-. Dijo: "llevo sesenta años haciendo blues, y ha sido una vida maravillosa, gracias a... (y señaló al cielo), y a... (y nos señaló nosotros). He estado en muchos países, y vuestra tierra es la mejor de todas. Gracias por todo, muchas gracias por todo."
Y tras dos horas de buen blues, con un batería, un bajista, un guitarrista, un pianista-organista, una sección de viento de cuatro músicos, se levantó, se puso la gabardina y la gorra, y se bajó del escenario.
¡Larga vida al Rey!

La ventana dual

Por la ventana de mi estudio veo caer la tarde. Cae como en cualquier poema, es decir, de modo lírico, con tres o cuatro franjas, convenientemente colocadas, de nubes azules y rojas. Y vencejos que danzan en el aire de este casi julio, tibio y feliz. El fragmento de calle que veo me acompaña desde siempre, el íntimo Nervión de mis veranos (y disculpen el endecasílabo, que no les autorizo a utilizar).

Cuando se está enamorado, es terrible pensar en la fugacidad del mundo, en el tiempo implacable. En cambio, cuando suceden terribles desgracias, como la traición a la Patria, es consolador pensar en la fugacidad del mundo, en el Juicio de Dios, que todo pondrá en su sitio.

Qué terrible, qué consolador paisaje el de mi ventana.

Saludos en el aire

Oh, amigos, gloria del apolíneo sacro coro, blogueros a quien quiero sobre todo tesoro...


Volveré pronto, me estoy tomando unas vacaciones (es decir: estoy trabajando), y no me resulta fácil acceder a internet, y, cuando puedo hacerlo, prefiero leer la Comedia. Pero volveré.

De momento os recomiendo (perdón por no enlazar, estoy en un MacIntosh, y no navego bien), un super-blog sobre el amor:

susomendive.blogspot.com: ¡Qué barullo en la herida!

Dice mejor -aunque con más palabras- lo que pienso sobre el espinoso asunto (vale, peña, también grato asunto), del amor.

Hasto pronto.

NOSOTROS LOS CAMELLOS


La Iglesia no pregunta a los que se van a casar por su amor presente, que, por mucho que sea, es embrionario o "incoado", sino por la intención con la que acuden al Sacramento. Pues amarse, más que un requisito, situado en el presente, es la tarea del matrimonio, que se desplegará en el futuro como un mapa.

Y esa tarea es el ojo de la aguja. Nosotros, los camellos.

matrimonio por amor

Como decía nuestro amado Lewis, pretender que el único motivo lícito de matrimonio sea el "amor", sería condenar toda nuestra estirpe, que lleva milenios casándose por motivos tan espúreos como la reverencia a los padres, la búsqueda de la fertilidad, la creación de un hogar, el deseo sexual, la fidelidad a Dios. Y el sentido común. El "matrimonio por amor" sólo lleva de moda un par de siglos (y en continua metamorfosis) .Y sólo en occidente.

EL DESAYUNO

Una lectora de mi blog (que se casó con Enrique), ha hecho que recuerde hoy los versos octavo y noveno de este poema de Luis Alberto de Cuenca. A veces, ellas lo dicen todo con muy pocas palabras. Por eso se impacientan con nosotros, las pobres.





El desayuno
Me gustas cuando dices tonterías,
cuando metes la pata, cuando mientes,
cuando te vas de compras con tu madre
y llego tarde al cine por tu culpa.
Me gustas más cuando es mi cumpleaños
y me cubres de besos y de tartas,
o cuando eres feliz y se te nota,
o cuando eres genial con una frase
que lo resume todo, o cuando ríes
(tu risa es una ducha en el infierno),
o cuando me perdonas un olvido.
Pero aún me gustas más, tanto que casi
no puedo resistir lo que me gustas,
cuando, llena de vida, te despiertas
y lo primero que haces es decirme:
«Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno».

(El hacha y la rosa, 1993)

Veni Creator Spiritus

Veni Creator Spiritus
Veni, Creator Spiritus,
mentes tuorum visita.
Imple superna gratia
quae tu creasti pectora

Qui diceris Paraclitus,
Altissimi donum Dei,
fons vivus, ignis, caritas,
et spiritalis unctio.

Tu septiformis munere,
digitus paternae dexterae,
tu rite promissum Patris,
sermone ditans guttura.

Accende lumen sensibus,
infunde amorem cordibus,
infirma nostri corporis,
virtute firmans perpeti.

Hostem repellas longius,
pacemque dones protinus,
ductore sic te praevio,
vitemus omne noxium.

Per te sciamus da Patrem,
noscamus atque Filium,
teque utriusque Spiritum
credamus omni tempore.

Deo Patri sit gloria,
et Filio qui a mortuis
surrexit, ac Paraclito
in saeculorum saecula.
Amen
(Ver traducción en los comentarios)

Mi marido me pega

¿Recuerdan el gag de Martes y Trece de "mi marido me pega"? Entonces se partía de risa todo el mundo; ahora habría provocado la dimisión del director de TVE, y la cancelación del contrato del dúo humorístico. Pero no hace ni quince años, e, insisto, a todo el mundo le hacía gracia, sin que por eso fueramos todos partidarios del maltrato. Es un brusco cambio en la opinión pública,y es un cambio a mejor, pero que tiene un inconveniente: el efecto péndulo. Por ejemplo: en una serie de televisión de Canal2 Andalucía, vi una escena (supuestamente, de humor) en que a un chaval le pegaban dos o tres muchachas; mientras le pateban -él en el suelo, aunque no se le veía, era elíptico- sonaban risas enlatadas. A mí me dejó pasmado, porque, si en la misma ficción humorística, se le pegara una torta a una chica (como en las pelis americanas de los 40), clausurarían la serie. Otro ejemplo, pero este de abuso sexual: un anuncio de un coche, que ponen en la tele, en que una chica que llega a una fiesta, con gesto satisfecho, le palmea enérgicamente el culo al aparcacoches-portero. A mí, personalmente, no me ofende, pero ¿dónde está la tan cacareada igualdad?

Dos perlitas

"Disfrazado de "consideración" por el otro se esconde el "desinterés" por el otro". (Juan Ignacio, en Rayos y Truenos, hablando de la nueva pedagogía de "lo espontáneo")

Enrique García-Máiquez, en un prólogo aún inédito a un libro de Chesterton, refiriéndose a lectores contemporáneos y relativistas de las obras de aquel, dice:

"Sus opiniones les parecen discutibles, que es su extraña manera de no discutirlas".

Una va encontrando sus miguitas de pan por todas partes. Preguntando se llega a Roma, dicen. ¿Y qué es nuestro interés en los blogs ajenos, sino una pregunta continua?

Según dicen los cuentos


Una lectora de mi blog (que no es la mujer de Enrique) inaugura otro con muy buena pinta. Me encanta esta costumbre, que tiene también Breo Tosar, de escoger cada día una cita o un cuadro (que es una cita visual), para alimentarnos poco a poco, con miguitas de pan.

Y el rastro de migas de pan nos llevará a algún sitio, según dicen los cuentos.

Una historia puñetera


No, pese al título, esta entrada no va de España.

Siguiendo el rastro jocundo de Adaldrida, he recordado una de esas Historias puñeteras, de Vizcaíno Casas, libro de anécdotas verídicas de los juzgados. Lo de puñeteras era por las puñetas de los jueces, esa prenda de vestir que dio lugar al dicho "hacer puñetas".

En un juicio celebrado en un juzgado muy pobre, de esos en los que nunca funciona la fotocopiadora, sucedió lo siguiente: el abogado defensor presentó como prueba exculpatoria un video de una cámara de seguridad. El problema es que en el juzgado no había ningún reproductor de video, y el tribunal no podía verlo, lo que era necesario para la aceptación de la prueba, como recordó la acusación. El abogado defensor se ofreció a traer el suyo propio de casa, con tal de poder "proceder al visionado". Así que el juez cerró la sesión convocando a las partes:


" Se reanudará la vista el próximo martes, a las 9:30. El Sr. Pérez prestará a este tribunal su aparato reproductor".

La Generación Blogg




Cada vez somos más, Amigos míos: Pablo Buentes, Ed Crane, Rocío-Adaldrida, Ale Martín...
Cuando se escriban los futuros manuales de literatura (cuyas hojas ya son brotes de jóvenes árboles), se hablará de varias etapas, como siempre. Estoy convencido de que habrá una llamada "La era digital de Númenor, o La Generación Blogg". Está naciendo algo que no cabe en la red, como no cabían aquellos peces del Mar de Galilea.

pesadillas


Borges aventura, no sé dónde, una inquietante hipótesis: ¿y si en las pesadillas estuviéramos "de hecho" en el infierno, colados por una rendija, y no fuera una ilusión tan solo?. A la luz de la teología escatológica, no es nada heterodoxo. Si el infierno es un estado de la mente (de cuasi-aniquilación), una pesadilla sería como un anticipo, o un aviso, o simplemente una muestra del Infierno que cada uno llevamos dentro. Gracias a Dios, despertamos. Y esto también es un símbolo, esperanzador.

Lecturas interruptas


"El pesado es el que te quita la soledad sin darte compañía", me dijo cierta vez un amigo.

De todos modos, me recuerdo a mí mismo en una feria de pueblo leyendo los aforismos de Leonardo da Vinci, en medio de las copas y las conversaciones gritadas. Y me avergüenza el recuerdo, pues, aunque no estaba posando, era un insulto a la jarana reinante. Ahí es donde hace falta la mujer que te ponga en tu sitio, y te saque a bailar. Esa mortificación sí que redime de la misantropía, que es un sentimiento que, aún teniendo razón, es malo. Chesterton comprendía a Nietzsche en su repugnancia de la masa humana. Pero le reprochaba que, en pos del Superhombre, se alejara de ella, en vez de acercarse más, como sería de esperar (en un Superhombre, al menos).

Es una tropelía interrumpir la lectura a alguien; así que no pongamos a nuestro prójimo en la tentación de cometer tal tropelía, leyendo en sitios poco propicios: ferias de ganado y salas de profesores.
Me imagino a Chesterton leyendo en un vagón de tren, y que le interrumpen... ¿A que le parecería mejor (ojo, no más interesante ¿0 sí?) charlar con el vecino -pesado, ruidoso, inconveniente: humano- que seguir con su lectura? Aunque su conversación a lo mejor abrumaba al paisano de tal modo, que este sacaba un periódico ( tabloid, of course) y se ponía también a leer. Y Chesterton seguiría leyendo a Shaw, riéndose convulsivamente mientras imagina cómo lo va a refutar.


(Variación sobre una conversación en Rayos y Truenos)

Mas allá de los mármoles paganos

Los campos Elíseos
Pablo García Baena
Pre-Textos, 2006

Cuando uno abre un nuevo libro de poemas de un autor de venerable edad, no espera gran cosa. Y esto sin ningún significado peyorativo, sino porque ya se han dejado atrás ese conjunto de poemas que forman la antología de una vida. Si acaso, el lector está dispuesto a sumar uno o dos más a la lista. No obstante hay excepciones; sin ir más lejos, Borges, que empezó a escribir su mejor poesía bastante mayor, y hasta el último momento de su vida.
Me parece que la Poesía Completa que tengo de Pablo García Baena, publicada por Visor, es de hace diez años. Fue un regalo -impagable- de José Julio Cabanillas, cuando el autor vino a Sevilla para un recital organizado por la revista Númenor, y recuerdo que a Enrique García Máiquez le sorprendió que me gustara García Baena, de tan intenso barroquismo y preciosismo expresivo. Descubrí lo que Luis Antonio de Villena llama en el prólogo “un poeta que concibe clásicamente la poesía como rapto. Como exaltación. Un poeta mago que transmuta en metal precioso cuanto toca”. Cansado de tanto prosaísmo -los del realismo sucio, o, al menos, desaseado-, me pareció deslumbrante aquello de “Bajo tu sombra, Junio, salvaje parra, / ruda vid que coronas con tus pámpanos las dríadas desnudas”. Y eso que yo no sabía lo que eran “las dríadas”. Pero sonaba tan bien, como a un Whitman mediterráneo, que me dejó encantado. El verso libre -y el falso verso libre- también me interesó notablemente, como desahogo del endecasílabo. La libertad expresiva, la carnalidad de sus motivos, de su adjetivos, la orfebrería de su léxico. Y que tuviera, en apariencia, tan poco que ver conmigo, pues es muy refrescante lo que no es propio, siendo bueno.
La lectura de este libro de García Baena no es, para mí, más que un recordatorio de lo que me gusta su poesía, un empujón a releerla. La primera sección del libro son estampas de viajes, de ciudades, que no llevan casi a ningún sitio. Al autor le llevarán, sin duda, al recuerdo de gentes, de amigos, de amores. Pero al lector nada más que le deja entreverlo, como un secreto contado a medias. Y se queda uno con ganas de ir a más. Pero la segunda, “Cuadros de una exposición” ya es otra cosa. Nada más que el poema que inaugura la sección, “Museo”, vale un Potosí, en su sencillez. No es preciosista, ni barroco, ni decadente:

“Había un vaso con lilas,
pintadas, goteantes
en aquel vaso de la Frick Collection.
No era las que compraba
mi madre, recién alba,
en el Huerto de Cobos.
Más olían a infancia y a pupitre,
abriendo alguna puerta
a ese país secreto, amargo y dulce.”

Este es uno de esos poemas que se pueden sumar a la antología personal. A partir de aquí, García Baena se dedica a eso: a entreabrir puertas, desde el marco de los cuadros. En “Virgen con un cesto de frutas” hay una intensa súplica final: “Acéptalos. Acéptanos”. En “Un cuadro de Antonio del Castillo”, siente el poeta “dulce y triste el peso de la culpa”. Es el tema de la culpa y la expiación, del mundo como sacrificio, tan propio de García Baena en toda su obra. Véanse los poemas “Ceniza” o ”Corpus Christi”, o tantos otros. (“Estás llamando, Señor, a la puerta de mi frente...”). Esa visión no nos la ofrece Luis Antonio de Villena en el prólogo citado, sino que sólo se fija en la sensualidad, en el rapto. Pero es verdad que un poeta sólo ve en otros poetas lo que puede ver, pues mira a través de sus lentes, de sus intereses vitales.
Y ahondando en lo religioso, un poco más adelante, entramos en la sección “Oratorio”, en que, aparte del gusto estético por conventos, monjas, y recuerdos de colegio de curas, aparece la súplica, la duda, la entrevista eternidad. Es espeluznante el poema en que, tras anotar el encuentro con un mendigo (que invoca a Cristo), termina así: “Tuve miedo en la noche, por si fuera / el Cristo mismo, ebrio, quien me hablara, / y lo negué tres veces.” Bastan estos versos para recordar que Pablo García Baena es un poeta eminentemente religioso, con una aguda conciencia de la necesidad del hombre, de la búsqueda de lo absoluto.
Sabemos que casi nunca es gratuita la posición de un poema en un libro, sobre todo del primero y del último. Se puede advertir una intención, si nos fijamos en que Los campos Elíseos empieza con un poema sobre tema musical, de ambiente nocturno y disoluto, (“Los músicos esclavos desanudaron sus corbatas de lazo...”), y termina con un tremendo poema a la Vírgen, “Arca de lágrimas”, de los que habría que antologar. Y también es una súplica -“ayúdanos, Altísima”-, que agradecemos que escribiera en plural.
(publicado en poesiadigital.es)

Reforma y Contrarreforma


La fractura de Occidente ¿es culpa de las naciones reformistas, de Lutero, del Papa con sus ejércitos, o de la Iglesia por no haber cogido el toro por los cuernos a su debido tiempo?

Uno de los efectos positivos de la Reforma es la herida que causó a la prepotencia papal, que, aún contrarreformando -es decir: reaccionando-, ya no sería lo mismo.

“¿En dónde consta que el tema de la salvación debe asociarse únicamente con las religiones? ¿No habría que abordarlo, de manera mucho más diferenciada, a partir de la totalidad de la existencia humana? ¿Y no debe seguir guiándonos siempre el supremo respeto hacia el misterio de la acción de Dios? ¿Tendremos que inventar necesariamente una teoría acerca de cómo Dios es capaz de salvar, sin perjudicar en nada la singularidad única de Cristo?”.

De “Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo" de Joseph Ratzinger.

¡Anda que no hay distancia entre este texto y el símbolo atanasiano (quicumque)*!:

"1. Todo el que quiera salvarse, es preciso ante todo que profese la fe católica.
2. Pues quien no la observe íntegra y sin tacha, sin duda alguna perecerá eternamente.(...)"

Esa distancia, ese esfuerzo de la teología por pasar de una posición de poder a ser un servicio al hombre (la teología es la verdad eterna traducida al lenguaje de cada tiempo, que decía Balthasar), es posible gracias a un proceso que comienza con el Cisma de Lutero, que puso el dedo en dolorosas llagas, aunque fuera un fanático (antisemita por cierto). Es sospechosamente simple ese planteamiento de: Reforma-los malos, Contrarreforma-los buenos, que sacaron algo de bien de ese mal, porque Dios estaba de su parte. Omnia in bonum, etc, y todos tan contentos.

Desde el punto de vista de la Teología, la dicotomía Fe-obras (el nervio del Cisma) es de gran provecho para nosotros, pues nos recuerda el continuo peligro de cosificación de la Fe, de cuantificar el Bien: a más obras buenas (limosnas, jaculatorias, ratos de oración), más Gloria futura. Olvidando que "misericordia quiero, y no sacrificios". Y también lo de Chesterton: "Dios sólo sabe contar hasta uno".

Y la unidad de Europa (incluso de España) no es un bien absoluto, que pueda medir la bondad de una reforma en la Iglesia. "Un sólo Señor, una sola Fe" no significa "una misma comunidad cultural". Aunque entiendo que, teniendo al Turco levantisco, se añore un poco de espíritu cruzado. Joaquín Moreno apuntaba una gran verdad: "Mientras la Iglesia sea crisis, se sienta amenazada, o tenga la sensación de tener que empezar de nuevo, las reformas necesarias podrán irse resolviendo en ella con cierta puntualidad, como en los Hechos." Lo peor para Pedro es recordar de continuo que se le confió el rebaño, y olvidar que Le negó tres veces.

------
* y que se reza el tercer domingo de cada mes, en latín, en todos los centros del opus dei.



(Fragmento de una conversación en Rayos y Truenos)

Jacarandas



Para mí la jacaranda es el equivalente visual del olor del azahar. El azahar es fuerte y empalagoso, embriagador, llega de repente cierto día de la primavera, todavía temprana, y ¡paf! la remembranza porque sí, sin aviso, de todas las primaveras pasadas, recopiladas en un solo golpe de aroma. Se junta en un momento aquella niña de quince años que nos besó (por especial gracia de la vida), con los dolores adolescentes del corazón, con la primera vez que leímos a Cernuda, con... Es soportable porque dura poco.

La jacaranda es lo mismo, para los ojos. Y menos mal que dura poco, porque esta sensación de estar viviendo en el Paraíso, y saber que aún no lo habitamos, no nos deja trabajar, ni estar tranquilos. Es como una carta que nuestra vida nos envía, y que estuviera escrita en un idioma desconocido, aunque sabemos que deberíamos entenderlo, que una vez lo hablamos.

A final de mayo se habrán caído sus hojas (de un color no previsto en el lenguaje), que alfombrarán como polvo de tiza las aceras, y podremos, pisando sobre ellas, seguir con nuestra vida. Hasta el año que viene, D.M.

Natalie Portman y la llama de amor viva.


¿Porqué he ido a ver V de Vendetta, Dios mío? Mira que me dije que el corazón es frágil, aquella vez que fui a ver la secuela de Star Wars, y de hinojos la adoré. (Amidala, mi Reina, de nocturna belleza, la galaxia en tus ojos). Ay, Enrique, qué dolor esta herida que se abre y no para. Si Cirlot la hubiera visto, en vez del ciclo Bronwyn tendríamos el ciclo Evey.

El viejo reforzamiento de la Fe vuelve a renovarse: si esta criatura es imagen y semejanza del Creador (de un modo que no sabemos), ¡Alaben al Señor todas las costas, todos los hielos solitarios del océano, la tabla periódica de los elementos, los vertebrados superiores y las cadenas genéticas! Que un no sé qué que quedan balbuciendo resuena en el Universo (con V de Vendetta), ante mis ojos perplejos, ante mi corazón arrasado
"que en las orillas destruidas grita" (J.E.C).

Lo que dijo el poeta al simio:


Raro asunto
que entre la muchedumbre de los siglos,
que existiendo la China innumerable,
y Bosnia, y las cruzadas, y los incas,
fuese a tocarme a mí precisamente
este trabajo amargo de ser yo.
(Miguel d'Ors)

Sobrevivir a los grandes ideales



"Dentro de la Iglesia Católica también ha habido siempre grandes propuestas, grandes seducciones y grandes levas. Porque el cristianismo siempre ha tenido una capacidad máxima de convocatoria y de movilización, desde los primeros mártires, pasando por los cruzados y evangelizadores de nuevos mundos, hasta los guerrilleros de la liberación.
Es cierto que los ideales supremos son en un principio válidos, y que lo serán siempre, pero que a veces se desbocan en realizaciones avasallantes, deshumanizadoras, lesivas y, finalmente inviables, transformando el carisma en burocracia, el ideal en rutina y el heroísmo en mezquindad.
Es cierto también que eso solamente le pasa a los hombres y mujeres con grandeza de ánimo, generosos y valientes, seguidores de la sentencia de Hölderlin “el hombre es un rey cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”. Soñadores. Pero tales soñadores son precisamente los que pueblan los campos de batalla como heridos, acaso como desechos humanos, como inválidos de guerra.
Así quedaron tantos sacerdotes y tantos militantes de organizaciones católicas, tras ese peculiar XX Congreso del Partido Comunista de la URSS y esa peculiar caída del muro de Berlín que fue para la Iglesia el concilio Vaticano II y los años posteriores. Heridos, inválidos, o, como decía Jean Marie Lustiger, Arzobispo de París, en 1989, destruidos sociológicamente, psicológicamente y moralmente ( J.M. Lustiger, La elección de Dios, Planeta, Barcelona, 1989)."


(Jacinto Choza. Prólogo a La recomposición de la crisma: Guía para sobrevivir a los grandes ideales).

Me lo voy a pedir ya, que soy uno de los muchos fans de Satur a través de la red. Y bravo por Jacinto, esto si que es mecenazgo.

Primavera del Espíritu

Recupero aquí, a petición popular, una conversación que se quedó atrás. Algunos seguíamos charlando sin que muchos se enterasen.

Lo de "cuando dos o tres están reunidos en mi nombre..." ¿servirá también en el blog? Por si acaso, sigamos.

Joaquin Sabina, trigo y cizaña


Decía Tolkien -en una carta- que la interpretación de la obra de un autor a partir de su biografía ha producido grandes errores de crítica. La tendencia actual a escarbar entre las miserias de la vida cotidiana de los escritores es la prensa rosamarilla de la literatura, (como las tristemente célebres puñaladas trapiellas). Parece -sigue Tolkien- como si el hecho de que tal o cual escritor pegase a su mujer, se emborrachara, fuera adúltero, o se jugara todo al Black-Jack, fuese el motivo de su genialidad e inspiración. Pero todo esto no es lógico: hocicar en las basuras, comer mierda, y luego cagar lirios. No tiene correlación. Lo bueno de la reflexión de Tolkien es su propuesta interpretativa, que deja mucho campo abierto a la libertad (la vida sigue), y es bienintencionada. Dice que la obra de un buen escritor -o lo mejor de la obra de un escritor- tiene su oculta fuente precisamente en la parte de su ser que aún permanece incorrupta. Para mí fue muy revelador este principio, pues yo también había sufrido esa desviación en la mirada que supone pensar que el mal, después de todo, no está tan mal, pues después uno puede hacer geniales poemas de sus experiencias. Casi, casi como si el mal fuera necesario. Necesario no sé, pero “feliz” sí que lo llama la liturgia cristiana. Lo que nos llevaría a arduas cuestiones teológicas (no se asuste, Juan Luis, que no me iré por las ramas celestiales). La creación artística puede ser para su autor un espejo, donde se mira, y se ve a sí mismo, pero sólo lo mejor de sí mismo. La plegaria sería: Señor, que me parezca más a esto que ya soy.

Al pensar sobre la afirmación de Tolkien (que he escrito en rojo), siempre me venía a la cabeza la obra de un artista, no escritor, sino cantautor, nuestro blogpolemizado Joaquín Sabina. Sus canciones, no todas, están llenas de retazos autobiográficos (aunque muchos serán fantasmadas) que dibujan un personaje calavera, cínico, drogadicto. Y cuando tiene ocasión, reafirma esa imagen en las entrevistas que le hacen. (Lo de progre es lo de menos, pues -como le ocurre a Neruda, entre otros- en su obra apenas hay vestigios de su ideología. Neruda tenía de marxista-como poeta- lo que yo de numeraria auxiliar). Me pasmaba que de un personaje tan estropeado pudieran surgir canciones tan geniales. Pero si le aplicamos la tesis de Tolkien, tiene sentido. Del fondo de su ser es de donde surgen, lo que le atribuye unas riquezas aún incorruptas a su persona. Pensamiento que nos dignifica, y que no siempre falla. Lo que sí veo es que esas riquezas, al emerger, se ensucian con lo que encuentran en el camino, menos valioso. Y como resultado encontramos esas extrañas conjunciones de Sabina, en que mezcla un intenso lirismo con jerga de prostíbulo. Pero esto también -y tan bien- lo hizo Valle-Inclán, sin ir más lejos. Y si queremos ir lejos, tenemos a Catulo y a Marcial, a Dante -sí, a Dante, con sus míseras contiendas políticas en medio de la Comedia- y a tantos anónimos medievales. El lirio con el cardo. El trigo y la cizaña. Y ya nos advierte la Parábola que no tratemos de arrancar la cizaña y dejar el trigo, porque nos confundiremos. Dice que ya lo harán “los ángeles de mi Padre”.

Ese final de la Parábola me ha dado para muchos pensamientos. No sólo sobre Sabina, y la vida de los autores que admiro. ¿No será que llega un momento en que cizaña y trigo se funden en un solo ser (la trizaña), y entonces ya son indiscernibles para nosotros (no para “mi Padre Celestial”), y que sólo a través de la muerte puede volverse al orden primigenio? Por eso se nos advierte contra la tentación de juzgar, y de separar prematura, quirúrgicamente, lo que a nosotros nos parece mala hierba. El Señor Bueno sabrá lo que es mala hierba. Y buena.

Volviendo a Sabina. He advertido en él una necesidad, que da la cara de tarde en tarde en alguna canción, de explicarse, de justificarse ante los otros. Aunque sea para terminar diciendo: sigo igual de canalla, no cambiaré. Pero pasa revista a su vida, como quien quiere encontrar lo mejor, en “Tan joven y tan viejo” o “A mis cuarenta y diez”. En esta última, aparecen por primera vez sus hijas, Rocío y Carmela, en momentos memorables. Es como en el poema “Las alas” de Dámaso Alonso, en que aparecen dos mujeres -su madre y su esposa- y lo salvan de la caída en el vacío, pero sin esa clara intención salvífica. Sólo se habla de ellas (con gran ternura, y contención), y luego se pasa a decir que le queda cuerda para rato. Tiene, sin embargo, su encanto, y se ve la persona, la figura solitaria al fin y al cabo, casi con cierto fatalismo de haberle tocado en suerte ser tan calavera.

Como verán, no he citado textualmente líneas de sus canciones porque sería traicionar su sentido. La letra de las canciones -no sólo de Sabina, Enrique- va cosida a la música, y sin ella está en pelotas. Pero esas perlas que Enrique ha encontrado sí que son poesía, y no hay que irse tan lejos para buscarlas. Además, de todos los cantautores españoles, es el que mejor mide y rima, y aunque sus sonetos son malos, sus canciones tienen unos endecasílabos que -cosidos a la música- son estupendos. La música deja mayor flexibilidad, de todas formas, a rima y metro. Un ejemplo de pésimo poeta es Benedetti, y se ve muy claro en que las versiones musicales que de sus poema hizo Serrat no dan pie con bola. Pero claro, Serrat no iba a musicar a Pemán.

“Lo más alto no se sostiene sin lo más bajo”. Con esta máxima de C. S. Lewis podremos adentrarnos en cualquier obra artística, en cualquier persona, y comprender cómo nada urbano nos es ajeno.

Alzar el vuelo



El próximo día 17 de mayo, miércoles, se presentará al mundo la antología de jóvenes poetas sevillanos titulada ALZAR EL VUELO. El antólogo es José Luna Borge, el editor es César Sastre, y entre los antologados nos encontramos unos cuantos amigos de la revista Númenor. Algunos recitaremos unos versos, para animar el ambiente.

El acto será será en la Feria del Libro de Sevilla, a las 21:00. Supongo que en la carpa central, pero ya lo avisarán.

Aún no he visto el libro, pero va a ser un señor tomo, con estudio introductorio, fotos y todo. Ya veo a los historiadores de la literatura haciéndo exégesis de la personalidad de cada uno, a partir del gesto ceñudo o jovial con que salimos en las fotos. Espero que lluevan las reseñas, que siempre es un estímulo y ocasión de comentarios y contra-comentarios. ¡Vivan los blogs!

Espero veros a todos los blogueros en la presentación, para tomar una cerveza y recordar que existimos, más allá del teclado y la pantalla. Gloria del apolíneo sacro coro...

Juan Luis de Soria, a pequeños sorbos


Bueno, Juan Luis, ya ves que me ocupo de la literatura. Y como segunda muestra, este soneto que me dicen que es de tu puño y letra (me llegó por e-mail):

Medita sobre la parábola
del fariseo y el publicano

Ya veo que tú cumples, Filacterio,
como Dios manda con las cosas suyas,
que anotas tus cilicios y aleluyas
en menudo papel, con gesto serio.

Lo que va de la cuna al cementerio
vas pasando entre inciensos y casullas.
Ni al rezar el Rosario te aturullas,
ni una coma te saltas del salterio.

En cambio, yo no cumplo. Tengo duro
el corazón, mi rezo es algo inepto.
Mas algo bueno veo en pecar tanto:

no se me olvida, no, que no soy puro,
que no camino, no, sino que repto
para tocar la orla de Su manto.

Sabiduría e inocencia

El grandísimo G.K.Chesterton, o tío Chesnut para sus sobrinos (que somos muchos), está saliendo decididamente de su purgatorio editorial. Cada vez hay más ediciones de sus libros. Recientemente he adquirido El hombre vivo (Manalive, en el original), en Valdemar, editorial que está sacando poco a poco joyitas de G.K.C. Cuál fue mi alegría cuando me encontré El regreso de Don Quijote en Cátedra Letras Universales. ¿Para cuándo las Obras Completas? Reivindico una manifestación pública, todos los manifestantes con jarras de cerveza reivindicativas, cigarros puros, y sonrisa manifiesta, cantando aquello sobre Noé en el arca:

"¡Por fuera corra el agua,
por dentro corra el vino!"

(De La hostería volante, o La taberna errante, según la edición.)

Mientras tanto, deleitémonos con los sabrosos artículos que se recojen en el reciente libro de El Acantilado, Correr tras el propio sombrero, y otros ensayos. Todavía me duele la mandíbula de mi reacción al comenzar uno de ellos: "La raza humana, a la que muchos de mis lectores pertenecen..."

¡Esta-mos-hartos-de-no-tener-lo-todo!, podría ser el lema de la manifestación, en un claro deseo de universalidad. O, para aprovechar el viaje a la Puerta del Sol-y los pulmones-: ¡No a la Eta-Sí Obras Completas!

Con la de árboles que se talan para el Cólico da Vinci (Enrique Dixit), o la biografía de Alfonso Guerra...

teología bloguera



No se pierdan la conversación histórico-teológica que va aumentando en Rayos y Truenos, en las entradas tituladas "San Anselmo", y "La Pascua" (sobre todo en esta). Abran juego, señores.

Y brindemos, ¡por San Viernes!

Y nombraré las cosas

"Y nombraré las cosas, tan despacio
que cuando pierda el Paraíso de mi calle
y mis olvidos me la vuelvan sueño,
pueda llamarlas de pronto con el alba."

Estos versos de Eliseo Diego, que merecerían comenzar con entusiasmo un nuevo blog sobre poesía hispanoamericana, me han llenado de entusiasmo por escribir. Inconcreto entusiasmo, pues no me ha llevado a ningún verso propio. Quizá porque es tardísimo y estoy muerto de sueño. Y mi musa, más que caprichosa, es perezosa. A veces, la cualidad de lo poético nos visita, sin venir acompañado del poema. Pero algo es algo (expresión que podríamos adoptar ya como lema heráldico), y el poeta necesita esa vasta respiración, esa intensidad -expresión que gusta a José Mateos. Por cierto que lo de "vasta respiración" lo dice Borges (siempre Borges) al hablar de los psalmos de Walt Whitman, con añoranza para sus propios versos.

Todo esto para recomendaros el excelente texto sobre Eliseo que Pablo Moreno publica en poesiadigital.es . No os lo perdáis. Ni la reseña de Enrique sobre Almuzara. Y, claro está, la de un servidor sobre Dionisia García. Buena la está montando Javier García Clavel con su revista. Aquí la publicidad es gratuita.

Animáos, mis amigos, gloria del apolíneo sacro coro, y fundemos un blog común, para lanzarnos a la cabeza citas y apologías y libelos. Que la vida es demasiado corta para emplearla en cosas útiles. (Toma ya).

¡Y Juan Luis de Soria que no se esconda más, que me tiene frito!

SALUDO A TODOS LOS CENTINELAS

¿Qué hubiera hecho Zenobia con un servidor de correo electrónico, con una página web? Probablemente, las obras completas autorizadas -y actualizadas- de Juan Ramón. Obras completas que por supuesto, no incluiría Ninfeas. Algo así como Juanra.com. O todojrj.esEl peligro de la inmediatez cibernética es que elimina el reposo, el precipitado lento y previo a la publicación, que tan bien hace a los libros. ¡Cuántos poetas habrán agradecido el hecho de no haber podido publicar sus primeros poemas (cosa que tanto deseaban entonces)! ¡Y cuántos se han tirado de los pelos después, si los publicaron! Hoy día, lo peor que le puede pasar a un protopoeta de dieciséis o veinte años, es que le publiquen y le den bombo. Podría creerse que es bueno, y además luego se tirará de los pelos. Algunos premios muy politizados provocan esos dramas ocultos. Son modas.No todo el mundo es Claudio Rodríguez.

Esta ley tiene su compensación por el hecho de que, por ahora, lo publicado en internet no tiene mucho peso editorial. Hasta ahora, sólo lo publicado en papel perdura con prestigio. Siempre podrás negar haber escrito algo y decir que "fue un jacker" enemigo político nuestro, o un poeta envidioso y rival que firmó con nuestro nombre. O "la rebelión del procesador de textos", que puso digo, cuando dije Diego.Pero lo bueno del blog, y la web, es lo mismo que lo malo: su inmediatez, universalidad y accesibilidad. Y es muy atractivo porque, aunque de hecho no sea así, "en teoría" te puede leer todo el planeta. Esto es una simple nota de saludo, para todos los Centinelas de la mañana, ahora que la mañana llega también por el hilo interminable de cobre, o por la fibra óptica. Amigos, sumaos a este fluido electrónico, y que canten los ordenadores con voz de lata: ¡Buenos días, País de la Velocidad!

De Re Publica


Ya es 14 de abril. Que es un día muy importante, porque es el cumpleaños de mi tía Marga. Y que ella -o usted- naciera, es más importante que cualquier suceso político, perecedero por principio. De todos modos, habrá quien celebre la segunda República española, exaltando los valores de los luchadores (el ripio le hace justicia) por la libertad y la democracia (sic). Porque tenían una amor a la democracia en los años treinta que quitaba el sentido. O eso me han contado en la serie Cuéntame, de TVE. Es que lo de la Re Publica, la Cosa Pública, es un afán que recrea y que enamora a cualquiera, según saben en Marbella, en un tres por ciento de Barcelona, y en tantos lugares de nuestra espaciosa y triste España. "Hoy tenemos el corazón tricolor", dirá -más o menos, siguiendo su libro de estilo- nuestro Presidente del Gobierno. Es lo que tiene llevar las orejas puestas, que uno escucha cada cosa...

Las dos Españas. Dice el refrán que "dos no se pelean si uno no quiere". Me temo que la Historia, que es Maestra -frustrada- de la vida, nos enseña ejemplos contrarios. Porque el refrán no dice que ese uno sea Gandhi o la Madre Teresa de Calcuta. Ese uno puede ser como usted o como yo, es decir, un hijo de vecino al que sólo le han tocado un par de mejillas para poner. Y se están acabando. ¡Viva mi tía Marga!

Poeta de estreno

El alba en tu ventana
Iván García Jiménez
Cuadernos de Poesía Númenor, 2005


Hay una manera esquemática de hacer reseñas de libros, muy parecida a los comentarios de texto del colegio, que consiste en contarnos “de qué va” el libro, o el poema, y luego hablar de su técnica, de sus “recursos estilísticos”, etc. Es decir, hacer el camino contrario de la poesía, en que “lo que se dice” y “cómo se dice” es la misma cosa. El estilo es el libro, que decía Borges. A esa manera se le añade la costumbre actual de encuadrar al autor en una clasificación: de la experiencia, del realismo sucio (y otra vez etc). Y si además se pueden referir sus “influencias”, mejor que mejor. Por ejemplo: “fulanito es de la escuela de Miguel d’Ors” o “ha bebido en los versos de Eloy Sánchez Rosillo”, y así.

Todo esto es muy socorrido, y es que hace falta ayuda, apoyos, muletillas, para levantar una reseña de un libro de poemas. La poesía siempre se ha resistido a ser comentada. Como dice José Julio Cabanillas, sólo se la puede señalar: “ahí está”. Pero hay autores en que esto es más palpable aún. Porque el corazón de un libro, su cogollo, su misterio, es siempre algo que no se ve a las claras, sino que más bien es un clima. Se respira, como la cercanía del mar. El alba en tu ventana da la impresión de ser como el silencio: si se nombra, se rompe. Es un poemario delicado, sin altisonancias, que tiene la difícil humildad de no ser original, de no decir demasiado, es más, de ser un tanto parco en palabras. Se diría que tiene alma de haiku. En un autor que aún no ha cumplido la treintena sorprende esta contención, que muchos autores no alcanzan hasta que se dan cuenta que han escrito versos de más, cuando aparecen sus antologías. Este libro parece una antología de lo mejor de Iván García Jiménez hasta la fecha, porque apenas tiene veinte páginas, y no se encuentra ni un poema prescindible, ninguna concesión, homenaje, traducción, versos de circunstancias, alusión culturalista, o variación de un tema de otro autor. Son sólo unos pocos (muy pocos) poemas expuestos así, sin más, a quien pueda interesar, a quien tenga la ocasión de bajar el volumen de la vida apresurada, y leer lentamente estos sencillos versos.

Se diría que es un libro de soledad, pues el autor utiliza a menudo la segunda persona del singular, que, como hizo Cernuda, sirve para no sentirse tan solo, para hablar con uno mismo en los versos. “A veces en las tardes, tú lo sabes, nos duele en el recuerdo...” “Oyes el mar rompiéndose en la arena, y sientes la caricia de la espuma”. Leemos para saber que no estamos solos, y esta segunda persona, cuando la escucha el lector, es invocación, invitación a participar del mundo silencioso del autor. Deja de ser la soledad del que escribió, para ser la compañía de la literatura, la muchedumbre de los lectores.

Los elementos del mundo exterior que entran en estos poemas son el mar, el viento, el sol, la luz. No hay guiños culturales, porque incluso en el soneto sobre Las Hilanderas, lo que le importa al poeta es el misterio de la luz que se abre al fondo, como llamándole, y no confeccionar un logrado tema velazqueño: “Y ves cómo la puerta allá, a la entrada, / deja pasar la luz en un torrente, / que no ciega, que crece y que te llama.”

También encontramos en estos versos una función de exhortación (del poeta a sí mismo, y luego al lector). Una mano en el hombro, un aliento para vivir. Es frecuente el suave imperativo: “Hay que seguir a pie por el camino, / hay que coser entonces las heridas.” “Ten paciencia y espera.” “Olvida todo: mira: / otra noche se asoma la noche a tu ventana.” Y en el soneto Luz sin medida: “No pongas todavía rumbo al mar.”

El centro sobre el que se apoya esta poesía es una cierta esperanza, una serenidad en el fondo de toda soledad y tristeza. Lo resumen estos versos: “Lo dice el corazón, que siempre espera / en la noche la luz del nuevo día.” Una esperanza que nace de una doble perspectiva sobre la realidad: “El mundo se hace largo en la distancia... / Pero cabe en la palma de la mano.”
Y poco más. Este libro sorprende porque es como un acertijo, que se puede repetir en voz alta mucho tiempo para encontrar la clave. Y tiene alma de haiku, porque dice mucho, casi todo, en unas pocas palabras verdaderas.

(Publicado en Clarín)

La Casa del Hombre

Casa Propia
Enrique García-Máiquez
Ed. Renacimiento, Colección Paréntesis


Enrique García-Máiquez, de El Puerto de Santa María, y que nació en Murcia en 1969, publica ahora su tercer libro de poemas. En su dos anteriores poemarios, que aparecieron casi simultáneos en 1997, ya se ve claramente quién es Enrique García-Máiquez: un poeta situado en contra de la corriente nihilista, que vuelve, animado por el impulso de dos generaciones anteriores (por lo menos) a la tradición, metro y rima, homenajes y paráfrasis, culturalismo, biografía íntima hecha arte, y un considerable gusto por lo inteligible. La emoción inteligible, podemos decir, oscuro el borrador y claro el verso, siguiendo la estela de Miguel d’Ors: y acaso sea el mejor de sus lectores que luego se hicieron autores. Su dominio del verso clásico, del guiño intertextual (como se dice), del prosaísmo difícil y poético (como el de Víctor Botas), Y también la comunión con ideas políticamente incorrectas y con la a pertenencia a la Cristiandad Católica y la felicidad manifestada en la rebeldía: la ortodoxia. Todo esto en dos libros, Haz de Luz y Ardua Mediocritas, en los que había de todo: pareados alejandrinos en los que, con ingenio de Cyrano, nos contaba su vida y sus ideas, hermosos retratos en verso (sonetos, coplas) de personajes diversos, y luminosos poemas de amor, sin pesimismo fatal.

Después de siete años, nos brinda su Casa Propia, en esta hermosa colección Paréntesis que dirige Abel Feu en Renacimiento. Se muestra el poeta, desde el título mismo, y desde el poema introductorio, Arquitectura, cimentándose en su nueva situación de hombre casado, que vive en su propia casa, con su mujer, a la que ama con locura. En fin, nada excepcional, dirá el lector. Aburrido prosaísmo cotidiano que nada dará de sí para la lírica. Lo poético parece residir en el límite, en lo marginal, en los amores perdidos o nunca disfrutados, en el exilio en la sombra del tiempo, en el etcétera de tanta poesía pretendidamente romántica. Veamos. Enrique, como el Dante, comienza con lo que parece ser una aventura viajera, de la que aguarda una maravilla final, aún no desvelada: “el tejado... / ...el humo blanco / que anuncia: “abajo, adentro, en el futuro / hay un fuego encendido”... Iré hacia él. // Pondré, cuando me muera, los cimientos.” El viaje empieza en uno mismo, hacia las fuentes del ser, hacia la esencia del hombre. Y la llegada es una “nueva creación”, donde están los cimientos. “Mi fin es mi principio”, que es el lema de Chesterton en las últimas páginas de su Autobiografía. No es casualidad que el autor que ha trabajado más tiempo, y del que después ha publicado sus versiones en Renacimiento, haya sido el gran poeta inglés. El poeta que llamó a la Iglesia Católica “Casa del Hombre”.
Hay metapoesía en este libro. La declaración de intenciones del poeta, en Elogio de la indiferencia: “... Lo importante es / -silencio y música- tu obra; // o sea, hacer, aislado, ileso / de envidias, puro, dos o tres / poemas. Lo demás te sobra.” Hay un deseo de estar al margen de las olas de la moda, de las envidias del mundo literario y sus premios, de las rencillas. Los adjetivos: aislado, ileso, puro. Da un salto más cuando en Poética nos dice: “Dejar sobre el papel / tan sólo a un hombre sabio / y bueno, y parecerme / a ese hombre con los años.” Este sentimiento de que los versos van por delante de uno, de que son mejores que uno, lo hemos tenido algunos muchas veces. La poesía como acicate, como tirón hacia una mayor sabiduría y hacia el bien. Como programa de vida. Lo que Alejandro Martín Navarro, de quien nuestro autor se fía mucho, decía en el prólogo a Clara Contraseña, recientemente aparecido, de Pablo Moreno: “un poeta que sabe sacar lo mejor de su propia vida, porque sabe que la poesía no puede ser el vertedero de nuestras frustraciones, sino la copa donde damos a otros una verdad que, en la experiencia de la belleza, hemos encontrado en el mundo.” Y aquí hay otro salto, otra vuelta de tuerca, que encontraremos en los versos de Casa propia. La poesía como ofrenda al mundo, a los demás. Enrique, como apuntamos, es un escritor católico, lo que significa que ve la universalidad de la literatura, y su carácter de don, pues todo es don. Juan Pablo II escribió una Carta a los artistas, que comenzaba con esta exhortación: “A los que con apasionada entrega buscan nuevas epifanías de la belleza, para hacer de ellas un don al mundo en la creación artística.” La poesía es una forma de darse a los demás, y esto, he aquí lo universal, lo sienten también así autores no cristianos, aunque no nihilistas, como por ejemplo Eloy Sánchez Rosillo. “Cuento mi vida, pero lees la tuya”, dice Enrique. El lector recibe del poeta un espejo en que mirarse, las palabras que el lector no tiene para expresar la vida que sí tiene, que es, en esencia, común a todos los hombres. Universalidad.

También es este libro un salto adelante (hacia dentro, según su arquitectura) respecto a los precedentes. El poeta es consciente de que “...un poema es pálpito en el pecho. / Ni guiño a la afición ni flor formal. / Cuento –sí, son catorce-, y no está hecho.” El poema no es un juego malabar de conexiones literarias, para que los críticos y amigos se diviertan y se sientan cultos y cercanos en un mundillo común y en un círculo cerrado, ni tampoco pura forma acabada, oficio aprendido del que se espera el aplauso. Puede ser todo esto, y no estar hecho. En Ardua mediocritas, en Haz de luz, había poemas de impecable construcción, como la maquinaria ajustada de un coche, que “funcionan”, pero ya está. O de estructura de artículo de prensa, chistoso, juguetón. El autor, como se ve en los versos arriba citados, se da cuenta. Y pasa adelante (o hacia dentro).

Encontramos también una visión muy tierna y personal de la poesía: “es justo que mi oficio, que no logra / darme felicidad, haga feliz / a quien me hace feliz. Por eso, ten; / es suficiente con que a ti te guste.” Esto es un rarísimo rendimiento del criterio propio, en favor de los lectores, empezando por la persona a quien va dedicado el poema. Cuántos autores se acogen a ese atractivo desprecio de la chusma, en favor de sí mismo y su “mundillo” poético, y luego se quejan de que nadie entiende la poesía, y de que es algo para gentes cultivadas. Es posible en una mentalidad que ha perdido el rumbo, la visión de que el arte es don recibido, para darlo a otros. “Lo que gratis recibisteis dadlo gratis”, dice el Evangelio.

Hemos de notar que el oficio aprendido, que es capaz de hilvanar en un detalle toda una tradición literaria (en español y en otras lenguas), no se deja de lado, sino que se entierra en los cimientos de la emoción buscada, de la cercanía mayor a la vida. Basten estos versos de De vita beata como ejemplo: “Inesperada- / mente la música de los horteras / de mis vecinos vuelve locus / horribilis el huerto ameno, y no hay –Nevermore, /grazna la radio- escapatoria...” En una puntada se hace el tantas veces visto homenaje a Fray Luis –a quien se dirige el poema-, con la ruptura del adverbio, y luego aparece el tópico invertido del locus amoenus, y luego, como quien no quiere la cosa, el cuervo de Poe. “Grazna la radio”, este detalle verbal da testimonio de lo bien que recibe de d’Ors, que a su vez lo aprendió con Borges, la densidad connotativa de una conjugación o un adjetivo.

Encontramos también amargura, en estos cimientos comenzados desde el humo de la chimenea. Es un punto nuevo de la poesía de Enrique, que siempre había posado de feliz, con una insolente intención de epatar a los contrarios, los de la amargura esencial. Esta amargura, o desencanto, no deviene en infelicidad, o en arrojar sobre los demás basuras y maldiciones. Más bien es tranquila, sabedora de sus límites: “Y aquellos poetas jóvenes / que, cómplices, me enviaban / sus manuscritos, comentan / muy serios a mis espaldas / lo que sé: que no he cumplido / lo que de mí se esperaba.”

Significativamente, hay un sección central titulada Las ventanas, en las que se siente el aire entrar, meciendo unas cortinas verdes sobre el escritorio de trabajo. “Cansado. Y, de repente, la luz cae sobre el mundo;” Aquí hallamos el corazón del libro, como el hogar donde se encienden las brasas, en torno al cual es posible el hogar, el amor, las palabras. Es el poema Sin fin, que se levanta como un credo feliz: “Nunca se acaba de leer un libro / ni de mirar la luna. / Amar a una mujer no tiene fondo. /(...) Sólo el aburrimiento o el cansancio / son muerte. / La vida es ese libro interminable.” Es lo contrario de la “filosofía de lo potencial”, el ciento volando que piensa que lo mejor de la vida es lo que no tuvimos o lo que perdimos. No. Lo que es real, el hecho, no lo potencial que no fue, es lo más lírico, lo que esplende en su verdad inacabable, porque recibe la vida de su fuente originaria y creadora. De su fuente que es Dios. Es el argumento a favor del amor perdurable, del voto irremisible: amar a una mujer no tiene fondo. Una persona no da tiempo de conocerla y de quererla, así vivamos mil años. También se aborda este nervio central, desde Moradas, que trata del yo, no como limitación asfixiante, sino como riqueza: “Mas allá de ti mismo, en tus adentros, / hay un castillo de cristal que tiene / muchas moradas y una luz. De lejos / puedes verla brillar. Alguien la enciende.”

En el Poema de otro día, y en la sección titulada Buenas noches, se habita la casa propia por la señora que la gobierna y da sentido, su amada, su esposa. El poema que parafrasea al de Antonio Machado, está (aparte de estupendamente construido) en una situación metafísicamente distinta a su modelo: el poeta no está sólo, y no habla solo. Está junto a quien ama y le ama, y le habla a ella, con quien pasea y comparte el pan de cada día. Así, los poemas de amor se llenan de la luz del hogar, de las llamas que no se dejan apagar, y se encuentran versos hermosísimos: “Nos hemos dado el lujo de olvidar / todo lo triste. Tu sonrisa tiene / razón, bella durmiente, amor dormido...” Con este panorama, el corazón se enciende, justo al contrario que con el páramo nihilista, que se apaga. “Tú vela, corazón: que nunca deje / de oír, aquí, en el fondo, por debajo / del mundo y sus disfraces, corazón, / tu aplauso agradecido por la vida.”
Y junto al canto de amor, pone el poeta (no es casualidad), versos que apuntan a la resurrección, como nueva creación, como encuentro en el origen: “Porque siempre, / después, / volveré a ver el mundo / con ojos de recién resucitado.” Así termina el libro, y comienza ( vuelve a comenzar) la vida. La que estaba, muda, antes de los versos. La que cantó en los versos. La que después de cerrar el libro, se presenta ante los ojos, misteriosa, sin fin, inagotable.

(Publicado en Clarín)

Primeros días con Insausti

Últimos días en Sabinia
Gabriel Insausti
Pre-Textos

El monólogo dramático como forma poética, tan bien utilizado por Robert Browning, y recogido por Borges y Cernuda con gran acierto, es una de las formas recurrentes de los poetas de la generación del setenta. Hay ejemplos admirables en Eloy Sánchez Rosillo y, en contra de lo opinan algunos, no implican necesariamente un frío culturalismo, una exhibición de conocimientos que intenta eludir la intensidad directa y lírica. A veces, un monólogo en poesía llega a convencernos tanto que emociona como una rima de Becquer o una sentencia manriqueña. Porque en Poesía cabe todo, si es bueno y auténtico. Un poeta cubano, José Pérez Olivares, muy unido a la generación española del setenta, ha desarrollado ampliamente esta técnica, demostrando que lo que le ocurre a una persona les ocurre a todas, como gustaba decir a Borges.

Gabriel Insausti acomete la empresa de hacer un monólogo dramático que ocupa todo un libro, más bien extenso (LI poemas), de un sólo personaje, Horacio, en los últimos días de su vida. Empresa nada fácil, independientemente del poeta que se atreva a ello. Y esto por dos razones. La primera, que no es un personaje cercano, ni en el tiempo ni a nuestra cultura. Nuestra cultura actual (o subcultura) “posmoderna”, ha sido calificada a veces por ciertos moralistas de “pagana”. Ojalá lo fuera, suspiramos algunos. La dignidad personal –casi indiscernible del orgullo-, el desprecio por la mundanidad decadente de Roma, el aprecio por la naturaleza y la vida retirada, y los buenos amigos, y la lealtad, y la celebración, y la aceptación serena de la muerte como ocaso natural, distan mucho de nuestra Europa, desgajada de sus raíces.

La segunda razón es la dificultad de mantener la intensidad poética a lo largo de más de setecientos versos, de manera que a veces leemos ligerezas como las frecuentes referencias a su barriga (la de Horacio), los repetitivos y tibios desprecios a Augusto, y la sucesión de tópicos latinos que difícilmente se podrán exponer mejor que en sus originales (“Espera la venida de los hechos / sin miedo ni rencor. Y en la hora adversa / recuerda los placeres de otros días.” El lenguaje es una tradición, es cierto, a la que no hay que traicionar, pero sí superar, añadir, rehacer con materiales nuevos y antigua sabiduría. En este libro no siempre se consigue. Vemos intentos de emular Europa de Julio Martínez Mesanza, admirado por Insausti, pero es que en Europa alienta un sentido trascendente, épico, y de un claro simbolismo moral –cristiano- que da sentido a los motivos medievales o simplemente bélicos, y le confiere una fuerza poca veces vista, y, lo que más nos interesa ahora, inimitable. Aún así, entre los LI poemas de Últimos días en Sabinia, hay muchos muy buenos, emocionantes y sobrios, con la sencillez del endecasílabo blanco casi nunca encabalgado. En XX (De amicitia) el recurso nos otro que la enumeración: “Tuvimos la alegría del camino / por los campos de Nursia amurallados, / el júbilo en las calles de Amiterno (...)”, para terminar diciendo: “Que esto no nos baste, qué desgracia.” El poema del mismo título de Europa, es jubiloso, fiero, casi desafiante (y una maravilla también); éste es efectivo de otra forma, poniendo de manifiesto la nostalgia incurable, lo insatisfactorio de todo lo terreno.Estos versos, y unos cuantos más, nos hacen pensar que hubiera estado muy bien dejar el libro en un tercio de lo publicado. Empieza a ponerse de moda el libro de poemas extenso, no sé si como demostración de la supuesta capacidad del autor, o consecuencia de cierta incontinencia al publicar. Insausti tiene aquí versos hermosos e intensos, pero diluidos entre otros francamente tibios. Otro ejemplo de los primeros: “Si buscáis denigrarme es bien sencillo: / ved cómo luce el mundo y yo no puedo / copiarlo con palabras suficientes.” Otro ejemplo de los segundos, refiriéndose a los médicos: “sospecho que no alivian nuestros males / y que su ciencia tiene un solo fin: / perpetuar el mórbido negocio.”Esperamos el próximo libro del autor, en que Horacio (o quién sea) mengüe, para que Insausti crezca. Pensamos que merecerá la pena. Se sabe si alguien es un buen poeta tan sólo con leer dos o tres páginas, e Insausti lo es. Tan sólo deseamos más rostro y menos máscara, más intensidad en menos extensión. Y también el ir más allá de la simple formulación en verso de temas paganos, ya que Insausti (lo sabemos) no lo es. Ni tampoco es un posmoderno suicidado en vida. Vemos más atractivo e interesante, ya que se ve el intento de hacer una poesía a veces meditativa, a veces epigramática o filosófica, el convertir en poesía las propias ideas, las íntimas convicciones. Es mucho más jugoso –y más “poético”- que intentar hacer hablar a Horacio. Aunque –repetimos- Insausti consiga en su intento algunos poemas muy hermosos.

(Publicado en Clarín)

Todo es posible todavía

La certeza
Eloy Sánchez Rosillo
Tusquets, Nuevos textos sagrados, 2005

Desde que Eloy Sánchez Rosillo obtuvo el Premio Adonais en 1977, su obra ha sido -como la de muchos grandes poetas- una serie de variaciones sobre el mismo tema. Gustan los críticos de despachar a este autor con el adjetivo “elegíaco”, al que se añaden otros: “clásico”, “sereno”, “meditativo”, por ejemplo. Lo primero alude a la manera recurrente de abordar los versos, generalmente con una rememoración de circunstancias del pasado, que suelen desembocar en un anticlímax final: todo se ha marchado, y tú estás solo y triste. Como en All passion spent: “Y removemos, tercos, la escoria de la luz. / Pero nada encontramos. Y respiramos muerte.” Dice Sánchez Rosillo que ser poeta y ser nihilista es una contradicción. Pero esta contradicción la encontramos a menudo en los poetas; se esfuerzan por trasmitirnos una idea, como la consabida inexorabilidad del tiempo, con un final frío y mortecino (un anticlímax), y sin embargo -los buenos poemas- nos dejan de algún modo con el corazón extrañamente calentado, vivaqueando, inquieto. Parece que el espíritu contradice a la letra. ¿Cuál es si no la explicación de que la lectura de Elegías, de este mismo autor, sea tan cálida, tan animosa, cuando está hablando de la desaparición de la hermosura? Eloy Sánchez Rosillo se ha interesado, como estudioso y traductor, por la obra de Leopardi, y, así, encontramos una cierta fraternidad con el poeta de Recanati, que respiraba dolor y cantaba la belleza cotidiana al mismo tiempo, en los mismos versos, acompasado, dual, roto y a la vez íntegro.

En La certeza, Sánchez Rosillo parece haberse decantado hacia un aspecto de su poesía, ese resquicio que siempre ha habido en su obra (aunque pequeño, muy significativo), de canto libre, esperanzado, desahogado, en el que no prevalece la estrechez, la angustia temporal: “con plenitud respira tu pecho el raro don / de la felicidad. Y bien quisieras / que nunca se apagara la intensidad que vives.”, encontramos en la primera página del libro. Y en los finales de la mayoría de los poemas no hay un brusco tirón que nos lleve al suelo otra vez, no hay regreso a la tierra de la miseria: “Y nada puede (...) / evitar que despierto sueñe el sueño / de que todo es posible todavía.”

Siempre hemos visto la obra de Sánchez Rosillo como un equilibrio fino entre el lamento y la celebración. Pero con un matiz: en la antesala del lamento, en el recuento detenido de sus posesiones pasadas, la voz del poeta parecía encandilarse, recrearse en cada detalle, hacerse luminosa, con una luz que ninguna sentencia lapidaria podía borrar luego. Al contrario, la resaltaba. Y en La Certeza parece tomar partido por la esperanza, o por una esperanza, la “de que todo es posible todavía.” Y, aunque de modo sutil, pudoroso, inconcreto, aparece el tema de la salvación: “la luz (...) / siempre estará contigo para que no claudiques, / para que en ti no acabe nunca el canto, / para que seas quien eres y te salves.” ¿Qué salvación? No es esta, ciertamente, una poesía confesional, pero ese “para que seas quien eres” sugiere un jugosa idea: el final de todo es el cumplimiento, no ya de una tarea, sino de la gran tarea, que es el desvelamiento del propio ser, de la esencia última de un hombre. Los cristianos encuentran esto en la parábola de los talentos, tantas veces entendida de un modo cosificado, mercantil, cuantificable. Y en un hermoso símbolo del Apocalipsis: Dios dirá a cada uno su nombre secreto, al final de los días. Un poeta puede saber que su vida es una realidad abierta, potencial, y que no todo termina con la muerte. Esto lo intuyen, si son logrados, hasta los versos más oscuros, más nihilistas.

Y, hablando del dolor, no es esta una realidad borrada de la poesía de Sánchez Rosillo, en aras del himno, sino que se mira con otros ojos, como un gran misterio que algo significa, y que ha de ser convertido en luz: (Plegaria) “Que este dolor tan grande no sea en vano, / que aquí, en mi pecho, poco a poco vaya / transformando yo en luz tanta tiniebla;” Es una oración (¿a quién?), pero lo más significativo, a nuestro juicio, es la palabra “pecho”, que, vecina de “corazón” alude al ser total del hombre, a su yo completo. No es el dolor una realidad que se pueda comprender nunca con la mera razón, sino que va más allá, más adentro o más afuera, donde nace toda poesía, “un punto inhabitable en que coincide / la vida con la muerte.” (Allí).
Para terminar, nos acercamos a los versos finales de Las estrellas y un sueño: “Qué inexplicable es todo, qué maravilla es / defender este sueño, no traicionarlo nunca, / estar conmigo en paz y al mismo tiempo en guerra, / y a avanzar decidido, pues el trayecto aún / al parecer prosigue.” Vemos claramente que el autor no se ha detenido en su viaje, por mucho que titule a su libro La certeza, sino que contempla de frente, con la mirada clara, el misterio del tiempo.

(Publicado en Clarín)

La poesía de Joaquín Moreno

Parece que el hombre camina sobre dos abismos, que le atraen y le repelen sucesiva, y a veces, simultáneamente. A un lado, debajo de uno de sus pies, la esperanza, terca, insolente, irreflexiva acaso, la misteriosa sensación de que lo bueno es perdurable, de que las cosas buenas son más buenas que malas las malas. Así, cuando se enamora, cuando goza con la belleza y el placer, cuando es creativo. Por otro lado, bajo el otro pie, terreno quebradizo y pegajoso: la experiencia del dolor, de la fragilidad de cuanto ama, de la fugacidad de su bonanza, de la cercanía de la muerte. Así camina el hombre, unas veces cargando más sobre un pie que sobre el otro. Chesterton sitúa el realismo cristiano en el justo medio aristotélico: ni el optimismo de Whitman, ni el pesimismo de Huxley o Wells. Ambos extremos dicen la verdad, pero no toda la verdad. Y ambos gritan con voces tremendas, reclamando lo suyo.

Los poetas no han hecho otra cosa (con múltiples variaciones, modas, y maneras) que inclinarse un poco (o un mucho) hacia uno u otro abismo. Depende de su carácter, del espíritu de su época, y pienso que aún más de un especial destino personal que de sus ideas conscientes sobre el mundo. La experiencia creadora nos muestra que “lo poético”, esa inaprensible esencia, nos sale al paso en cualquiera de las dos direcciones. Tan “real” es el monte Tabor como el Gólgota. “Qué bien se está aquí” y “¿Por qué me has abandonado?” son palabras entre las que cabe la vida entera del hombre en la tierra.

La poesía de Joaquín Moreno Pedrosa (Sevilla, 1979), parte de una aguda -afilada- consciencia de este doble abismo. Con distintas imágenes, como la del exilio, comienza su andadura poética en su primer y único libro hasta la fecha, Desde otro tiempo (Cuadernos de Poesía Númenor, 2002): “Yo vengo de un palacio de otro tiempo”, dice; y después: “Aquí soy solamente un exiliado”. El mundo de Tolkien tiene una gran influencia en Joaquín Moreno, desde el mismo punto de partida. No porque le proporcione “motivos” poéticos particulares (Frodo, Haldir), sino porque cuando Tolkien escribió sobre los Dunedáin, los montaraces, estaba encarnando una realidad universal. Gentes que viven con los pies en la tierra (una tierra salvaje, incómoda, pero que hacen suya), y con la mente y el corazón en otro mundo, un mundo perdido y mejor que esperan recobrar de algún modo. Tolkien describió al hombre. Y Joaquín Moreno se ve, desde el principio, identificado con estos numenóreanos. En el poema Hado, el segundo del libro, describe una visión bélica, heroica, y a la vez cainita y sanguinaria, a través de una espada, y el poeta puede “ver esculpidos en su puño / mi nombre y mi linaje.” Esta es la visión de la caída, de la pérdida, del envilecimiento, inseparables -trigo y cizaña- de la experiencia de lo hermoso. Los montaraces vagan y penan, sirviendo, ocultos, a los demás, y cargando con el peso de una antigua infamia.

No todo, ni mucho menos, es motivo heroico. En Joaquín Moreno se dan cita las lecturas infantiles (y no infantiles), y la familia y la música y los cercanos amigos. Stevenson, Lewis, el jazz, la cerveza y la celebración. Pero el hilo conductor es esa búsqueda (esa persecución, como en el relato de Cortazar sobre Charlie Parker) de la esencia última, de la luz que se transparente pálida a través de los días. Los recuerdos que llegan en una tarde solitaria, “las horas / que pasé disfrutando con otros, / buscando esa Belleza que nos daba / la alegría y el llanto.” son algo más que recuerdos: “Por eso, hoy los alzo como un fiero estandarte / contra esa tentación de no ser nada.”

Una idea platónica, y no por ello menos verdadera, atraviesa sus poemas: “puede / que merezca vivir allí donde mi obra / refleje, ya sin mancha, / el rostro exacto y puro de lo Hermoso.” Hay un salto continuo, esforzado, hacia siempre otro lado, hacia siempre otra cosa, superior al que se nombra. Y con incertidumbre: “Y no puedo dejar de preguntarme / a qué nuevo fracaso, a qué recuerdos / derrotados me llevan estas horas / de buscar esa luz detrás de las palabras.” Y con esta desazón toma forma su libro: “son las cosas con las que, poco a poco, / va creciendo mi obra, que entreteje, / con sus hebras de música y palabras, / el recuerdo de todo cuanto amo.”
Pero Joaquín Moreno no es neoplatónico, sino cristiano, y su mundo no es el de los Arquetipos sino el de Dios que escucha y habla y hace. Y conforme su libro avanza, se ve
más claramente el Rostro oculto: “tan sólo el tiempo mostrará los frutos: / por eso desde ahora ya agradezco / la obra de tus manos con las mías.” Y esto hace que la luz que a veces deslumbra al poeta no le deje en las tinieblas del deslumbramiento: “una Luz más serena se abre paso / entre las ruinas.” El Dios encarnado es más terrible -más real- que las voces del oráculo, pero también más amable, porque es Humano. Esto es la cima de sus versos, el quicio de su persecución. Esto es la esperanza. “Por eso sé que, el día en que yo muera, / mi alma tendrá paz en el Oeste.” “Hasta que, puro, / nos sea dado un rostro / digno de contemplar todas las cosas.” La hermosura es paciente, y los versos de Joaquín Moreno tienen la honestidad de no saberse la última palabra sino, balbucientes, las primeras. Vale.