Galletas de chocolate y Brahms.

Fernando se despierta a las cinco y media y, aunque pronto se duerme frente a un Batman de dibujitos, yo me quedo desvelado frente a un tazón de descafeinado en el que nadan, diluyéndose, tres galletas grandotas de chocolate del Mercadona. En la radio, ponen -y explican- la tercera sinfonía de Brahms, al que llaman "continuador de Beethoven". Me doy cuenta de que la conozco muy bien, y me sorprende, pues no tenía conciencia de haber escuchado mucho a Brahms, pero de repente recuerdo que compré unos cedés de esos que salían a veinte duros, en el Alcalmpo, hace quince años, con varias piezas clásicas en interpretaciones modestas. Se conoce que ahí estaba Brahms, como esta noche de nuevo. Oye tú, y me gusta. No he abierto el tuiter -todavía-, pero allí este párrafo, excesivo para lo poco, lo nada, que tengo que contar, sería: "Tres galletas de chocolate y Brahms. #cosasquehagocuandomedesvelo". El tuiter es al blog lo que el haiku al soneto.

Selección de reseñas escritas por Jesús Beades

En Poesía Digital -- Aquel lugar, de Alejandro Martín Navarro. -- Tres deseos, de Amalia Bautista. -- El pan imprescindible, de Anna Ajmátova. -- Este hilo que enhebro, de Carmelo Guillén Acosta. -- El engaño de los días, de Dionisia García. -- La misma luna, de Felipe Benítez Reyes. -- Desde un fracaso escribo, de José Luis Tejada. -- Oficio, de José Miguel Ibánez-Langlois. -- Soy en mayo, de Julio Martínez Mesanza. -- Querido silencio, de Luis Muñoz. -- Canciones del que no canta, de Mario Benedetti. -- El cazador, de Mario Míguez. Los campos Elíseos, de Pablo García Baena. -- Discurso de la ceniza, de Pablo Moreno Prieto. -- Dos puntos, de Wislawa Szymborska. -- En Clarín -- El alba en tu ventana, de Iván García Jiménez. -- Últimos días en Sabinia, de Gabriel Insausti. -- La certeza, de Eloy Sánchez Rosillo. -- Casa Propia, de Enrique García-Máiquez. -- Pampaluna, de Rocío Arana. -- En Númenor -- Hacia otra luz más pura, de Miguel d'Ors. -- La pintura y el grabado de Laura Moreno. -- Otras reseñas -- La poesía de Joaquín Moreno Pedrosa -- Muertes y maravillas, de Rafael Adolfo Téllez. --

Y mi voz sin tu trato se afemina

"La tía Jane. Uno no elige a sus tíos y tías, ni en la vida ni en la literatura. La tía Jane llegaba sin avisar y sin alharacas; como trayéndote siempre algunas golosinas, y echando una mano en lo que hiciera falta, como las tías de verdad -no digo, reales, sino de verdad, que de todo hay-; una señora bien educada en contar historias, y con ese misterio de lo femenino, tan bien llevado, que apuntala lo masculino de sus masculinos sobrinos. " (Vía Mora Fandos, las negritas son mías) Me gusta ese detalle sobre lo masculino, y me recuerda un verso de Miguel Hernández, creo: "Y mi voz sin tu trato se afemina". Lo recuerdo porque, cuando salí con una de mis primeras novietas, no paraba de venirme a la cabeza ese verso. Y era porque, ante aquella muchacha, de pelo color miel, liso y largo, y ojos enormes, cual anuncio de Pantene, yo, sin hacer nada, sin saber nada, me sentía -además de agradecido- algo así como viril. Algo así como más yo, de un modo nunca sentido hasta entonces. Era -sigue siendo- algo muy chulo, qué queréis que os diga.

El ruido congelado y la noche cerrada

Vuelvo, como tantas noches, de tocar con el grupo. Vuelvo de Lora del Río, con el ruido congelado adentro, como un barullo que no se sedimenta hasta que llegue la mañana, y que todavía escucharé en sueños, agitados quizá, o herméticos e indescifrables cuando amanezca, cansado, y el sol del domingo (ojalá haga sol) extienda su manto apacible sobre la casa, el escritorio en desorden, las pipas, las guitarras. Y los niños devuelvan el orden a cada cosa, estableciendo su ritmo, que es seguro y andante, vivo e indiscutible. Pero esta hora extraña en que es de noche, en que todavía es de noche, y están calladas las lavadoras, y sólo gime alguna tubería profunda, es una hora terrible para el hombre solo. El ruido congelado, y la noche cerrada. Suficiente para un día, demasiado extendido, con todos sus trabajos y sus melancolías postergadas, porque hay que trabajar. Y ni siquiera las palabras ordenan el día, como quería Jünger, cuando el peso de las cosas revueltas se aplasta, se comprime, me empuja y me conduce a la cama, me debería llevar hasta la cama justo después de darle a la tecla "publicar".

Consejos para escritores

"Escribe raro para que no se entienda un pimiento. Desde la primera frase. -- Obliga al lector a consultar el diccionario. Constantemente. En cada frase. Eso les excita. -- Una frase con menos de seis adjetivos es una frase aburrida. -- Tu lector tiene el diccionario de arcaísmos olvidado en la estantería. ¡Conviértelo en su compañero inseparable! -- No te cortes a la hora de describir fenómenos meteorológicos. Los lectores siempre quieren más y más. -- Intenta que todos tus protagonistas usen un Mac y describe con detalle qué modelo es y qué tipo de procesador usa. -- Regla de oro: Incluye Illuminati. Si no puedes incluir Illuminati, incluye vampiros. -- Las citas en griego clásico añaden dinamismo. -- Los capítulos donde la protagonista bebe una taza de té humeante frente a la ventana requieren citas en alemán. -- Un lector que abre una novela busca dos cosas: a) prosa indescifrable. b) notas a pie de página en ruso." Biel Perelló.

Gaudium sine pacem

"La alegría nos hace invulnerables". Este aforismo de Ramón Eder, con el que tan buena "animación a la lectura", as usual, hace Enrique, en su blogg, y en el periódico, me sugirió este otro: "La alegría nos hace, como la tristeza, vulnerables, pero por mejores motivos. Hay quien no desea sentirse vulnerable de ningún modo, y desconfía del gozo desbordante. Epicúreos se llamaban en la Antigüedad, y Whitman los hubiera desterrado de América".

Iron Maiden y la NBA

Mi amigo Emilio me descubrió Iron Maiden. Por lo tanto, le debo muchísimo, pues esto fue el comienzo de un curioso atajo. Me explico. En mi casa, había cientos de cintas de casete y discos, Bob Dylan, Eric Clapton, Pink Floyd, Rolling Stones, toda una coleccioncita de Jazz... A los que terminé llegando. Pero la primera vez que sentí pasión, verdadera pasión personal, que iba desde la estética de los músicos (oh, esas muñequeras de pinchos) hasta las portadas de los discos (oh, Dereck Riggs, y el Eddie de Seventh Son of a Seventh Son), fue con la banda inglesa de heavy metal. Antes de vibrar con Riders on the Storm, pegué saltos -raqueta de plástico en mano simulando una guitarra- con el Run to the Hills. En realidad, los discos eran del hermano mayor de Emilio, David, quien me vendió algunos posters con los que empecé a empapelar mi cuarto, techo incluido. Pero hoy me acuerdo de Emilio por otra cosa. Antes de la pasión Maiden, solapándose también con la pasión Maiden, fue la NBA. Nuestro equipo de mini-basket del colegio era derrotado, una y otra vez, con marcadores heroicos, 106-8, 95-6, 110-7, y Emilio y yo encestábamos esos 8, ó 6, ó 7 puntos -de hecho, me dieron una medalla al "máximo encestador" de mi equipo-, con jugadas ensayadas, calcando movimientos aprendidos en Cerca de las Estrellas, de Ramón Trecet. Mi primo Sergio era de los Bulls y de Jordan, lo que me parecía hortera, por obvio; yo era de los Celtics y de Larry Bird, aunque en realidad siempre me fascinó la forma de dar asistencias (mágica, artística, inexplicable) de Magic Johnson. Aún sigo flipando con los últimos dos minutos del All Stars Game de 1988. Bendito Youtube. Chesterton decía algo así como que el hombre adulto y el niño que antes fue se terminan abrazando, y la adolescencia queda como un inexplicable fenómeno de extrañamiento. Un irse para volver. Hay una unidad que se rehace, poco a poco, al hacernos mayores. Hace unos años empecé a escuchar de nuevo a Iron Maiden. Esta semana me he comprado un balón de baloncesto.

Un poma sin moraleja de Wislawa Szymborska, in memoriam.

La realidad exige... La realidad exige que lo digamos bien claro: la vida sigue su curso. Sucede así en Cannas y en Borodinó, en los llanos de Kosovo y en Guernica. Hay una gasolinera en una pequeña plaza de Jericó, hay bancos recién pintados cerca de Bila Hora. Las cartas van y vienen entre Pearl Harbor y Hastings, pasa un camión de muebles bajo la mirada del león de Queronea y solo un frente atmosférico amenaza los florecientes jardines cercanos a Verdún. Hay tanto de Todo que lo que hay de Nada queda muy bien cubierto. De los yates de Accio llega la música y en la cubierta, al sol, bailan las parejas. Pasan siempre tantas cosas Que seguro tienen que pasar en todas partes. Donde hay piedra sobre piedra hay un carro de helados cercado por los niños. Donde estaba Hiroshima de nuevo está Hiroshima y se siguen produciendo objetos de uso cotidiano. No le faltan encantos a este hermoso mundo ni tampoco amaneceres para los que merece la pena despertar. En los campos de Macejowice La hierba es verde, y en la hierba, como pasa en la hierba, la escarcha, transparente. Quizá no haya un lugar que no haya sido un campo de batalla, los aún recordados, los hoy ya olvidados, bosques de cedros y bosques de abedules, nieves y arenas, pantanos irisados y barrancos de negro fracaso donde en caso de urgencia satisfacemos ahora nuestras necesidades. Qué moraleja sale de todo esto: parece que ninguna. Lo que de verdad sale es la sangre que seca rápida y siempre algunos ríos, algunas nubes. En esos desfiladeros trágicos el viento se lleva los sombreros, y es inevitable: la imagen nos da risa. (De "Fin y principio" 1993 Versión de Abel Murcia)