Apología del coleccionismo de muñecos

Suso me ha hecho pensar en el llamado "objeto del amor". Ese giro chestertoniano ("Lo que importa no es saber adónde va el amor, sino de dónde viene") revela una verdad: se puede amar de maneras muy distintas el mismo objeto (objeto en su sentido filosófico), pero eso convierte el lenguaje en una ficción necesaria. El "yo amo" de una persona, y el "yo amo" de otra responderían a dos realidades distintas (no digo "absolutamente distintas" porque me parece imposible, pero sí muy distintas). Como lo que dice Lewis: decir "a ti te gusta leer a Dante, y a mí me gusta ver el futbol" en realidad es un espejismo del lenguaje, pues ese verbo, gustar, responde aquí a dos realidades diferentes.

Muy bien. Pero... ¿Y si el amor que se tiene es contemplativo, al modo en que lo explica Suso, y el objeto aparentemente indigno? Pienso en el coleccionista, también de dos tipos: el que le gusta decir: "me ha costado un pastón, sólo hay mil ejemplares", y ese otro que mira su muñeco de Skeletor, o su sello decimonónico, o su avión de hojalata, o su Mini del 73, o su Fender Stratocaster del 62, y pienso que la vida, al fin y al cabo, es hermosa, y que si los hombres hacen esas maravillas no todo está perdido. Y se le alegra el corazón.

En este último caso solemos hablar, con demasiada ligereza, de idolatría. Y sin embargo, es evidente que el muñeco no es Dios, ni siquiera un dios. Más fácil es confundir el amor erótico con un dios (que se convierte en demonio, por tanto), que a un Darth Vader de 12 pulgadas. Su humilde plástico y su desvalida escala nos lo impide. Sencillamente, sentimos que hay "algo divino" ahí dentro. El coleccionismo, por tanto, es un método estrafalario, chestertoniano, de renunciar a la idolatría.