Cómo ser Juan y ser Perro, al mismo tiempo

"Lo que por un lado el oficio de músico te quita con su desvarío característico, te lo devuelve por otro lado, porque las canciones son como cristales oscuros en las que se condensan milenios de experiencia de la Humanidad".Santiago Auserón, hablando -mucho- entre canción y canción como Juan Perro, su alter ego musical tras los años de Radio Futura, en el Instituto Cervantes de Estocolmo, el pasado 11 de noviembre. Contrastando su "doble vida" (aunque él no la llama así) de músico de rock, y de estudiante de filosofía, estudioso de la música y del lenguaje.Pocas veces tiene uno --así lo dice Trapiello y su corte de emuladores: "uno"-- la ocasión de escuchar a alguien relevante -¿"otro", habría que decir?-- hablar sobre esa dicotomía, esa jardín de senderos que se bifurcan, entre la vida de escritorio y biblioteca, soledad y meditación, y la vida de escenario, actividad y adrenalina. Se conoce que Auserón sufre, vive, esta tensión; así que una charla-recital en el Cervantes debe de ser una maravilla para el artista desdoblado. Quizá por eso hablo tanto entre canción y canción en los conciertos. Y fuera de ellos.Yo siempre lo he visto como "vida de aventuras": la distinción entre "hombres de acción" y "hombres de letras", ya clásica, la añoranza del páramo y el rifle en Borges, del mar decimonónico en Baroja, el impulso que llevó en su ola a Stevenson a los mares del Sur, a Gauguin a Tahití. A mí --o sea, a "uno" que yo me sé-- el R&R, el blues, Los Walkman, me proporcionan acción, movimiento, un "hacer algo" bello, que se consume y se completa en sí mismo mientras estamos en el escenario, algo que se puede respirar, sudar (y con lo que se puede comer). Sin embargo, falta la poesía, y echamos de menos --el plural de cortesía es una ídem-- el temblor íntimo ante el verso exacto, la inspiración que se encarna en un verso. Lo curioso es que esta experiencia no me lleva a ser autor de canciones --alguna ha escrito "uno"--, sino que la poesía, sin más, sigue siendo el terreno de la creatividad plasmada en una página, y la guitarra, el piano, la armónica, el de una corriente dionisíaca, irreflexiva, feliz. En eso es diferente de Juan Perro: no me sentaría a pensar sobre musicología, sino que, como Pablo el saxofonista de El Lobo Estepario, cojo mi tubo y soplo. Y la gente baila.