La pegatina

Hace siglos, íbamos de vacaciones a Gredos. Tenía yo once años y pantalones rotos con la palabras "Iron Maiden" escritas a boli (moda imperante entre los heavys pobres), cuando me enamoré de la hija de los dueños del camping, algo mayor que yo. Sufría de dulces melancolías entre la hora de jugar a las cartas por la tarde, y la hora de charlar en la penumbra de los veladores, mientras los mayores veían la tele en el bar y la noche caía sobre el pico Almanzor. Sufría esas horas, ese par de horas de ducha y bocata de salchichón, de mal de ausencia, como los bebés cuando ven salir de la habitación a su madre, que se figuran que se ha ido para siempre, y, claro, lloran. En la azulada penumbra de los pinos gané un beso, y en la pandilla aprendimos el sutil arte de las indirectas (ingenuamente faltas de sutileza, por supuesto, pero todo era aprender). Fui correspondido.
Desde entonces nos carteamos con pasión y arrebato y dolor de distancia, o sea, como Dios manda. Alguna vez nos vimos a lo largo de los años, si nuestros veranos -los de nuestros padres- coincidían en el mapa y en el calendario. El final de esta historia, años después, muchos años y barba y kilos y mediocridad después, es demasiado prosaico y urbano, y es más para un diario póstumo que para un blog público. Da igual. Escribo esto porque tengo la ventana a mi izquierda, y atardece. Y acabo de darme cuenta de que sigue en el cristal de la ventana una pegatina del Campingredos, casi borrada, como la que estuvo en la luna del Ford Taunus de mi padre, y a través de ella veo el atardecer, veo el mundo y todo lo que contiene. Veo el sol a través de esas letras gastadas, hundiéndose lento, indiferente, detrás del Aljarafe.
Escribo esto para cuando alguien limpie con alcohol el cristal, y no haya pegatina que me recuerde nada, para poder leerlo y convencerme de que mis recuerdos -recuerdos de recuerdos de recuerdos- son verdad y misterio que el sol se lleva, al otro lado del mundo, donde aún es mediodía.

Fin de curso

Y se acabó el curso. De repente, han pasado tres años. De repente, la misma sensación de acto de graduación de C.O.U., en el que no participé, con mis compañeros del colegio, con sus becas amarillas, y sonrientes chaquetas, enfilando el camino del ubi sunt? para siempre, y para todos los poemas. La ciudad se funde, pastosa, con un hálito temblón en el horizonte turbio, y caminan por mi frente los rostros vertiginosos que pasan, que han pasado, que de pronto hará diez años en cualquier momento. Quedan unos fotos, unos videos alocados, un amigo para siempre, cuatro recuerdos de cafetería, y una fachada de Facultad, como contraportada de algo que se esfuma lentamente en las nuevas prisas, en las nuevas cosas. Las guapísimas compañeras ya son maestras que enfilan la "mediana edad" y acumulan trienios. ¿Para qué hago todo esto? Seguiré sin saberlo del todo, avanzando, no entre la niebla, sino a través del calor de la ciudad, de la moto y las prisas, del currículm y los papeles que nos empujan hacia delante. Hacia una posición, un trabajo, un horario tranquilo. Pero la inquietud persiste. ¿Para qué, a dónde, qué quiero? Lo más difícil es saber qué se quiere. Y entre tanto hacemos cosas, exámenes, cachivaches, papeles. Qué veloz verano, el otoño durará lo que tarde en llegar el invierno. Y seguiremos aquí, si Dios quiere, y seremos los mismos. Pero la lluvia será distinta, barredora, misericordiosa, entregándonos la ilusión de un nuevo comienzo. Y en algún poema habrá un vislumbre de una lograda plenitud. Que siempre se retrasa, detrás, detrás de todas las cosas que urgen.

La santidad de Chesterton

Hace años provoqué una mezcla de indignación e incredulidad al decirle a una persona que Chesterton, para mí, era santo. Santo santo como los santos canonizados. Objetaba: "¿Pero qué ha hecho? No ha fundado nada..." Casualmente esta persona se dirigió luego por el camino que dice que todos estamos llamados a la santidad, etc. Así que debió enmendar su error.

Esta noticia en la buhardilla me ha hecho sonreir, recordándolo.