Un himno


Este es uno de los diez mejores poemas que he leído en mi vida, y muy alto en la lista. No sé si os lo había dicho (seguro, porque yo digo muchas cosas):

"Cómo deseo que algo
fuera de mí ocurra
que atraviese las fronteras imposibles
que te lluevan encima las flores que me gustan
que la luz se reserve una tarde
para pasear conmigo y se ponga tan guapa...
que me conozcas un día y sea yo
que aparezcan los papeles que no buscaba
que venga el campo a verme a mi cuarto
que se caiga el desierto de mis bolsillos
y lo pierda para siempre
que todas las ventanas se queden abiertas
que se me conceda un poder místico
como escribir cartas que es hermoso y necesario
que una noche se apague el flexo de un joven
y no nos escriba más versos que los cante que los cante
que navegue por el río el trineo
mientras yo los miro arrastrando te quieros
que nazca entre las murallas otra flor inservible
que el que camina encuentre la salida del parque
que se haga el silencio y el misterio
que te des cuenta que me quieres
o que no necesite yo quererte"

(Francisco Gallardo)

Pasos sobre el puente de Brooklyn

En Fantasmas, segunda pieza de la Trilogía de Nueva York de Paul Auster, el protagonista cruza a pie el puente de Brooklyn, recordando la última vez que lo hizo, con su padre, de pequeño. Mientras va recordando el tráfico "como el zumbido de un enorme enjambre de abejas", yo recuerdo nuestros pasos por el mismo puente, la mañana limpia, el vendedor pakistaní de agua, las ciclistas y mi esposa, y mi cámara de fotos. Hay una trama que une los pasos del protagonista de Fantasmas, los pasos de Auster volviendo a su casa en Brooklyn, los de los jóvenes esposos con su cámara de fotos. Una trama de pasos que forman un camino, que va y viene de aquella mañana clara de verano, a esta mañana clara del invierno. Un camino que se extiende cuando abro Fantasmas, que continuará cuando volvamos a Brooklyn, y que no sé a dónde lleva.