El invitado que no llega

El otoño va a llegar, descuide. Pero ¿cuándo? Seguimos en esta primavera de inminencia de lilas muertas arrastradas por la tierra, etc, (algo así decía The Waste Land), pero no acaba de comparecer el otoño, con sus barbas de liquen y su corona de musgo, y sus colores caldera cortinglés, que ahora se llaman camel. La noche cae sobre una ciudad tibia todavía, el ánimo aún en mangas de camisa, y es demasiada la luz para el corazón, que ha sacado el abrigo del armario, hace un mes, y está deseoso de correr bajo la manta de humo de las castañeras, de ponerse gorra, de recordar a Dickens, aunque sea un poco. La gente, ay, en paro, pasea bajo los álamos, camina por la Avenida (esquivando bicis y mirando el tranvía), por la Campana, como hace un siglo, encontrándose con conocidos como en cualquier ciudad de provincias. Comiendo pipas, y tirando de bonobús.
Pero hay algo que aún no llega. Y cuando llegue nos quejaremos del barro en las botas, de los charcos bajo las ruedas de los autobuses (la camisa empapada de cabreo), de la lluvia a la puerta del colegio infinita, del tiempo arisco y de las tardes breves. Pero al menos todo estará en su sitio, como Dios manda. Con el tiempo (atmosférico) todos somos conservadores.