Recuerdos de recuerdos de recuerdos

Si comparto un recuerdo de Facebook, también en Instagram y Twitter, el año que viene volverá a mostrármelo, y  podré compartirlo de nuevo, y así sucesivamente. Podría vivir ya sólo de recuerdos, que cada año sabrían distintos, desgastados, lejanos, adheridos a los nuevos que no compartimos ("mira la fotó de papá con Fer hace cinco años, la compartimos cuando cumplió cuatro"), de tal manera que en Instagram, por ejemplo, ya no tendríamos una colección de fotos siguiendo una línea temporal, sino un collage de los 30 de abril de cada año (por cierto, ojo al verso: "y los 30 de abril de cada año / levantaré mi copa por esa puta gracia / que tuviste al marcharte, dejándonos tan solos / delante de una foto y tres o cuatro pobres / objetos personales...). Un collage, una imagen compuesta de cristales rotos, espejos confundidos. Ustedes mismos, aquí ya la imaginería y el metaforismo es libre. Todo ha cambiado. Y nada. Escribo esto en una tablet de 10", con un teclado físico integrado en la funda, mientras envío a la smartTv el Spotify con lo último de Sabina. Y qué. Los que faltan, faltan en todos los idiomas. Triglicéridos, gigabaits, likes, saudade, angst. Enumero esto, y me voy ya a tomar por saco. Que tengan ustedes buen domingo de feria, entrepuente o lo que sea.

París bien vale una Visa.

(Apuntes de un tieso de puente)

La belleza y la maravilla se sobreponen al turismo y al tópico. Oh.

"Si viviéramos tres meses aquí, disfrutaríamos de verdad la ciudad". Pero mejor cuatro días a no haber estado nunca. Alimentan mucho después en la memoria, además. Son -atención, metáfora- un sabroso pedazo de mantequilla para untar una y otra vez sobre la barra de pan del resto de mi vida. La metáfora, regular. El pan, sabrosísimo.

Los parisinos, amables y cálidos en todo momento. No sé de dónde sale la idea contraria.

Misa en la Madeleine, ese Partenón. Grupo de adorables niñas scouts que, o bien comulgaban o, si aún no, iban igualmente en la fila para que el sacerdote las bendijera en la frente. El anciano cura saluda a todos lo que entramos, dándonos el folleto con las lecturas en francés, inglés y español, y despide uno a uno en la puerta.

Los cuadros de los pintores turísticos de Montmartre, horribles. La comida excelente, el vino más caro que la comida, claro. Una tienda sólo de cigar-boxes (guitarritas y ukeleles hechos con cajas de puros o latas de aceite), otra sólo de cables de sonido, otra con la variedad en stock de ukeleles más grande que jamás hubiéramos visto. Fachadas muy de Instagram.

Seguramente, para Macarena, una de sus imágenes preferidas será ya siempre la primera vez que vio, de noche, la torre Eiffel. Para mí, la cara de Macarena al ver por primera vez, de noche, la torre Eiffel.

El almuerzo en la torre Eiffel, muy rico, y sorprendentemente barato para el lujo que supone estar allí. Hay unos paneles de cristal en parte del suelo del primer piso, transitables, que producen unas cosquillas de vértigo curiosas; de hecho, me ha costado dar tres pasos seguidos, sobre todo si "salvaba" el hueco entre una viga y otra, pues la mente parece engañarse con facilidad, y creerse
que puede uno caerse en medio.

Se aprende mucho con los visitas turísticas, si se atiende. En el crucero por el Sena, los altavoces daban información sobre el paisaje urbano de ambas orillas, con numerosas referencias históricas, en francés, inglés y español. Con el idioma nativo, captamos un veinte por ciento, con el inglés un noventa, y ya, lo que queda, en español. Así que idiomas también se aprenden.

Nos falta vigor en las piernas para tanta caminata. Si tuviéramos veinte años... Pero no tendríamos sueldo que hipotecar para venir aquí.

La Gioconda. Me ha gustado más de lo que esperaba. A la gente, dicen, le suele desilusionar su tamaño (por ser cuadro renombrado, imaginan que es grande); a mí, al contrario, su tamaño ha sido una de las cosas que más me ha gustado de el cuadro. Pero el cuadro que más me ha impresionado lo he visto en una lámina en la tienda de regalos, y luego no he podido encontrarlo en el museo. Y ahora no recuerdo su autor. Era algo de una mártir ahogada en un río, de hecho pensé que era Ofelia. Francés el autor, eso sí.

Pillar wifi y sentirse en casa. Ir aliviado por la calle sin nada que mirar en el móvil, sin 4G.

Las neoyorkinas guapas me parecieron escasas. Las parisinas guapas, una fiesta bulliciosa. Belle de jour.

Los topónimos españoles en letra bien gorda, en el Arco de Triunfo, qué gustirrinín.

El vino caliente (naranja, canela, clavo), después de años sin probarlo. La primera vez fue en Varsovia, en el viaje de Fin de Novios.

Conclusión: mejor que en los folletos.

Cochifrito de Viernes de Dolores

Hace no sé cuántos años unos amigos, Pablo Moreno Prieto, Paco Gallardo, Javier Diestre... nos fuimos de fin de semana a la Extremadura profunda, y el viernes por la noche nos sentamos a degustar productos selectos del cerdo ibérico. Era el casino del pueblo, de los de ABC atrasados, mesa de billar de color indefinible, macilentas lámparas, coñac Terry y Faria con palillo. Sólo al final, en la molicie del café y el aguardiente, alguien dijo --recuerdo que éramos de colegio del Opus-- "¡Peaso de cochifrito de Viernes de Dolores que nos hemos jincao!". Ante la cual otro contestó: "Estamos dispensados: somos peregrinos".