Poeta de estreno

El alba en tu ventana
Iván García Jiménez
Cuadernos de Poesía Númenor, 2005


Hay una manera esquemática de hacer reseñas de libros, muy parecida a los comentarios de texto del colegio, que consiste en contarnos “de qué va” el libro, o el poema, y luego hablar de su técnica, de sus “recursos estilísticos”, etc. Es decir, hacer el camino contrario de la poesía, en que “lo que se dice” y “cómo se dice” es la misma cosa. El estilo es el libro, que decía Borges. A esa manera se le añade la costumbre actual de encuadrar al autor en una clasificación: de la experiencia, del realismo sucio (y otra vez etc). Y si además se pueden referir sus “influencias”, mejor que mejor. Por ejemplo: “fulanito es de la escuela de Miguel d’Ors” o “ha bebido en los versos de Eloy Sánchez Rosillo”, y así.

Todo esto es muy socorrido, y es que hace falta ayuda, apoyos, muletillas, para levantar una reseña de un libro de poemas. La poesía siempre se ha resistido a ser comentada. Como dice José Julio Cabanillas, sólo se la puede señalar: “ahí está”. Pero hay autores en que esto es más palpable aún. Porque el corazón de un libro, su cogollo, su misterio, es siempre algo que no se ve a las claras, sino que más bien es un clima. Se respira, como la cercanía del mar. El alba en tu ventana da la impresión de ser como el silencio: si se nombra, se rompe. Es un poemario delicado, sin altisonancias, que tiene la difícil humildad de no ser original, de no decir demasiado, es más, de ser un tanto parco en palabras. Se diría que tiene alma de haiku. En un autor que aún no ha cumplido la treintena sorprende esta contención, que muchos autores no alcanzan hasta que se dan cuenta que han escrito versos de más, cuando aparecen sus antologías. Este libro parece una antología de lo mejor de Iván García Jiménez hasta la fecha, porque apenas tiene veinte páginas, y no se encuentra ni un poema prescindible, ninguna concesión, homenaje, traducción, versos de circunstancias, alusión culturalista, o variación de un tema de otro autor. Son sólo unos pocos (muy pocos) poemas expuestos así, sin más, a quien pueda interesar, a quien tenga la ocasión de bajar el volumen de la vida apresurada, y leer lentamente estos sencillos versos.

Se diría que es un libro de soledad, pues el autor utiliza a menudo la segunda persona del singular, que, como hizo Cernuda, sirve para no sentirse tan solo, para hablar con uno mismo en los versos. “A veces en las tardes, tú lo sabes, nos duele en el recuerdo...” “Oyes el mar rompiéndose en la arena, y sientes la caricia de la espuma”. Leemos para saber que no estamos solos, y esta segunda persona, cuando la escucha el lector, es invocación, invitación a participar del mundo silencioso del autor. Deja de ser la soledad del que escribió, para ser la compañía de la literatura, la muchedumbre de los lectores.

Los elementos del mundo exterior que entran en estos poemas son el mar, el viento, el sol, la luz. No hay guiños culturales, porque incluso en el soneto sobre Las Hilanderas, lo que le importa al poeta es el misterio de la luz que se abre al fondo, como llamándole, y no confeccionar un logrado tema velazqueño: “Y ves cómo la puerta allá, a la entrada, / deja pasar la luz en un torrente, / que no ciega, que crece y que te llama.”

También encontramos en estos versos una función de exhortación (del poeta a sí mismo, y luego al lector). Una mano en el hombro, un aliento para vivir. Es frecuente el suave imperativo: “Hay que seguir a pie por el camino, / hay que coser entonces las heridas.” “Ten paciencia y espera.” “Olvida todo: mira: / otra noche se asoma la noche a tu ventana.” Y en el soneto Luz sin medida: “No pongas todavía rumbo al mar.”

El centro sobre el que se apoya esta poesía es una cierta esperanza, una serenidad en el fondo de toda soledad y tristeza. Lo resumen estos versos: “Lo dice el corazón, que siempre espera / en la noche la luz del nuevo día.” Una esperanza que nace de una doble perspectiva sobre la realidad: “El mundo se hace largo en la distancia... / Pero cabe en la palma de la mano.”
Y poco más. Este libro sorprende porque es como un acertijo, que se puede repetir en voz alta mucho tiempo para encontrar la clave. Y tiene alma de haiku, porque dice mucho, casi todo, en unas pocas palabras verdaderas.

(Publicado en Clarín)

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