Made in Mexico

Tengo unas cuantas guitarras, como todos saben. Una Telecaster amarillo-natillas (que está siendo decapada, para que adquiera ese aspecto antiguo de guitarra cepillada y sin barniz). Una Strato americana, comprada en la calle 14 de Nueva York, negra y con golpeador black-perloid, que suena alucinante. Una Strato American Special, con pastillas Texas Special, como las de Stevie Ray Vaugan (ésta la vendo). Una Epiphone casino, la versión sencilla de la Lennon. Un bajo violín (no el Hoffnër, que lo vendí, sino un Academy, que ya no los hay). Un par de acústicas. Unos ukeleles...

Pero la guitarra eléctrica que tengo desde hace más tiempo es una simple Strato mexicana, que compré por 205 euros al primo de no sé quién, en un sunburst (tostado) de tres tonos, y a la que cambié el golpeador blanco típico por uno de carey. Su diapasón es áspero, frecuentemente trastea y hay que ajustarla, le he dado más golpes que a mis dedos gordos de los pies, pero es la que mejor toco, y la que más me gusta. He dado cientos y cientos de tocatas con ella, con The Perdío Art Trío, con Los Walkman, en infinidad de jam sessions. Un luthier que me la ajustó hace unos meses me dijo, con cierto asombro y reconocimiento: "Tío, esa guitarra suena un mamazo". Y es verdad.

Miramos guitarras, deseamos guitarras, hay tantas, con tantos colores y formas, que uno se puede pasar la vida soñando con el escaparate de Musical Ortiz, o con los catálogos online alemanes, y haciendo siempre planes para la siguiente. Como dice una camiseta que me compré, en cuya espalda están pintadas todos los modelos diferentes "deseables" de guitarras: "You can't never have too many guitars".

Ahí está, en un soporte, al lado de la puerta, para estudiar en casa (últimamente llevo la neoyorquina, a la que le he arreglado su problema del puente). Mi vieja mexicana golpeada y fiel, testigo de tantas aventuras en la carretera. Si hablara, habría que sobornarla para que callase. Hay objetos que parecen volverse más reales que nosotros.