Sobrevivir a los grandes ideales



"Dentro de la Iglesia Católica también ha habido siempre grandes propuestas, grandes seducciones y grandes levas. Porque el cristianismo siempre ha tenido una capacidad máxima de convocatoria y de movilización, desde los primeros mártires, pasando por los cruzados y evangelizadores de nuevos mundos, hasta los guerrilleros de la liberación.
Es cierto que los ideales supremos son en un principio válidos, y que lo serán siempre, pero que a veces se desbocan en realizaciones avasallantes, deshumanizadoras, lesivas y, finalmente inviables, transformando el carisma en burocracia, el ideal en rutina y el heroísmo en mezquindad.
Es cierto también que eso solamente le pasa a los hombres y mujeres con grandeza de ánimo, generosos y valientes, seguidores de la sentencia de Hölderlin “el hombre es un rey cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”. Soñadores. Pero tales soñadores son precisamente los que pueblan los campos de batalla como heridos, acaso como desechos humanos, como inválidos de guerra.
Así quedaron tantos sacerdotes y tantos militantes de organizaciones católicas, tras ese peculiar XX Congreso del Partido Comunista de la URSS y esa peculiar caída del muro de Berlín que fue para la Iglesia el concilio Vaticano II y los años posteriores. Heridos, inválidos, o, como decía Jean Marie Lustiger, Arzobispo de París, en 1989, destruidos sociológicamente, psicológicamente y moralmente ( J.M. Lustiger, La elección de Dios, Planeta, Barcelona, 1989)."


(Jacinto Choza. Prólogo a La recomposición de la crisma: Guía para sobrevivir a los grandes ideales).

Me lo voy a pedir ya, que soy uno de los muchos fans de Satur a través de la red. Y bravo por Jacinto, esto si que es mecenazgo.

Primavera del Espíritu

Recupero aquí, a petición popular, una conversación que se quedó atrás. Algunos seguíamos charlando sin que muchos se enterasen.

Lo de "cuando dos o tres están reunidos en mi nombre..." ¿servirá también en el blog? Por si acaso, sigamos.

Joaquin Sabina, trigo y cizaña


Decía Tolkien -en una carta- que la interpretación de la obra de un autor a partir de su biografía ha producido grandes errores de crítica. La tendencia actual a escarbar entre las miserias de la vida cotidiana de los escritores es la prensa rosamarilla de la literatura, (como las tristemente célebres puñaladas trapiellas). Parece -sigue Tolkien- como si el hecho de que tal o cual escritor pegase a su mujer, se emborrachara, fuera adúltero, o se jugara todo al Black-Jack, fuese el motivo de su genialidad e inspiración. Pero todo esto no es lógico: hocicar en las basuras, comer mierda, y luego cagar lirios. No tiene correlación. Lo bueno de la reflexión de Tolkien es su propuesta interpretativa, que deja mucho campo abierto a la libertad (la vida sigue), y es bienintencionada. Dice que la obra de un buen escritor -o lo mejor de la obra de un escritor- tiene su oculta fuente precisamente en la parte de su ser que aún permanece incorrupta. Para mí fue muy revelador este principio, pues yo también había sufrido esa desviación en la mirada que supone pensar que el mal, después de todo, no está tan mal, pues después uno puede hacer geniales poemas de sus experiencias. Casi, casi como si el mal fuera necesario. Necesario no sé, pero “feliz” sí que lo llama la liturgia cristiana. Lo que nos llevaría a arduas cuestiones teológicas (no se asuste, Juan Luis, que no me iré por las ramas celestiales). La creación artística puede ser para su autor un espejo, donde se mira, y se ve a sí mismo, pero sólo lo mejor de sí mismo. La plegaria sería: Señor, que me parezca más a esto que ya soy.

Al pensar sobre la afirmación de Tolkien (que he escrito en rojo), siempre me venía a la cabeza la obra de un artista, no escritor, sino cantautor, nuestro blogpolemizado Joaquín Sabina. Sus canciones, no todas, están llenas de retazos autobiográficos (aunque muchos serán fantasmadas) que dibujan un personaje calavera, cínico, drogadicto. Y cuando tiene ocasión, reafirma esa imagen en las entrevistas que le hacen. (Lo de progre es lo de menos, pues -como le ocurre a Neruda, entre otros- en su obra apenas hay vestigios de su ideología. Neruda tenía de marxista-como poeta- lo que yo de numeraria auxiliar). Me pasmaba que de un personaje tan estropeado pudieran surgir canciones tan geniales. Pero si le aplicamos la tesis de Tolkien, tiene sentido. Del fondo de su ser es de donde surgen, lo que le atribuye unas riquezas aún incorruptas a su persona. Pensamiento que nos dignifica, y que no siempre falla. Lo que sí veo es que esas riquezas, al emerger, se ensucian con lo que encuentran en el camino, menos valioso. Y como resultado encontramos esas extrañas conjunciones de Sabina, en que mezcla un intenso lirismo con jerga de prostíbulo. Pero esto también -y tan bien- lo hizo Valle-Inclán, sin ir más lejos. Y si queremos ir lejos, tenemos a Catulo y a Marcial, a Dante -sí, a Dante, con sus míseras contiendas políticas en medio de la Comedia- y a tantos anónimos medievales. El lirio con el cardo. El trigo y la cizaña. Y ya nos advierte la Parábola que no tratemos de arrancar la cizaña y dejar el trigo, porque nos confundiremos. Dice que ya lo harán “los ángeles de mi Padre”.

Ese final de la Parábola me ha dado para muchos pensamientos. No sólo sobre Sabina, y la vida de los autores que admiro. ¿No será que llega un momento en que cizaña y trigo se funden en un solo ser (la trizaña), y entonces ya son indiscernibles para nosotros (no para “mi Padre Celestial”), y que sólo a través de la muerte puede volverse al orden primigenio? Por eso se nos advierte contra la tentación de juzgar, y de separar prematura, quirúrgicamente, lo que a nosotros nos parece mala hierba. El Señor Bueno sabrá lo que es mala hierba. Y buena.

Volviendo a Sabina. He advertido en él una necesidad, que da la cara de tarde en tarde en alguna canción, de explicarse, de justificarse ante los otros. Aunque sea para terminar diciendo: sigo igual de canalla, no cambiaré. Pero pasa revista a su vida, como quien quiere encontrar lo mejor, en “Tan joven y tan viejo” o “A mis cuarenta y diez”. En esta última, aparecen por primera vez sus hijas, Rocío y Carmela, en momentos memorables. Es como en el poema “Las alas” de Dámaso Alonso, en que aparecen dos mujeres -su madre y su esposa- y lo salvan de la caída en el vacío, pero sin esa clara intención salvífica. Sólo se habla de ellas (con gran ternura, y contención), y luego se pasa a decir que le queda cuerda para rato. Tiene, sin embargo, su encanto, y se ve la persona, la figura solitaria al fin y al cabo, casi con cierto fatalismo de haberle tocado en suerte ser tan calavera.

Como verán, no he citado textualmente líneas de sus canciones porque sería traicionar su sentido. La letra de las canciones -no sólo de Sabina, Enrique- va cosida a la música, y sin ella está en pelotas. Pero esas perlas que Enrique ha encontrado sí que son poesía, y no hay que irse tan lejos para buscarlas. Además, de todos los cantautores españoles, es el que mejor mide y rima, y aunque sus sonetos son malos, sus canciones tienen unos endecasílabos que -cosidos a la música- son estupendos. La música deja mayor flexibilidad, de todas formas, a rima y metro. Un ejemplo de pésimo poeta es Benedetti, y se ve muy claro en que las versiones musicales que de sus poema hizo Serrat no dan pie con bola. Pero claro, Serrat no iba a musicar a Pemán.

“Lo más alto no se sostiene sin lo más bajo”. Con esta máxima de C. S. Lewis podremos adentrarnos en cualquier obra artística, en cualquier persona, y comprender cómo nada urbano nos es ajeno.

Alzar el vuelo



El próximo día 17 de mayo, miércoles, se presentará al mundo la antología de jóvenes poetas sevillanos titulada ALZAR EL VUELO. El antólogo es José Luna Borge, el editor es César Sastre, y entre los antologados nos encontramos unos cuantos amigos de la revista Númenor. Algunos recitaremos unos versos, para animar el ambiente.

El acto será será en la Feria del Libro de Sevilla, a las 21:00. Supongo que en la carpa central, pero ya lo avisarán.

Aún no he visto el libro, pero va a ser un señor tomo, con estudio introductorio, fotos y todo. Ya veo a los historiadores de la literatura haciéndo exégesis de la personalidad de cada uno, a partir del gesto ceñudo o jovial con que salimos en las fotos. Espero que lluevan las reseñas, que siempre es un estímulo y ocasión de comentarios y contra-comentarios. ¡Vivan los blogs!

Espero veros a todos los blogueros en la presentación, para tomar una cerveza y recordar que existimos, más allá del teclado y la pantalla. Gloria del apolíneo sacro coro...

Juan Luis de Soria, a pequeños sorbos


Bueno, Juan Luis, ya ves que me ocupo de la literatura. Y como segunda muestra, este soneto que me dicen que es de tu puño y letra (me llegó por e-mail):

Medita sobre la parábola
del fariseo y el publicano

Ya veo que tú cumples, Filacterio,
como Dios manda con las cosas suyas,
que anotas tus cilicios y aleluyas
en menudo papel, con gesto serio.

Lo que va de la cuna al cementerio
vas pasando entre inciensos y casullas.
Ni al rezar el Rosario te aturullas,
ni una coma te saltas del salterio.

En cambio, yo no cumplo. Tengo duro
el corazón, mi rezo es algo inepto.
Mas algo bueno veo en pecar tanto:

no se me olvida, no, que no soy puro,
que no camino, no, sino que repto
para tocar la orla de Su manto.

Sabiduría e inocencia

El grandísimo G.K.Chesterton, o tío Chesnut para sus sobrinos (que somos muchos), está saliendo decididamente de su purgatorio editorial. Cada vez hay más ediciones de sus libros. Recientemente he adquirido El hombre vivo (Manalive, en el original), en Valdemar, editorial que está sacando poco a poco joyitas de G.K.C. Cuál fue mi alegría cuando me encontré El regreso de Don Quijote en Cátedra Letras Universales. ¿Para cuándo las Obras Completas? Reivindico una manifestación pública, todos los manifestantes con jarras de cerveza reivindicativas, cigarros puros, y sonrisa manifiesta, cantando aquello sobre Noé en el arca:

"¡Por fuera corra el agua,
por dentro corra el vino!"

(De La hostería volante, o La taberna errante, según la edición.)

Mientras tanto, deleitémonos con los sabrosos artículos que se recojen en el reciente libro de El Acantilado, Correr tras el propio sombrero, y otros ensayos. Todavía me duele la mandíbula de mi reacción al comenzar uno de ellos: "La raza humana, a la que muchos de mis lectores pertenecen..."

¡Esta-mos-hartos-de-no-tener-lo-todo!, podría ser el lema de la manifestación, en un claro deseo de universalidad. O, para aprovechar el viaje a la Puerta del Sol-y los pulmones-: ¡No a la Eta-Sí Obras Completas!

Con la de árboles que se talan para el Cólico da Vinci (Enrique Dixit), o la biografía de Alfonso Guerra...

teología bloguera



No se pierdan la conversación histórico-teológica que va aumentando en Rayos y Truenos, en las entradas tituladas "San Anselmo", y "La Pascua" (sobre todo en esta). Abran juego, señores.

Y brindemos, ¡por San Viernes!

Y nombraré las cosas

"Y nombraré las cosas, tan despacio
que cuando pierda el Paraíso de mi calle
y mis olvidos me la vuelvan sueño,
pueda llamarlas de pronto con el alba."

Estos versos de Eliseo Diego, que merecerían comenzar con entusiasmo un nuevo blog sobre poesía hispanoamericana, me han llenado de entusiasmo por escribir. Inconcreto entusiasmo, pues no me ha llevado a ningún verso propio. Quizá porque es tardísimo y estoy muerto de sueño. Y mi musa, más que caprichosa, es perezosa. A veces, la cualidad de lo poético nos visita, sin venir acompañado del poema. Pero algo es algo (expresión que podríamos adoptar ya como lema heráldico), y el poeta necesita esa vasta respiración, esa intensidad -expresión que gusta a José Mateos. Por cierto que lo de "vasta respiración" lo dice Borges (siempre Borges) al hablar de los psalmos de Walt Whitman, con añoranza para sus propios versos.

Todo esto para recomendaros el excelente texto sobre Eliseo que Pablo Moreno publica en poesiadigital.es . No os lo perdáis. Ni la reseña de Enrique sobre Almuzara. Y, claro está, la de un servidor sobre Dionisia García. Buena la está montando Javier García Clavel con su revista. Aquí la publicidad es gratuita.

Animáos, mis amigos, gloria del apolíneo sacro coro, y fundemos un blog común, para lanzarnos a la cabeza citas y apologías y libelos. Que la vida es demasiado corta para emplearla en cosas útiles. (Toma ya).

¡Y Juan Luis de Soria que no se esconda más, que me tiene frito!

SALUDO A TODOS LOS CENTINELAS

¿Qué hubiera hecho Zenobia con un servidor de correo electrónico, con una página web? Probablemente, las obras completas autorizadas -y actualizadas- de Juan Ramón. Obras completas que por supuesto, no incluiría Ninfeas. Algo así como Juanra.com. O todojrj.esEl peligro de la inmediatez cibernética es que elimina el reposo, el precipitado lento y previo a la publicación, que tan bien hace a los libros. ¡Cuántos poetas habrán agradecido el hecho de no haber podido publicar sus primeros poemas (cosa que tanto deseaban entonces)! ¡Y cuántos se han tirado de los pelos después, si los publicaron! Hoy día, lo peor que le puede pasar a un protopoeta de dieciséis o veinte años, es que le publiquen y le den bombo. Podría creerse que es bueno, y además luego se tirará de los pelos. Algunos premios muy politizados provocan esos dramas ocultos. Son modas.No todo el mundo es Claudio Rodríguez.

Esta ley tiene su compensación por el hecho de que, por ahora, lo publicado en internet no tiene mucho peso editorial. Hasta ahora, sólo lo publicado en papel perdura con prestigio. Siempre podrás negar haber escrito algo y decir que "fue un jacker" enemigo político nuestro, o un poeta envidioso y rival que firmó con nuestro nombre. O "la rebelión del procesador de textos", que puso digo, cuando dije Diego.Pero lo bueno del blog, y la web, es lo mismo que lo malo: su inmediatez, universalidad y accesibilidad. Y es muy atractivo porque, aunque de hecho no sea así, "en teoría" te puede leer todo el planeta. Esto es una simple nota de saludo, para todos los Centinelas de la mañana, ahora que la mañana llega también por el hilo interminable de cobre, o por la fibra óptica. Amigos, sumaos a este fluido electrónico, y que canten los ordenadores con voz de lata: ¡Buenos días, País de la Velocidad!

De Re Publica


Ya es 14 de abril. Que es un día muy importante, porque es el cumpleaños de mi tía Marga. Y que ella -o usted- naciera, es más importante que cualquier suceso político, perecedero por principio. De todos modos, habrá quien celebre la segunda República española, exaltando los valores de los luchadores (el ripio le hace justicia) por la libertad y la democracia (sic). Porque tenían una amor a la democracia en los años treinta que quitaba el sentido. O eso me han contado en la serie Cuéntame, de TVE. Es que lo de la Re Publica, la Cosa Pública, es un afán que recrea y que enamora a cualquiera, según saben en Marbella, en un tres por ciento de Barcelona, y en tantos lugares de nuestra espaciosa y triste España. "Hoy tenemos el corazón tricolor", dirá -más o menos, siguiendo su libro de estilo- nuestro Presidente del Gobierno. Es lo que tiene llevar las orejas puestas, que uno escucha cada cosa...

Las dos Españas. Dice el refrán que "dos no se pelean si uno no quiere". Me temo que la Historia, que es Maestra -frustrada- de la vida, nos enseña ejemplos contrarios. Porque el refrán no dice que ese uno sea Gandhi o la Madre Teresa de Calcuta. Ese uno puede ser como usted o como yo, es decir, un hijo de vecino al que sólo le han tocado un par de mejillas para poner. Y se están acabando. ¡Viva mi tía Marga!

Poeta de estreno

El alba en tu ventana
Iván García Jiménez
Cuadernos de Poesía Númenor, 2005


Hay una manera esquemática de hacer reseñas de libros, muy parecida a los comentarios de texto del colegio, que consiste en contarnos “de qué va” el libro, o el poema, y luego hablar de su técnica, de sus “recursos estilísticos”, etc. Es decir, hacer el camino contrario de la poesía, en que “lo que se dice” y “cómo se dice” es la misma cosa. El estilo es el libro, que decía Borges. A esa manera se le añade la costumbre actual de encuadrar al autor en una clasificación: de la experiencia, del realismo sucio (y otra vez etc). Y si además se pueden referir sus “influencias”, mejor que mejor. Por ejemplo: “fulanito es de la escuela de Miguel d’Ors” o “ha bebido en los versos de Eloy Sánchez Rosillo”, y así.

Todo esto es muy socorrido, y es que hace falta ayuda, apoyos, muletillas, para levantar una reseña de un libro de poemas. La poesía siempre se ha resistido a ser comentada. Como dice José Julio Cabanillas, sólo se la puede señalar: “ahí está”. Pero hay autores en que esto es más palpable aún. Porque el corazón de un libro, su cogollo, su misterio, es siempre algo que no se ve a las claras, sino que más bien es un clima. Se respira, como la cercanía del mar. El alba en tu ventana da la impresión de ser como el silencio: si se nombra, se rompe. Es un poemario delicado, sin altisonancias, que tiene la difícil humildad de no ser original, de no decir demasiado, es más, de ser un tanto parco en palabras. Se diría que tiene alma de haiku. En un autor que aún no ha cumplido la treintena sorprende esta contención, que muchos autores no alcanzan hasta que se dan cuenta que han escrito versos de más, cuando aparecen sus antologías. Este libro parece una antología de lo mejor de Iván García Jiménez hasta la fecha, porque apenas tiene veinte páginas, y no se encuentra ni un poema prescindible, ninguna concesión, homenaje, traducción, versos de circunstancias, alusión culturalista, o variación de un tema de otro autor. Son sólo unos pocos (muy pocos) poemas expuestos así, sin más, a quien pueda interesar, a quien tenga la ocasión de bajar el volumen de la vida apresurada, y leer lentamente estos sencillos versos.

Se diría que es un libro de soledad, pues el autor utiliza a menudo la segunda persona del singular, que, como hizo Cernuda, sirve para no sentirse tan solo, para hablar con uno mismo en los versos. “A veces en las tardes, tú lo sabes, nos duele en el recuerdo...” “Oyes el mar rompiéndose en la arena, y sientes la caricia de la espuma”. Leemos para saber que no estamos solos, y esta segunda persona, cuando la escucha el lector, es invocación, invitación a participar del mundo silencioso del autor. Deja de ser la soledad del que escribió, para ser la compañía de la literatura, la muchedumbre de los lectores.

Los elementos del mundo exterior que entran en estos poemas son el mar, el viento, el sol, la luz. No hay guiños culturales, porque incluso en el soneto sobre Las Hilanderas, lo que le importa al poeta es el misterio de la luz que se abre al fondo, como llamándole, y no confeccionar un logrado tema velazqueño: “Y ves cómo la puerta allá, a la entrada, / deja pasar la luz en un torrente, / que no ciega, que crece y que te llama.”

También encontramos en estos versos una función de exhortación (del poeta a sí mismo, y luego al lector). Una mano en el hombro, un aliento para vivir. Es frecuente el suave imperativo: “Hay que seguir a pie por el camino, / hay que coser entonces las heridas.” “Ten paciencia y espera.” “Olvida todo: mira: / otra noche se asoma la noche a tu ventana.” Y en el soneto Luz sin medida: “No pongas todavía rumbo al mar.”

El centro sobre el que se apoya esta poesía es una cierta esperanza, una serenidad en el fondo de toda soledad y tristeza. Lo resumen estos versos: “Lo dice el corazón, que siempre espera / en la noche la luz del nuevo día.” Una esperanza que nace de una doble perspectiva sobre la realidad: “El mundo se hace largo en la distancia... / Pero cabe en la palma de la mano.”
Y poco más. Este libro sorprende porque es como un acertijo, que se puede repetir en voz alta mucho tiempo para encontrar la clave. Y tiene alma de haiku, porque dice mucho, casi todo, en unas pocas palabras verdaderas.

(Publicado en Clarín)

La Casa del Hombre

Casa Propia
Enrique García-Máiquez
Ed. Renacimiento, Colección Paréntesis


Enrique García-Máiquez, de El Puerto de Santa María, y que nació en Murcia en 1969, publica ahora su tercer libro de poemas. En su dos anteriores poemarios, que aparecieron casi simultáneos en 1997, ya se ve claramente quién es Enrique García-Máiquez: un poeta situado en contra de la corriente nihilista, que vuelve, animado por el impulso de dos generaciones anteriores (por lo menos) a la tradición, metro y rima, homenajes y paráfrasis, culturalismo, biografía íntima hecha arte, y un considerable gusto por lo inteligible. La emoción inteligible, podemos decir, oscuro el borrador y claro el verso, siguiendo la estela de Miguel d’Ors: y acaso sea el mejor de sus lectores que luego se hicieron autores. Su dominio del verso clásico, del guiño intertextual (como se dice), del prosaísmo difícil y poético (como el de Víctor Botas), Y también la comunión con ideas políticamente incorrectas y con la a pertenencia a la Cristiandad Católica y la felicidad manifestada en la rebeldía: la ortodoxia. Todo esto en dos libros, Haz de Luz y Ardua Mediocritas, en los que había de todo: pareados alejandrinos en los que, con ingenio de Cyrano, nos contaba su vida y sus ideas, hermosos retratos en verso (sonetos, coplas) de personajes diversos, y luminosos poemas de amor, sin pesimismo fatal.

Después de siete años, nos brinda su Casa Propia, en esta hermosa colección Paréntesis que dirige Abel Feu en Renacimiento. Se muestra el poeta, desde el título mismo, y desde el poema introductorio, Arquitectura, cimentándose en su nueva situación de hombre casado, que vive en su propia casa, con su mujer, a la que ama con locura. En fin, nada excepcional, dirá el lector. Aburrido prosaísmo cotidiano que nada dará de sí para la lírica. Lo poético parece residir en el límite, en lo marginal, en los amores perdidos o nunca disfrutados, en el exilio en la sombra del tiempo, en el etcétera de tanta poesía pretendidamente romántica. Veamos. Enrique, como el Dante, comienza con lo que parece ser una aventura viajera, de la que aguarda una maravilla final, aún no desvelada: “el tejado... / ...el humo blanco / que anuncia: “abajo, adentro, en el futuro / hay un fuego encendido”... Iré hacia él. // Pondré, cuando me muera, los cimientos.” El viaje empieza en uno mismo, hacia las fuentes del ser, hacia la esencia del hombre. Y la llegada es una “nueva creación”, donde están los cimientos. “Mi fin es mi principio”, que es el lema de Chesterton en las últimas páginas de su Autobiografía. No es casualidad que el autor que ha trabajado más tiempo, y del que después ha publicado sus versiones en Renacimiento, haya sido el gran poeta inglés. El poeta que llamó a la Iglesia Católica “Casa del Hombre”.
Hay metapoesía en este libro. La declaración de intenciones del poeta, en Elogio de la indiferencia: “... Lo importante es / -silencio y música- tu obra; // o sea, hacer, aislado, ileso / de envidias, puro, dos o tres / poemas. Lo demás te sobra.” Hay un deseo de estar al margen de las olas de la moda, de las envidias del mundo literario y sus premios, de las rencillas. Los adjetivos: aislado, ileso, puro. Da un salto más cuando en Poética nos dice: “Dejar sobre el papel / tan sólo a un hombre sabio / y bueno, y parecerme / a ese hombre con los años.” Este sentimiento de que los versos van por delante de uno, de que son mejores que uno, lo hemos tenido algunos muchas veces. La poesía como acicate, como tirón hacia una mayor sabiduría y hacia el bien. Como programa de vida. Lo que Alejandro Martín Navarro, de quien nuestro autor se fía mucho, decía en el prólogo a Clara Contraseña, recientemente aparecido, de Pablo Moreno: “un poeta que sabe sacar lo mejor de su propia vida, porque sabe que la poesía no puede ser el vertedero de nuestras frustraciones, sino la copa donde damos a otros una verdad que, en la experiencia de la belleza, hemos encontrado en el mundo.” Y aquí hay otro salto, otra vuelta de tuerca, que encontraremos en los versos de Casa propia. La poesía como ofrenda al mundo, a los demás. Enrique, como apuntamos, es un escritor católico, lo que significa que ve la universalidad de la literatura, y su carácter de don, pues todo es don. Juan Pablo II escribió una Carta a los artistas, que comenzaba con esta exhortación: “A los que con apasionada entrega buscan nuevas epifanías de la belleza, para hacer de ellas un don al mundo en la creación artística.” La poesía es una forma de darse a los demás, y esto, he aquí lo universal, lo sienten también así autores no cristianos, aunque no nihilistas, como por ejemplo Eloy Sánchez Rosillo. “Cuento mi vida, pero lees la tuya”, dice Enrique. El lector recibe del poeta un espejo en que mirarse, las palabras que el lector no tiene para expresar la vida que sí tiene, que es, en esencia, común a todos los hombres. Universalidad.

También es este libro un salto adelante (hacia dentro, según su arquitectura) respecto a los precedentes. El poeta es consciente de que “...un poema es pálpito en el pecho. / Ni guiño a la afición ni flor formal. / Cuento –sí, son catorce-, y no está hecho.” El poema no es un juego malabar de conexiones literarias, para que los críticos y amigos se diviertan y se sientan cultos y cercanos en un mundillo común y en un círculo cerrado, ni tampoco pura forma acabada, oficio aprendido del que se espera el aplauso. Puede ser todo esto, y no estar hecho. En Ardua mediocritas, en Haz de luz, había poemas de impecable construcción, como la maquinaria ajustada de un coche, que “funcionan”, pero ya está. O de estructura de artículo de prensa, chistoso, juguetón. El autor, como se ve en los versos arriba citados, se da cuenta. Y pasa adelante (o hacia dentro).

Encontramos también una visión muy tierna y personal de la poesía: “es justo que mi oficio, que no logra / darme felicidad, haga feliz / a quien me hace feliz. Por eso, ten; / es suficiente con que a ti te guste.” Esto es un rarísimo rendimiento del criterio propio, en favor de los lectores, empezando por la persona a quien va dedicado el poema. Cuántos autores se acogen a ese atractivo desprecio de la chusma, en favor de sí mismo y su “mundillo” poético, y luego se quejan de que nadie entiende la poesía, y de que es algo para gentes cultivadas. Es posible en una mentalidad que ha perdido el rumbo, la visión de que el arte es don recibido, para darlo a otros. “Lo que gratis recibisteis dadlo gratis”, dice el Evangelio.

Hemos de notar que el oficio aprendido, que es capaz de hilvanar en un detalle toda una tradición literaria (en español y en otras lenguas), no se deja de lado, sino que se entierra en los cimientos de la emoción buscada, de la cercanía mayor a la vida. Basten estos versos de De vita beata como ejemplo: “Inesperada- / mente la música de los horteras / de mis vecinos vuelve locus / horribilis el huerto ameno, y no hay –Nevermore, /grazna la radio- escapatoria...” En una puntada se hace el tantas veces visto homenaje a Fray Luis –a quien se dirige el poema-, con la ruptura del adverbio, y luego aparece el tópico invertido del locus amoenus, y luego, como quien no quiere la cosa, el cuervo de Poe. “Grazna la radio”, este detalle verbal da testimonio de lo bien que recibe de d’Ors, que a su vez lo aprendió con Borges, la densidad connotativa de una conjugación o un adjetivo.

Encontramos también amargura, en estos cimientos comenzados desde el humo de la chimenea. Es un punto nuevo de la poesía de Enrique, que siempre había posado de feliz, con una insolente intención de epatar a los contrarios, los de la amargura esencial. Esta amargura, o desencanto, no deviene en infelicidad, o en arrojar sobre los demás basuras y maldiciones. Más bien es tranquila, sabedora de sus límites: “Y aquellos poetas jóvenes / que, cómplices, me enviaban / sus manuscritos, comentan / muy serios a mis espaldas / lo que sé: que no he cumplido / lo que de mí se esperaba.”

Significativamente, hay un sección central titulada Las ventanas, en las que se siente el aire entrar, meciendo unas cortinas verdes sobre el escritorio de trabajo. “Cansado. Y, de repente, la luz cae sobre el mundo;” Aquí hallamos el corazón del libro, como el hogar donde se encienden las brasas, en torno al cual es posible el hogar, el amor, las palabras. Es el poema Sin fin, que se levanta como un credo feliz: “Nunca se acaba de leer un libro / ni de mirar la luna. / Amar a una mujer no tiene fondo. /(...) Sólo el aburrimiento o el cansancio / son muerte. / La vida es ese libro interminable.” Es lo contrario de la “filosofía de lo potencial”, el ciento volando que piensa que lo mejor de la vida es lo que no tuvimos o lo que perdimos. No. Lo que es real, el hecho, no lo potencial que no fue, es lo más lírico, lo que esplende en su verdad inacabable, porque recibe la vida de su fuente originaria y creadora. De su fuente que es Dios. Es el argumento a favor del amor perdurable, del voto irremisible: amar a una mujer no tiene fondo. Una persona no da tiempo de conocerla y de quererla, así vivamos mil años. También se aborda este nervio central, desde Moradas, que trata del yo, no como limitación asfixiante, sino como riqueza: “Mas allá de ti mismo, en tus adentros, / hay un castillo de cristal que tiene / muchas moradas y una luz. De lejos / puedes verla brillar. Alguien la enciende.”

En el Poema de otro día, y en la sección titulada Buenas noches, se habita la casa propia por la señora que la gobierna y da sentido, su amada, su esposa. El poema que parafrasea al de Antonio Machado, está (aparte de estupendamente construido) en una situación metafísicamente distinta a su modelo: el poeta no está sólo, y no habla solo. Está junto a quien ama y le ama, y le habla a ella, con quien pasea y comparte el pan de cada día. Así, los poemas de amor se llenan de la luz del hogar, de las llamas que no se dejan apagar, y se encuentran versos hermosísimos: “Nos hemos dado el lujo de olvidar / todo lo triste. Tu sonrisa tiene / razón, bella durmiente, amor dormido...” Con este panorama, el corazón se enciende, justo al contrario que con el páramo nihilista, que se apaga. “Tú vela, corazón: que nunca deje / de oír, aquí, en el fondo, por debajo / del mundo y sus disfraces, corazón, / tu aplauso agradecido por la vida.”
Y junto al canto de amor, pone el poeta (no es casualidad), versos que apuntan a la resurrección, como nueva creación, como encuentro en el origen: “Porque siempre, / después, / volveré a ver el mundo / con ojos de recién resucitado.” Así termina el libro, y comienza ( vuelve a comenzar) la vida. La que estaba, muda, antes de los versos. La que cantó en los versos. La que después de cerrar el libro, se presenta ante los ojos, misteriosa, sin fin, inagotable.

(Publicado en Clarín)

Primeros días con Insausti

Últimos días en Sabinia
Gabriel Insausti
Pre-Textos

El monólogo dramático como forma poética, tan bien utilizado por Robert Browning, y recogido por Borges y Cernuda con gran acierto, es una de las formas recurrentes de los poetas de la generación del setenta. Hay ejemplos admirables en Eloy Sánchez Rosillo y, en contra de lo opinan algunos, no implican necesariamente un frío culturalismo, una exhibición de conocimientos que intenta eludir la intensidad directa y lírica. A veces, un monólogo en poesía llega a convencernos tanto que emociona como una rima de Becquer o una sentencia manriqueña. Porque en Poesía cabe todo, si es bueno y auténtico. Un poeta cubano, José Pérez Olivares, muy unido a la generación española del setenta, ha desarrollado ampliamente esta técnica, demostrando que lo que le ocurre a una persona les ocurre a todas, como gustaba decir a Borges.

Gabriel Insausti acomete la empresa de hacer un monólogo dramático que ocupa todo un libro, más bien extenso (LI poemas), de un sólo personaje, Horacio, en los últimos días de su vida. Empresa nada fácil, independientemente del poeta que se atreva a ello. Y esto por dos razones. La primera, que no es un personaje cercano, ni en el tiempo ni a nuestra cultura. Nuestra cultura actual (o subcultura) “posmoderna”, ha sido calificada a veces por ciertos moralistas de “pagana”. Ojalá lo fuera, suspiramos algunos. La dignidad personal –casi indiscernible del orgullo-, el desprecio por la mundanidad decadente de Roma, el aprecio por la naturaleza y la vida retirada, y los buenos amigos, y la lealtad, y la celebración, y la aceptación serena de la muerte como ocaso natural, distan mucho de nuestra Europa, desgajada de sus raíces.

La segunda razón es la dificultad de mantener la intensidad poética a lo largo de más de setecientos versos, de manera que a veces leemos ligerezas como las frecuentes referencias a su barriga (la de Horacio), los repetitivos y tibios desprecios a Augusto, y la sucesión de tópicos latinos que difícilmente se podrán exponer mejor que en sus originales (“Espera la venida de los hechos / sin miedo ni rencor. Y en la hora adversa / recuerda los placeres de otros días.” El lenguaje es una tradición, es cierto, a la que no hay que traicionar, pero sí superar, añadir, rehacer con materiales nuevos y antigua sabiduría. En este libro no siempre se consigue. Vemos intentos de emular Europa de Julio Martínez Mesanza, admirado por Insausti, pero es que en Europa alienta un sentido trascendente, épico, y de un claro simbolismo moral –cristiano- que da sentido a los motivos medievales o simplemente bélicos, y le confiere una fuerza poca veces vista, y, lo que más nos interesa ahora, inimitable. Aún así, entre los LI poemas de Últimos días en Sabinia, hay muchos muy buenos, emocionantes y sobrios, con la sencillez del endecasílabo blanco casi nunca encabalgado. En XX (De amicitia) el recurso nos otro que la enumeración: “Tuvimos la alegría del camino / por los campos de Nursia amurallados, / el júbilo en las calles de Amiterno (...)”, para terminar diciendo: “Que esto no nos baste, qué desgracia.” El poema del mismo título de Europa, es jubiloso, fiero, casi desafiante (y una maravilla también); éste es efectivo de otra forma, poniendo de manifiesto la nostalgia incurable, lo insatisfactorio de todo lo terreno.Estos versos, y unos cuantos más, nos hacen pensar que hubiera estado muy bien dejar el libro en un tercio de lo publicado. Empieza a ponerse de moda el libro de poemas extenso, no sé si como demostración de la supuesta capacidad del autor, o consecuencia de cierta incontinencia al publicar. Insausti tiene aquí versos hermosos e intensos, pero diluidos entre otros francamente tibios. Otro ejemplo de los primeros: “Si buscáis denigrarme es bien sencillo: / ved cómo luce el mundo y yo no puedo / copiarlo con palabras suficientes.” Otro ejemplo de los segundos, refiriéndose a los médicos: “sospecho que no alivian nuestros males / y que su ciencia tiene un solo fin: / perpetuar el mórbido negocio.”Esperamos el próximo libro del autor, en que Horacio (o quién sea) mengüe, para que Insausti crezca. Pensamos que merecerá la pena. Se sabe si alguien es un buen poeta tan sólo con leer dos o tres páginas, e Insausti lo es. Tan sólo deseamos más rostro y menos máscara, más intensidad en menos extensión. Y también el ir más allá de la simple formulación en verso de temas paganos, ya que Insausti (lo sabemos) no lo es. Ni tampoco es un posmoderno suicidado en vida. Vemos más atractivo e interesante, ya que se ve el intento de hacer una poesía a veces meditativa, a veces epigramática o filosófica, el convertir en poesía las propias ideas, las íntimas convicciones. Es mucho más jugoso –y más “poético”- que intentar hacer hablar a Horacio. Aunque –repetimos- Insausti consiga en su intento algunos poemas muy hermosos.

(Publicado en Clarín)

Todo es posible todavía

La certeza
Eloy Sánchez Rosillo
Tusquets, Nuevos textos sagrados, 2005

Desde que Eloy Sánchez Rosillo obtuvo el Premio Adonais en 1977, su obra ha sido -como la de muchos grandes poetas- una serie de variaciones sobre el mismo tema. Gustan los críticos de despachar a este autor con el adjetivo “elegíaco”, al que se añaden otros: “clásico”, “sereno”, “meditativo”, por ejemplo. Lo primero alude a la manera recurrente de abordar los versos, generalmente con una rememoración de circunstancias del pasado, que suelen desembocar en un anticlímax final: todo se ha marchado, y tú estás solo y triste. Como en All passion spent: “Y removemos, tercos, la escoria de la luz. / Pero nada encontramos. Y respiramos muerte.” Dice Sánchez Rosillo que ser poeta y ser nihilista es una contradicción. Pero esta contradicción la encontramos a menudo en los poetas; se esfuerzan por trasmitirnos una idea, como la consabida inexorabilidad del tiempo, con un final frío y mortecino (un anticlímax), y sin embargo -los buenos poemas- nos dejan de algún modo con el corazón extrañamente calentado, vivaqueando, inquieto. Parece que el espíritu contradice a la letra. ¿Cuál es si no la explicación de que la lectura de Elegías, de este mismo autor, sea tan cálida, tan animosa, cuando está hablando de la desaparición de la hermosura? Eloy Sánchez Rosillo se ha interesado, como estudioso y traductor, por la obra de Leopardi, y, así, encontramos una cierta fraternidad con el poeta de Recanati, que respiraba dolor y cantaba la belleza cotidiana al mismo tiempo, en los mismos versos, acompasado, dual, roto y a la vez íntegro.

En La certeza, Sánchez Rosillo parece haberse decantado hacia un aspecto de su poesía, ese resquicio que siempre ha habido en su obra (aunque pequeño, muy significativo), de canto libre, esperanzado, desahogado, en el que no prevalece la estrechez, la angustia temporal: “con plenitud respira tu pecho el raro don / de la felicidad. Y bien quisieras / que nunca se apagara la intensidad que vives.”, encontramos en la primera página del libro. Y en los finales de la mayoría de los poemas no hay un brusco tirón que nos lleve al suelo otra vez, no hay regreso a la tierra de la miseria: “Y nada puede (...) / evitar que despierto sueñe el sueño / de que todo es posible todavía.”

Siempre hemos visto la obra de Sánchez Rosillo como un equilibrio fino entre el lamento y la celebración. Pero con un matiz: en la antesala del lamento, en el recuento detenido de sus posesiones pasadas, la voz del poeta parecía encandilarse, recrearse en cada detalle, hacerse luminosa, con una luz que ninguna sentencia lapidaria podía borrar luego. Al contrario, la resaltaba. Y en La Certeza parece tomar partido por la esperanza, o por una esperanza, la “de que todo es posible todavía.” Y, aunque de modo sutil, pudoroso, inconcreto, aparece el tema de la salvación: “la luz (...) / siempre estará contigo para que no claudiques, / para que en ti no acabe nunca el canto, / para que seas quien eres y te salves.” ¿Qué salvación? No es esta, ciertamente, una poesía confesional, pero ese “para que seas quien eres” sugiere un jugosa idea: el final de todo es el cumplimiento, no ya de una tarea, sino de la gran tarea, que es el desvelamiento del propio ser, de la esencia última de un hombre. Los cristianos encuentran esto en la parábola de los talentos, tantas veces entendida de un modo cosificado, mercantil, cuantificable. Y en un hermoso símbolo del Apocalipsis: Dios dirá a cada uno su nombre secreto, al final de los días. Un poeta puede saber que su vida es una realidad abierta, potencial, y que no todo termina con la muerte. Esto lo intuyen, si son logrados, hasta los versos más oscuros, más nihilistas.

Y, hablando del dolor, no es esta una realidad borrada de la poesía de Sánchez Rosillo, en aras del himno, sino que se mira con otros ojos, como un gran misterio que algo significa, y que ha de ser convertido en luz: (Plegaria) “Que este dolor tan grande no sea en vano, / que aquí, en mi pecho, poco a poco vaya / transformando yo en luz tanta tiniebla;” Es una oración (¿a quién?), pero lo más significativo, a nuestro juicio, es la palabra “pecho”, que, vecina de “corazón” alude al ser total del hombre, a su yo completo. No es el dolor una realidad que se pueda comprender nunca con la mera razón, sino que va más allá, más adentro o más afuera, donde nace toda poesía, “un punto inhabitable en que coincide / la vida con la muerte.” (Allí).
Para terminar, nos acercamos a los versos finales de Las estrellas y un sueño: “Qué inexplicable es todo, qué maravilla es / defender este sueño, no traicionarlo nunca, / estar conmigo en paz y al mismo tiempo en guerra, / y a avanzar decidido, pues el trayecto aún / al parecer prosigue.” Vemos claramente que el autor no se ha detenido en su viaje, por mucho que titule a su libro La certeza, sino que contempla de frente, con la mirada clara, el misterio del tiempo.

(Publicado en Clarín)

La poesía de Joaquín Moreno

Parece que el hombre camina sobre dos abismos, que le atraen y le repelen sucesiva, y a veces, simultáneamente. A un lado, debajo de uno de sus pies, la esperanza, terca, insolente, irreflexiva acaso, la misteriosa sensación de que lo bueno es perdurable, de que las cosas buenas son más buenas que malas las malas. Así, cuando se enamora, cuando goza con la belleza y el placer, cuando es creativo. Por otro lado, bajo el otro pie, terreno quebradizo y pegajoso: la experiencia del dolor, de la fragilidad de cuanto ama, de la fugacidad de su bonanza, de la cercanía de la muerte. Así camina el hombre, unas veces cargando más sobre un pie que sobre el otro. Chesterton sitúa el realismo cristiano en el justo medio aristotélico: ni el optimismo de Whitman, ni el pesimismo de Huxley o Wells. Ambos extremos dicen la verdad, pero no toda la verdad. Y ambos gritan con voces tremendas, reclamando lo suyo.

Los poetas no han hecho otra cosa (con múltiples variaciones, modas, y maneras) que inclinarse un poco (o un mucho) hacia uno u otro abismo. Depende de su carácter, del espíritu de su época, y pienso que aún más de un especial destino personal que de sus ideas conscientes sobre el mundo. La experiencia creadora nos muestra que “lo poético”, esa inaprensible esencia, nos sale al paso en cualquiera de las dos direcciones. Tan “real” es el monte Tabor como el Gólgota. “Qué bien se está aquí” y “¿Por qué me has abandonado?” son palabras entre las que cabe la vida entera del hombre en la tierra.

La poesía de Joaquín Moreno Pedrosa (Sevilla, 1979), parte de una aguda -afilada- consciencia de este doble abismo. Con distintas imágenes, como la del exilio, comienza su andadura poética en su primer y único libro hasta la fecha, Desde otro tiempo (Cuadernos de Poesía Númenor, 2002): “Yo vengo de un palacio de otro tiempo”, dice; y después: “Aquí soy solamente un exiliado”. El mundo de Tolkien tiene una gran influencia en Joaquín Moreno, desde el mismo punto de partida. No porque le proporcione “motivos” poéticos particulares (Frodo, Haldir), sino porque cuando Tolkien escribió sobre los Dunedáin, los montaraces, estaba encarnando una realidad universal. Gentes que viven con los pies en la tierra (una tierra salvaje, incómoda, pero que hacen suya), y con la mente y el corazón en otro mundo, un mundo perdido y mejor que esperan recobrar de algún modo. Tolkien describió al hombre. Y Joaquín Moreno se ve, desde el principio, identificado con estos numenóreanos. En el poema Hado, el segundo del libro, describe una visión bélica, heroica, y a la vez cainita y sanguinaria, a través de una espada, y el poeta puede “ver esculpidos en su puño / mi nombre y mi linaje.” Esta es la visión de la caída, de la pérdida, del envilecimiento, inseparables -trigo y cizaña- de la experiencia de lo hermoso. Los montaraces vagan y penan, sirviendo, ocultos, a los demás, y cargando con el peso de una antigua infamia.

No todo, ni mucho menos, es motivo heroico. En Joaquín Moreno se dan cita las lecturas infantiles (y no infantiles), y la familia y la música y los cercanos amigos. Stevenson, Lewis, el jazz, la cerveza y la celebración. Pero el hilo conductor es esa búsqueda (esa persecución, como en el relato de Cortazar sobre Charlie Parker) de la esencia última, de la luz que se transparente pálida a través de los días. Los recuerdos que llegan en una tarde solitaria, “las horas / que pasé disfrutando con otros, / buscando esa Belleza que nos daba / la alegría y el llanto.” son algo más que recuerdos: “Por eso, hoy los alzo como un fiero estandarte / contra esa tentación de no ser nada.”

Una idea platónica, y no por ello menos verdadera, atraviesa sus poemas: “puede / que merezca vivir allí donde mi obra / refleje, ya sin mancha, / el rostro exacto y puro de lo Hermoso.” Hay un salto continuo, esforzado, hacia siempre otro lado, hacia siempre otra cosa, superior al que se nombra. Y con incertidumbre: “Y no puedo dejar de preguntarme / a qué nuevo fracaso, a qué recuerdos / derrotados me llevan estas horas / de buscar esa luz detrás de las palabras.” Y con esta desazón toma forma su libro: “son las cosas con las que, poco a poco, / va creciendo mi obra, que entreteje, / con sus hebras de música y palabras, / el recuerdo de todo cuanto amo.”
Pero Joaquín Moreno no es neoplatónico, sino cristiano, y su mundo no es el de los Arquetipos sino el de Dios que escucha y habla y hace. Y conforme su libro avanza, se ve
más claramente el Rostro oculto: “tan sólo el tiempo mostrará los frutos: / por eso desde ahora ya agradezco / la obra de tus manos con las mías.” Y esto hace que la luz que a veces deslumbra al poeta no le deje en las tinieblas del deslumbramiento: “una Luz más serena se abre paso / entre las ruinas.” El Dios encarnado es más terrible -más real- que las voces del oráculo, pero también más amable, porque es Humano. Esto es la cima de sus versos, el quicio de su persecución. Esto es la esperanza. “Por eso sé que, el día en que yo muera, / mi alma tendrá paz en el Oeste.” “Hasta que, puro, / nos sea dado un rostro / digno de contemplar todas las cosas.” La hermosura es paciente, y los versos de Joaquín Moreno tienen la honestidad de no saberse la última palabra sino, balbucientes, las primeras. Vale.

Vida y maravilla

Muertes y maravillas
Rafael Adolfo Téllez
Fundación José Manuel Lara, Colección Vandalia, Serie Nova


Qué difícil es el verso libre. A menudo lees a autores (jóvenes que te traen sus originales, mayores con libros premiados por las Diputaciones) que no tienen ningún oído, ni rastro de formación en el metro clásico. Te dicen: hago verso libre. Y lo que parece es que su versolibrismo no es una elección, fruto de una necesidad expresiva, sino sencilla y llanamente impotencia. Y muchas veces cacofonía, apariencia de poema por cambiar de renglón, prosa de contrabando. Alguna vez encuentras a alguien que no ha oído qué es un endecasílabo, pero que parece intuirlo de forma innata. Su oído les lleva al acento en sexta, al ritmo, y, si bien no miden bien los versos, sí dan golpes de voz adecuados, eufónicos. Son los menos. Los grandes –los pocos- autores versolibristas saben hacer metro clásico, y eligen el libre. O lo combinan, mezclándolo con el sonido clásico. Como es el caso de Pablo García Baena. Son pocos los que nacen con un oído y una sensibilidad arrolladora, que salta como chispas de la página, y que no han compuesto nunca un soneto.
No sabemos si es el caso de Rafael Adolfo Téllez (Palma del Río, Córdoba, 1957), pero lo parece. No recuerdo ningún poema de este autor (en Quienes rondan la niebla, en Los adioses), que se ajuste a las siete, once, catorce sílabas, que, en verso blanco, ha sido la forma más usada de los poetas desde los 70, después de los novísimos. Sin embargo tiene ese no sé qué, ese digamos “encanto”, que lo hace lírico, amable al oído. También, como suele ocurrir con este versolibrismo, muy apoyado en la imagen. Metáforas, símiles, o asociaciones connotativas muy sugerentes, nacidas de su mundo personal, confiadas en la hermosura de las palabras sencillas: pan, patio, trigo, noche, mujer, sangre caliente, años de 1962, antorchas, carros que llegan de lejos y no van a sitio alguno.

Rafael Adolfo Téllez es un poeta de mundo propio, que es algo que se suele decir de todos a quienes se elogia, porque así ha de ser en un gran poeta. Pero lo que queremos anotar es que por sus páginas asoma siempre la misma niebla, se escuchan siempre los mismos golpes de aldaba sobre un portón oscuro, se despiden eternamente figuras de sombra frente a la llovizna del alba, se encienden antorchas que congregan, siempre, los mismos rostros de familia, aldeanos de arcilla fresca que parecen vivir en el trasmundo, en un tiempo distinto, que no está congelado. Que vive siempre en otro lado, ese otro lado que, como una cortina, desvelan los poemas, poco a poco, en silencio, con pudor de doncella joven, limpia y fría como un arroyo en la montaña. Es un poeta de los que puedes escoger treinta poemas, o diez, o uno, y siempre ves lo mismo. Y no cansa.

Podría parecer que es otro poeta más de “los de la infancia”, que no cesan de mostrarnos sus cosas de familia, sus recuerdos de abuelo. Pero hay diferencias. Hay poetas que enumeran personas y circunstancias del pasado, para terminar siempre con la misma fórmula anticlimática, con ubi sunt? y muerte y desamparo. O con gesto bostezante, de aburrido mirar la maquinaria del tiempo, incesante. Que siempre se preguntan ¿dónde se ha ido todo? O que siempre postulan: a la Nada (así, con mayúsculas), imponiendo, no sólo a su pasado, sino a la vida de todos, su sentencia de muerte. Aquí no se salva nadie. Es el caso de Brines, y su estirpe. También hay poetas que, cogiendo prestados los mismos recursos, la misma retórica, postulan lo contrario. Todo se salvará, la vida es bella. Ni unos ni otros son mejores poetas por estos apriorismos, sino que el valor de su obra la dice su propia obra, en el corazón del lector, que vibra emocionado ante un buen poema (si no se acude a él con prejuicios), se incline hacia donde se incline, al abismo de esperanza, o al abismo de la destrucción. Ambos abismos luchan en el ser humano.

Rafael Adolfo Téllez no se inclina hacia ningún lado. Pasea por entre sus difuntos, delante de las casas del pueblo, en el campo, bajo la lluvia, y nos va mostrando esos paisajes, esas gentes, como quien no quiere decir nada sobre ellos, sino sólo bajar la voz para que escuchemos sus voces, al oído.

Es notable la costumbre de este poeta de no terminar sus poemas con un verso lapidario, con una afirmación filosófica que explique los versos anteriores, acaso sólo descriptivos, o anecdóticos. Esta fórmula es corriente, y se repite y repite, perpetuándose en las generaciones. Este poeta no cierra con llave sus poemas, sino que a veces da la impresión de que los termina en un punto, que bien podría ser otro. Como si toda su obra fuera el mismo poema, dividido, por razones estéticas o editoriales, en distintos fragmentos, a los que se ha puesto título. Esto es un poco exagerado, porque hay motivos particulares, sobre todo en los poemas dedicados a alguien en concreto. Pero la impresión que causa, general, es ésta. Un mundo propio, que podría ser más extenso, o más breve, pero que es el mismo. Por eso, es imposible reseñar este libro, Muertes y maravillas, sección por sección. Aunque hay una sección, por ejemplo, sobre el oficio y el don de los versos: “Que cada palabra lleve su temblor / y alce, a su paso por mi puerta, su báculo de sombra.”

Hay finales de poemas de un ambiente casi silencioso, minimalista, íntimo, cálido, en que no parece decirse nada, y que lo dicen todo. “Son gentes que en un lago enciende antorchas / y buscan en la bruma a algunos de sus muertos. / Son un recodo de ayer. / son el sur. / Alguien murmura no sé qué a fines del siglo pasado.” O, cuando habla de una misteriosa mujer, en Carta de amor: “Es hija del fuego la niebla el inforturnio. / se limita a decir mi nombre pero ignora lo que dice. // Cuando anochece deja a mi lado un candil y una rama de espliego.” No se puede decir más, diciendo tan poco. Rafael Adolfo Téllez construye sus poemas con versos que, a veces, se podrían cambiar de sitio en el poema, o entre unos poemas y otros. No hace poemas articulados, en los que se desarrollan ideas o sucesos, sino que sus versos, uno a uno, tienen su temblor y su poder casi mágico.

El título del libro une dos palabras de una manera hermosa: muertes y maravillas. ¿Por qué maravillas? Se diría que el poeta no se cree la muerte de los suyos y de su tierra y su infancia, que habla como si la muerte no existiera en realidad. O como si esperase un milagro: “Alguna vez oiré el canto de un jilguero, / junto a la tapia que mi abuelo / levantó, hacia 1930.” Espera, del futuro, algo pasado. Y sigue: “No sé cómo, no sé cuándo / vendrá ese canto / atravesando, tal vez, la tierra entera.” “Un canto con mi nombre en sus letras.” Se espera el desvelamiento del propio nombre, en una maravilla futura. Y Rafael Adolfo Téllez se declara ateo. La poesía, a veces, tiene razones que la razón no entiende.

Esto nos lleva al final del libro, que es una Acción de gracias, lo que remacha su alejamiento del nihilismo, o de la desesperanza. “Gracias a quien conmigo se detuvo ante el silencioso / esplendor de la llovizna. / Por eso puedo despedirme sin nostalgia. / Por eso puedo caminar ahora a salvo entre las gentes.”

Pensamos que los versos escogidos para figurar en la cubierta del libro, expresan, en resumen, muy bien la obra de Rafael Adolfo Téllez: “Un hombre sólo en su vieja casa / puede sentir, /mientras aviva el fuego, / la sombra helada de los suyos / dibujándose en el muro.” Estos poemas son como ese dibujo en el muro, y el fuego que se aviva es el del corazón del lector.

Bello prodigio

Pampaluna
Rocío Arana
Adonais, 2005

Un libro de poesía muy bueno, una obra perdurable, que brota de un origen abisal y cruza el tiempo sin mancharse, es algo difícil para la crítica. Los libros discretos, “bien escritos”, son cómodos para el articulista. Hay donde agarrarse, salientes claros, pistas bien marcadas, influencias, grupos, escuelas. Todo se reduce a indicar los precedentes del autor, a citar un par de versos afortunados y a no pillarse los dedos. Se corre el peligro, con este nuevo libro de Rocío Arana, de caer en el consabido término de epígono, como quien cae en una zanja, en cuanto encontremos un giro, una expresión, un ademán, que nos resulte familiar. Así, no faltará quien en la segunda línea de su reseña ya esté diciendo: “Es innegable el magisterio de Miguel d’Ors desde el primer verso del libro: “Detrás de la ventana silenciosa / ropa blanca tendida y edificios / y un pedazo de césped con arbustos
pequeños y amarillos. / Una radio / como un brasero viejo me acompaña.” Esa adjetivación, ventana silenciosa, y la presentación visual de la radio, la aliteración del brasero, son maneras de una escuela...” Y bla, bla, bla.
Todo eso es verdad, pero no es toda la verdad. Además es la verdad menos importante. También d’Ors aprendió de Vicente Sabido, y del maestro Eloy Sánchez Rosillo, esa presentación ambiental tan efectiva. ¿Y qué? Es entretenido, es bonito a veces, ese desmigajar el poema, ese hurgar en su mecanismo, como los niños cuando destrozan un juguete. Pero lo destrozan, claro. Y sobre todo, es situarse en la piel del perro, que mira el dedo, no lo que el dedo señala.
Esta introducción que hago, lo sé, es un poco torpe. La venda antes de la herida. Pero es que sería una pena no apreciar Pampaluna en lo que vale. Es verdad que Rocío Arana, ya desde su primer libro (Magia, Cuadernos de Poesía Númenor, 2002) se ha revelado como una versificadora excelente, artesana pura, de oído finísimo, suave cadencia, y un decir delicado y amable. Y que tiene unas influencias evidentes. Pero hay una Rocío Arana inconfundible con el paisaje, con una voz muy, muy peculiar, que no se encuentra en la poesía española que conozco. Con sólo 27 años, ha escrito un par de poemarios que valen su peso en oro. A veces, cuando se está con ánimo sentencioso, ese ánimo que le hace a uno resumir sus opiniones en citas arrogantes, se puede decir que un poeta mayor es aquel que tiene momentos, estrofas, versos sueltos, valiosísimos, que nos iluminan años y años. Y así ocurre con Rocío: “Cierra los ojos, siéntate despacio / con el sol en la cara y otro libro / meciéndose en tu falda, / y verás otra vez aquellas tardes / tejiendo y destejiendo mi dicha con la tuya.”
Pampaluna es el nombre poético dado a Pamplona, igual que Luminia es Sevilla, en el mundo íntimo y mítico de Rocío. El nombre de dos ciudades en las que ha vivido sendas nostalgias (la de la otra ciudad), en el último año de la autora. Y entre viaje y viaje, el mundo de Rocío es la gente que quiere y que le quiere, su familia y sus amigos, y Dios que le dio a su familia y a sus amigos, con extrañas intenciones de hacerla feliz. Éste es un libro lleno de nombres propios, de recuerdos exactos, y sin embargo no es anecdótico, sino que sus evocaciones están imantadas de un modo extraño, con la fuerza de la nostalgia sin amargura, del amor sin resentimiento, y de un ambiente cálido de hogar. Hogar lleno de fiesta y amigos, u hogar vacío y en penumbra, en que se escriben poemas y se oyen voces en la duermevela, y se desea la llegada de los otros. “Lejos ya de vosotros, me caliento / las manos y la ropa. / Lejos ya de vosotros, yo recuerdo: / yo fui feliz. El viento barbotaba / palabras en euskera frente al mar. / Y Pablo conquistaba los peñascos, / las esculturas verdes. / Y un sol partido en cuatro nos llovía / por debajo del viento.”
Como en Magia, Rocío nos brinda muchos poemas de amistad, no como en otros autores que hacen una dedicatoria, como un detalle en un libro, sino que la amistad, o mejor dicho, los amigos concretos son una veta inagotable de su poesía. Vemos un espléndido Canto para Nico: “Amigo, amor antiguo y sabio, Ítaca / de tabaco y café, de media tarde / con los ojos azules, paisajista / de rocas y colinas sobre el mar, / alcázar infinito de luz blanca.” Les copiaría todo el texto, pero me conformaré con añadir el final: “Sobre la tarde lluvia te requiero, / no gastaremos nunca las palabras. / Háblame de los mares que gobiernas, / desátame las trenzas del olvido / y que vuelva la noria, compañero.”
El otro gran tema de su poesía es el amor y el desamor erótico. El poema Dolor es quizá el más condensado y claro, el más rotundo, con la difícil habilidad de evitar el patetismo: “Dolor de ser contigo para ti / y no tener tus manos de silencio. / Dolor de ver la vida tan hermosa / desvestida de fiesta tras la lluvia / olor a pueblo, tierra, tulipanes, / mojados en un patio blanco y rojo / y no tener un tú para contarlo.” El amor que regresa a su origen edénico, en que el otro es alguien que pueda mirar lo que miramos. Es un detalle muy femenino el anhelar la presencia del varón para poder “tener un tú para contarlo”. Una necesidad de hablar y que nos escuchen, de poder decir ¿sabes lo que he visto esta tarde? Y que el otro escuche con “manos de silencio”. Como varón, lo que impresiona más es encontrar esta sensibilidad femenina en los poemas amorosos, que es distinta de la masculina, y no como otras “poetisas” que parecen querer “igualarse” con obscenidades, más o menos disfrazadas de culturalismo o metáfora, sino que es auténtica, contenida, expresiva. Nótese la sutileza de estos versos: “Hoy me pido vivir en el deseo, / pecar en esta tarde de ceniza, / conocer unos labios desde dentro, / unos ojos que miren mi pudor / hasta el último pulso, descubriéndome, / unas manos que ansiosas me repitan / te quiero para mí, bello prodigio.” Qué bien ha captado el sentimiento del varón, y qué femenino es el de la autora: “unos ojos que miren mi pudor”.
El otro es también alguien que nos trae un misterio, no sólo alguien con quien miramos las cosas. Un enigma, una pregunta a la realidad. “Cada minuto iba demorándose / extrayendo la luz de las cortinas, / mirándome mirar entre tus ojos / la orilla prodigiosa de otro mundo.” ¿Cuál es esa orilla prodigiosa? Hay también una visión cristiana del mundo, una impresión constante de que el mundo se nos presenta como un misterio a medio descifrar, con claves ocultas, y que las cosas cantan en una lengua antigua y nueva a la vez. El mundo como don extraño, inmerecido. Rocío Arana es la autora (quiero decir el autor, en general) que más me recuerda en la poesía española a Chesterton. Al otro lado del océano sería el mexicano Joaquín Antonio Peñalosa. Y no hay muchos ejemplos más.
Su adjetivación no es tonta, aporta siempre mucho, y es sorprendente sin ser gracianesca: “Y la alegría loca, sin pudor, / la callada, la azul, la bulliciosa, / la recia, la escondida.” “Ver tus ojos, entrar en una casa, / las paredes bañadas por la luz / blanca, frágil, eterna, verdadera.” Se adjetiva como quien puja, subiendo el valor cada vez de aquello que se ha nombrado, con una sintáxis fresca, con ritmo alegre, que hace que su frecuente endecasílabo no suene acartonado, a “lo mismo de siempre”.
Pampaluna es un excelente libro, que aparece ahora en la bella edición de Adonais. Estaremos muy atentos a la obra de Rocío Arana, que nos abre de nuevo la puerta esperanzada de su casa, brindándonos el prodigio de su poesía viva, de sus versos con luz y con amigos.


(Publicado en Clarín)

Un largo viaje

Hacia otra luz más pura
Miguel d’Ors
Renacimiento, 1999.



Un jovencísimo Chesterton –22 años- escribió el relato de un hombre que dio la vuelta al mundo, navegó, escaló, peregrinó y se extravió, para llegar a su propia casa,
de la que había partido. Era el germen de la idea chestertoniana que, durante años,
habría de repetir: podemos pasar mil veces sobre la misma idea, u objeto de la realidad
externa, y a la que hace mil una, de repente, por fin, entenderla, “verla” por primera vez.
Muchas veces, dijo, un hombre ha de dar la vuelta al mundo para llegar a sí mismo, a su casa.
Leyendo la espléndida primera novela (o poema en prosa) de José Julio Cabanillas, Benzelá, hemos encontrado la siguiente línea: “porque la alegría ha de hacer un largo viaje hasta llegar al corazón”. Esta afirmación, vacía acaso de contenido sin más explicaciones, se llena de luz con la lectura del último poemario de Miguel d’Ors, Hacia
Otra Luz Más Pura. El poeta –el hombre- que en La Música Extremada decía: “cualquier cosa antes/ que la maldita realidad.”, o “mis ojos, que no han visto el Taj Mahal ni a Borges”, “Quien fuera un Yanomani”, “vayas donde vayas/ siempre te encontrarás/ esta misma tristeza.”, y que la Poesía es una “forma de no ser feliz”, este poeta ha cambiado sustancialmente las tornas. José Luna Borge afirmaba en las páginas de esta misma revista, hace tres números, que la enseña migueld’orsiana sería más el
ciento volando que el más vale pájaro en mano. Y no se equivocaba. D’Ors fantaseando otra existencia, soñando con esa ya emblemática nieve de Wyoming, teniendo nostalgia de otras vidas, sentenciando que lo hermoso es todo aquello de lo que está ausente. D’Ors en la lluvia, en el lunes, en el atasco nuestro de cada día, en el siempre asesino domingo por la tarde, alejado de esa otra lluvia con campanadas dentro, de los hórreos indelebles de su infancia, de todo lo mejor de su vida. El d’Ors que ahora –oh, misterio- dice lo contrario.
Asombra gratamente comprobar en sus versos cómo ahora descubre y reconoce la felicidad en lo cercano, en lo siempre a mano, “esta luz sabia y serena/ con la que la experiencia ilumina las cosas” y hace un sereno desprecio de la juventud, “que no sirve para nada... en las manos insensatas de un joven”. Recuerda también al Neruda de madurez que critica suavemente al Neruda joven y melancólico, en las Odas Elementales, cuando dice d’Ors de la infancia: “Confieso... que mis versos la añoran / bastante más que yo”. La primera parte del libro es umbral de este descubrimiento que se muestra en la segunda, y los versos tocan a veces con acidez en el punto flaco de la “nostalgia de otras vidas”: “dándole un nombre/ exacto a todas las cosas/ que nunca me dejo tiempo/ de vivir.” Hacia el final del libro aparece esta idea con cierta autocrítica: “que si explorar, luchar, tener miedo, subir,/ caer, vencer, defenderse de los ataques indios.../ y a fin de cuentas, padre de familia/ y funcionario, ¿qué otra cosa has/ estado haciendo tú toda tu vida?”. Apunte Demográfico es la serena sonrisa de aquel que descubre que su soledad no es tal soledad, como el Neruda de las Odas. Domingología es, en esta línea, rotundo, al afirmar que la realidad concreta, vivida, no la imaginada como infinitas posibilidades, es maravillosa. Y en El Secreto -la clave de este libro- se canta sin trompetería, con palabras modestas, el encuentro con el “legendario secreto”:
que la Felicidad está al alcance de la mano, con unos amigos y un paseo y un cesto de níscalos sobre las rodillas.
Respecto a la Poesía, también un giro ágil y resuelto: “Feliz. Oh Poesía, poder que
nos permites/ echar todas las sombras fuera del corazón”. El “cuchillo de la ansiedad
clavado en el pecho” (La Música Extremada) se ha convertido en este poder para conjurar las sombras.
Quizá alguien se sonría con escepticismo ante tal afirmación. Pero no la hace
cualquiera, sino aquel que durante muchos libros ha horadado en la realidad poética buscando su clave, el rostro escondido en lo oculto de su sangre, y que tantas veces
ha entonado la música de la melancolía. Este libro termina con poemas en los que se dirige a Dios con esa “humildad que es la forma más alta de razón”, y habla de la esperanza, y quizá ésta sea buena prueba de que el descubrimiento de la felicidad que
hace el poeta no es engaño, ni pobre consuelo, sino clarividencia, “luz sabia y serena”.
Hay quien ha afirmado que no ha habido Punto y Aparte en la obra de Miguel d’Ors,
que es el de siempre. Por supuesto. Sólo siendo uno mismo, con la propia vida a cuestas, se puede encaminar aquel que lo desee Hacia otra luz más pura, y encontrar
el legendario secreto de las cosas.


(Publicado en Númenor)

El otro lado del tapiz

La pintura y el grabado de Laura Moreno


La obra de Laura Moreno es un recorrido creativo, un proceso, que ha sido -en parte- expuesto en dos ocasiones: en El Álamo (Alameda de Hércules, mayo de 1999), y en el Centro Cívico de la Casa de las Columnas (Triana, octubre de 1999). Las ilustraciones de este Númenor 13 son el desarrollo, con distinta técnica y materiales, del comienzo de este proceso, los árboles secos.

Observar su obra produce una clara impresión de realidad y de encontrarse frente a un arte vivo, o sea, que tiene que ver con la vida, con la íntima y personal, y no sólo la de la artista, sino que, como buena obra de arte, la de aquel que la contempla. Y es una paradoja. Los árboles de Laura Moreno, sus borrosas estepas, sus ramajes, están muertos. Del todo. Es un recorrido por la desolación. Entrar en sus cuadros de esta época –y en las ilustraciones de Númenor – es entrar en la tierra baldía, resecada por no se sabe bien qué rayo poderoso e implacable. Cortezas quebradizas, líneas yertas, desconsoladores horizontes, niebla, polvo, nada. Y aquí nos encontramos con la relación arte - vida, empezando por la vida de la artista: ella dice entender su obra como forma de expresión de su intimidad, y el hecho de hacerlo a través de la pintura, el modelado o el grabado se debe a que es lo que mejor sabe hacer. Si no, se dedicaría a escribir. Así que estamos ante una expresión de sentimientos, de un paisaje anímico, o, si queremos, del alma. Y además, nos dice, se produce una identificación personal con el árbol seco, con el tronco sin vida... ¿Qué suceso, qué experiencia de dolor, qué ensayo de la muerte, qué ausencia o qué traición han motivado su obra? No lo sabemos. Y está bien que así sea. Es el otro lado del tapiz, su oculta maraña, lo de veras importante, o al menos para los que nos interesa el creador en cuanto persona, y sin embargo se encuentra detrás, en la espesura gris, fuera de nuestro alcance. Aunque, eso sí, cerca, muy cerca. Algo de esta cercanía tendrá lo que los críticos llaman sinceridad en la obra de arte.

Pero esta relación con la propia vida no es sólo conceptual, como la muestra de un correlato figurativo y simbólico de la propia experiencia. También hay una realidad procesual en la génesis de la obra, un recorrido hasta la forma definitiva, y en este recorrido de creación hay diversos elementos: los materiales, por ejemplo, no están escogidos sin más, sino que utiliza productos naturales (temple de caseína y encáustica, madera, cera virgen), que se dejan tallar, martillear, torturar, devastar como sin de un vudú se tratase, de una especie de conjuro indescifrable. Ella habla también de desahogo. Creo insuficiente la tesis freudiana de sublimación a través del arte, por limitarse al circuito psíquico, y desconocer la trascendencia. Creo que en este desahogo, o vudú, o intento de materialización de la propia intimidad hay atisbo de trascendencia, aún cuando el resultado esté lejos de la esperanza, de la apertura al nuevo horizonte, y lo representado sea lo más parecido a un Mordor tolkieniano, un paisaje de muerte, una naturaleza espantada. La pintura de Laura Moreno no es un impulso gestual, espontáneo, sino una realidad conceptual y a la vez procesual, aunque este proceso no esté cerrado, como veremos más adelante. Este limpiar, frotar, arrastrar y volver a limpiar tiene el aspecto enloquecido del que intenta sacar oro de su triste probeta, pobre alquimia soñadora. Pero... sorprendentemente lo consigue. Como una iluminación vinieron a mí, contemplando los árboles de Laura Moreno, unos versos que leí un día:
“Estoy hablando de la muerte, pero cuánta vida evoca este momento”. El milagro de creación, el hecho de que al mostrar la muerte, o las muertes del alma, surja un manantial de hermosura, luz y significado. Uno se ve tentado a acudir a Don Antonio Machado y a su olmo seco, “hendido por el rayo y en la mitad podrido”, por esa “rama verdecida” que le hace tener en el corazón esperanza de “otro milagro de la primavera”. Pero sería tergiversar el sentido de la obra de Laura Moreno. En su recorrido todo va más despacio, como una savia lenta y sin pausa, y escondida. Y será otro el símbolo de regeneración –muy tímida aún- que aparecerá en su obra.

Ya en la exposición de El Álamo, y en trabajos no expuestos, pudimos conocer algo de esta simbología, o más bien alegoría, de la intimidad: junto al terrible mundo del árbol seco, había unas cuantas acuarelas y unos grabados con títulos muy elocuentes. “Ya sé que estás solo”, “Sabes dónde estaré”, “Recogiendo los pedazos”, “No tengas frío”, “Busca en el horizonte”, “ Triste realidad”, “Rincón del recuerdo”, son títulos de soledad, de ausencia, para obras teñidas de tristeza y de puro desamparo. La misma realidad que en los árboles, a través de otros motivos, más íntimos, más directos, de alegoría más clara. Pero el verdadero salto cualitativo vendrá con la introducción de motivos textiles. Aquí empieza a cobrar un mayor sentido la palabra proceso: “Entre cordeles”, “Todo se seca”, “Tan fácil como tender la ropa”, “Sécala al sol”, “Con agua clara limpio mi vida”, “Lavando mi pasado”, introducen el concepto de limpieza, de purificación, de transformación, y precisamente por superar ese momento estático de la contemplación del propio sufrimiento, esa melancolía doliente, se da un primer paso de aceptación y se entreabre el horizonte, tímidamente, se intuyen significados (“Aunque no quieras, todo cambia”). Es un antiguo símbolo ritual -y religioso- el de lavar la ropa, los pequeños utensilios domésticos, todo lo que haya podido ser mancillado, tocado por el mal ¿Qué mal? Volvemos al otro lado del tapiz: no es cosa nuestra, o solo como beneficiarios de la obra de arte. Pero sí podemos decir que este proceso de purificación, al menos, es fecundo. Fecundo en belleza, en creaciones, y en la propia vida, intuimos, pues ya se está saliendo del bosque muerto, de los árboles terribles hendidos por el rayo,
y delante –lejos todavía, es cierto- se abre un horizonte. Y el último paso que conocemos de este recorrido, expuesto en la Casa de las Columnas, tiene connotaciones más claras, más desnudas, cuando ya estamos avisados de la intención alegórica, y todo va ya directo al corazón, por partir de él: “Re-cose”, “El tapiz de la vida”,
“Des-cosiendo”, “Con viejos retales, pobres soluciones”, “Tejido”, “Hilo”, “Si cortas los hilos”, “Desgarro”, “Cuenta los hilos”, “Organizando trama”. Es como haber entrado en un corazón, el que se nos muestra en la paredes de la Casa de Las Columnas, verdadero y latente, dolorido, vivo. “Hilvanando en mi interior”, que tiene la variante técnica del falso grabado, muestra una forma tridimensional (son cuadros para tocar, dice ella), de tonos oscuros, recorrida por una gruesa hilazón de cobre, que al final, en la parte inferior del cuadro, termina en un cabo suelto, una puntada sin dar. Mayor intensidad no cabe, mayor expresión simbólica con tan sencillos elementos, tan cercanos al hombre. La cumbre de la exposición llega con una composición de nueve módulos numerados (I-IX), titulada “Retazos del corazón”.
Esta obra es un frondosa geografía, un recorrido íntimo. Aparecen, junto a los tonos sombríos de “Hilvanando en mi interior”, otros tonos cálidos, de caldera encendida, de corazón que vuelve a palpitar, que crece, que es grande, aún surcado de costuras de cobre, de grandes agujeros no cicatrizados, pero vivo. Aunque también en esta calidez, en este ardor, hay grito, ¿de ayuda, de dolor, de liberación? El otro lado del tapiz, de nuevo. El misterio de la creación que nace de la propia vida.

He de decir que, al contemplar estas obra, no he podido evitar sentir que estaba delante de una galería de autorretratos de la misma persona, en distintos momentos. Espejos del alma , si se quiere. Con este líneas quisiera dejar constancia de que algunos lo hemos entendido, y nos ha emocionado, y avisar al lector de que siga la ruta de esta navegante por cuenta propia, de esta costurera tenaz que, no sé si dará mucho que hablar, pero si sé que tendrá mucho que dar, de ahora en adelante.


(publicado en Númenor)

El pan imprescindible

Soy vuestra voz. Antología.
Selección, prólogo y traducción de Belén Ojeda.
Anna Ajmátova
Hiperión, 2005.

“¡Oh, Musa del Llanto, la mejor de las musas!¡Oh, tú, aborto perdido de una noche blanca!Envías a Rusia la negra ventiscay tus lamentos se clavan en nosotros como flechas.”“Con estos versos abre Marina Tsvietáieva un ciclo de poemas escrito en 1916, dedicado a Anna Ajmátova, una de las voces más importantes de la literatura rusa, quien con su canto doloroso ha iluminado la poesía del siglo XX.”Y así abre Belén Ojeda su semblanza biográfica de Ajmátova, que no es sino un rosario de desgracias, como casi todas las biografías de escritores rusos a quienes la revolución hizo la vida imposible. Sufrió la desaparición, la deportación, el suicidio o el asesinato de muchos de los escritores a los que ella admiraba, de amigos suyos, de su marido, y la amenaza continua de encarcelamiento sobre su único hijo. Vio cómo se prohibían sus obras, tuvo que quemar sus archivos y memorizar sus versos para que pudieran perdurar. Sigue Ojeda: “Mandelshtam intuyó desde el principio el desarrollo del desprendimiento en la obra de Ajmátova, quien no sólo se vio despojada de sus seres queridos, sino que a través de ese doloroso camino, renunció a los bienes terrenales y nos dejó testimonio de ello en un lenguaje esencial, que nos marca por su sobriedad, su dignidad y su enorme dramatismo.” Ese lenguaje esencial, despojado y terrible, es el que encontramos a lo largo de estas traducciones directas del ruso. El lector español que se acerque por primera vez a los versos de la poeta rusa, tendrá una panorámica amplia de su obra a través de esta edición, y la curiosidad editorial de los Poemas no incluidos en libros.
En un poema de 1915, incluido en Rebaño Blanco, leemos, refiriéndose a la Musa: “En la tristeza severa y joven / está su fuerza milagrosa.” Nos llama la atención este par de versos, porque resumen nuestra lectura de la antología. Casi todos los poemas -salvo tibias pinceladas de humor- están marcados con una tristeza contenida, que a fuerza de no ser patética, histriónica, nos resulta sincera, sin más. “Severa y joven”, estas palabras pulsan la nota del estilo de Ajmátova: ominosa y fresca, como la vegetación primaveral de un cementerio. Y producen su fuerza y su milagro, el canto que llega hasta nosotros, tantos años después. En una página de El Rosario, escrita en 1913, de aparente simpleza emocional, lánguida y decadente, vemos un adjetivo luminoso, para referirse a la hermosura: “Es indigente la belleza del trágico otoño”. La belleza del mundo, no su fealdad, se nos muestra como necesitada, incompleta. Hacia esta necesidad se acerca la poesía. En Séptimo libro, del ciclo Secretos del oficio, retoma la idea, y va más allá: “Tal vez muchas cosas quieran aún ser cantadas por mi voz”. La vocación, la llamada, no es de un Ser superior para que cumpla una función en las cosas, sino que las cosas han querido en el pasado, y tal vez aún lo quieran, ser cantadas con su voz. De este modo, se perfila una concepción de la actividad creadora, a la que Ajmátova dedicó parte de su obra, como colaboración entre el mundo y la autora. Las cosas mudas que piden una voz, y el poeta se la presta. Es una visión humilde, y a la vez poderosa, de la creación poética, que abarca a los seres inanimados, y a sus compañeros de infortunio, el pueblo ruso, que sufre una época oscura, en la que la paz sólo la encuentran los muertos. Llegaría a escribir el siguiente verso: “Soy vuestra voz”. Éste es el título elegido para la antología que nos ocupa. Pero esta colaboración se va haciendo una misma carne con ella, se termina identificando con ella, de tal modo que la Musa “castiga con la dureza de una fiebre” cuando no aparece.Nos ha sorprendido la “modernidad” expresiva de los muchos poemas de amor-desamor que escribió Anna Ajmátova. A ratos nos recuerdan la excelente poesía amorosa de nuestra Amalia Bautista, cuando escribe -Ajmátova-, después de encontrarse el amor: “y desde entonces ando como enferma”.

El hecho biográfico tan novelesco de que quemara sus archivos, (y sus amigos memorizaran poemas enteros para conservarlos) concuerda muy bien con la dicción sencilla, y la ausencia de versos circunstanciales, o innecesarios. Es una especie de revelación para ella: “Y de todo lo terrenal / sólo quedó tu pan imprescindible, / la palabra dulce del hombre, / la voz limpia del campo.” Incluso crea en ella una doble naturaleza, que le hace desprenderse de antemano de todo lo que encuentra, porque sabe que de todos modos le será arrebatado: “No me des nada para recordar. / Yo sé cuán efímera es la memoria.”Anna Ajmátova pesó el valor de las palabras, a fuerza de ser despojada, de tener que despedirse. Aprendió dónde se encontraba el valor de toda una vida, el pan imprescindible:“¡Oh! Hay palabras irrepetibles.Quien las dijo, perdió demasiado.Sólo el azul del cieloy la misericordia de Dios son inagotables.”

(Publicado en poesiadigital.es)

Saludos a todos los blogueros

Aquí tenéis el flamante nuevo blog de un servidor (es decir, mío, no de un servidor de internet). Este Enrique García-Máiquez ha conseguido picarme, y que pruebe con esta casa de blogs, después de usar un sitio de ya.com. Hasta ahora he escrito más en el blog de Enrique que en el mío. Qué locura.

¡Buenas noches, País de la Velocidad!