Elogio del desorden de despacho

En pijama soy yo, con todas las de la ley. Con la barba desarreglada (o mejor, inarreglada), despeinado al modo legaña, ordenando el despacho. Un despacho se posee como una profesión monacal, como un día a día que nos aguijona: "tengo que ordenar el despacho". Pues tengo pendiente un artículo, pero antes tendría que despejar el escritorio, pero antes tendría que hacer sitio a la montaña de libros últimos, pero antes tendría que decidir si quiero menos libros o menos sitio para muñecos, como el de Indiana Jones, pero antes tendría que limpiar el polvo. Pero antes. Nos lleva a la cuestión de los orígenes. Como decía C.S. Lewis, lo bueno (o peligroso) del cristianismo es que empieza por cualquier sitio. Si echo mano a los primeros papeles del montón --desmoranable-, a lo mejor me llevan a abrir una carpeta en que encontraré poemas desechados, o viejas calificaciones de instituto, o cartas que le hablan al futuro desde el pasado sepia. Enfrentarse al desorden despachil es un problema doble: sondear, hasta la profundidad más desalentadora, cuánto somos capaces de postergar, o qué mínima barrera de entrada nos desanima. Y por otro, una vez acometida la hazaña, ser capaz de atravesar la procelosa mar de sirenas cantoras: "Deja eso, el artículo puede esperar, las facturas las clasificarás mañana, pero mira qué pinta tenías en esta foto del 96... Da para poema".

Vertiginoso ritmo

Me dijo ayer José María Jurado que no podía seguir el ritmo vertiginoso de mi blogg. Así que prometo moderarme, darle al lector tiempo para la sosegada meditación de mis escritos.

(Oye, que bien se escribe en la nueva aplicación para iPhone)

Got my mojo workin'

Voy montado en mi flamante Sedan rojo, con el pelo al viento, mi larga, larga melena al viento, de bucles Slash, pero sin sombrero de copa que, claro, se volaría, y ceñida con las gafas Rayban de aviador, tras las que "el mundo se ve con mejor color". Suena Muddy Waters, que es todo un hombre, y la armónica aúlla a la vez que se revoluciona el motor. No hay futuro. Sólo algo de pasado, el rastro suficiente para dar una pincelada al gozo con su poquita de nostalgia, sin la que parecería falso. Cuentakilómetros, I'm a man, rugido, melena. Hit it.

Nuestro bautizo en Ambos Mundos (ahora sí)

Ya con mi flamante Ubuntu instalado (adiós, Windows, adiós... snif...), aquí tenéis una gesualdada entusiasta. La segunda parte del artículo es la más apasionada o personal, y la primera la más informativa o divulgativa. Pero me parece un modo simbólico de empezar en Ambos Mundos, con un deslumbramiento del que ya hablamos en su día. La próxima irá sobre guitarristas eléctricos: Joe Bonamassa y John Mayer. Y el artículo de Rocío Arana, que también se estrenó en Ambos Mundos hablando de blogs literarios.

Faemino, Cansado, y Chagall.

Fuimos a Madrid -una vez vacío de chestertonianos- por dos motivos: ver a Faemino y Cansado en el teatro Alcázar, y al día siguiente la exposición de Chagall en el Thyssen. Dos satisfacciones dos, por motivos diferentes, pero ambas intensas y largamente esperadas. Con Faemino y Cansado nos reimos como siempre, pero en vivo, el teatro a rebosar -¡un lunes!-; hace unos meses me estaba yo diciendo "¿actuarán todavía estos dos?" Pues de que sí. Lo de Chagall... He de aclarar que a mí el Síndrome de Stendhal me ataca bien pronto. Suelo ir al Museo del Prado y estar mirando durante un rato un cuadro, o dos, a lo sumo cuatro (El Cristo de Velázquez, las Meninas, algún Goya, el Jardín de las Delicias...) y luego me marcho corriendo a una cervecería -preferiblemente la taberna Dolores, que me descubrió Jaime García-Máiquez-. Esta vez aguanté mucho más, pasamos de Chagall en Chagall, flotando entre cabras, violinistas, rabinos violinistas, y cabras violinistas, y recién casados a los que regalan gallos. Y cabras. Nos compramos -no el catálogo, por la tiesura- sino unas laminitas y postales para nuestro horrorvacuístico piso. Y resulta que aún quedaba media exposición en la Fundación Cajamadrid. Ya iremos otro día, o no, que hay que irse a comer, y luego al tren. Estas son nuestras escapadas madrileñas, culturetas, pero no demasiado. Más que nada, para tener algo que contar aquí.

Galletas de chocolate y Brahms.

Fernando se despierta a las cinco y media y, aunque pronto se duerme frente a un Batman de dibujitos, yo me quedo desvelado frente a un tazón de descafeinado en el que nadan, diluyéndose, tres galletas grandotas de chocolate del Mercadona. En la radio, ponen -y explican- la tercera sinfonía de Brahms, al que llaman "continuador de Beethoven". Me doy cuenta de que la conozco muy bien, y me sorprende, pues no tenía conciencia de haber escuchado mucho a Brahms, pero de repente recuerdo que compré unos cedés de esos que salían a veinte duros, en el Alcalmpo, hace quince años, con varias piezas clásicas en interpretaciones modestas. Se conoce que ahí estaba Brahms, como esta noche de nuevo. Oye tú, y me gusta. No he abierto el tuiter -todavía-, pero allí este párrafo, excesivo para lo poco, lo nada, que tengo que contar, sería: "Tres galletas de chocolate y Brahms. #cosasquehagocuandomedesvelo". El tuiter es al blog lo que el haiku al soneto.

Selección de reseñas escritas por Jesús Beades

En Poesía Digital -- Aquel lugar, de Alejandro Martín Navarro. -- Tres deseos, de Amalia Bautista. -- El pan imprescindible, de Anna Ajmátova. -- Este hilo que enhebro, de Carmelo Guillén Acosta. -- El engaño de los días, de Dionisia García. -- La misma luna, de Felipe Benítez Reyes. -- Desde un fracaso escribo, de José Luis Tejada. -- Oficio, de José Miguel Ibánez-Langlois. -- Soy en mayo, de Julio Martínez Mesanza. -- Querido silencio, de Luis Muñoz. -- Canciones del que no canta, de Mario Benedetti. -- El cazador, de Mario Míguez. Los campos Elíseos, de Pablo García Baena. -- Discurso de la ceniza, de Pablo Moreno Prieto. -- Dos puntos, de Wislawa Szymborska. -- En Clarín -- El alba en tu ventana, de Iván García Jiménez. -- Últimos días en Sabinia, de Gabriel Insausti. -- La certeza, de Eloy Sánchez Rosillo. -- Casa Propia, de Enrique García-Máiquez. -- Pampaluna, de Rocío Arana. -- En Númenor -- Hacia otra luz más pura, de Miguel d'Ors. -- La pintura y el grabado de Laura Moreno. -- Otras reseñas -- La poesía de Joaquín Moreno Pedrosa -- Muertes y maravillas, de Rafael Adolfo Téllez. --

Y mi voz sin tu trato se afemina

"La tía Jane. Uno no elige a sus tíos y tías, ni en la vida ni en la literatura. La tía Jane llegaba sin avisar y sin alharacas; como trayéndote siempre algunas golosinas, y echando una mano en lo que hiciera falta, como las tías de verdad -no digo, reales, sino de verdad, que de todo hay-; una señora bien educada en contar historias, y con ese misterio de lo femenino, tan bien llevado, que apuntala lo masculino de sus masculinos sobrinos. " (Vía Mora Fandos, las negritas son mías) Me gusta ese detalle sobre lo masculino, y me recuerda un verso de Miguel Hernández, creo: "Y mi voz sin tu trato se afemina". Lo recuerdo porque, cuando salí con una de mis primeras novietas, no paraba de venirme a la cabeza ese verso. Y era porque, ante aquella muchacha, de pelo color miel, liso y largo, y ojos enormes, cual anuncio de Pantene, yo, sin hacer nada, sin saber nada, me sentía -además de agradecido- algo así como viril. Algo así como más yo, de un modo nunca sentido hasta entonces. Era -sigue siendo- algo muy chulo, qué queréis que os diga.

El ruido congelado y la noche cerrada

Vuelvo, como tantas noches, de tocar con el grupo. Vuelvo de Lora del Río, con el ruido congelado adentro, como un barullo que no se sedimenta hasta que llegue la mañana, y que todavía escucharé en sueños, agitados quizá, o herméticos e indescifrables cuando amanezca, cansado, y el sol del domingo (ojalá haga sol) extienda su manto apacible sobre la casa, el escritorio en desorden, las pipas, las guitarras. Y los niños devuelvan el orden a cada cosa, estableciendo su ritmo, que es seguro y andante, vivo e indiscutible. Pero esta hora extraña en que es de noche, en que todavía es de noche, y están calladas las lavadoras, y sólo gime alguna tubería profunda, es una hora terrible para el hombre solo. El ruido congelado, y la noche cerrada. Suficiente para un día, demasiado extendido, con todos sus trabajos y sus melancolías postergadas, porque hay que trabajar. Y ni siquiera las palabras ordenan el día, como quería Jünger, cuando el peso de las cosas revueltas se aplasta, se comprime, me empuja y me conduce a la cama, me debería llevar hasta la cama justo después de darle a la tecla "publicar".

Consejos para escritores

"Escribe raro para que no se entienda un pimiento. Desde la primera frase. -- Obliga al lector a consultar el diccionario. Constantemente. En cada frase. Eso les excita. -- Una frase con menos de seis adjetivos es una frase aburrida. -- Tu lector tiene el diccionario de arcaísmos olvidado en la estantería. ¡Conviértelo en su compañero inseparable! -- No te cortes a la hora de describir fenómenos meteorológicos. Los lectores siempre quieren más y más. -- Intenta que todos tus protagonistas usen un Mac y describe con detalle qué modelo es y qué tipo de procesador usa. -- Regla de oro: Incluye Illuminati. Si no puedes incluir Illuminati, incluye vampiros. -- Las citas en griego clásico añaden dinamismo. -- Los capítulos donde la protagonista bebe una taza de té humeante frente a la ventana requieren citas en alemán. -- Un lector que abre una novela busca dos cosas: a) prosa indescifrable. b) notas a pie de página en ruso." Biel Perelló.

Gaudium sine pacem

"La alegría nos hace invulnerables". Este aforismo de Ramón Eder, con el que tan buena "animación a la lectura", as usual, hace Enrique, en su blogg, y en el periódico, me sugirió este otro: "La alegría nos hace, como la tristeza, vulnerables, pero por mejores motivos. Hay quien no desea sentirse vulnerable de ningún modo, y desconfía del gozo desbordante. Epicúreos se llamaban en la Antigüedad, y Whitman los hubiera desterrado de América".

Iron Maiden y la NBA

Mi amigo Emilio me descubrió Iron Maiden. Por lo tanto, le debo muchísimo, pues esto fue el comienzo de un curioso atajo. Me explico. En mi casa, había cientos de cintas de casete y discos, Bob Dylan, Eric Clapton, Pink Floyd, Rolling Stones, toda una coleccioncita de Jazz... A los que terminé llegando. Pero la primera vez que sentí pasión, verdadera pasión personal, que iba desde la estética de los músicos (oh, esas muñequeras de pinchos) hasta las portadas de los discos (oh, Dereck Riggs, y el Eddie de Seventh Son of a Seventh Son), fue con la banda inglesa de heavy metal. Antes de vibrar con Riders on the Storm, pegué saltos -raqueta de plástico en mano simulando una guitarra- con el Run to the Hills. En realidad, los discos eran del hermano mayor de Emilio, David, quien me vendió algunos posters con los que empecé a empapelar mi cuarto, techo incluido. Pero hoy me acuerdo de Emilio por otra cosa. Antes de la pasión Maiden, solapándose también con la pasión Maiden, fue la NBA. Nuestro equipo de mini-basket del colegio era derrotado, una y otra vez, con marcadores heroicos, 106-8, 95-6, 110-7, y Emilio y yo encestábamos esos 8, ó 6, ó 7 puntos -de hecho, me dieron una medalla al "máximo encestador" de mi equipo-, con jugadas ensayadas, calcando movimientos aprendidos en Cerca de las Estrellas, de Ramón Trecet. Mi primo Sergio era de los Bulls y de Jordan, lo que me parecía hortera, por obvio; yo era de los Celtics y de Larry Bird, aunque en realidad siempre me fascinó la forma de dar asistencias (mágica, artística, inexplicable) de Magic Johnson. Aún sigo flipando con los últimos dos minutos del All Stars Game de 1988. Bendito Youtube. Chesterton decía algo así como que el hombre adulto y el niño que antes fue se terminan abrazando, y la adolescencia queda como un inexplicable fenómeno de extrañamiento. Un irse para volver. Hay una unidad que se rehace, poco a poco, al hacernos mayores. Hace unos años empecé a escuchar de nuevo a Iron Maiden. Esta semana me he comprado un balón de baloncesto.

Un poma sin moraleja de Wislawa Szymborska, in memoriam.

La realidad exige... La realidad exige que lo digamos bien claro: la vida sigue su curso. Sucede así en Cannas y en Borodinó, en los llanos de Kosovo y en Guernica. Hay una gasolinera en una pequeña plaza de Jericó, hay bancos recién pintados cerca de Bila Hora. Las cartas van y vienen entre Pearl Harbor y Hastings, pasa un camión de muebles bajo la mirada del león de Queronea y solo un frente atmosférico amenaza los florecientes jardines cercanos a Verdún. Hay tanto de Todo que lo que hay de Nada queda muy bien cubierto. De los yates de Accio llega la música y en la cubierta, al sol, bailan las parejas. Pasan siempre tantas cosas Que seguro tienen que pasar en todas partes. Donde hay piedra sobre piedra hay un carro de helados cercado por los niños. Donde estaba Hiroshima de nuevo está Hiroshima y se siguen produciendo objetos de uso cotidiano. No le faltan encantos a este hermoso mundo ni tampoco amaneceres para los que merece la pena despertar. En los campos de Macejowice La hierba es verde, y en la hierba, como pasa en la hierba, la escarcha, transparente. Quizá no haya un lugar que no haya sido un campo de batalla, los aún recordados, los hoy ya olvidados, bosques de cedros y bosques de abedules, nieves y arenas, pantanos irisados y barrancos de negro fracaso donde en caso de urgencia satisfacemos ahora nuestras necesidades. Qué moraleja sale de todo esto: parece que ninguna. Lo que de verdad sale es la sangre que seca rápida y siempre algunos ríos, algunas nubes. En esos desfiladeros trágicos el viento se lleva los sombreros, y es inevitable: la imagen nos da risa. (De "Fin y principio" 1993 Versión de Abel Murcia)

E.L.I.

Muchos, muchos años hace que no tenía esta exacta sensación. Esta como necesidad de llevar un diario personal, no literario, no sintiéndome leído por anticipado, sino íntimo, telegramático incluso -sólo datos, o breves notas, para recordar mucho, mucho tiempo después. No sólo es una sensación de hace años, sino que alguna vez lo llevé a cabo. De este modo: "Tarde en el zoo. Contraluz de los girasoles. Papá. Ale. Tito Carlos. El tren pasó al fondo del atardecer. Reíamos mucho". Que hay quién dirá que propende al haiku. Pero, como todo, me duró poco. Sería el año 90. Mucho después me puse con diarios "literarios", todo el rato posando, para parecerme a Jünger. Pero eso es otra cosa.

Aunque la otra noche, la otra noche... Fue una noche de estas rarillas, que empiezan extrañas y acaban extrañas pero con mucha cerveza de diferencia. Que parecen estar a punto de eclosionar (y casi, casi, se sienten los paulinos dolores de parto), pero se detienen en el último momento. Veamos ¿cómo lo hace Trapiello? Ah, sí, pone equis e íes. Y otros ponen iniciales. El caso es que fui a despedir a mi primo, que se volvía a L.A. (es director de cine), y como regalo sopresa me encontré a E.L.I. (son iniciales, son iniciales), que venía a hacer lo propio. Claro, todo el que haya tenido la deferencia de preguntarle, a ella, sabrá que no soy santo de su devoción (=me tiene asco), pero se tiene que aguantar con tenerme en su biografía -ex de su mejor amiga, primo de mi primo, y mil cosas más que recordamos esa noche- como yo también me tengo que aguantar. Lo que pasa es que yo, como varón, siempre me puedo decir ¡pero es tan guapa! (aquí pierdo la benevolencia de la parte femenina de mis lectores, los tres o cuatro, y se quedan leyendo sólo Enrique G-M, José Luis Sevillano, y quizá mi madre). Pero es verdad, ese ¡pero es tan guapa! dulcifica muchas cosas, como bien saben los examinadores del carné de conducir, sin ir más lejos.

El caso es que la noche se fue poniendo a ratos surrealista, a ratos íntimo-familiar (dos primos que tienen un pueblo en común siempre acabarán hablando de las fiestas, y diversas barrabasadas de dudoso gusto serán contadas como hazañas épicas; yo soy español, español, español -cántese-). A ratos rozando las intimidades traspapeladas. Porque, díganme ustedes, si una chica salió con un amigo íntimo nuestro del B.U.P. ¿no sabremos nosotros toda la trastienda sexual, los síes, los noes, los porquenoes? Así que si ella hace alguna referencia, de algún modo chistoso, o despechado, o aparentemente sólo enunciativo, uno se tiene que callar. Pero en ese callarse le sale una mínima sonrisa, yo diría una nanosonrisa, que por nano que sea ella la advierte, y se amosca. Pero no puede decir nada, salvo "¡Tú estás mu callao, tú estás mu callao! Y además, ¿por qué te ríes?"

En fin, la noche derivó por varios cauces: mi ex, el sexo, su ex, el sexo, mi primo, el sexo, los micrófonos. Y anecdotario abundante, y espumeante. Hasta nos hicimos fotos con el iPhone, mire usted qué bien, concordia y amistad. No ilustro, que no sé sustituir caras por X en fotochop.

En realidad, todo esto a usted le da igual, imaginario lector. La mayor parte del contenido de esa noche se perderá en el tiempo como el hielo entre la ginebra (se han fijado, se han fijado, para no hacer la énesima cita de Blade Runner, eh? ¿tengo arte eh?), y otra pequeña parte será recordada, tergiversada, caricaturizada, en otra noche futura de cervezas y pullas y tensión sexual no resuelta (así he leído que se dice). Lo que ocurre es que no había tenido esa intensa sensación "de diario" desde hacía tantos años. Y es lo que me ha puesto un tanto pensativo. ¿Será la edad? ¿Me estoy reblandeciendo? ¿Temo desaparecer, como un replicante, y que de mí sólo queden cuatro datos ordenados en un fichero, sin sangre ni sentido, ni más allá ni consecuencia? (Esto son preguntas retóricas, pero quedan bien para acabar un post).



(Toda la noche pidiéndome que le hiciera fotos ¡qué coquetería!)