Pablo Moreno me regaló una pluma...

(foto: Antonio del Junco)

Eso decía yo en un poema de "Centinelas". Y es que Pablo me regaló una Sheaffer, de plástico negro, muy ligera, con oro recubriendo su plumín. No diré que empecé a escribir por su regalo, pues ya escribía yo –torpe y entusiasta, como es lo natural– cuando nos conocimos; pero si diré que sin él no hubiera escrito del modo en que lo hicimos a partir de entonces. Como si la pluma fuera el fusil del centinela, esperando la aurora y el grito salvador de la caballería.
Su próximo libro saldrá pronto, en Adonais, porque le han concedido un accésit del prestigioso Premio. Como a mí, hace tres años. Hermanos de accésit. Un símbolo más. Pasa el tiempo, los funerales y las bodas, y el viento arrastra hacia el pasado la hojarasca de las anécdotas y las personas que ya no están. Pero hay tierra firme, y amigos que miran el mismo río y dicen: "'¡vaya! ¿tú también? ¡Cuánto me alegro!".

http://www.europapress.es/00273/20071217171424/teresa-soto-diego-vaya-pablo-moreno-ganadores-premios-adonais-2007.html

Velas de Adviento


Primera vela
"En cuanto haya terminado la carrera, todo irá rodado..." "Ahora estamos un poco apretados con la mudanza, pero después..." "A ver si la niña aprueba las oposiciones, y entonces..." "Me compraré la moto, con lo que tengo ahorrado, y ya podré moverme como necesito..." "Es que lo que me hace falta, como el comer, es un flash para la cámara". "Quién tuviera una Stratocaster americana..."
Segunda vela
Siempre esperamos algo. Sea cual sea nuestra propiedad, nuestra situación, nuestra vida, siempre es el antecedente de lo esperado, el hueco exacto de lo que no está, y vemos la llegado de "eso" como un luminoso y dorado y feliz descendimiento, que conseguirá lo que decía ese hemistiquio de Carmelo Guillén: no echar de menos nada.
Tercera vela
Se acerca la Navidad, y vamos amontonando paquetes de Ipods, cajas de Nintendos, bolsas con camisas, sonrientes muñecos con pilas recargables, y arrastramos todo hacia algún sitio. Movemos nuestra mercancía, añadiendo siempre un detalle más, una refulgente novedad, a nuestra pesada carga. Pensamos que esa pieza es siempre la última del puzzle.
Cuarta vela
Para oir cierta voz, hace falta silencio. Para ver cierta estrella, hace falta la noche. Para adorar de rodillas, hace falta, por un momento al menos, olvidarnos de todo lo que está en nuestras manos, y abrir esas manos para recibirlo todo.
Se apagarán las luces de neón, las pantallas de plasma, y el viento de Judea arrastrará las ramas muertas. Y quizá nos pongamos en camino, ligeros de equipaje, dracmas perdidas de carne y hueso que cobran vida y acuden a ser encontradas.

(Dedicado a Adaldrida, que cumple años este domingo)