Primeros días con Insausti

Últimos días en Sabinia
Gabriel Insausti
Pre-Textos

El monólogo dramático como forma poética, tan bien utilizado por Robert Browning, y recogido por Borges y Cernuda con gran acierto, es una de las formas recurrentes de los poetas de la generación del setenta. Hay ejemplos admirables en Eloy Sánchez Rosillo y, en contra de lo opinan algunos, no implican necesariamente un frío culturalismo, una exhibición de conocimientos que intenta eludir la intensidad directa y lírica. A veces, un monólogo en poesía llega a convencernos tanto que emociona como una rima de Becquer o una sentencia manriqueña. Porque en Poesía cabe todo, si es bueno y auténtico. Un poeta cubano, José Pérez Olivares, muy unido a la generación española del setenta, ha desarrollado ampliamente esta técnica, demostrando que lo que le ocurre a una persona les ocurre a todas, como gustaba decir a Borges.

Gabriel Insausti acomete la empresa de hacer un monólogo dramático que ocupa todo un libro, más bien extenso (LI poemas), de un sólo personaje, Horacio, en los últimos días de su vida. Empresa nada fácil, independientemente del poeta que se atreva a ello. Y esto por dos razones. La primera, que no es un personaje cercano, ni en el tiempo ni a nuestra cultura. Nuestra cultura actual (o subcultura) “posmoderna”, ha sido calificada a veces por ciertos moralistas de “pagana”. Ojalá lo fuera, suspiramos algunos. La dignidad personal –casi indiscernible del orgullo-, el desprecio por la mundanidad decadente de Roma, el aprecio por la naturaleza y la vida retirada, y los buenos amigos, y la lealtad, y la celebración, y la aceptación serena de la muerte como ocaso natural, distan mucho de nuestra Europa, desgajada de sus raíces.

La segunda razón es la dificultad de mantener la intensidad poética a lo largo de más de setecientos versos, de manera que a veces leemos ligerezas como las frecuentes referencias a su barriga (la de Horacio), los repetitivos y tibios desprecios a Augusto, y la sucesión de tópicos latinos que difícilmente se podrán exponer mejor que en sus originales (“Espera la venida de los hechos / sin miedo ni rencor. Y en la hora adversa / recuerda los placeres de otros días.” El lenguaje es una tradición, es cierto, a la que no hay que traicionar, pero sí superar, añadir, rehacer con materiales nuevos y antigua sabiduría. En este libro no siempre se consigue. Vemos intentos de emular Europa de Julio Martínez Mesanza, admirado por Insausti, pero es que en Europa alienta un sentido trascendente, épico, y de un claro simbolismo moral –cristiano- que da sentido a los motivos medievales o simplemente bélicos, y le confiere una fuerza poca veces vista, y, lo que más nos interesa ahora, inimitable. Aún así, entre los LI poemas de Últimos días en Sabinia, hay muchos muy buenos, emocionantes y sobrios, con la sencillez del endecasílabo blanco casi nunca encabalgado. En XX (De amicitia) el recurso nos otro que la enumeración: “Tuvimos la alegría del camino / por los campos de Nursia amurallados, / el júbilo en las calles de Amiterno (...)”, para terminar diciendo: “Que esto no nos baste, qué desgracia.” El poema del mismo título de Europa, es jubiloso, fiero, casi desafiante (y una maravilla también); éste es efectivo de otra forma, poniendo de manifiesto la nostalgia incurable, lo insatisfactorio de todo lo terreno.Estos versos, y unos cuantos más, nos hacen pensar que hubiera estado muy bien dejar el libro en un tercio de lo publicado. Empieza a ponerse de moda el libro de poemas extenso, no sé si como demostración de la supuesta capacidad del autor, o consecuencia de cierta incontinencia al publicar. Insausti tiene aquí versos hermosos e intensos, pero diluidos entre otros francamente tibios. Otro ejemplo de los primeros: “Si buscáis denigrarme es bien sencillo: / ved cómo luce el mundo y yo no puedo / copiarlo con palabras suficientes.” Otro ejemplo de los segundos, refiriéndose a los médicos: “sospecho que no alivian nuestros males / y que su ciencia tiene un solo fin: / perpetuar el mórbido negocio.”Esperamos el próximo libro del autor, en que Horacio (o quién sea) mengüe, para que Insausti crezca. Pensamos que merecerá la pena. Se sabe si alguien es un buen poeta tan sólo con leer dos o tres páginas, e Insausti lo es. Tan sólo deseamos más rostro y menos máscara, más intensidad en menos extensión. Y también el ir más allá de la simple formulación en verso de temas paganos, ya que Insausti (lo sabemos) no lo es. Ni tampoco es un posmoderno suicidado en vida. Vemos más atractivo e interesante, ya que se ve el intento de hacer una poesía a veces meditativa, a veces epigramática o filosófica, el convertir en poesía las propias ideas, las íntimas convicciones. Es mucho más jugoso –y más “poético”- que intentar hacer hablar a Horacio. Aunque –repetimos- Insausti consiga en su intento algunos poemas muy hermosos.

(Publicado en Clarín)

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