Anacronía




(El libro que Norma Jean tiene en sus manos es "La ciudad dormida", Ed. Rialp. Col.Adonais de poesía, 2005. Sonríe, pero no sabemos por qué).

Aquellos maravillosos años

El maestro Cabanillas me explicó, cierta vez, los dos tipos de poetas que hay, teniendo en cuenta su Arcadia: los poetas de infancia y los de adolescencia. Los poetas de infancia fueron muy felices de niños –o así lo recuerdan– y sufrieron en su adolescencia, cuando el mundo se abatió sobre ellos con su cara seria, exigente y prosaica. Para ellos, la infancia es lo más sagrado del hombre, y todo lo que se parece a ella lleva el signo de la beatitud, de la promesa de un mundo mejor. Sus versos tienen casas del pueblo y abuelos, gaviotas, cometas, playas y veranos inacabables, largas tardes de no hacer nada y descubrir el universo. Y muñecos, escondites secretos, baúles insondables, armarios misteriosos.
Los poetas de adolescencia no suelen recordar con especial fruición su niñez, y lo pasaron muy bien en la edad confusa de las transformaciones, de la exaltación sangrante de la amistad, de los amores eternos y desgarrados, de la música que se clava en el alma como una bandera, para siempre, en una tierra conquistada. Sus versos tienen lluvias agridulces sobre portales con besos, varias muchachas con nombres de dolor y un tanto de ternura, músicas arrebatadas, ideales absolutos, insolencia y opiniones tajantes, escapadas, pequeños viajes con banda sonora, el sexo como descubrimiento y aventura, corazón galopando, velocidad.
Yo, inmediatamente, me apuntaba al grupo de los poetas de adolescencia. No en vano mi incipiente poesía dio un giro de gravedad, y "temporalidad", con un amorío frustrado y doloroso, justo cuando descubrí la obra de Eloy Sánchez Rosillo, con su elegía serena (aunque, curiosamente, él es de los de la infancia). Escribí elegías a sucesos mínimos, amorosos, que para mí eran una alegoría de la existencia toda.
Pero últimamente han ido llegando a mis manos, a mi memoria, retazos de aquello que fue "los 80": videoclips con sintetizadores, los walkman de colores chillones, las cintas para el pelo y las muñequeras, la NBA... Y, sobre todo: los Fraguel Rock, el Equipo-A, los Goonies, Kárate-Kid, y los muñecos de Star Wars, He-Man, toda esa materia sentimental que comparto con mis amigos contemporáneos. Y esa amalgama dispersa, como un aroma nostálgico, preciso, indefinible, me reconcilia con aquellos maravillosos años. Y un hombre reconciliado es más feliz, se ríe más, camina más a gusto por la calle.

Jacarandas In via


Vemos la hermosura, y la vemos como un fin, algo a lo que llegar y zambullirnos. Un deseo de entrar con los dos pies, con todo el cuerpo, y chapotear resoplantes en su materia.
Las jacarandas empiezan ahora a soltar sus hojas sobre la acera, como fino polvo de hadas que se llevará el viento. El viento "entre los sauces" que antecede a las tormentas de verano.
El color de la jacaranda nos invita, sí, a acercarnos y meternos dentro, hacia no sé qué territorios de colores-luz, de tonos con vida privada, inverosímiles y reales. Pero, conforme pasan los años, también he llegado a ver a las jacarandas como compañeras de viaje. Van escoltando, intermitentes y fieles –mayo, octubre–, a la vera del camino nuestros años de gloria y ruina, nuestro confuso carnaval, nuestro cauce hacia la mar, que es el morir. A la vera del camino. Son compañeras, pues también avanzan, aunque parece que estén quietas y mudas, hacia su consumación. Carne de jacarandá, magra materia que deseamos morder como una fruta, y que aguarda también el mundo futuro, y lo anticipa.

Pedro y Carlos y la madre que los parió

Tengo un amigo que se llama Pedro. Es autor de canciones, sobre todo, y lector de mis versos, entusiasta, pertinaz y de los que te suben la moral aprendiéndose algunos. Y autor no de unas cuantas canciones, no, sino de mil, o más, y todas buenas (no exagero). Pero es tan gentil que, cada vez que estamos con la guitarra, me pide que le cante una mía que le gusta mucho. Él es así, tiene la virtud de ser cantautor pero no aburrido ni derrotista: nada de "aunque tú no lo sepas, he dormido en el coche". No cree en la soledad mi amigo Pedro.
Pedro tiene un amigo que se llama Carlos, y se da la feliz coincidencia de que es muy amigo mío también; filósofo él, su entusiasmo es más melancólico y cariacontecido, ceño fruncido a lo James Dean, gesto aparentemente cínico como Woody Allen, animado conversador de filosofías de café o cerveza tardía, admirador de Ortega y Gasset -de los dos-, y el mejor músico que he conocido nunca (en persona). Además tiene una novia que es más linda que un amanecer. Hemos compartido escenario, él, Pedro, unos cuantos más de los que hablaré otro día, y yo. Compartir escenario con gente así es uno de esos regalos de la vida por los que creo en Dios. Sólo una infinita y certera bondad puede hacer posibles concordancias tales, afinidades así, del corazón y de los ojos, del oído y la inteligencia.

Si vivir es caminar, yo al menos no dejaré solo mis huellas en la triste arena. Dejaremos unas cuantas, arrebujadas, confusas, bailarinas y felices. Y lagrimas también, por supuesto, convertidas en música, transustanciadas. ¡Vivan mis amigos!. Como dijo aquella mujer a Jesús de Nazareth: ¡Bendita sea la madre que los llevó en el vientre y los senos que los amamantaron! (Lo que en sevillano significa: Viva la madre que los parió).

Que llegue el lunes

Domingo pesado como un fardo. Un bulto envuelto en sucias mantas, sudado y gris por el roce de la semana. Y la lluvia que no se decide a caer, cobarde. Aparece en su lugar una pasta incolora, apenas líquida, que embadurna las lunas de los coches, confunde la mirada, molesta, y una brisa tornadiza levanta las bolsas de plástico en una danza vacía, sobre los contenedores de basura. Los elementos están a disgusto unos con otros, chocan y se quejan como viejas en el autobús. Tarde miserable, noche precipitada sobre nuestros huesos, a trompicones, sin gracia. Sí, le digo al cielo de mi balcón, yo también quiero que llegue el lunes.

El Plantinar (o Conservador II)

Los naranjos de mi barrio -de mi barrio de antes, el de mi primera juventud- siguen montando guardia en torno a las muchachas de la primavera. Ellas pasan, altivas, con su coxis tatuado, con su piercing de pueblo y sus maletas de piso de estudiante. Pasa después su aroma, endulzando el ambiente, y Pablo y yo nos miramos, frente a la cerveza, y no decimos nada. Los naranjos guardan silencio también, comprensivos, dan su aroma también, generosos. Son ya muchos años conociéndonos, Pablo, los naranjos, la bodega Peinado, el balcón de mi casa, la calle habitada de estudiantes con maletas, los naranjos que escoltan nuestro silencio. Hay un retorno digno de respeto en esta cadencia de aroma, silencio, pasar y permanecer. Sólo por mi barrio soy conservador, sólo por esto no soy del todo liberal, y no quiero que las leyes del mercado arrasen estas casas y pongan otro centro comercial. Blandiré, si es preciso, la espada de Adam Wayne en Notting Hill, y dándome el gusto de contradecirme, caeré defendiendo este universo, el barrio del Plantinar, las cosas que merecen conservarse. Y Enrique García-Máiquez acudirá a mi llamada, con su flota porteña que remontará el Guadalquivir, luego el Nervión, y juntos tomaremos unos vinos, antes de la batalla.

Terapia del saxo tenor

Stompin' at the Savoy. El saxo de Ben Webster, como todo tenor de jazz clásico, baladista a ratos, bigbandero a veces, es un sonido que calma, toque lo que toque. El registro del tenor opera en la sensibilidad como la voz de un locutor de radio, de esos graves, varoniles, y aparentemente serenos, ligeramente displicentes -al modo de Carlos Herrera-. Con una punta de iceberg de ironía, y un abismado territorio de melancolía y callejones rancios por debajo. Es una terapia recomendable: pones el disco, no le prestas mucha atención, chateas, blogueas, y poco a poco su discurso se abre paso entre los nervios, con su voz de terciopelo y cobre y su poesía de latón y oro. Entonces estás en la antesala de una revelación, que nunca se produce. Pero regresas a ti mismo y a tus cosas, con algo más de cariño en la voluntad, con algo menos de cemento en el oído. Y vuelas más libre, y no te explicas cómo.

El jazz de la tarde

Una vez me dijo una persona que el jazz era algo nocturno, de locales con humo denso y, como decía un contrabajista, "rubias ezuberantes (me cagüenlamá, que zoy cazao...)". No entendía que yo madrugase y me gustasen Coltrane, Bird, Mingus.
En el momento que recuerdo esto son las ocho y cuarto de la tarde, -qué día más bueno, cómo pica el sol-, y mi atardecer de manga corta y calzoncillos -holgar dulce holgar- tiene a Dave Brubeck sonando, con su cuarteto, y los compases nos abren más la tarde, un último tramo, como una flor que pronto se cerrará.
La belleza también madruga, me digo. La belleza es para todas las horas, me digo también. Y el silencio es preludio, escucho no sé dónde, más allá del despacho, cuando ya en el salón ha parado la música, y la flor se está cerrando, serena, calladamente, sobre el balcón de mi casa.

FNAC y penitencia

Por fin hemos ido a la FNAC. Después de un recital cuasi-humorístico en el Ateneo -Excelentísimo y de Sevilla, sí, pero el recital fue cachondo, gracias a Juan Luis de Soria, y a Rocío Arana-, nos encaminamos a la gran tienda recién inaugurada, cual limaduras de hierro hacia un poderoso imán. Libros, discos, tecnología puntera, más libros y más discos, o sea, la tienda pensada para arruinar mi cuenta corriente -y tan corriente-. Al fin sólo compramos un par de pelis clásicas, unos disquitos de jazz y un libro de Auden: Canción de cuna y otros poemas.
Al salir de la FNAC, todavía más mayo y más temperatura del Edén, Erasmus ojiazules con los dedos de los pies pintados de rojo, y ciclistas urbanos, y vámonos que nos vamos de los 100 Montaditos para el coche, en San Pedro. Pero antes, claro está, parada regulatoria en El Salvador, escalones y cerveza con un fondo anochecido, y hay que ver lo tarde que es, y mañana me tengo que levantar etc, y mira mira ése que tío más raro, y a ver si lo repetimos.
En Sevilla, en verano, con no pegar de gravedad, es bastante. Eso decía Teresa de Jesús (antes de ser santa); en mayo todavía no se aplica este lema, pero, con no gastar en exceso, con no dormir demasiado poco, debe ser bastante. Y el poquito pecado venial -no sé, molicie, pereza, ligera concupiscencia ocular- , se borra -me lo ha dicho Juan Luis de Soria- escribiendo una entrada en el blog. Y él sabe de penitencia.

Se hace saber

Hoy lunes 7 de mayo, a las 18:00, recital en el Ateneo de Sevilla (c/Orfila), por parte de Rocío Arana y un servidor.

La cercanía del mar

"Un buen verso debe comunicar un hecho preciso, y tocarnos físicamente, como la cercanía del mar", escribió el bueno de Borges. Vengo de la gaditana playa de La Barrosa, en Chiclana, y no he leído más que unos versos del Purgatorio de Dante, con el párpado caedizo y por hacer el gesto antes de dormir. Tampoco he escuchado música, aunque he tocado la guitarra durante varias horas. Como no funcionaba la lámpara, la tarde fue cayendo en torno a la guitarra, hasta que no veía mis manos siquiera. Al final, vi la una estrella ¿Venus? por el ángulo mínimo de la ventana. Le cambié las cuerdas a la acústica, y, como siempre, me pregunté por qué no lo había hecho antes. Tocar la acústica con las cuerdas nuevas es como fumar una pipa limpiada a fondo, o estrenar unos botines chulos o acabar de ducharse sin prisa. Todo suena mejor, todo se ve mejor. La cercanía del mar también coopera, porque el mar no tiene memoria, y en cada ola empieza un nuevo ciclo, una revolución que muere en su propio instante, y que es buena por sí misma, es un acorde simple y nítido. El estado de ánimo mejor. No tengo hechos precisos que comunicarles, lectores de mi blog, y no he escrito un buen verso. Pero, al menos, que la cercanía del mar nos siga tocando físicamente. Por muchos años.

La Fe simple

En un capítulo de Friends se planteaba, con mucha gracia, la siguiente aporía: si hacemos un acto bueno, y esto nos hace sentir bien "con nosotros mismos", el acto ya no es desinteresado, puesto que lo hacemos para sentirnos bien. De inmediato, tras la gracia de la idea, acude la inquietud; pues no le falta razón. Pero por el otro lado se llega a la inaceptable conclusión de que sólo son actos buenos los que nos desagradan. Este tipo de círculos viciosos son un muro al que llegamos a veces. Es como aquel caso de los diablos de Lewis, en que el "paciente", en la oración, cae en la cuenta de que está siendo más humilde, y entonces piensa "vaya, si caigo en la cuenta ya no soy humilde". Y vuelta a empezar.
Entonces es cuando aparece, nítida, directa, la función de la Fe como confianza simple, de amigo, de amante, sin más. "– ¿Es bueno esto?" (una obra de caridad, de misericordia, de justicia) "– Tiene que serlo. Lo dice el Señor, y Él nunca miente".

Conservador

La labor regeneradora que debe hacer un conservador -para sí mismo, en primer lugar-, es considerar qué cosas merece la pena conservar. Que es siempre un viaje al centro... de las cosas, y de uno mismo. Y en este viaje, van cayendo los ídolos uno tras otro o, al menos, son desenmascarados.