Superabundancia

He vuelta a mi casa de cuando era chico. La vida es así, con sus temas que van y vienen, como fuga de Bach (que no era un preso de Alaurín), dándonos sensación de regreso y a la vez de avance, de volver al mismo sitio siendo otros. Pensé que sería extraño reir de mayor donde lloré de niño, y viceversa. Hay algo en que no había pensado: mi vecina, la Manoli. De toda la vida, hemos crecido juntos mi hermano y yo con sus hijos, nos ha pedido sal, le dimos azucar, nos daba cariñosamente golpecitos en el tabique cuando ya era muy tarde para el jaleo y la guitarras. Y ahora vuelve a ser mi vecina, la Manoli, pero en vez de decirle a mi madre "se te está quemando" (la pizza), me lo dice a mí, o mi señora.
Cuando la Manoli me pide una zanahoria, es imposible que se lleve dos. Yo le pedí antesdeayer dos palillos de dientes (para un arreglo casero), y volví con la mano derecha repleta de palillos, y en la izquierda un palillero, también lleno. Lo cual fue una proeza de austeridad, pues se puso a fregar un ciervo de cerámica (otro palillero) cuando estaba a punto de salir para mi casa, a cuarenta centímetros de la suya.

La mirada angosta

Una vez me dijo Enrique García-Máiquez -a cuento de una discusión sobre Joaquín Sabina- que una obra de misericordia sería "aplaudir al que se lo merece". Lo he estado meditando, y no lo es; es una obra de estricta justicia. Es decir, por donde hay que empezar.

La obra de misericordia es disculpar, buscar las vueltas para encontrar una migaja elogiable. Y luego mirar por esa puerta angosta, voluntaria, parcial, caritativa; afilar la mirada, entornar los párpados para que sólo entre la luz buena, por menuda que sea, y pensar que de esa migaja saldrá, si Dios quiere -que quiere- la criatura entera y nueva del asombro futuro.

Boligrafos y Amor

Un amigo mío, que está estudiando oposiciones, tenía un bolígrafo. No un boli cualquiera, modelo Bic Mordisqueado, sino un Staedler (Estádler, se lee), con punta fina, que hacía las delicias del papel -pues el papel tiene su sensibilidad, como un político-. El caso es que mi amigo preparaba su examen de desarrollo (rollo rollo rollo) con este boli, y un mal día lo perdió. Su novia y él lo buscaron por todas las papelerías de Sevilla (esto se llama hipérbole, y sirve para dar una impresión exagerada, mientras queda claro que su sentido no es literal), y nada. Pero ayer por la tarde, cuando mi amigo estaba en la biblioteca, soportando el peso insomne del temario como Atlas el mundo, apareció su amada novia, sonriente, con una cajita. En la cajita, cuatro bolis Staedler, negro, azul, verde y rojo. Le había escrito a la directora de Staedler, a Barcelona, y ésta le envió los bolis. Solicitud se llama a este aspecto del amor, y brindo por ello, tan de mañana, como un buen trago para empezar el día.

Semillas de nieve


Cuando parece que nada nuevo va a ocurrir, que las cosas seguirán su inapelable cauce, y un minuto seguirá a otro como un preso a otro en una fila, ocurre algo. Ocurre la nieve en Cracovia, que ya siempre será un símbolo de lo que podemos esperar, el milagro blanco tras una noche densa. Pues nuestro Padre Celestial hace caer su nieve sobre buenos y malos, y yo me alegro mucho, pues no soy bueno. Y las piedras gritan su salmo de intemperie y musgo, desde la Catedral, cumpliendo la profecía, en lo más alto del Castillo. Y los ángeles cantan en una lengua ultrasónica, cifrada, girando, extremadamente leves y gozosos, en remolinos miniados, entre los finos copos que el viento esparce como semillas, tan fecunda es la nieve.

En busca del tiempo partido

Lunes es Sísifo. Martes es la roca que empieza a descender. Miércoles es Tomás Dídimo, que no se cree todavía que exista el Domingo. Jueves fue un hombre en una novela, y es una cálida, discreta víspera. Viernes es un recibidor, una antesala, un "qué más da, mañana fiesta". Con el espíritu del Viernes deberíamos vivir todo: metidos en los afanes del mundo, pero con la alegría de lo venidero viniendo, viniendo, casi en las manos, pero aún no. El sábado pasa sin relojes, como la dicha. El domingo tiene mala fama, el pobre; en él sentimos compilarse de nuevo toda esta jerarquía interior, y nuestras entrañas se resienten. Yo pondría siempre en la agenda un evento atractivo, una cita espléndida para el domingo por la noche. Así, a lo largo del día, cuando nos entristezcamos, podemos sentir: "pero luego viene, todavía, algo bueno". Y ya tenemos este sabor anticipado en la boca, para ir tirando, para condimentar lo presente.

Oración de la mañana. Tema: Guitarras y motos.



Nunca antes había montado en moto; muchas veces "de paquete", y ya me hizo notar Joaquín que, siempre que me subo, me pongo a cantar a gritos (o a gritar a cantos). Pero con esta motito nueva -escúter, vamos- me han tenido que decir qué botón pulsar, y cómo se frena; me lo explicó mi hermano, que de motitos sabe un montón, tras luengos años de roce y cariño con los 49 centímetros cúbicos. Después de un viajecito y medio de acojone -si esto fuera un poema en prosa, habría que decir "congoja"-, la rueda ha ido como la seda, pues riman, y he disfrutado del movimiento de autonomía e insolente levedad, de ser el primero en todos los semáforos, como revanchas tricolores a la vida (vaaale, esto es más de artículo de Máiquez). El aguafiestas que hay en mí -en mí hay de todo, no crean- me advierte que también disfruté mucho en los primeros tiempos de conducir el coche, y luego se pasa. Es igual, todo pasa, supongo.
Como el gusto por mi nueva guitarra, Telecaster americana -Corona California, con pastilla S. Duncan, en amarillo pálido con golpeador negro-, que mis bravos compañeros y amigos me han regalado hace dos semanas, por una especial celebración. Es la guitarra más maravillosa que existe, estoy todo el día tocándola y mirándome en el espejo con ella; no me siento en el váter con ella por miedo a tirar los cepillos de dientes de un mastilazo, y que mi mujer me riña con razón. Supongo, decía, como en el caso de la moto, del coche, de mil cosas, que esta emoción pasará. No importa. Hoy por hoy, son experiencias hermanas del júbilo, de la adoración, del agradacimiento. Pero con la vacuna que tiene esta prosa: soy consciente de su contingencia. Y no me importa. Aleluya al buen Dios de las guitarras y las motos, del entusiasmo y del gustito. Y que su Madre guapa, Virgen de la Lentitud y del Silencio, proteja mis huesos en la carretera.

Bola de cristal con nieve


Como me dijo Luscinda hace poco: Cracovia es una ciudad metida en una bola de cristal con nieve. El castillo y la Catedral, sobre el Vístula, son de juguete; la Cueva del Dragón sirve para repetir dragoncitos que compran los turistas, pero así perdura la leyenda; la Lonja de los Paños ofrece de todo menos tela, figuritas de rabinos haciendo música (compramos cuatro), iconos, matriuskas; la iglesia de Santa María con sus torres paralelas y diferentes, y el interior de ese especial "gótico tapizado". Por la plaza pasan grupos de siete u ocho frailes jóvenes con abrigos modernos, bajo los que asoman los hábitos. La plaza se puede recorrer de café en café, de vino en vino, cada interior más cálido y de madera y hogareño que el otro. Todo parece diseñado para una hermosa Navidad de frío y ponche, para un cuento de papel de plata y abrigo viejo de piel del armario inagotable de casa de la abuela.