Barrio

Ante el horror de tantas cosas, por el telediario, escuchadas en el ascensor, sentidas dentro no sé sabe por qué, objetivas, subjetivas, recalcitrantes, mudas. Ante la ola que parece llegar y anegar los campos y enterrarnos. Ante los crímenes del mundo entero, que dice el Adoro te devote que limpia Jesús, el Pelícano. Ante lo que sea que nos quiere aplastar, esta belleza. No la Belleza como abstracción, sino estas paredes desconchadas de un barrio a las afueras (verso robado a Cabanillas), estos niños jugando con la pelota recién ganada en la Feria de Abril. Estos abuelos que corren, los pobres, tras las pelotas ganadas en la Feria, estas muchachas que nacen de la espuma de mi barrio, cual Venus de dieta del pomelo y piercing de plata del mercadillo. Este atardecer que se repite y repite, siempre distinto, como la canción que hemos escuchado mil veces y aún nos gusta, y que pasó del casete al cd y ahora al ipod. ¡Hazlo otra vez! le dice Dios al sol (frase robada a Chesterton). Esta vieja amiga que nos roza la mano, esta belleza, que se adelanta un paso, que dobla la esquina, y deja en el aire del abril vencido un rastro de colonia fresca, de baño, quizá de niño. Nada muy arreglado, que para ir al super no hace falta.

El balcón

Tengo un primo, muy largo y espigado y muy juerguista, y que cada vez que nos vemos me da dos recios besos de primo, que dice que él es "millonario de amores". Yo, por ejemplo, soy millonario de palabras. Mi balcón es rico también, en atardeceres. Hay pisos fastuosos en el íntimo Nervión de mis veranos, áticos deluxe en plazas céntricas y acogedoras, como la del Museo, altos rascacielos de cristal y equipos de alta fidelidad (o infidelidad). Y casas en las afueras, de profundas raíces, como la de mi amigo Toi y su familia plena (también millonaria de amores), que me dan una envidia absoluta. Pero el balcón de mi casa actual tiene atardeceres inagotables, que siempre han confluido en mí como un Blade Runner sevillano, y el Love Theme de Vángelis se alza desde las "casas bajas" del barrio de Juan XXIII. Entonces, el Aljarafe en llamas me avisa de que debo ponerme el pijama, ir empanando los filetes de la cena, encender la tele (y bajarle el volumen). Luego, la noche desmontará el atardecer y lo guardará en su caja, y nos sacará un par de estrellas -los urbanitas no tenemos derecho a más- como una nota al final de un capítulo: continuará mañana.




(Fotografías: un servidor, con la cámara digital tamaño cajita de rapé, de mi amiga Mamen)

Amigos

Lewis nos hacía notar el poco uso que la Escritura hace del término "amigo" para referirse a la relación entre Dios y el hombre. Apunta la idea de que puede sugerir una igualdad, una paridad, excesiva o deformante. Sólo Cristo es el que te puede llamar amigo, y de hecho, la iluminación de la frase es el "yo os he llamado" (no vosotros a mí, que no podrías por vuestra sola voluntad). La relación marital, que es el atrevido y sorprendente modo de establecer la unión entre Cristo y su Iglesia, es, sin embargo, más apropiada, por asimétrica, convulsa, dolorosa, placentera, difícil y llamada a la plenitud, en su miseria. Esto último va en la línea de lo que dice Lewis, pero los adjetivos son míos.

Éxodo

""Mirar desde arriba, desde las cimas de Zarathustra, es una ocupación muy halagadora; pero nada hay, desde la cima de una montaña hasta una cabeza de repollo, que pueda verse realmente desde un avión". "Cuando queremos estimar realmente las cosas como son..., iniciamos un proceso de ascesis espiritual, un éxodo de nuestro propio ser, que nos permite penetrar en la plenitud de las cosas".

Este excelente párrafo de Chesterton, y más, aparece como un rayo en el texto de Balthasar que encontrarán haciendo click en el título de este post. Y qué texto, por cierto. In medio virtus, lo titularía yo. Grandísimo Balthasar, necesario más que nunca. El blog de Hernán lo archirrecomiendo de nuevo.

Abriendo caminos

Estoy oyendo al divino divino Ludwig Van (como es nombrado en La Naranja Mecánica), y me devuelve los veranos de mi adolescencia. Desfilan ante mí las piscinas de un azul transfigurado, los pechos quinceañeros, la playa toda, la sal de las heridas, lo nunca vivido y lo siempre soñado. Dan ganas de salir al balcón y gritar a los cuatro vientos, gritar cualquier cosa, por el sólo hecho de articular la voz, de subrayar el hecho de estar vivo y recibir toda esta hermosura abrumadora, fiera, real, consistente, inesperada siempre. Se recibe como algo inmerecido, pero esto es lo menos importante, porque el oyente apenas puede pensar en sí mismo ante la coral oceánica del quinto movimiento. Lo importante es la música, que fluye como el agua torrencial abriendo caminos en las rocas. Caminos necesarios, en las duras rocas.

Por cumplir con la afición

Por la Puerta de Jerez ya se puede pasear. Hay unos bancos forrados con tablones de madera, y todo el espacio abierto es peatonal. Debería haber elecciones cada mes, a juzgar por este súbito y -oh, casualidad- sincronizado cambio de aspecto de la ciudad. Lo cierto es que la primavera no entiende de política municipal, y avanza con su frívola solemnidad de niña mala. Estudiantes Erasmus, sonrisas Erasmus, acentos confundidos en el espacio azul y el aire nuevo. Porque el aire es nuevo ahora. No como si fuera un aire más respirable, sino como si se hubiesen dilatado los pulmones, aclarado los ojos, desentumecido los músculos. Salimos del iglú del invierno encogido, de golpe y porrazo, y por la Puerta de Jerez pasea la muchachada, toma un café, mira el panorama Erasmus, proyecta su verano, se enamora, se desenamora, escucha a Fito&Fitipaldis o a Verdi en su Ipod de color azul. Salvo por el Ipod, es como a principios del siglo XX, cuando se paseaba -cuentan- por "la Avenida", y se podía ver a todo el mundo. El atardecer, cómo no, es de color de rosa, y, aunque el azahar ya ha tenido su efímera vida y su muerte suave, cada paso que damos está alfombrado como una inauguración. Ante esta puesta de sol en la Puerta de Jerez, callan las bloguerías, las reflexiones. Si acaso, se escribe un post por cumplir con la afición.

Para seguir el hilo, pinchar aqui...

Estoy con Suso y con este artículo lleno de sabiduría, y de unas gotas -pocas- de cinismo o descreimiento o vengodevueltismo.
A Toi lo entiendo, y estoy de acuerdo con él, esos putismos tampoco me gustan un pelo. Si quieres hablar de tu vida, pues habla de tu vida, pero llamar puta a una amante tiene intención despreciativa, como de malditismo literario o qué sé yo. Amante es una palabra que me encanta, sobre todo como adjetivo, y pienso que la óptima base de toda pareja son dos amantes que se gustan, y se degustan mucho el uno al otro. Con su lascivia de fuegos artificiales, y su calma después de la tempestad, de todo un poco.
Me parece genial del artículo -y tuve una animado debate con la autora del blog lanzaspalabrasveloces.blogspot.com* sobre este tema hace meses- la afirmación: "Pero el matrimonio es otra cosa. Es amor, sí, pero hay más que amor. Y , aunque se entra en el matrimonio enamorado – por sentimiento-, lo cierto es que su estructura es moral, es decir, es una creación social que se regula por normas". Ahí estás muy, muy fino, Suso, sólo que yo no incidiría sobre la oposición amor-sociedad, sino más bien hablaría de las relaciones invisibles, y reales entre ambas realidades. El enamoramiento es el grito de guerra primero, la inauguración pasional o sentimental de una historia, de una vida entera. Los amores truncados, o parciales, o mediopensionistas -por muy "putos" que hayan sido- por otro lado, no contradicen lo de "la vida entera". Los amores truncados son truncados, pero también fueron amores.

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* en el comentario publicado en el blog de suso, puse otra dirección, por equivocación.

El barrendero (o "Eso es importante")

"Cuando barría las calles, lo hacía despaciosamente, pero con constancia; a cada paso una inspiración y a cada inspiración una barrida. Paso—inspiración—barrida. Paso—inspiración—barrida. De vez en cuando, se paraba un momento y miraba pensativamente ante sí. Después proseguía paso—inspiración—barrida.

Mientras se iba moviendo, con la calle sucia ante sí y la limpia detrás, se le ocurrían pensamientos. Pero eran pensamientos sin palabras, pensamientos tan difíciles de comunicar como un olor del que uno a duras penas se acuerda, o como un color que se ha soñado. Después del trabajo, cuando se sentaba con Momo, le explicaba sus pensamientos. Y como ella le escuchaba a su modo, tan peculiar, su lengua se soltaba y hallaba las palabras adecuadas.

—Ves, Momo —le decía, por ejemplo—, las cosas son así: a veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga, que nunca crees que podrás acabarla.

Miró un rato en silencio a su alrededor; entonces siguió:

—Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer.

Pensó durante un rato. Entonces siguió hablando:

—Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en el siguiente.

Volvió a callar y reflexionar, antes de añadir:

—Entonces es divertido; eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser.

Después de una nueva y larga interrupción, siguió:

—De repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta cómo ha sido, y no se está sin aliento.

Asintió en silencio y dijo, poniendo punto final:

—Eso es importante."

(de Momo, de Michael Ende)

The Four Seasons


La Primavera es la estación del amor, dicen en mi barrio. Pero no estoy muy de acuerdo. El caso es que el amor es tetramorfo, cuando se filtra por el prisma de las estaciones, y a cada uno le toca en suerte un rostro.
La Primavera, desde luego, goza de todos los reconocimientos en el mundo de la Poesía, con sus abejorros zumbeantes, su savia arriba y abajo, sus bancos del parque donde mirar a las muchachas por el metodo Braille, y su alegría sin venir a qué. Sólo están tristes los alérgicos, los abandonados, y los suicidas (que prefieren la Primavera, como todos saben).

El Verano tiene su amor desparramado, como la melena de Maureen O'Hara, de azul acantilado, como los ojos de Maureen O´Hara, de afueras del pueblo con sus eras, de piso en la playa con balcón salobre, o sus cuarenta y cinco grados sevillanos para los que se quedaron estudiando. Es un amor ardiente el de Sevilla en Verano. Nos mira con el rostro de un trigal de Van Gogh.
Luego el Otoño trae su amor pardo y goteante, y la tierra mojada sabe a todos los amores de nuestra vida, pero con un regusto también a lapicero, cuadernos y libros de texto recién nuevos. En Otoño, Cupido lleva faldas de cuadritos.
El Invierno aparece siempre en voz baja. Las alas de Cupido son de escarcha entonces y una Cantata de Navidad nos habla del Amor de los amores, nacido en un pesebre, y hay aún no sé qué en nuestros amores que suena a villancico triste. Ay de los que se enamoraron en Invierno, su amor tendrá por siempre ese gesto tan serio de las Hadas de Cuento cuando te riñen, ese arrebujarse en el abrigo, con una herida muda en algún lugar del calendario, con cartones mojados y ropa tendida que tarda tres días en secarse, y tardes cortas, y los pies siempre fríos. Por qué los pies tan fríos, se preguntan los frioleros. El amor en invierno es friolero, y se arrima un poco a una fogata.
Pero lo bueno del Invierno, lo mejor del Invierno, lo que lleva en su interior, arrebujado en el abrigo, es otra vez la Primavera. No sé qué ingredientes lleva, pero sabe de maravilla. Sólo los alérgicos, los abandonados, los suicidas, detestan la Primavera. Y por ellos elevamos una oración, ahora que cae el día.

Lunes Santo y los lunes

Lunes Santo le grita a todos los lunes del año:

– ¡Habéis de saber que todos los lunes son santos! ¡Yo soy sólo una alegoría, un paradigma, un símbolo, una referencia!

A lo que éstos responden:

–Sí, muy bonito. Para ti es fácil, que todo el mundo te presupone santo. A nosotros nos escupen, nos insultan. Apenas hay alguien que nos ve hermosos y propicios (si acaso, los que descansan martes y miércoles). Hasta hicieron una canción en nuestra contra. *

Lunes Santo se calla, que para eso es santo -de nombre al menos- y se apresta a sus procesiones.

De esta conversación surge en mi cabeza una idea, perfecta para un blog -es decir, una idea muy vista, y por eso mismo invisible-: las fiestas y los "tiempos fuertes" del año litúrgico (Adviento, Cuaresma, Navidad, Semana Santa, Pascua) existen para servir al Tiempo Ordinario: para que veamos en todo día un tiempo fuerte, una epifanía, una voz que clama en el desierto del calendario. Están para servir al Tiempo Ordinario, como el Papa está para servir a los fieles. En ambos casos, si no sirven, no sirven.


* I don't like Mondays, de Boomtown Rats