El día después de la fiesta


Construí una casa azul, junto a un lago lleno de esmeraldas. Eso dice Hilario en mi ordenador, mientras corrijo fotos de la gran fiesta de ayer. What a band, what a night! que decía McCartney en el Concert for George. Llenamos Bravo Sevilla de amigos, chuches, globos, y una tarta. Y el relámpago eterno de la buena música. Qué se puede pedir más, qué, si después de guardar la Stratocaster aún brilla en mis ojos la ola del público entregado a nuestras palabras, a nuestros acordes. Si aún resuena en los oídos el coro imposible de voces arracimadas como globos de la fiesta, juvenil, dispersa, ligera como el champán. Si la carretera se extiende delante de nosotros, como un grito de imprevista juventud al aire libre, de noche abierta en los acordes plenos, de amistad y triunfo. De sudor y de esfuerzo convertido en belleza, en el abrazo final del último bis. Porque a un sueño qué más se le puede pedir. Un sueño con los ojos abiertos, en el pleno día de los proyectos nuevos. Dios salve a Los Walkman, y que los demonios oscuros de la carretera no prevalezcan contra nuestra furgona, que corta el viento en la autopista de la última madrugada. La última, por ahora.

Made in Mexico

Tengo unas cuantas guitarras, como todos saben. Una Telecaster amarillo-natillas (que está siendo decapada, para que adquiera ese aspecto antiguo de guitarra cepillada y sin barniz). Una Strato americana, comprada en la calle 14 de Nueva York, negra y con golpeador black-perloid, que suena alucinante. Una Strato American Special, con pastillas Texas Special, como las de Stevie Ray Vaugan (ésta la vendo). Una Epiphone casino, la versión sencilla de la Lennon. Un bajo violín (no el Hoffnër, que lo vendí, sino un Academy, que ya no los hay). Un par de acústicas. Unos ukeleles...

Pero la guitarra eléctrica que tengo desde hace más tiempo es una simple Strato mexicana, que compré por 205 euros al primo de no sé quién, en un sunburst (tostado) de tres tonos, y a la que cambié el golpeador blanco típico por uno de carey. Su diapasón es áspero, frecuentemente trastea y hay que ajustarla, le he dado más golpes que a mis dedos gordos de los pies, pero es la que mejor toco, y la que más me gusta. He dado cientos y cientos de tocatas con ella, con The Perdío Art Trío, con Los Walkman, en infinidad de jam sessions. Un luthier que me la ajustó hace unos meses me dijo, con cierto asombro y reconocimiento: "Tío, esa guitarra suena un mamazo". Y es verdad.

Miramos guitarras, deseamos guitarras, hay tantas, con tantos colores y formas, que uno se puede pasar la vida soñando con el escaparate de Musical Ortiz, o con los catálogos online alemanes, y haciendo siempre planes para la siguiente. Como dice una camiseta que me compré, en cuya espalda están pintadas todos los modelos diferentes "deseables" de guitarras: "You can't never have too many guitars".

Ahí está, en un soporte, al lado de la puerta, para estudiar en casa (últimamente llevo la neoyorquina, a la que le he arreglado su problema del puente). Mi vieja mexicana golpeada y fiel, testigo de tantas aventuras en la carretera. Si hablara, habría que sobornarla para que callase. Hay objetos que parecen volverse más reales que nosotros.

Verdaderos motivos

Si nos preguntasen ¿cuáles son las cosas más importantes de tu vida?, o ¿por qué vives? responderíamos quizá: la familia, mi mujer, mis hijos, la belleza, la literatura, la música, los amigos...

Pero si me examino con detalle, lo que hace llevadero el día a día, lo que le da contenido y sabor, aparte de momentos relacionados con la lista anterior (la risa de los niños, la intimidad conyugal, Bach...), hay muchas otras cosas, pequeñas, sensaciones, objetos, que alegran el ojo y el corazón. Por ejemplo:

El Skeletor "classic" (versión moderna del de siempre), que incorporé hace poco a mi colección de Masters del Universo. Lo miro, y el mundo me parece habitable.

La Epiphone Casino, que ayer toqué a las tantas de la noche con el ampli Vox de auriculares (qué invento más familiar). Esto, como otros casos, no es un detalle especialmente consumista, puesto que no son adquisiciones nuevas, sino redescubrimientos de algo que ya tenía. Da mucho gustito también, sobre todo si se está tieso.

Pasear en moto, y en camiseta, con estos calores del atardecer. El cambio de tercera a cuarta, y la ronquera del motor. Las jacarandas sobre al adobe de los pisos.

Ver revistas de guitarras, figuras, arquetipos de guitarras. Por ejemplo: la Les Paul, o la eterna Stratocaster.

Tocar el ukelele soprano en el cuarto de baño. O el ukelele bajo en la cama. Pensar en ukeleles, recordar a George Harrison.

Cocinar un arroz basmati con pasas, cebolla y especias, mientras baja un Martini con una rodajita de naranja, oyendo la radio.

Ninguna lista como esta llena una vida. Pero la vida sin estas cosas –u otras, ponga cada uno su enumeración– dejaría de gustarnos.

Me parece que ese escrutinio sobre los "verdaderos motivos" o, en otro orden de cosas, la "rectitud de intención", es en la práctica imposible. Sólo Aquel que conoce todo los conoce del todo. Nosotros, a lo sumo, nos ponemos más solemnes y creemos ser sinceros si nos juzgamos con más rigor (quizá los exámenes de conciencia no sirvan más que para eso, para recordar a los laxos que un poco de rigor les podría sentar bien, y a los rigurosos que todo lo han de fiar al Altísimo). Pero nunca sabremos qué nos saca de la cama por las mañanas, nunca lo sabremos con precisión. Siempre son teorías a posteriori. Abramos, pues, las manos al día que comienza, y dejemos a Dios los verdaderos motivos.

Música para créditos finales



Road movies de todo tipo. En Harley con música de AC/DC, noche de calor, saliendo a toda prisa de un bar -mientras vuela una botella rota que no nos alcanza por muy poco. O en camioneta de esas descubiertas por detrás que usan los americanos para llevar latas de pintura y una manta (y quizás un perro), mientras suena Sweet Home Alabama; de día, por supuesto. Pero también estas otras, en un Dodge destartalado, con Crosby, Stills, Nash, and Young, que suenan atardeciendo entre pinares, tristes y alegres. Alegres porque sí, porque esa guitarra acústica, de tan sencilla y frágil y desenvuelta, en cadencias mayores, sólo puede ser alegre. Tristes porque, lentos, sin prisa ninguna, con melancolía, caen unos títulos de crédito, mientras se ve la carretera, como una promesa. Como el final de El indomable Will Hunting.

A veces me sucede que alcanzo a ver sólo los diez últimos minutos de una peli. Y sin embargo, si el final es bueno, si esos títulos son engarzados en una música adecuada, producen esa brasa de saudade. Y es que un buen final tiñe el pasado de una indulgente belleza, preñando el aire con promesas de algo más.

A veces me veo respondiendo, cuando aparede el The End: "¿en serio?".

Enfermeras y mecánicos

Había escuchado esta nueva tontería, sin hacerle mucho caso, pero ahora que Ale nos da pie, pienso, igual que Chesterton, que el hecho de "que a las niñas les gusten las muñecas y a los niños los coches, y que las enfermeras sean mujeres y los mecánicos, hombres" ha sido siempre un rasgo de superioridad de las mujeres. Ellas sienten mayor interés por las personas que por los objetos.

(Lo siento por aquellos que han buscado "enfermeras y mecánicos" en Google, con otra intención).

Lamentaciones por la muerte del hermano Donald

Voy en el coche. Como el mp3 que adapté al cassette dio sus últimas boqueadas hace meses, sólo escucho la radio, Radio Clásica, lo cual me permite escuchar música más variada que la repetida noria de mi selección. A veces, en cualquier semáforo, con paisaje crepuscular propicio, o pringoso nublado de prisa y mediocridad, conecto la radio –o abandono una tertulia política, harto ya– y se obra el milagro. Una música secreta –secreta para mí, pues no escuché la entradilla– suena por mis cascados altavoces del coche. Y me quedo, cómo diría, traspasando el aire todo, y un no sé qué que quedan preguntando se pregunta ¿qué es esto? ¿qué autor? Pues la llama que devora, en ese momento, es poder tener la llave para volver a esa música. Y sucede siempre igual: no puedo esperar a que lo digan al final –siempre lo dicen– porque me tengo que bajar del coche, llego tarde, llego tarde, y nunca más sabré quién pulsaba esas notas, quién las compuso. Lo mismito que la vida, diría un poeta.

Una vez sí pude: "Lamentaciones por la muerte del hermano Donald", tradicional irlandés, con sus violines de bruma y toda esa húmeda nostalgia verdegrís, pero no he sabido más. Google no sabe más. Tu Rostro, que aparece –un relámpago–, y que desaparece.