La Casa del Hombre

Casa Propia
Enrique García-Máiquez
Ed. Renacimiento, Colección Paréntesis


Enrique García-Máiquez, de El Puerto de Santa María, y que nació en Murcia en 1969, publica ahora su tercer libro de poemas. En su dos anteriores poemarios, que aparecieron casi simultáneos en 1997, ya se ve claramente quién es Enrique García-Máiquez: un poeta situado en contra de la corriente nihilista, que vuelve, animado por el impulso de dos generaciones anteriores (por lo menos) a la tradición, metro y rima, homenajes y paráfrasis, culturalismo, biografía íntima hecha arte, y un considerable gusto por lo inteligible. La emoción inteligible, podemos decir, oscuro el borrador y claro el verso, siguiendo la estela de Miguel d’Ors: y acaso sea el mejor de sus lectores que luego se hicieron autores. Su dominio del verso clásico, del guiño intertextual (como se dice), del prosaísmo difícil y poético (como el de Víctor Botas), Y también la comunión con ideas políticamente incorrectas y con la a pertenencia a la Cristiandad Católica y la felicidad manifestada en la rebeldía: la ortodoxia. Todo esto en dos libros, Haz de Luz y Ardua Mediocritas, en los que había de todo: pareados alejandrinos en los que, con ingenio de Cyrano, nos contaba su vida y sus ideas, hermosos retratos en verso (sonetos, coplas) de personajes diversos, y luminosos poemas de amor, sin pesimismo fatal.

Después de siete años, nos brinda su Casa Propia, en esta hermosa colección Paréntesis que dirige Abel Feu en Renacimiento. Se muestra el poeta, desde el título mismo, y desde el poema introductorio, Arquitectura, cimentándose en su nueva situación de hombre casado, que vive en su propia casa, con su mujer, a la que ama con locura. En fin, nada excepcional, dirá el lector. Aburrido prosaísmo cotidiano que nada dará de sí para la lírica. Lo poético parece residir en el límite, en lo marginal, en los amores perdidos o nunca disfrutados, en el exilio en la sombra del tiempo, en el etcétera de tanta poesía pretendidamente romántica. Veamos. Enrique, como el Dante, comienza con lo que parece ser una aventura viajera, de la que aguarda una maravilla final, aún no desvelada: “el tejado... / ...el humo blanco / que anuncia: “abajo, adentro, en el futuro / hay un fuego encendido”... Iré hacia él. // Pondré, cuando me muera, los cimientos.” El viaje empieza en uno mismo, hacia las fuentes del ser, hacia la esencia del hombre. Y la llegada es una “nueva creación”, donde están los cimientos. “Mi fin es mi principio”, que es el lema de Chesterton en las últimas páginas de su Autobiografía. No es casualidad que el autor que ha trabajado más tiempo, y del que después ha publicado sus versiones en Renacimiento, haya sido el gran poeta inglés. El poeta que llamó a la Iglesia Católica “Casa del Hombre”.
Hay metapoesía en este libro. La declaración de intenciones del poeta, en Elogio de la indiferencia: “... Lo importante es / -silencio y música- tu obra; // o sea, hacer, aislado, ileso / de envidias, puro, dos o tres / poemas. Lo demás te sobra.” Hay un deseo de estar al margen de las olas de la moda, de las envidias del mundo literario y sus premios, de las rencillas. Los adjetivos: aislado, ileso, puro. Da un salto más cuando en Poética nos dice: “Dejar sobre el papel / tan sólo a un hombre sabio / y bueno, y parecerme / a ese hombre con los años.” Este sentimiento de que los versos van por delante de uno, de que son mejores que uno, lo hemos tenido algunos muchas veces. La poesía como acicate, como tirón hacia una mayor sabiduría y hacia el bien. Como programa de vida. Lo que Alejandro Martín Navarro, de quien nuestro autor se fía mucho, decía en el prólogo a Clara Contraseña, recientemente aparecido, de Pablo Moreno: “un poeta que sabe sacar lo mejor de su propia vida, porque sabe que la poesía no puede ser el vertedero de nuestras frustraciones, sino la copa donde damos a otros una verdad que, en la experiencia de la belleza, hemos encontrado en el mundo.” Y aquí hay otro salto, otra vuelta de tuerca, que encontraremos en los versos de Casa propia. La poesía como ofrenda al mundo, a los demás. Enrique, como apuntamos, es un escritor católico, lo que significa que ve la universalidad de la literatura, y su carácter de don, pues todo es don. Juan Pablo II escribió una Carta a los artistas, que comenzaba con esta exhortación: “A los que con apasionada entrega buscan nuevas epifanías de la belleza, para hacer de ellas un don al mundo en la creación artística.” La poesía es una forma de darse a los demás, y esto, he aquí lo universal, lo sienten también así autores no cristianos, aunque no nihilistas, como por ejemplo Eloy Sánchez Rosillo. “Cuento mi vida, pero lees la tuya”, dice Enrique. El lector recibe del poeta un espejo en que mirarse, las palabras que el lector no tiene para expresar la vida que sí tiene, que es, en esencia, común a todos los hombres. Universalidad.

También es este libro un salto adelante (hacia dentro, según su arquitectura) respecto a los precedentes. El poeta es consciente de que “...un poema es pálpito en el pecho. / Ni guiño a la afición ni flor formal. / Cuento –sí, son catorce-, y no está hecho.” El poema no es un juego malabar de conexiones literarias, para que los críticos y amigos se diviertan y se sientan cultos y cercanos en un mundillo común y en un círculo cerrado, ni tampoco pura forma acabada, oficio aprendido del que se espera el aplauso. Puede ser todo esto, y no estar hecho. En Ardua mediocritas, en Haz de luz, había poemas de impecable construcción, como la maquinaria ajustada de un coche, que “funcionan”, pero ya está. O de estructura de artículo de prensa, chistoso, juguetón. El autor, como se ve en los versos arriba citados, se da cuenta. Y pasa adelante (o hacia dentro).

Encontramos también una visión muy tierna y personal de la poesía: “es justo que mi oficio, que no logra / darme felicidad, haga feliz / a quien me hace feliz. Por eso, ten; / es suficiente con que a ti te guste.” Esto es un rarísimo rendimiento del criterio propio, en favor de los lectores, empezando por la persona a quien va dedicado el poema. Cuántos autores se acogen a ese atractivo desprecio de la chusma, en favor de sí mismo y su “mundillo” poético, y luego se quejan de que nadie entiende la poesía, y de que es algo para gentes cultivadas. Es posible en una mentalidad que ha perdido el rumbo, la visión de que el arte es don recibido, para darlo a otros. “Lo que gratis recibisteis dadlo gratis”, dice el Evangelio.

Hemos de notar que el oficio aprendido, que es capaz de hilvanar en un detalle toda una tradición literaria (en español y en otras lenguas), no se deja de lado, sino que se entierra en los cimientos de la emoción buscada, de la cercanía mayor a la vida. Basten estos versos de De vita beata como ejemplo: “Inesperada- / mente la música de los horteras / de mis vecinos vuelve locus / horribilis el huerto ameno, y no hay –Nevermore, /grazna la radio- escapatoria...” En una puntada se hace el tantas veces visto homenaje a Fray Luis –a quien se dirige el poema-, con la ruptura del adverbio, y luego aparece el tópico invertido del locus amoenus, y luego, como quien no quiere la cosa, el cuervo de Poe. “Grazna la radio”, este detalle verbal da testimonio de lo bien que recibe de d’Ors, que a su vez lo aprendió con Borges, la densidad connotativa de una conjugación o un adjetivo.

Encontramos también amargura, en estos cimientos comenzados desde el humo de la chimenea. Es un punto nuevo de la poesía de Enrique, que siempre había posado de feliz, con una insolente intención de epatar a los contrarios, los de la amargura esencial. Esta amargura, o desencanto, no deviene en infelicidad, o en arrojar sobre los demás basuras y maldiciones. Más bien es tranquila, sabedora de sus límites: “Y aquellos poetas jóvenes / que, cómplices, me enviaban / sus manuscritos, comentan / muy serios a mis espaldas / lo que sé: que no he cumplido / lo que de mí se esperaba.”

Significativamente, hay un sección central titulada Las ventanas, en las que se siente el aire entrar, meciendo unas cortinas verdes sobre el escritorio de trabajo. “Cansado. Y, de repente, la luz cae sobre el mundo;” Aquí hallamos el corazón del libro, como el hogar donde se encienden las brasas, en torno al cual es posible el hogar, el amor, las palabras. Es el poema Sin fin, que se levanta como un credo feliz: “Nunca se acaba de leer un libro / ni de mirar la luna. / Amar a una mujer no tiene fondo. /(...) Sólo el aburrimiento o el cansancio / son muerte. / La vida es ese libro interminable.” Es lo contrario de la “filosofía de lo potencial”, el ciento volando que piensa que lo mejor de la vida es lo que no tuvimos o lo que perdimos. No. Lo que es real, el hecho, no lo potencial que no fue, es lo más lírico, lo que esplende en su verdad inacabable, porque recibe la vida de su fuente originaria y creadora. De su fuente que es Dios. Es el argumento a favor del amor perdurable, del voto irremisible: amar a una mujer no tiene fondo. Una persona no da tiempo de conocerla y de quererla, así vivamos mil años. También se aborda este nervio central, desde Moradas, que trata del yo, no como limitación asfixiante, sino como riqueza: “Mas allá de ti mismo, en tus adentros, / hay un castillo de cristal que tiene / muchas moradas y una luz. De lejos / puedes verla brillar. Alguien la enciende.”

En el Poema de otro día, y en la sección titulada Buenas noches, se habita la casa propia por la señora que la gobierna y da sentido, su amada, su esposa. El poema que parafrasea al de Antonio Machado, está (aparte de estupendamente construido) en una situación metafísicamente distinta a su modelo: el poeta no está sólo, y no habla solo. Está junto a quien ama y le ama, y le habla a ella, con quien pasea y comparte el pan de cada día. Así, los poemas de amor se llenan de la luz del hogar, de las llamas que no se dejan apagar, y se encuentran versos hermosísimos: “Nos hemos dado el lujo de olvidar / todo lo triste. Tu sonrisa tiene / razón, bella durmiente, amor dormido...” Con este panorama, el corazón se enciende, justo al contrario que con el páramo nihilista, que se apaga. “Tú vela, corazón: que nunca deje / de oír, aquí, en el fondo, por debajo / del mundo y sus disfraces, corazón, / tu aplauso agradecido por la vida.”
Y junto al canto de amor, pone el poeta (no es casualidad), versos que apuntan a la resurrección, como nueva creación, como encuentro en el origen: “Porque siempre, / después, / volveré a ver el mundo / con ojos de recién resucitado.” Así termina el libro, y comienza ( vuelve a comenzar) la vida. La que estaba, muda, antes de los versos. La que cantó en los versos. La que después de cerrar el libro, se presenta ante los ojos, misteriosa, sin fin, inagotable.

(Publicado en Clarín)