Hopper, Carver. Soledad y silencio.


Para mi Hopper es a la pintura lo que Raymond Carver al relato. Sus cuadros, sus relatos, muestran la inmensa orfandad del mundo civilizado, la atmosfera de un silencio casi aplastante, en el que ese casi es el espacio decisivo de la libertad, de la respiración. Estrecho pero necesario, vital; sus silencios gritan. Y alguien los escucha.

EL TAMAÑO DE MI ESPERANZA

El tamaño de mi esperanza es reducido. Y no piensen que estoy siendo pesimista.

La misma desazón que nos impide disfrutar del todo -hasta el tuétano-, la misma insondable ansia, ese "buscamos por todas partes el absoluto y no hallamos sino objetos", que decía Novalis, es mi razón para la esperanza. "No sé quién fui, pero sabré quién soy", dice Enrique, y está certeza (poética, no racional), habita en el hueco exacto de la insatisfacción.

Porque es un hueco, un vano, una puerta. La puerta angosta, por la que, antes del fin, habrá que agacharse y pasar. Es cuestión de adelgazar, "como huellas de gaviota sobre la arena". No sabemos cómo será.

Esta mañana doy gracias a Dios por el desasosiego, que nos recuerda -tanto como la felicidad, de modo inverso- nuestro fin último, el otro lado del umbral, "cuyo rumor me llega como a través de un muro".

Every day I have the blues.


Y el viernes, por fin, fuimos al concierto de B.B. King. Es su gira de despedida, con ochenta años de edad. Lo que allí vivimos, en la Plaza de Toros de Córdoba, no encontrará fácilmente el camino de la literatura. Porque la música tiene eso que decía Fray Luis de León:


Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera,
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es la fuente y la primera.

Ve cómo el gran maestro,
aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado,
con que este eterno templo es sustentado.
Pero Fray Luis, por neoplatónico y por vapuleado, sentía la llamada de la agreste soledad. Sin embargo, pudimos sentir que el gozo definitivo del hombre es comunitario. En el concierto del viernes cada músico aportó su virtud, su fuerza peculiar y diferente, a un sonido que nos metió de lleno en el caluroso delta del Mississipi. El gran maestro, el Rey del Blues, tras sesenta años de carretera (entre 120 y 150 conciertos al año), nos dijo adiós. Estuvo bromista, bailongo (sentado en su silla desde hace años), de guasa con nosotros, los de primera fila -a quienes nos regaló unos pins y unas puas-. Dijo: "llevo sesenta años haciendo blues, y ha sido una vida maravillosa, gracias a... (y señaló al cielo), y a... (y nos señaló nosotros). He estado en muchos países, y vuestra tierra es la mejor de todas. Gracias por todo, muchas gracias por todo."
Y tras dos horas de buen blues, con un batería, un bajista, un guitarrista, un pianista-organista, una sección de viento de cuatro músicos, se levantó, se puso la gabardina y la gorra, y se bajó del escenario.
¡Larga vida al Rey!