Un largo viaje

Hacia otra luz más pura
Miguel d’Ors
Renacimiento, 1999.



Un jovencísimo Chesterton –22 años- escribió el relato de un hombre que dio la vuelta al mundo, navegó, escaló, peregrinó y se extravió, para llegar a su propia casa,
de la que había partido. Era el germen de la idea chestertoniana que, durante años,
habría de repetir: podemos pasar mil veces sobre la misma idea, u objeto de la realidad
externa, y a la que hace mil una, de repente, por fin, entenderla, “verla” por primera vez.
Muchas veces, dijo, un hombre ha de dar la vuelta al mundo para llegar a sí mismo, a su casa.
Leyendo la espléndida primera novela (o poema en prosa) de José Julio Cabanillas, Benzelá, hemos encontrado la siguiente línea: “porque la alegría ha de hacer un largo viaje hasta llegar al corazón”. Esta afirmación, vacía acaso de contenido sin más explicaciones, se llena de luz con la lectura del último poemario de Miguel d’Ors, Hacia
Otra Luz Más Pura. El poeta –el hombre- que en La Música Extremada decía: “cualquier cosa antes/ que la maldita realidad.”, o “mis ojos, que no han visto el Taj Mahal ni a Borges”, “Quien fuera un Yanomani”, “vayas donde vayas/ siempre te encontrarás/ esta misma tristeza.”, y que la Poesía es una “forma de no ser feliz”, este poeta ha cambiado sustancialmente las tornas. José Luna Borge afirmaba en las páginas de esta misma revista, hace tres números, que la enseña migueld’orsiana sería más el
ciento volando que el más vale pájaro en mano. Y no se equivocaba. D’Ors fantaseando otra existencia, soñando con esa ya emblemática nieve de Wyoming, teniendo nostalgia de otras vidas, sentenciando que lo hermoso es todo aquello de lo que está ausente. D’Ors en la lluvia, en el lunes, en el atasco nuestro de cada día, en el siempre asesino domingo por la tarde, alejado de esa otra lluvia con campanadas dentro, de los hórreos indelebles de su infancia, de todo lo mejor de su vida. El d’Ors que ahora –oh, misterio- dice lo contrario.
Asombra gratamente comprobar en sus versos cómo ahora descubre y reconoce la felicidad en lo cercano, en lo siempre a mano, “esta luz sabia y serena/ con la que la experiencia ilumina las cosas” y hace un sereno desprecio de la juventud, “que no sirve para nada... en las manos insensatas de un joven”. Recuerda también al Neruda de madurez que critica suavemente al Neruda joven y melancólico, en las Odas Elementales, cuando dice d’Ors de la infancia: “Confieso... que mis versos la añoran / bastante más que yo”. La primera parte del libro es umbral de este descubrimiento que se muestra en la segunda, y los versos tocan a veces con acidez en el punto flaco de la “nostalgia de otras vidas”: “dándole un nombre/ exacto a todas las cosas/ que nunca me dejo tiempo/ de vivir.” Hacia el final del libro aparece esta idea con cierta autocrítica: “que si explorar, luchar, tener miedo, subir,/ caer, vencer, defenderse de los ataques indios.../ y a fin de cuentas, padre de familia/ y funcionario, ¿qué otra cosa has/ estado haciendo tú toda tu vida?”. Apunte Demográfico es la serena sonrisa de aquel que descubre que su soledad no es tal soledad, como el Neruda de las Odas. Domingología es, en esta línea, rotundo, al afirmar que la realidad concreta, vivida, no la imaginada como infinitas posibilidades, es maravillosa. Y en El Secreto -la clave de este libro- se canta sin trompetería, con palabras modestas, el encuentro con el “legendario secreto”:
que la Felicidad está al alcance de la mano, con unos amigos y un paseo y un cesto de níscalos sobre las rodillas.
Respecto a la Poesía, también un giro ágil y resuelto: “Feliz. Oh Poesía, poder que
nos permites/ echar todas las sombras fuera del corazón”. El “cuchillo de la ansiedad
clavado en el pecho” (La Música Extremada) se ha convertido en este poder para conjurar las sombras.
Quizá alguien se sonría con escepticismo ante tal afirmación. Pero no la hace
cualquiera, sino aquel que durante muchos libros ha horadado en la realidad poética buscando su clave, el rostro escondido en lo oculto de su sangre, y que tantas veces
ha entonado la música de la melancolía. Este libro termina con poemas en los que se dirige a Dios con esa “humildad que es la forma más alta de razón”, y habla de la esperanza, y quizá ésta sea buena prueba de que el descubrimiento de la felicidad que
hace el poeta no es engaño, ni pobre consuelo, sino clarividencia, “luz sabia y serena”.
Hay quien ha afirmado que no ha habido Punto y Aparte en la obra de Miguel d’Ors,
que es el de siempre. Por supuesto. Sólo siendo uno mismo, con la propia vida a cuestas, se puede encaminar aquel que lo desee Hacia otra luz más pura, y encontrar
el legendario secreto de las cosas.


(Publicado en Númenor)

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