El otro lado del tapiz

La pintura y el grabado de Laura Moreno


La obra de Laura Moreno es un recorrido creativo, un proceso, que ha sido -en parte- expuesto en dos ocasiones: en El Álamo (Alameda de Hércules, mayo de 1999), y en el Centro Cívico de la Casa de las Columnas (Triana, octubre de 1999). Las ilustraciones de este Númenor 13 son el desarrollo, con distinta técnica y materiales, del comienzo de este proceso, los árboles secos.

Observar su obra produce una clara impresión de realidad y de encontrarse frente a un arte vivo, o sea, que tiene que ver con la vida, con la íntima y personal, y no sólo la de la artista, sino que, como buena obra de arte, la de aquel que la contempla. Y es una paradoja. Los árboles de Laura Moreno, sus borrosas estepas, sus ramajes, están muertos. Del todo. Es un recorrido por la desolación. Entrar en sus cuadros de esta época –y en las ilustraciones de Númenor – es entrar en la tierra baldía, resecada por no se sabe bien qué rayo poderoso e implacable. Cortezas quebradizas, líneas yertas, desconsoladores horizontes, niebla, polvo, nada. Y aquí nos encontramos con la relación arte - vida, empezando por la vida de la artista: ella dice entender su obra como forma de expresión de su intimidad, y el hecho de hacerlo a través de la pintura, el modelado o el grabado se debe a que es lo que mejor sabe hacer. Si no, se dedicaría a escribir. Así que estamos ante una expresión de sentimientos, de un paisaje anímico, o, si queremos, del alma. Y además, nos dice, se produce una identificación personal con el árbol seco, con el tronco sin vida... ¿Qué suceso, qué experiencia de dolor, qué ensayo de la muerte, qué ausencia o qué traición han motivado su obra? No lo sabemos. Y está bien que así sea. Es el otro lado del tapiz, su oculta maraña, lo de veras importante, o al menos para los que nos interesa el creador en cuanto persona, y sin embargo se encuentra detrás, en la espesura gris, fuera de nuestro alcance. Aunque, eso sí, cerca, muy cerca. Algo de esta cercanía tendrá lo que los críticos llaman sinceridad en la obra de arte.

Pero esta relación con la propia vida no es sólo conceptual, como la muestra de un correlato figurativo y simbólico de la propia experiencia. También hay una realidad procesual en la génesis de la obra, un recorrido hasta la forma definitiva, y en este recorrido de creación hay diversos elementos: los materiales, por ejemplo, no están escogidos sin más, sino que utiliza productos naturales (temple de caseína y encáustica, madera, cera virgen), que se dejan tallar, martillear, torturar, devastar como sin de un vudú se tratase, de una especie de conjuro indescifrable. Ella habla también de desahogo. Creo insuficiente la tesis freudiana de sublimación a través del arte, por limitarse al circuito psíquico, y desconocer la trascendencia. Creo que en este desahogo, o vudú, o intento de materialización de la propia intimidad hay atisbo de trascendencia, aún cuando el resultado esté lejos de la esperanza, de la apertura al nuevo horizonte, y lo representado sea lo más parecido a un Mordor tolkieniano, un paisaje de muerte, una naturaleza espantada. La pintura de Laura Moreno no es un impulso gestual, espontáneo, sino una realidad conceptual y a la vez procesual, aunque este proceso no esté cerrado, como veremos más adelante. Este limpiar, frotar, arrastrar y volver a limpiar tiene el aspecto enloquecido del que intenta sacar oro de su triste probeta, pobre alquimia soñadora. Pero... sorprendentemente lo consigue. Como una iluminación vinieron a mí, contemplando los árboles de Laura Moreno, unos versos que leí un día:
“Estoy hablando de la muerte, pero cuánta vida evoca este momento”. El milagro de creación, el hecho de que al mostrar la muerte, o las muertes del alma, surja un manantial de hermosura, luz y significado. Uno se ve tentado a acudir a Don Antonio Machado y a su olmo seco, “hendido por el rayo y en la mitad podrido”, por esa “rama verdecida” que le hace tener en el corazón esperanza de “otro milagro de la primavera”. Pero sería tergiversar el sentido de la obra de Laura Moreno. En su recorrido todo va más despacio, como una savia lenta y sin pausa, y escondida. Y será otro el símbolo de regeneración –muy tímida aún- que aparecerá en su obra.

Ya en la exposición de El Álamo, y en trabajos no expuestos, pudimos conocer algo de esta simbología, o más bien alegoría, de la intimidad: junto al terrible mundo del árbol seco, había unas cuantas acuarelas y unos grabados con títulos muy elocuentes. “Ya sé que estás solo”, “Sabes dónde estaré”, “Recogiendo los pedazos”, “No tengas frío”, “Busca en el horizonte”, “ Triste realidad”, “Rincón del recuerdo”, son títulos de soledad, de ausencia, para obras teñidas de tristeza y de puro desamparo. La misma realidad que en los árboles, a través de otros motivos, más íntimos, más directos, de alegoría más clara. Pero el verdadero salto cualitativo vendrá con la introducción de motivos textiles. Aquí empieza a cobrar un mayor sentido la palabra proceso: “Entre cordeles”, “Todo se seca”, “Tan fácil como tender la ropa”, “Sécala al sol”, “Con agua clara limpio mi vida”, “Lavando mi pasado”, introducen el concepto de limpieza, de purificación, de transformación, y precisamente por superar ese momento estático de la contemplación del propio sufrimiento, esa melancolía doliente, se da un primer paso de aceptación y se entreabre el horizonte, tímidamente, se intuyen significados (“Aunque no quieras, todo cambia”). Es un antiguo símbolo ritual -y religioso- el de lavar la ropa, los pequeños utensilios domésticos, todo lo que haya podido ser mancillado, tocado por el mal ¿Qué mal? Volvemos al otro lado del tapiz: no es cosa nuestra, o solo como beneficiarios de la obra de arte. Pero sí podemos decir que este proceso de purificación, al menos, es fecundo. Fecundo en belleza, en creaciones, y en la propia vida, intuimos, pues ya se está saliendo del bosque muerto, de los árboles terribles hendidos por el rayo,
y delante –lejos todavía, es cierto- se abre un horizonte. Y el último paso que conocemos de este recorrido, expuesto en la Casa de las Columnas, tiene connotaciones más claras, más desnudas, cuando ya estamos avisados de la intención alegórica, y todo va ya directo al corazón, por partir de él: “Re-cose”, “El tapiz de la vida”,
“Des-cosiendo”, “Con viejos retales, pobres soluciones”, “Tejido”, “Hilo”, “Si cortas los hilos”, “Desgarro”, “Cuenta los hilos”, “Organizando trama”. Es como haber entrado en un corazón, el que se nos muestra en la paredes de la Casa de Las Columnas, verdadero y latente, dolorido, vivo. “Hilvanando en mi interior”, que tiene la variante técnica del falso grabado, muestra una forma tridimensional (son cuadros para tocar, dice ella), de tonos oscuros, recorrida por una gruesa hilazón de cobre, que al final, en la parte inferior del cuadro, termina en un cabo suelto, una puntada sin dar. Mayor intensidad no cabe, mayor expresión simbólica con tan sencillos elementos, tan cercanos al hombre. La cumbre de la exposición llega con una composición de nueve módulos numerados (I-IX), titulada “Retazos del corazón”.
Esta obra es un frondosa geografía, un recorrido íntimo. Aparecen, junto a los tonos sombríos de “Hilvanando en mi interior”, otros tonos cálidos, de caldera encendida, de corazón que vuelve a palpitar, que crece, que es grande, aún surcado de costuras de cobre, de grandes agujeros no cicatrizados, pero vivo. Aunque también en esta calidez, en este ardor, hay grito, ¿de ayuda, de dolor, de liberación? El otro lado del tapiz, de nuevo. El misterio de la creación que nace de la propia vida.

He de decir que, al contemplar estas obra, no he podido evitar sentir que estaba delante de una galería de autorretratos de la misma persona, en distintos momentos. Espejos del alma , si se quiere. Con este líneas quisiera dejar constancia de que algunos lo hemos entendido, y nos ha emocionado, y avisar al lector de que siga la ruta de esta navegante por cuenta propia, de esta costurera tenaz que, no sé si dará mucho que hablar, pero si sé que tendrá mucho que dar, de ahora en adelante.


(publicado en Númenor)

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