Bello prodigio

Pampaluna
Rocío Arana
Adonais, 2005

Un libro de poesía muy bueno, una obra perdurable, que brota de un origen abisal y cruza el tiempo sin mancharse, es algo difícil para la crítica. Los libros discretos, “bien escritos”, son cómodos para el articulista. Hay donde agarrarse, salientes claros, pistas bien marcadas, influencias, grupos, escuelas. Todo se reduce a indicar los precedentes del autor, a citar un par de versos afortunados y a no pillarse los dedos. Se corre el peligro, con este nuevo libro de Rocío Arana, de caer en el consabido término de epígono, como quien cae en una zanja, en cuanto encontremos un giro, una expresión, un ademán, que nos resulte familiar. Así, no faltará quien en la segunda línea de su reseña ya esté diciendo: “Es innegable el magisterio de Miguel d’Ors desde el primer verso del libro: “Detrás de la ventana silenciosa / ropa blanca tendida y edificios / y un pedazo de césped con arbustos
pequeños y amarillos. / Una radio / como un brasero viejo me acompaña.” Esa adjetivación, ventana silenciosa, y la presentación visual de la radio, la aliteración del brasero, son maneras de una escuela...” Y bla, bla, bla.
Todo eso es verdad, pero no es toda la verdad. Además es la verdad menos importante. También d’Ors aprendió de Vicente Sabido, y del maestro Eloy Sánchez Rosillo, esa presentación ambiental tan efectiva. ¿Y qué? Es entretenido, es bonito a veces, ese desmigajar el poema, ese hurgar en su mecanismo, como los niños cuando destrozan un juguete. Pero lo destrozan, claro. Y sobre todo, es situarse en la piel del perro, que mira el dedo, no lo que el dedo señala.
Esta introducción que hago, lo sé, es un poco torpe. La venda antes de la herida. Pero es que sería una pena no apreciar Pampaluna en lo que vale. Es verdad que Rocío Arana, ya desde su primer libro (Magia, Cuadernos de Poesía Númenor, 2002) se ha revelado como una versificadora excelente, artesana pura, de oído finísimo, suave cadencia, y un decir delicado y amable. Y que tiene unas influencias evidentes. Pero hay una Rocío Arana inconfundible con el paisaje, con una voz muy, muy peculiar, que no se encuentra en la poesía española que conozco. Con sólo 27 años, ha escrito un par de poemarios que valen su peso en oro. A veces, cuando se está con ánimo sentencioso, ese ánimo que le hace a uno resumir sus opiniones en citas arrogantes, se puede decir que un poeta mayor es aquel que tiene momentos, estrofas, versos sueltos, valiosísimos, que nos iluminan años y años. Y así ocurre con Rocío: “Cierra los ojos, siéntate despacio / con el sol en la cara y otro libro / meciéndose en tu falda, / y verás otra vez aquellas tardes / tejiendo y destejiendo mi dicha con la tuya.”
Pampaluna es el nombre poético dado a Pamplona, igual que Luminia es Sevilla, en el mundo íntimo y mítico de Rocío. El nombre de dos ciudades en las que ha vivido sendas nostalgias (la de la otra ciudad), en el último año de la autora. Y entre viaje y viaje, el mundo de Rocío es la gente que quiere y que le quiere, su familia y sus amigos, y Dios que le dio a su familia y a sus amigos, con extrañas intenciones de hacerla feliz. Éste es un libro lleno de nombres propios, de recuerdos exactos, y sin embargo no es anecdótico, sino que sus evocaciones están imantadas de un modo extraño, con la fuerza de la nostalgia sin amargura, del amor sin resentimiento, y de un ambiente cálido de hogar. Hogar lleno de fiesta y amigos, u hogar vacío y en penumbra, en que se escriben poemas y se oyen voces en la duermevela, y se desea la llegada de los otros. “Lejos ya de vosotros, me caliento / las manos y la ropa. / Lejos ya de vosotros, yo recuerdo: / yo fui feliz. El viento barbotaba / palabras en euskera frente al mar. / Y Pablo conquistaba los peñascos, / las esculturas verdes. / Y un sol partido en cuatro nos llovía / por debajo del viento.”
Como en Magia, Rocío nos brinda muchos poemas de amistad, no como en otros autores que hacen una dedicatoria, como un detalle en un libro, sino que la amistad, o mejor dicho, los amigos concretos son una veta inagotable de su poesía. Vemos un espléndido Canto para Nico: “Amigo, amor antiguo y sabio, Ítaca / de tabaco y café, de media tarde / con los ojos azules, paisajista / de rocas y colinas sobre el mar, / alcázar infinito de luz blanca.” Les copiaría todo el texto, pero me conformaré con añadir el final: “Sobre la tarde lluvia te requiero, / no gastaremos nunca las palabras. / Háblame de los mares que gobiernas, / desátame las trenzas del olvido / y que vuelva la noria, compañero.”
El otro gran tema de su poesía es el amor y el desamor erótico. El poema Dolor es quizá el más condensado y claro, el más rotundo, con la difícil habilidad de evitar el patetismo: “Dolor de ser contigo para ti / y no tener tus manos de silencio. / Dolor de ver la vida tan hermosa / desvestida de fiesta tras la lluvia / olor a pueblo, tierra, tulipanes, / mojados en un patio blanco y rojo / y no tener un tú para contarlo.” El amor que regresa a su origen edénico, en que el otro es alguien que pueda mirar lo que miramos. Es un detalle muy femenino el anhelar la presencia del varón para poder “tener un tú para contarlo”. Una necesidad de hablar y que nos escuchen, de poder decir ¿sabes lo que he visto esta tarde? Y que el otro escuche con “manos de silencio”. Como varón, lo que impresiona más es encontrar esta sensibilidad femenina en los poemas amorosos, que es distinta de la masculina, y no como otras “poetisas” que parecen querer “igualarse” con obscenidades, más o menos disfrazadas de culturalismo o metáfora, sino que es auténtica, contenida, expresiva. Nótese la sutileza de estos versos: “Hoy me pido vivir en el deseo, / pecar en esta tarde de ceniza, / conocer unos labios desde dentro, / unos ojos que miren mi pudor / hasta el último pulso, descubriéndome, / unas manos que ansiosas me repitan / te quiero para mí, bello prodigio.” Qué bien ha captado el sentimiento del varón, y qué femenino es el de la autora: “unos ojos que miren mi pudor”.
El otro es también alguien que nos trae un misterio, no sólo alguien con quien miramos las cosas. Un enigma, una pregunta a la realidad. “Cada minuto iba demorándose / extrayendo la luz de las cortinas, / mirándome mirar entre tus ojos / la orilla prodigiosa de otro mundo.” ¿Cuál es esa orilla prodigiosa? Hay también una visión cristiana del mundo, una impresión constante de que el mundo se nos presenta como un misterio a medio descifrar, con claves ocultas, y que las cosas cantan en una lengua antigua y nueva a la vez. El mundo como don extraño, inmerecido. Rocío Arana es la autora (quiero decir el autor, en general) que más me recuerda en la poesía española a Chesterton. Al otro lado del océano sería el mexicano Joaquín Antonio Peñalosa. Y no hay muchos ejemplos más.
Su adjetivación no es tonta, aporta siempre mucho, y es sorprendente sin ser gracianesca: “Y la alegría loca, sin pudor, / la callada, la azul, la bulliciosa, / la recia, la escondida.” “Ver tus ojos, entrar en una casa, / las paredes bañadas por la luz / blanca, frágil, eterna, verdadera.” Se adjetiva como quien puja, subiendo el valor cada vez de aquello que se ha nombrado, con una sintáxis fresca, con ritmo alegre, que hace que su frecuente endecasílabo no suene acartonado, a “lo mismo de siempre”.
Pampaluna es un excelente libro, que aparece ahora en la bella edición de Adonais. Estaremos muy atentos a la obra de Rocío Arana, que nos abre de nuevo la puerta esperanzada de su casa, brindándonos el prodigio de su poesía viva, de sus versos con luz y con amigos.


(Publicado en Clarín)

2 comentarios:

Fón dijo...

quizá lo lea.. Quién sabe. di amigo y entra.. Gran título..

Capuchino de Silos dijo...

No tengo idea de cómo he llegado hasta aquí, pero aquí estoy dejando mi humilde opinión ante escritores tan sabios, de tan bello lenguaje y de tan rico español, que a veces pareciera como si se acabara.
Rocío sorprende por su delicioso lenguaje y usted por su claro y precioso castellano de bellas palabras hacia Rocío. ¡Qué alegría ser amiga suya!.
Yo no soy amiga, pero he entrado.
Ya me voy
Muchas gracias