Vida y maravilla

Muertes y maravillas
Rafael Adolfo Téllez
Fundación José Manuel Lara, Colección Vandalia, Serie Nova


Qué difícil es el verso libre. A menudo lees a autores (jóvenes que te traen sus originales, mayores con libros premiados por las Diputaciones) que no tienen ningún oído, ni rastro de formación en el metro clásico. Te dicen: hago verso libre. Y lo que parece es que su versolibrismo no es una elección, fruto de una necesidad expresiva, sino sencilla y llanamente impotencia. Y muchas veces cacofonía, apariencia de poema por cambiar de renglón, prosa de contrabando. Alguna vez encuentras a alguien que no ha oído qué es un endecasílabo, pero que parece intuirlo de forma innata. Su oído les lleva al acento en sexta, al ritmo, y, si bien no miden bien los versos, sí dan golpes de voz adecuados, eufónicos. Son los menos. Los grandes –los pocos- autores versolibristas saben hacer metro clásico, y eligen el libre. O lo combinan, mezclándolo con el sonido clásico. Como es el caso de Pablo García Baena. Son pocos los que nacen con un oído y una sensibilidad arrolladora, que salta como chispas de la página, y que no han compuesto nunca un soneto.
No sabemos si es el caso de Rafael Adolfo Téllez (Palma del Río, Córdoba, 1957), pero lo parece. No recuerdo ningún poema de este autor (en Quienes rondan la niebla, en Los adioses), que se ajuste a las siete, once, catorce sílabas, que, en verso blanco, ha sido la forma más usada de los poetas desde los 70, después de los novísimos. Sin embargo tiene ese no sé qué, ese digamos “encanto”, que lo hace lírico, amable al oído. También, como suele ocurrir con este versolibrismo, muy apoyado en la imagen. Metáforas, símiles, o asociaciones connotativas muy sugerentes, nacidas de su mundo personal, confiadas en la hermosura de las palabras sencillas: pan, patio, trigo, noche, mujer, sangre caliente, años de 1962, antorchas, carros que llegan de lejos y no van a sitio alguno.

Rafael Adolfo Téllez es un poeta de mundo propio, que es algo que se suele decir de todos a quienes se elogia, porque así ha de ser en un gran poeta. Pero lo que queremos anotar es que por sus páginas asoma siempre la misma niebla, se escuchan siempre los mismos golpes de aldaba sobre un portón oscuro, se despiden eternamente figuras de sombra frente a la llovizna del alba, se encienden antorchas que congregan, siempre, los mismos rostros de familia, aldeanos de arcilla fresca que parecen vivir en el trasmundo, en un tiempo distinto, que no está congelado. Que vive siempre en otro lado, ese otro lado que, como una cortina, desvelan los poemas, poco a poco, en silencio, con pudor de doncella joven, limpia y fría como un arroyo en la montaña. Es un poeta de los que puedes escoger treinta poemas, o diez, o uno, y siempre ves lo mismo. Y no cansa.

Podría parecer que es otro poeta más de “los de la infancia”, que no cesan de mostrarnos sus cosas de familia, sus recuerdos de abuelo. Pero hay diferencias. Hay poetas que enumeran personas y circunstancias del pasado, para terminar siempre con la misma fórmula anticlimática, con ubi sunt? y muerte y desamparo. O con gesto bostezante, de aburrido mirar la maquinaria del tiempo, incesante. Que siempre se preguntan ¿dónde se ha ido todo? O que siempre postulan: a la Nada (así, con mayúsculas), imponiendo, no sólo a su pasado, sino a la vida de todos, su sentencia de muerte. Aquí no se salva nadie. Es el caso de Brines, y su estirpe. También hay poetas que, cogiendo prestados los mismos recursos, la misma retórica, postulan lo contrario. Todo se salvará, la vida es bella. Ni unos ni otros son mejores poetas por estos apriorismos, sino que el valor de su obra la dice su propia obra, en el corazón del lector, que vibra emocionado ante un buen poema (si no se acude a él con prejuicios), se incline hacia donde se incline, al abismo de esperanza, o al abismo de la destrucción. Ambos abismos luchan en el ser humano.

Rafael Adolfo Téllez no se inclina hacia ningún lado. Pasea por entre sus difuntos, delante de las casas del pueblo, en el campo, bajo la lluvia, y nos va mostrando esos paisajes, esas gentes, como quien no quiere decir nada sobre ellos, sino sólo bajar la voz para que escuchemos sus voces, al oído.

Es notable la costumbre de este poeta de no terminar sus poemas con un verso lapidario, con una afirmación filosófica que explique los versos anteriores, acaso sólo descriptivos, o anecdóticos. Esta fórmula es corriente, y se repite y repite, perpetuándose en las generaciones. Este poeta no cierra con llave sus poemas, sino que a veces da la impresión de que los termina en un punto, que bien podría ser otro. Como si toda su obra fuera el mismo poema, dividido, por razones estéticas o editoriales, en distintos fragmentos, a los que se ha puesto título. Esto es un poco exagerado, porque hay motivos particulares, sobre todo en los poemas dedicados a alguien en concreto. Pero la impresión que causa, general, es ésta. Un mundo propio, que podría ser más extenso, o más breve, pero que es el mismo. Por eso, es imposible reseñar este libro, Muertes y maravillas, sección por sección. Aunque hay una sección, por ejemplo, sobre el oficio y el don de los versos: “Que cada palabra lleve su temblor / y alce, a su paso por mi puerta, su báculo de sombra.”

Hay finales de poemas de un ambiente casi silencioso, minimalista, íntimo, cálido, en que no parece decirse nada, y que lo dicen todo. “Son gentes que en un lago enciende antorchas / y buscan en la bruma a algunos de sus muertos. / Son un recodo de ayer. / son el sur. / Alguien murmura no sé qué a fines del siglo pasado.” O, cuando habla de una misteriosa mujer, en Carta de amor: “Es hija del fuego la niebla el inforturnio. / se limita a decir mi nombre pero ignora lo que dice. // Cuando anochece deja a mi lado un candil y una rama de espliego.” No se puede decir más, diciendo tan poco. Rafael Adolfo Téllez construye sus poemas con versos que, a veces, se podrían cambiar de sitio en el poema, o entre unos poemas y otros. No hace poemas articulados, en los que se desarrollan ideas o sucesos, sino que sus versos, uno a uno, tienen su temblor y su poder casi mágico.

El título del libro une dos palabras de una manera hermosa: muertes y maravillas. ¿Por qué maravillas? Se diría que el poeta no se cree la muerte de los suyos y de su tierra y su infancia, que habla como si la muerte no existiera en realidad. O como si esperase un milagro: “Alguna vez oiré el canto de un jilguero, / junto a la tapia que mi abuelo / levantó, hacia 1930.” Espera, del futuro, algo pasado. Y sigue: “No sé cómo, no sé cuándo / vendrá ese canto / atravesando, tal vez, la tierra entera.” “Un canto con mi nombre en sus letras.” Se espera el desvelamiento del propio nombre, en una maravilla futura. Y Rafael Adolfo Téllez se declara ateo. La poesía, a veces, tiene razones que la razón no entiende.

Esto nos lleva al final del libro, que es una Acción de gracias, lo que remacha su alejamiento del nihilismo, o de la desesperanza. “Gracias a quien conmigo se detuvo ante el silencioso / esplendor de la llovizna. / Por eso puedo despedirme sin nostalgia. / Por eso puedo caminar ahora a salvo entre las gentes.”

Pensamos que los versos escogidos para figurar en la cubierta del libro, expresan, en resumen, muy bien la obra de Rafael Adolfo Téllez: “Un hombre sólo en su vieja casa / puede sentir, /mientras aviva el fuego, / la sombra helada de los suyos / dibujándose en el muro.” Estos poemas son como ese dibujo en el muro, y el fuego que se aviva es el del corazón del lector.

1 comentario:

Eduardo dijo...

Hasta hace un momento no conocia a Rafael Tellez ni nada acerca de su poesía, de hecho ni siquiera intente buscarlo, sólo me encontre con él porque buscaba en el google el nombre de un libro del poeta chileno Jorge Teillier(1935-1996), publicado en 1971, llamado "Muertes y maravillas". Debo reconocer que me sorprendio la coincidencia de nombres entre ambos libros, y aun más la semejanza entre la poesía de ambos autores.
Los temas a tratar: la muerte, la infancia, el tiempo -en fin- la vida en la aldea, la constante narrativa en sus poemas, me hace pensar que Tellez leyo a Teillier y paso por alto el nombre del titulo. No es que haga un reclamo capitalista acerca del nombre, sino una pregunta acerca de la propia originalidad.

Te anoto un link acerca de la Poesía Larica fundada por Teillier en el año 1965: la poetica escrita se llama "Los poetas de los lares"
http://www.uchile.cl/cultura/teillier/poeticas/3.html

Permiteme recommendarte algunos de sus mas hermosos poemas:

Otoño secreto
El poeta de este mundo
Despedida
Cuando todos se vayan
Bajo el cielo nacido tras la lluvia
Los dominios perdidos.

Según la descripción de la poesía de Rafael Tellez estoy seguro que notaras la muy grande semejanza.

Me gustaria saber tu opinion.

Un gusto leer tu Blog.

Hasta pronto.