Elogio del desorden de despacho

En pijama soy yo, con todas las de la ley. Con la barba desarreglada (o mejor, inarreglada), despeinado al modo legaña, ordenando el despacho. Un despacho se posee como una profesión monacal, como un día a día que nos aguijona: "tengo que ordenar el despacho". Pues tengo pendiente un artículo, pero antes tendría que despejar el escritorio, pero antes tendría que hacer sitio a la montaña de libros últimos, pero antes tendría que decidir si quiero menos libros o menos sitio para muñecos, como el de Indiana Jones, pero antes tendría que limpiar el polvo. Pero antes. Nos lleva a la cuestión de los orígenes. Como decía C.S. Lewis, lo bueno (o peligroso) del cristianismo es que empieza por cualquier sitio. Si echo mano a los primeros papeles del montón --desmoranable-, a lo mejor me llevan a abrir una carpeta en que encontraré poemas desechados, o viejas calificaciones de instituto, o cartas que le hablan al futuro desde el pasado sepia. Enfrentarse al desorden despachil es un problema doble: sondear, hasta la profundidad más desalentadora, cuánto somos capaces de postergar, o qué mínima barrera de entrada nos desanima. Y por otro, una vez acometida la hazaña, ser capaz de atravesar la procelosa mar de sirenas cantoras: "Deja eso, el artículo puede esperar, las facturas las clasificarás mañana, pero mira qué pinta tenías en esta foto del 96... Da para poema".

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