El ruido congelado y la noche cerrada

Vuelvo, como tantas noches, de tocar con el grupo. Vuelvo de Lora del Río, con el ruido congelado adentro, como un barullo que no se sedimenta hasta que llegue la mañana, y que todavía escucharé en sueños, agitados quizá, o herméticos e indescifrables cuando amanezca, cansado, y el sol del domingo (ojalá haga sol) extienda su manto apacible sobre la casa, el escritorio en desorden, las pipas, las guitarras. Y los niños devuelvan el orden a cada cosa, estableciendo su ritmo, que es seguro y andante, vivo e indiscutible. Pero esta hora extraña en que es de noche, en que todavía es de noche, y están calladas las lavadoras, y sólo gime alguna tubería profunda, es una hora terrible para el hombre solo. El ruido congelado, y la noche cerrada. Suficiente para un día, demasiado extendido, con todos sus trabajos y sus melancolías postergadas, porque hay que trabajar. Y ni siquiera las palabras ordenan el día, como quería Jünger, cuando el peso de las cosas revueltas se aplasta, se comprime, me empuja y me conduce a la cama, me debería llevar hasta la cama justo después de darle a la tecla "publicar".

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