The Four Seasons


La Primavera es la estación del amor, dicen en mi barrio. Pero no estoy muy de acuerdo. El caso es que el amor es tetramorfo, cuando se filtra por el prisma de las estaciones, y a cada uno le toca en suerte un rostro.
La Primavera, desde luego, goza de todos los reconocimientos en el mundo de la Poesía, con sus abejorros zumbeantes, su savia arriba y abajo, sus bancos del parque donde mirar a las muchachas por el metodo Braille, y su alegría sin venir a qué. Sólo están tristes los alérgicos, los abandonados, y los suicidas (que prefieren la Primavera, como todos saben).

El Verano tiene su amor desparramado, como la melena de Maureen O'Hara, de azul acantilado, como los ojos de Maureen O´Hara, de afueras del pueblo con sus eras, de piso en la playa con balcón salobre, o sus cuarenta y cinco grados sevillanos para los que se quedaron estudiando. Es un amor ardiente el de Sevilla en Verano. Nos mira con el rostro de un trigal de Van Gogh.
Luego el Otoño trae su amor pardo y goteante, y la tierra mojada sabe a todos los amores de nuestra vida, pero con un regusto también a lapicero, cuadernos y libros de texto recién nuevos. En Otoño, Cupido lleva faldas de cuadritos.
El Invierno aparece siempre en voz baja. Las alas de Cupido son de escarcha entonces y una Cantata de Navidad nos habla del Amor de los amores, nacido en un pesebre, y hay aún no sé qué en nuestros amores que suena a villancico triste. Ay de los que se enamoraron en Invierno, su amor tendrá por siempre ese gesto tan serio de las Hadas de Cuento cuando te riñen, ese arrebujarse en el abrigo, con una herida muda en algún lugar del calendario, con cartones mojados y ropa tendida que tarda tres días en secarse, y tardes cortas, y los pies siempre fríos. Por qué los pies tan fríos, se preguntan los frioleros. El amor en invierno es friolero, y se arrima un poco a una fogata.
Pero lo bueno del Invierno, lo mejor del Invierno, lo que lleva en su interior, arrebujado en el abrigo, es otra vez la Primavera. No sé qué ingredientes lleva, pero sabe de maravilla. Sólo los alérgicos, los abandonados, los suicidas, detestan la Primavera. Y por ellos elevamos una oración, ahora que cae el día.

6 comentarios:

Rocío Arana dijo...

Joder Beades. Escribes tan bien que me exalto: olvido el lirio y me pongo a decir palabrotas. Ahora no podrá decir la señora de Beades que soy mejor escritora que tú. Dios mío qué maravilla. Dices lo que alguien dijo ya dentro de mí, y como GKC y Hommer, hablas de las cosas que más me gustan, por eso lo que dices me gusta tanto...

clara dijo...

Yo me enamoré en invierno por eso siempre tengo los pies frios y otra parte que no digo, y siempre me arrimo a la fogata del otro. El invierno es mi estanción favorita, me gusta diciembre con su sabor a despedida entre otras razones por que en ese mes descubrí el fuego, el abrigo del otro.

Pablo dijo...

Lo de las caras del amor me llama la atención, yo ahora veo el cogote del individuo que une a las personas... Buenísimo contrapunto este texto con los poemas de los meses de Cabanillas en Poesía Digital.

Carlos RM dijo...

Glorioso, Beades, sencillamente. Todo un tratado insoportablemente bien escrito. Me revolotea una cosa, eso de que en primavera "sólo están tristes los alérgicos, los abandonados, y los suicidas (que prefieren la Primavera, como todos saben)". Tristes aunque la prefieren: en ese nudo contradictorio debe estar el problema.

E. G-Máiquez dijo...

Con tu permiso (por lo de los royalties): ¡proema!

batiscafo dijo...

¡Qué preciosidad! Yo quiero escribir así...