Muertes y maravillas
Rafael Adolfo Téllez
Fundación José Manuel Lara, Colección Vandalia, Serie Nova
Qué difícil es el verso libre. A menudo lees a autores (jóvenes que te traen sus originales, mayores con libros premiados por las Diputaciones) que no tienen ningún oído, ni rastro de formación en el metro clásico. Te dicen: hago verso libre. Y lo que parece es que su versolibrismo no es una elección, fruto de una necesidad expresiva, sino sencilla y llanamente impotencia. Y muchas veces cacofonía, apariencia de poema por cambiar de renglón, prosa de contrabando. Alguna vez encuentras a alguien que no ha oído qué es un endecasílabo, pero que parece intuirlo de forma innata. Su oído les lleva al acento en sexta, al ritmo, y, si bien no miden bien los versos, sí dan golpes de voz adecuados, eufónicos. Son los menos. Los grandes –los pocos- autores versolibristas saben hacer metro clásico, y eligen el libre. O lo combinan, mezclándolo con el sonido clásico. Como es el caso de Pablo García Baena. Son pocos los que nacen con un oído y una sensibilidad arrolladora, que salta como chispas de la página, y que no han compuesto nunca un soneto.
No sabemos si es el caso de Rafael Adolfo Téllez (Palma del Río, Córdoba, 1957), pero lo parece. No recuerdo ningún poema de este autor (en Quienes rondan la niebla, en Los adioses), que se ajuste a las siete, once, catorce sílabas, que, en verso blanco, ha sido la forma más usada de los poetas desde los 70, después de los novísimos. Sin embargo tiene ese no sé qué, ese digamos “encanto”, que lo hace lírico, amable al oído. También, como suele ocurrir con este versolibrismo, muy apoyado en la imagen. Metáforas, símiles, o asociaciones connotativas muy sugerentes, nacidas de su mundo personal, confiadas en la hermosura de las palabras sencillas: pan, patio, trigo, noche, mujer, sangre caliente, años de 1962, antorchas, carros que llegan de lejos y no van a sitio alguno.
Rafael Adolfo Téllez es un poeta de mundo propio, que es algo que se suele decir de todos a quienes se elogia, porque así ha de ser en un gran poeta. Pero lo que queremos anotar es que por sus páginas asoma siempre la misma niebla, se escuchan siempre los mismos golpes de aldaba sobre un portón oscuro, se despiden eternamente figuras de sombra frente a la llovizna del alba, se encienden antorchas que congregan, siempre, los mismos rostros de familia, aldeanos de arcilla fresca que parecen vivir en el trasmundo, en un tiempo distinto, que no está congelado. Que vive siempre en otro lado, ese otro lado que, como una cortina, desvelan los poemas, poco a poco, en silencio, con pudor de doncella joven, limpia y fría como un arroyo en la montaña. Es un poeta de los que puedes escoger treinta poemas, o diez, o uno, y siempre ves lo mismo. Y no cansa.
Podría parecer que es otro poeta más de “los de la infancia”, que no cesan de mostrarnos sus cosas de familia, sus recuerdos de abuelo. Pero hay diferencias. Hay poetas que enumeran personas y circunstancias del pasado, para terminar siempre con la misma fórmula anticlimática, con ubi sunt? y muerte y desamparo. O con gesto bostezante, de aburrido mirar la maquinaria del tiempo, incesante. Que siempre se preguntan ¿dónde se ha ido todo? O que siempre postulan: a la Nada (así, con mayúsculas), imponiendo, no sólo a su pasado, sino a la vida de todos, su sentencia de muerte. Aquí no se salva nadie. Es el caso de Brines, y su estirpe. También hay poetas que, cogiendo prestados los mismos recursos, la misma retórica, postulan lo contrario. Todo se salvará, la vida es bella. Ni unos ni otros son mejores poetas por estos apriorismos, sino que el valor de su obra la dice su propia obra, en el corazón del lector, que vibra emocionado ante un buen poema (si no se acude a él con prejuicios), se incline hacia donde se incline, al abismo de esperanza, o al abismo de la destrucción. Ambos abismos luchan en el ser humano.
Rafael Adolfo Téllez no se inclina hacia ningún lado. Pasea por entre sus difuntos, delante de las casas del pueblo, en el campo, bajo la lluvia, y nos va mostrando esos paisajes, esas gentes, como quien no quiere decir nada sobre ellos, sino sólo bajar la voz para que escuchemos sus voces, al oído.
Es notable la costumbre de este poeta de no terminar sus poemas con un verso lapidario, con una afirmación filosófica que explique los versos anteriores, acaso sólo descriptivos, o anecdóticos. Esta fórmula es corriente, y se repite y repite, perpetuándose en las generaciones. Este poeta no cierra con llave sus poemas, sino que a veces da la impresión de que los termina en un punto, que bien podría ser otro. Como si toda su obra fuera el mismo poema, dividido, por razones estéticas o editoriales, en distintos fragmentos, a los que se ha puesto título. Esto es un poco exagerado, porque hay motivos particulares, sobre todo en los poemas dedicados a alguien en concreto. Pero la impresión que causa, general, es ésta. Un mundo propio, que podría ser más extenso, o más breve, pero que es el mismo. Por eso, es imposible reseñar este libro, Muertes y maravillas, sección por sección. Aunque hay una sección, por ejemplo, sobre el oficio y el don de los versos: “Que cada palabra lleve su temblor / y alce, a su paso por mi puerta, su báculo de sombra.”
Hay finales de poemas de un ambiente casi silencioso, minimalista, íntimo, cálido, en que no parece decirse nada, y que lo dicen todo. “Son gentes que en un lago enciende antorchas / y buscan en la bruma a algunos de sus muertos. / Son un recodo de ayer. / son el sur. / Alguien murmura no sé qué a fines del siglo pasado.” O, cuando habla de una misteriosa mujer, en Carta de amor: “Es hija del fuego la niebla el inforturnio. / se limita a decir mi nombre pero ignora lo que dice. // Cuando anochece deja a mi lado un candil y una rama de espliego.” No se puede decir más, diciendo tan poco. Rafael Adolfo Téllez construye sus poemas con versos que, a veces, se podrían cambiar de sitio en el poema, o entre unos poemas y otros. No hace poemas articulados, en los que se desarrollan ideas o sucesos, sino que sus versos, uno a uno, tienen su temblor y su poder casi mágico.
El título del libro une dos palabras de una manera hermosa: muertes y maravillas. ¿Por qué maravillas? Se diría que el poeta no se cree la muerte de los suyos y de su tierra y su infancia, que habla como si la muerte no existiera en realidad. O como si esperase un milagro: “Alguna vez oiré el canto de un jilguero, / junto a la tapia que mi abuelo / levantó, hacia 1930.” Espera, del futuro, algo pasado. Y sigue: “No sé cómo, no sé cuándo / vendrá ese canto / atravesando, tal vez, la tierra entera.” “Un canto con mi nombre en sus letras.” Se espera el desvelamiento del propio nombre, en una maravilla futura. Y Rafael Adolfo Téllez se declara ateo. La poesía, a veces, tiene razones que la razón no entiende.
Esto nos lleva al final del libro, que es una Acción de gracias, lo que remacha su alejamiento del nihilismo, o de la desesperanza. “Gracias a quien conmigo se detuvo ante el silencioso / esplendor de la llovizna. / Por eso puedo despedirme sin nostalgia. / Por eso puedo caminar ahora a salvo entre las gentes.”
Pensamos que los versos escogidos para figurar en la cubierta del libro, expresan, en resumen, muy bien la obra de Rafael Adolfo Téllez: “Un hombre sólo en su vieja casa / puede sentir, /mientras aviva el fuego, / la sombra helada de los suyos / dibujándose en el muro.” Estos poemas son como ese dibujo en el muro, y el fuego que se aviva es el del corazón del lector.
14 de abril de 2006
Bello prodigio
Pampaluna
Rocío Arana
Adonais, 2005
Un libro de poesía muy bueno, una obra perdurable, que brota de un origen abisal y cruza el tiempo sin mancharse, es algo difícil para la crítica. Los libros discretos, “bien escritos”, son cómodos para el articulista. Hay donde agarrarse, salientes claros, pistas bien marcadas, influencias, grupos, escuelas. Todo se reduce a indicar los precedentes del autor, a citar un par de versos afortunados y a no pillarse los dedos. Se corre el peligro, con este nuevo libro de Rocío Arana, de caer en el consabido término de epígono, como quien cae en una zanja, en cuanto encontremos un giro, una expresión, un ademán, que nos resulte familiar. Así, no faltará quien en la segunda línea de su reseña ya esté diciendo: “Es innegable el magisterio de Miguel d’Ors desde el primer verso del libro: “Detrás de la ventana silenciosa / ropa blanca tendida y edificios / y un pedazo de césped con arbustos
pequeños y amarillos. / Una radio / como un brasero viejo me acompaña.” Esa adjetivación, ventana silenciosa, y la presentación visual de la radio, la aliteración del brasero, son maneras de una escuela...” Y bla, bla, bla.
Todo eso es verdad, pero no es toda la verdad. Además es la verdad menos importante. También d’Ors aprendió de Vicente Sabido, y del maestro Eloy Sánchez Rosillo, esa presentación ambiental tan efectiva. ¿Y qué? Es entretenido, es bonito a veces, ese desmigajar el poema, ese hurgar en su mecanismo, como los niños cuando destrozan un juguete. Pero lo destrozan, claro. Y sobre todo, es situarse en la piel del perro, que mira el dedo, no lo que el dedo señala.
Esta introducción que hago, lo sé, es un poco torpe. La venda antes de la herida. Pero es que sería una pena no apreciar Pampaluna en lo que vale. Es verdad que Rocío Arana, ya desde su primer libro (Magia, Cuadernos de Poesía Númenor, 2002) se ha revelado como una versificadora excelente, artesana pura, de oído finísimo, suave cadencia, y un decir delicado y amable. Y que tiene unas influencias evidentes. Pero hay una Rocío Arana inconfundible con el paisaje, con una voz muy, muy peculiar, que no se encuentra en la poesía española que conozco. Con sólo 27 años, ha escrito un par de poemarios que valen su peso en oro. A veces, cuando se está con ánimo sentencioso, ese ánimo que le hace a uno resumir sus opiniones en citas arrogantes, se puede decir que un poeta mayor es aquel que tiene momentos, estrofas, versos sueltos, valiosísimos, que nos iluminan años y años. Y así ocurre con Rocío: “Cierra los ojos, siéntate despacio / con el sol en la cara y otro libro / meciéndose en tu falda, / y verás otra vez aquellas tardes / tejiendo y destejiendo mi dicha con la tuya.”
Pampaluna es el nombre poético dado a Pamplona, igual que Luminia es Sevilla, en el mundo íntimo y mítico de Rocío. El nombre de dos ciudades en las que ha vivido sendas nostalgias (la de la otra ciudad), en el último año de la autora. Y entre viaje y viaje, el mundo de Rocío es la gente que quiere y que le quiere, su familia y sus amigos, y Dios que le dio a su familia y a sus amigos, con extrañas intenciones de hacerla feliz. Éste es un libro lleno de nombres propios, de recuerdos exactos, y sin embargo no es anecdótico, sino que sus evocaciones están imantadas de un modo extraño, con la fuerza de la nostalgia sin amargura, del amor sin resentimiento, y de un ambiente cálido de hogar. Hogar lleno de fiesta y amigos, u hogar vacío y en penumbra, en que se escriben poemas y se oyen voces en la duermevela, y se desea la llegada de los otros. “Lejos ya de vosotros, me caliento / las manos y la ropa. / Lejos ya de vosotros, yo recuerdo: / yo fui feliz. El viento barbotaba / palabras en euskera frente al mar. / Y Pablo conquistaba los peñascos, / las esculturas verdes. / Y un sol partido en cuatro nos llovía / por debajo del viento.”
Como en Magia, Rocío nos brinda muchos poemas de amistad, no como en otros autores que hacen una dedicatoria, como un detalle en un libro, sino que la amistad, o mejor dicho, los amigos concretos son una veta inagotable de su poesía. Vemos un espléndido Canto para Nico: “Amigo, amor antiguo y sabio, Ítaca / de tabaco y café, de media tarde / con los ojos azules, paisajista / de rocas y colinas sobre el mar, / alcázar infinito de luz blanca.” Les copiaría todo el texto, pero me conformaré con añadir el final: “Sobre la tarde lluvia te requiero, / no gastaremos nunca las palabras. / Háblame de los mares que gobiernas, / desátame las trenzas del olvido / y que vuelva la noria, compañero.”
El otro gran tema de su poesía es el amor y el desamor erótico. El poema Dolor es quizá el más condensado y claro, el más rotundo, con la difícil habilidad de evitar el patetismo: “Dolor de ser contigo para ti / y no tener tus manos de silencio. / Dolor de ver la vida tan hermosa / desvestida de fiesta tras la lluvia / olor a pueblo, tierra, tulipanes, / mojados en un patio blanco y rojo / y no tener un tú para contarlo.” El amor que regresa a su origen edénico, en que el otro es alguien que pueda mirar lo que miramos. Es un detalle muy femenino el anhelar la presencia del varón para poder “tener un tú para contarlo”. Una necesidad de hablar y que nos escuchen, de poder decir ¿sabes lo que he visto esta tarde? Y que el otro escuche con “manos de silencio”. Como varón, lo que impresiona más es encontrar esta sensibilidad femenina en los poemas amorosos, que es distinta de la masculina, y no como otras “poetisas” que parecen querer “igualarse” con obscenidades, más o menos disfrazadas de culturalismo o metáfora, sino que es auténtica, contenida, expresiva. Nótese la sutileza de estos versos: “Hoy me pido vivir en el deseo, / pecar en esta tarde de ceniza, / conocer unos labios desde dentro, / unos ojos que miren mi pudor / hasta el último pulso, descubriéndome, / unas manos que ansiosas me repitan / te quiero para mí, bello prodigio.” Qué bien ha captado el sentimiento del varón, y qué femenino es el de la autora: “unos ojos que miren mi pudor”.
El otro es también alguien que nos trae un misterio, no sólo alguien con quien miramos las cosas. Un enigma, una pregunta a la realidad. “Cada minuto iba demorándose / extrayendo la luz de las cortinas, / mirándome mirar entre tus ojos / la orilla prodigiosa de otro mundo.” ¿Cuál es esa orilla prodigiosa? Hay también una visión cristiana del mundo, una impresión constante de que el mundo se nos presenta como un misterio a medio descifrar, con claves ocultas, y que las cosas cantan en una lengua antigua y nueva a la vez. El mundo como don extraño, inmerecido. Rocío Arana es la autora (quiero decir el autor, en general) que más me recuerda en la poesía española a Chesterton. Al otro lado del océano sería el mexicano Joaquín Antonio Peñalosa. Y no hay muchos ejemplos más.
Su adjetivación no es tonta, aporta siempre mucho, y es sorprendente sin ser gracianesca: “Y la alegría loca, sin pudor, / la callada, la azul, la bulliciosa, / la recia, la escondida.” “Ver tus ojos, entrar en una casa, / las paredes bañadas por la luz / blanca, frágil, eterna, verdadera.” Se adjetiva como quien puja, subiendo el valor cada vez de aquello que se ha nombrado, con una sintáxis fresca, con ritmo alegre, que hace que su frecuente endecasílabo no suene acartonado, a “lo mismo de siempre”.
Pampaluna es un excelente libro, que aparece ahora en la bella edición de Adonais. Estaremos muy atentos a la obra de Rocío Arana, que nos abre de nuevo la puerta esperanzada de su casa, brindándonos el prodigio de su poesía viva, de sus versos con luz y con amigos.
(Publicado en Clarín)
Rocío Arana
Adonais, 2005
Un libro de poesía muy bueno, una obra perdurable, que brota de un origen abisal y cruza el tiempo sin mancharse, es algo difícil para la crítica. Los libros discretos, “bien escritos”, son cómodos para el articulista. Hay donde agarrarse, salientes claros, pistas bien marcadas, influencias, grupos, escuelas. Todo se reduce a indicar los precedentes del autor, a citar un par de versos afortunados y a no pillarse los dedos. Se corre el peligro, con este nuevo libro de Rocío Arana, de caer en el consabido término de epígono, como quien cae en una zanja, en cuanto encontremos un giro, una expresión, un ademán, que nos resulte familiar. Así, no faltará quien en la segunda línea de su reseña ya esté diciendo: “Es innegable el magisterio de Miguel d’Ors desde el primer verso del libro: “Detrás de la ventana silenciosa / ropa blanca tendida y edificios / y un pedazo de césped con arbustos
pequeños y amarillos. / Una radio / como un brasero viejo me acompaña.” Esa adjetivación, ventana silenciosa, y la presentación visual de la radio, la aliteración del brasero, son maneras de una escuela...” Y bla, bla, bla.
Todo eso es verdad, pero no es toda la verdad. Además es la verdad menos importante. También d’Ors aprendió de Vicente Sabido, y del maestro Eloy Sánchez Rosillo, esa presentación ambiental tan efectiva. ¿Y qué? Es entretenido, es bonito a veces, ese desmigajar el poema, ese hurgar en su mecanismo, como los niños cuando destrozan un juguete. Pero lo destrozan, claro. Y sobre todo, es situarse en la piel del perro, que mira el dedo, no lo que el dedo señala.
Esta introducción que hago, lo sé, es un poco torpe. La venda antes de la herida. Pero es que sería una pena no apreciar Pampaluna en lo que vale. Es verdad que Rocío Arana, ya desde su primer libro (Magia, Cuadernos de Poesía Númenor, 2002) se ha revelado como una versificadora excelente, artesana pura, de oído finísimo, suave cadencia, y un decir delicado y amable. Y que tiene unas influencias evidentes. Pero hay una Rocío Arana inconfundible con el paisaje, con una voz muy, muy peculiar, que no se encuentra en la poesía española que conozco. Con sólo 27 años, ha escrito un par de poemarios que valen su peso en oro. A veces, cuando se está con ánimo sentencioso, ese ánimo que le hace a uno resumir sus opiniones en citas arrogantes, se puede decir que un poeta mayor es aquel que tiene momentos, estrofas, versos sueltos, valiosísimos, que nos iluminan años y años. Y así ocurre con Rocío: “Cierra los ojos, siéntate despacio / con el sol en la cara y otro libro / meciéndose en tu falda, / y verás otra vez aquellas tardes / tejiendo y destejiendo mi dicha con la tuya.”
Pampaluna es el nombre poético dado a Pamplona, igual que Luminia es Sevilla, en el mundo íntimo y mítico de Rocío. El nombre de dos ciudades en las que ha vivido sendas nostalgias (la de la otra ciudad), en el último año de la autora. Y entre viaje y viaje, el mundo de Rocío es la gente que quiere y que le quiere, su familia y sus amigos, y Dios que le dio a su familia y a sus amigos, con extrañas intenciones de hacerla feliz. Éste es un libro lleno de nombres propios, de recuerdos exactos, y sin embargo no es anecdótico, sino que sus evocaciones están imantadas de un modo extraño, con la fuerza de la nostalgia sin amargura, del amor sin resentimiento, y de un ambiente cálido de hogar. Hogar lleno de fiesta y amigos, u hogar vacío y en penumbra, en que se escriben poemas y se oyen voces en la duermevela, y se desea la llegada de los otros. “Lejos ya de vosotros, me caliento / las manos y la ropa. / Lejos ya de vosotros, yo recuerdo: / yo fui feliz. El viento barbotaba / palabras en euskera frente al mar. / Y Pablo conquistaba los peñascos, / las esculturas verdes. / Y un sol partido en cuatro nos llovía / por debajo del viento.”
Como en Magia, Rocío nos brinda muchos poemas de amistad, no como en otros autores que hacen una dedicatoria, como un detalle en un libro, sino que la amistad, o mejor dicho, los amigos concretos son una veta inagotable de su poesía. Vemos un espléndido Canto para Nico: “Amigo, amor antiguo y sabio, Ítaca / de tabaco y café, de media tarde / con los ojos azules, paisajista / de rocas y colinas sobre el mar, / alcázar infinito de luz blanca.” Les copiaría todo el texto, pero me conformaré con añadir el final: “Sobre la tarde lluvia te requiero, / no gastaremos nunca las palabras. / Háblame de los mares que gobiernas, / desátame las trenzas del olvido / y que vuelva la noria, compañero.”
El otro gran tema de su poesía es el amor y el desamor erótico. El poema Dolor es quizá el más condensado y claro, el más rotundo, con la difícil habilidad de evitar el patetismo: “Dolor de ser contigo para ti / y no tener tus manos de silencio. / Dolor de ver la vida tan hermosa / desvestida de fiesta tras la lluvia / olor a pueblo, tierra, tulipanes, / mojados en un patio blanco y rojo / y no tener un tú para contarlo.” El amor que regresa a su origen edénico, en que el otro es alguien que pueda mirar lo que miramos. Es un detalle muy femenino el anhelar la presencia del varón para poder “tener un tú para contarlo”. Una necesidad de hablar y que nos escuchen, de poder decir ¿sabes lo que he visto esta tarde? Y que el otro escuche con “manos de silencio”. Como varón, lo que impresiona más es encontrar esta sensibilidad femenina en los poemas amorosos, que es distinta de la masculina, y no como otras “poetisas” que parecen querer “igualarse” con obscenidades, más o menos disfrazadas de culturalismo o metáfora, sino que es auténtica, contenida, expresiva. Nótese la sutileza de estos versos: “Hoy me pido vivir en el deseo, / pecar en esta tarde de ceniza, / conocer unos labios desde dentro, / unos ojos que miren mi pudor / hasta el último pulso, descubriéndome, / unas manos que ansiosas me repitan / te quiero para mí, bello prodigio.” Qué bien ha captado el sentimiento del varón, y qué femenino es el de la autora: “unos ojos que miren mi pudor”.
El otro es también alguien que nos trae un misterio, no sólo alguien con quien miramos las cosas. Un enigma, una pregunta a la realidad. “Cada minuto iba demorándose / extrayendo la luz de las cortinas, / mirándome mirar entre tus ojos / la orilla prodigiosa de otro mundo.” ¿Cuál es esa orilla prodigiosa? Hay también una visión cristiana del mundo, una impresión constante de que el mundo se nos presenta como un misterio a medio descifrar, con claves ocultas, y que las cosas cantan en una lengua antigua y nueva a la vez. El mundo como don extraño, inmerecido. Rocío Arana es la autora (quiero decir el autor, en general) que más me recuerda en la poesía española a Chesterton. Al otro lado del océano sería el mexicano Joaquín Antonio Peñalosa. Y no hay muchos ejemplos más.
Su adjetivación no es tonta, aporta siempre mucho, y es sorprendente sin ser gracianesca: “Y la alegría loca, sin pudor, / la callada, la azul, la bulliciosa, / la recia, la escondida.” “Ver tus ojos, entrar en una casa, / las paredes bañadas por la luz / blanca, frágil, eterna, verdadera.” Se adjetiva como quien puja, subiendo el valor cada vez de aquello que se ha nombrado, con una sintáxis fresca, con ritmo alegre, que hace que su frecuente endecasílabo no suene acartonado, a “lo mismo de siempre”.
Pampaluna es un excelente libro, que aparece ahora en la bella edición de Adonais. Estaremos muy atentos a la obra de Rocío Arana, que nos abre de nuevo la puerta esperanzada de su casa, brindándonos el prodigio de su poesía viva, de sus versos con luz y con amigos.
(Publicado en Clarín)
Un largo viaje
Hacia otra luz más pura
Miguel d’Ors
Renacimiento, 1999.
Un jovencísimo Chesterton –22 años- escribió el relato de un hombre que dio la vuelta al mundo, navegó, escaló, peregrinó y se extravió, para llegar a su propia casa,
de la que había partido. Era el germen de la idea chestertoniana que, durante años,
habría de repetir: podemos pasar mil veces sobre la misma idea, u objeto de la realidad
externa, y a la que hace mil una, de repente, por fin, entenderla, “verla” por primera vez.
Muchas veces, dijo, un hombre ha de dar la vuelta al mundo para llegar a sí mismo, a su casa.
Leyendo la espléndida primera novela (o poema en prosa) de José Julio Cabanillas, Benzelá, hemos encontrado la siguiente línea: “porque la alegría ha de hacer un largo viaje hasta llegar al corazón”. Esta afirmación, vacía acaso de contenido sin más explicaciones, se llena de luz con la lectura del último poemario de Miguel d’Ors, Hacia
Otra Luz Más Pura. El poeta –el hombre- que en La Música Extremada decía: “cualquier cosa antes/ que la maldita realidad.”, o “mis ojos, que no han visto el Taj Mahal ni a Borges”, “Quien fuera un Yanomani”, “vayas donde vayas/ siempre te encontrarás/ esta misma tristeza.”, y que la Poesía es una “forma de no ser feliz”, este poeta ha cambiado sustancialmente las tornas. José Luna Borge afirmaba en las páginas de esta misma revista, hace tres números, que la enseña migueld’orsiana sería más el
ciento volando que el más vale pájaro en mano. Y no se equivocaba. D’Ors fantaseando otra existencia, soñando con esa ya emblemática nieve de Wyoming, teniendo nostalgia de otras vidas, sentenciando que lo hermoso es todo aquello de lo que está ausente. D’Ors en la lluvia, en el lunes, en el atasco nuestro de cada día, en el siempre asesino domingo por la tarde, alejado de esa otra lluvia con campanadas dentro, de los hórreos indelebles de su infancia, de todo lo mejor de su vida. El d’Ors que ahora –oh, misterio- dice lo contrario.
Asombra gratamente comprobar en sus versos cómo ahora descubre y reconoce la felicidad en lo cercano, en lo siempre a mano, “esta luz sabia y serena/ con la que la experiencia ilumina las cosas” y hace un sereno desprecio de la juventud, “que no sirve para nada... en las manos insensatas de un joven”. Recuerda también al Neruda de madurez que critica suavemente al Neruda joven y melancólico, en las Odas Elementales, cuando dice d’Ors de la infancia: “Confieso... que mis versos la añoran / bastante más que yo”. La primera parte del libro es umbral de este descubrimiento que se muestra en la segunda, y los versos tocan a veces con acidez en el punto flaco de la “nostalgia de otras vidas”: “dándole un nombre/ exacto a todas las cosas/ que nunca me dejo tiempo/ de vivir.” Hacia el final del libro aparece esta idea con cierta autocrítica: “que si explorar, luchar, tener miedo, subir,/ caer, vencer, defenderse de los ataques indios.../ y a fin de cuentas, padre de familia/ y funcionario, ¿qué otra cosa has/ estado haciendo tú toda tu vida?”. Apunte Demográfico es la serena sonrisa de aquel que descubre que su soledad no es tal soledad, como el Neruda de las Odas. Domingología es, en esta línea, rotundo, al afirmar que la realidad concreta, vivida, no la imaginada como infinitas posibilidades, es maravillosa. Y en El Secreto -la clave de este libro- se canta sin trompetería, con palabras modestas, el encuentro con el “legendario secreto”:
que la Felicidad está al alcance de la mano, con unos amigos y un paseo y un cesto de níscalos sobre las rodillas.
Respecto a la Poesía, también un giro ágil y resuelto: “Feliz. Oh Poesía, poder que
nos permites/ echar todas las sombras fuera del corazón”. El “cuchillo de la ansiedad
clavado en el pecho” (La Música Extremada) se ha convertido en este poder para conjurar las sombras.
Quizá alguien se sonría con escepticismo ante tal afirmación. Pero no la hace
cualquiera, sino aquel que durante muchos libros ha horadado en la realidad poética buscando su clave, el rostro escondido en lo oculto de su sangre, y que tantas veces
ha entonado la música de la melancolía. Este libro termina con poemas en los que se dirige a Dios con esa “humildad que es la forma más alta de razón”, y habla de la esperanza, y quizá ésta sea buena prueba de que el descubrimiento de la felicidad que
hace el poeta no es engaño, ni pobre consuelo, sino clarividencia, “luz sabia y serena”.
Hay quien ha afirmado que no ha habido Punto y Aparte en la obra de Miguel d’Ors,
que es el de siempre. Por supuesto. Sólo siendo uno mismo, con la propia vida a cuestas, se puede encaminar aquel que lo desee Hacia otra luz más pura, y encontrar
el legendario secreto de las cosas.
(Publicado en Númenor)
Miguel d’Ors
Renacimiento, 1999.
Un jovencísimo Chesterton –22 años- escribió el relato de un hombre que dio la vuelta al mundo, navegó, escaló, peregrinó y se extravió, para llegar a su propia casa,
de la que había partido. Era el germen de la idea chestertoniana que, durante años,
habría de repetir: podemos pasar mil veces sobre la misma idea, u objeto de la realidad
externa, y a la que hace mil una, de repente, por fin, entenderla, “verla” por primera vez.
Muchas veces, dijo, un hombre ha de dar la vuelta al mundo para llegar a sí mismo, a su casa.
Leyendo la espléndida primera novela (o poema en prosa) de José Julio Cabanillas, Benzelá, hemos encontrado la siguiente línea: “porque la alegría ha de hacer un largo viaje hasta llegar al corazón”. Esta afirmación, vacía acaso de contenido sin más explicaciones, se llena de luz con la lectura del último poemario de Miguel d’Ors, Hacia
Otra Luz Más Pura. El poeta –el hombre- que en La Música Extremada decía: “cualquier cosa antes/ que la maldita realidad.”, o “mis ojos, que no han visto el Taj Mahal ni a Borges”, “Quien fuera un Yanomani”, “vayas donde vayas/ siempre te encontrarás/ esta misma tristeza.”, y que la Poesía es una “forma de no ser feliz”, este poeta ha cambiado sustancialmente las tornas. José Luna Borge afirmaba en las páginas de esta misma revista, hace tres números, que la enseña migueld’orsiana sería más el
ciento volando que el más vale pájaro en mano. Y no se equivocaba. D’Ors fantaseando otra existencia, soñando con esa ya emblemática nieve de Wyoming, teniendo nostalgia de otras vidas, sentenciando que lo hermoso es todo aquello de lo que está ausente. D’Ors en la lluvia, en el lunes, en el atasco nuestro de cada día, en el siempre asesino domingo por la tarde, alejado de esa otra lluvia con campanadas dentro, de los hórreos indelebles de su infancia, de todo lo mejor de su vida. El d’Ors que ahora –oh, misterio- dice lo contrario.
Asombra gratamente comprobar en sus versos cómo ahora descubre y reconoce la felicidad en lo cercano, en lo siempre a mano, “esta luz sabia y serena/ con la que la experiencia ilumina las cosas” y hace un sereno desprecio de la juventud, “que no sirve para nada... en las manos insensatas de un joven”. Recuerda también al Neruda de madurez que critica suavemente al Neruda joven y melancólico, en las Odas Elementales, cuando dice d’Ors de la infancia: “Confieso... que mis versos la añoran / bastante más que yo”. La primera parte del libro es umbral de este descubrimiento que se muestra en la segunda, y los versos tocan a veces con acidez en el punto flaco de la “nostalgia de otras vidas”: “dándole un nombre/ exacto a todas las cosas/ que nunca me dejo tiempo/ de vivir.” Hacia el final del libro aparece esta idea con cierta autocrítica: “que si explorar, luchar, tener miedo, subir,/ caer, vencer, defenderse de los ataques indios.../ y a fin de cuentas, padre de familia/ y funcionario, ¿qué otra cosa has/ estado haciendo tú toda tu vida?”. Apunte Demográfico es la serena sonrisa de aquel que descubre que su soledad no es tal soledad, como el Neruda de las Odas. Domingología es, en esta línea, rotundo, al afirmar que la realidad concreta, vivida, no la imaginada como infinitas posibilidades, es maravillosa. Y en El Secreto -la clave de este libro- se canta sin trompetería, con palabras modestas, el encuentro con el “legendario secreto”:
que la Felicidad está al alcance de la mano, con unos amigos y un paseo y un cesto de níscalos sobre las rodillas.
Respecto a la Poesía, también un giro ágil y resuelto: “Feliz. Oh Poesía, poder que
nos permites/ echar todas las sombras fuera del corazón”. El “cuchillo de la ansiedad
clavado en el pecho” (La Música Extremada) se ha convertido en este poder para conjurar las sombras.
Quizá alguien se sonría con escepticismo ante tal afirmación. Pero no la hace
cualquiera, sino aquel que durante muchos libros ha horadado en la realidad poética buscando su clave, el rostro escondido en lo oculto de su sangre, y que tantas veces
ha entonado la música de la melancolía. Este libro termina con poemas en los que se dirige a Dios con esa “humildad que es la forma más alta de razón”, y habla de la esperanza, y quizá ésta sea buena prueba de que el descubrimiento de la felicidad que
hace el poeta no es engaño, ni pobre consuelo, sino clarividencia, “luz sabia y serena”.
Hay quien ha afirmado que no ha habido Punto y Aparte en la obra de Miguel d’Ors,
que es el de siempre. Por supuesto. Sólo siendo uno mismo, con la propia vida a cuestas, se puede encaminar aquel que lo desee Hacia otra luz más pura, y encontrar
el legendario secreto de las cosas.
(Publicado en Númenor)
El otro lado del tapiz
La pintura y el grabado de Laura Moreno
La obra de Laura Moreno es un recorrido creativo, un proceso, que ha sido -en parte- expuesto en dos ocasiones: en El Álamo (Alameda de Hércules, mayo de 1999), y en el Centro Cívico de la Casa de las Columnas (Triana, octubre de 1999). Las ilustraciones de este Númenor 13 son el desarrollo, con distinta técnica y materiales, del comienzo de este proceso, los árboles secos.
Observar su obra produce una clara impresión de realidad y de encontrarse frente a un arte vivo, o sea, que tiene que ver con la vida, con la íntima y personal, y no sólo la de la artista, sino que, como buena obra de arte, la de aquel que la contempla. Y es una paradoja. Los árboles de Laura Moreno, sus borrosas estepas, sus ramajes, están muertos. Del todo. Es un recorrido por la desolación. Entrar en sus cuadros de esta época –y en las ilustraciones de Númenor – es entrar en la tierra baldía, resecada por no se sabe bien qué rayo poderoso e implacable. Cortezas quebradizas, líneas yertas, desconsoladores horizontes, niebla, polvo, nada. Y aquí nos encontramos con la relación arte - vida, empezando por la vida de la artista: ella dice entender su obra como forma de expresión de su intimidad, y el hecho de hacerlo a través de la pintura, el modelado o el grabado se debe a que es lo que mejor sabe hacer. Si no, se dedicaría a escribir. Así que estamos ante una expresión de sentimientos, de un paisaje anímico, o, si queremos, del alma. Y además, nos dice, se produce una identificación personal con el árbol seco, con el tronco sin vida... ¿Qué suceso, qué experiencia de dolor, qué ensayo de la muerte, qué ausencia o qué traición han motivado su obra? No lo sabemos. Y está bien que así sea. Es el otro lado del tapiz, su oculta maraña, lo de veras importante, o al menos para los que nos interesa el creador en cuanto persona, y sin embargo se encuentra detrás, en la espesura gris, fuera de nuestro alcance. Aunque, eso sí, cerca, muy cerca. Algo de esta cercanía tendrá lo que los críticos llaman sinceridad en la obra de arte.
Pero esta relación con la propia vida no es sólo conceptual, como la muestra de un correlato figurativo y simbólico de la propia experiencia. También hay una realidad procesual en la génesis de la obra, un recorrido hasta la forma definitiva, y en este recorrido de creación hay diversos elementos: los materiales, por ejemplo, no están escogidos sin más, sino que utiliza productos naturales (temple de caseína y encáustica, madera, cera virgen), que se dejan tallar, martillear, torturar, devastar como sin de un vudú se tratase, de una especie de conjuro indescifrable. Ella habla también de desahogo. Creo insuficiente la tesis freudiana de sublimación a través del arte, por limitarse al circuito psíquico, y desconocer la trascendencia. Creo que en este desahogo, o vudú, o intento de materialización de la propia intimidad hay atisbo de trascendencia, aún cuando el resultado esté lejos de la esperanza, de la apertura al nuevo horizonte, y lo representado sea lo más parecido a un Mordor tolkieniano, un paisaje de muerte, una naturaleza espantada. La pintura de Laura Moreno no es un impulso gestual, espontáneo, sino una realidad conceptual y a la vez procesual, aunque este proceso no esté cerrado, como veremos más adelante. Este limpiar, frotar, arrastrar y volver a limpiar tiene el aspecto enloquecido del que intenta sacar oro de su triste probeta, pobre alquimia soñadora. Pero... sorprendentemente lo consigue. Como una iluminación vinieron a mí, contemplando los árboles de Laura Moreno, unos versos que leí un día:
“Estoy hablando de la muerte, pero cuánta vida evoca este momento”. El milagro de creación, el hecho de que al mostrar la muerte, o las muertes del alma, surja un manantial de hermosura, luz y significado. Uno se ve tentado a acudir a Don Antonio Machado y a su olmo seco, “hendido por el rayo y en la mitad podrido”, por esa “rama verdecida” que le hace tener en el corazón esperanza de “otro milagro de la primavera”. Pero sería tergiversar el sentido de la obra de Laura Moreno. En su recorrido todo va más despacio, como una savia lenta y sin pausa, y escondida. Y será otro el símbolo de regeneración –muy tímida aún- que aparecerá en su obra.
Ya en la exposición de El Álamo, y en trabajos no expuestos, pudimos conocer algo de esta simbología, o más bien alegoría, de la intimidad: junto al terrible mundo del árbol seco, había unas cuantas acuarelas y unos grabados con títulos muy elocuentes. “Ya sé que estás solo”, “Sabes dónde estaré”, “Recogiendo los pedazos”, “No tengas frío”, “Busca en el horizonte”, “ Triste realidad”, “Rincón del recuerdo”, son títulos de soledad, de ausencia, para obras teñidas de tristeza y de puro desamparo. La misma realidad que en los árboles, a través de otros motivos, más íntimos, más directos, de alegoría más clara. Pero el verdadero salto cualitativo vendrá con la introducción de motivos textiles. Aquí empieza a cobrar un mayor sentido la palabra proceso: “Entre cordeles”, “Todo se seca”, “Tan fácil como tender la ropa”, “Sécala al sol”, “Con agua clara limpio mi vida”, “Lavando mi pasado”, introducen el concepto de limpieza, de purificación, de transformación, y precisamente por superar ese momento estático de la contemplación del propio sufrimiento, esa melancolía doliente, se da un primer paso de aceptación y se entreabre el horizonte, tímidamente, se intuyen significados (“Aunque no quieras, todo cambia”). Es un antiguo símbolo ritual -y religioso- el de lavar la ropa, los pequeños utensilios domésticos, todo lo que haya podido ser mancillado, tocado por el mal ¿Qué mal? Volvemos al otro lado del tapiz: no es cosa nuestra, o solo como beneficiarios de la obra de arte. Pero sí podemos decir que este proceso de purificación, al menos, es fecundo. Fecundo en belleza, en creaciones, y en la propia vida, intuimos, pues ya se está saliendo del bosque muerto, de los árboles terribles hendidos por el rayo,
y delante –lejos todavía, es cierto- se abre un horizonte. Y el último paso que conocemos de este recorrido, expuesto en la Casa de las Columnas, tiene connotaciones más claras, más desnudas, cuando ya estamos avisados de la intención alegórica, y todo va ya directo al corazón, por partir de él: “Re-cose”, “El tapiz de la vida”,
“Des-cosiendo”, “Con viejos retales, pobres soluciones”, “Tejido”, “Hilo”, “Si cortas los hilos”, “Desgarro”, “Cuenta los hilos”, “Organizando trama”. Es como haber entrado en un corazón, el que se nos muestra en la paredes de la Casa de Las Columnas, verdadero y latente, dolorido, vivo. “Hilvanando en mi interior”, que tiene la variante técnica del falso grabado, muestra una forma tridimensional (son cuadros para tocar, dice ella), de tonos oscuros, recorrida por una gruesa hilazón de cobre, que al final, en la parte inferior del cuadro, termina en un cabo suelto, una puntada sin dar. Mayor intensidad no cabe, mayor expresión simbólica con tan sencillos elementos, tan cercanos al hombre. La cumbre de la exposición llega con una composición de nueve módulos numerados (I-IX), titulada “Retazos del corazón”.
Esta obra es un frondosa geografía, un recorrido íntimo. Aparecen, junto a los tonos sombríos de “Hilvanando en mi interior”, otros tonos cálidos, de caldera encendida, de corazón que vuelve a palpitar, que crece, que es grande, aún surcado de costuras de cobre, de grandes agujeros no cicatrizados, pero vivo. Aunque también en esta calidez, en este ardor, hay grito, ¿de ayuda, de dolor, de liberación? El otro lado del tapiz, de nuevo. El misterio de la creación que nace de la propia vida.
He de decir que, al contemplar estas obra, no he podido evitar sentir que estaba delante de una galería de autorretratos de la misma persona, en distintos momentos. Espejos del alma , si se quiere. Con este líneas quisiera dejar constancia de que algunos lo hemos entendido, y nos ha emocionado, y avisar al lector de que siga la ruta de esta navegante por cuenta propia, de esta costurera tenaz que, no sé si dará mucho que hablar, pero si sé que tendrá mucho que dar, de ahora en adelante.
(publicado en Númenor)
La obra de Laura Moreno es un recorrido creativo, un proceso, que ha sido -en parte- expuesto en dos ocasiones: en El Álamo (Alameda de Hércules, mayo de 1999), y en el Centro Cívico de la Casa de las Columnas (Triana, octubre de 1999). Las ilustraciones de este Númenor 13 son el desarrollo, con distinta técnica y materiales, del comienzo de este proceso, los árboles secos.
Observar su obra produce una clara impresión de realidad y de encontrarse frente a un arte vivo, o sea, que tiene que ver con la vida, con la íntima y personal, y no sólo la de la artista, sino que, como buena obra de arte, la de aquel que la contempla. Y es una paradoja. Los árboles de Laura Moreno, sus borrosas estepas, sus ramajes, están muertos. Del todo. Es un recorrido por la desolación. Entrar en sus cuadros de esta época –y en las ilustraciones de Númenor – es entrar en la tierra baldía, resecada por no se sabe bien qué rayo poderoso e implacable. Cortezas quebradizas, líneas yertas, desconsoladores horizontes, niebla, polvo, nada. Y aquí nos encontramos con la relación arte - vida, empezando por la vida de la artista: ella dice entender su obra como forma de expresión de su intimidad, y el hecho de hacerlo a través de la pintura, el modelado o el grabado se debe a que es lo que mejor sabe hacer. Si no, se dedicaría a escribir. Así que estamos ante una expresión de sentimientos, de un paisaje anímico, o, si queremos, del alma. Y además, nos dice, se produce una identificación personal con el árbol seco, con el tronco sin vida... ¿Qué suceso, qué experiencia de dolor, qué ensayo de la muerte, qué ausencia o qué traición han motivado su obra? No lo sabemos. Y está bien que así sea. Es el otro lado del tapiz, su oculta maraña, lo de veras importante, o al menos para los que nos interesa el creador en cuanto persona, y sin embargo se encuentra detrás, en la espesura gris, fuera de nuestro alcance. Aunque, eso sí, cerca, muy cerca. Algo de esta cercanía tendrá lo que los críticos llaman sinceridad en la obra de arte.
Pero esta relación con la propia vida no es sólo conceptual, como la muestra de un correlato figurativo y simbólico de la propia experiencia. También hay una realidad procesual en la génesis de la obra, un recorrido hasta la forma definitiva, y en este recorrido de creación hay diversos elementos: los materiales, por ejemplo, no están escogidos sin más, sino que utiliza productos naturales (temple de caseína y encáustica, madera, cera virgen), que se dejan tallar, martillear, torturar, devastar como sin de un vudú se tratase, de una especie de conjuro indescifrable. Ella habla también de desahogo. Creo insuficiente la tesis freudiana de sublimación a través del arte, por limitarse al circuito psíquico, y desconocer la trascendencia. Creo que en este desahogo, o vudú, o intento de materialización de la propia intimidad hay atisbo de trascendencia, aún cuando el resultado esté lejos de la esperanza, de la apertura al nuevo horizonte, y lo representado sea lo más parecido a un Mordor tolkieniano, un paisaje de muerte, una naturaleza espantada. La pintura de Laura Moreno no es un impulso gestual, espontáneo, sino una realidad conceptual y a la vez procesual, aunque este proceso no esté cerrado, como veremos más adelante. Este limpiar, frotar, arrastrar y volver a limpiar tiene el aspecto enloquecido del que intenta sacar oro de su triste probeta, pobre alquimia soñadora. Pero... sorprendentemente lo consigue. Como una iluminación vinieron a mí, contemplando los árboles de Laura Moreno, unos versos que leí un día:
“Estoy hablando de la muerte, pero cuánta vida evoca este momento”. El milagro de creación, el hecho de que al mostrar la muerte, o las muertes del alma, surja un manantial de hermosura, luz y significado. Uno se ve tentado a acudir a Don Antonio Machado y a su olmo seco, “hendido por el rayo y en la mitad podrido”, por esa “rama verdecida” que le hace tener en el corazón esperanza de “otro milagro de la primavera”. Pero sería tergiversar el sentido de la obra de Laura Moreno. En su recorrido todo va más despacio, como una savia lenta y sin pausa, y escondida. Y será otro el símbolo de regeneración –muy tímida aún- que aparecerá en su obra.
Ya en la exposición de El Álamo, y en trabajos no expuestos, pudimos conocer algo de esta simbología, o más bien alegoría, de la intimidad: junto al terrible mundo del árbol seco, había unas cuantas acuarelas y unos grabados con títulos muy elocuentes. “Ya sé que estás solo”, “Sabes dónde estaré”, “Recogiendo los pedazos”, “No tengas frío”, “Busca en el horizonte”, “ Triste realidad”, “Rincón del recuerdo”, son títulos de soledad, de ausencia, para obras teñidas de tristeza y de puro desamparo. La misma realidad que en los árboles, a través de otros motivos, más íntimos, más directos, de alegoría más clara. Pero el verdadero salto cualitativo vendrá con la introducción de motivos textiles. Aquí empieza a cobrar un mayor sentido la palabra proceso: “Entre cordeles”, “Todo se seca”, “Tan fácil como tender la ropa”, “Sécala al sol”, “Con agua clara limpio mi vida”, “Lavando mi pasado”, introducen el concepto de limpieza, de purificación, de transformación, y precisamente por superar ese momento estático de la contemplación del propio sufrimiento, esa melancolía doliente, se da un primer paso de aceptación y se entreabre el horizonte, tímidamente, se intuyen significados (“Aunque no quieras, todo cambia”). Es un antiguo símbolo ritual -y religioso- el de lavar la ropa, los pequeños utensilios domésticos, todo lo que haya podido ser mancillado, tocado por el mal ¿Qué mal? Volvemos al otro lado del tapiz: no es cosa nuestra, o solo como beneficiarios de la obra de arte. Pero sí podemos decir que este proceso de purificación, al menos, es fecundo. Fecundo en belleza, en creaciones, y en la propia vida, intuimos, pues ya se está saliendo del bosque muerto, de los árboles terribles hendidos por el rayo,
y delante –lejos todavía, es cierto- se abre un horizonte. Y el último paso que conocemos de este recorrido, expuesto en la Casa de las Columnas, tiene connotaciones más claras, más desnudas, cuando ya estamos avisados de la intención alegórica, y todo va ya directo al corazón, por partir de él: “Re-cose”, “El tapiz de la vida”,
“Des-cosiendo”, “Con viejos retales, pobres soluciones”, “Tejido”, “Hilo”, “Si cortas los hilos”, “Desgarro”, “Cuenta los hilos”, “Organizando trama”. Es como haber entrado en un corazón, el que se nos muestra en la paredes de la Casa de Las Columnas, verdadero y latente, dolorido, vivo. “Hilvanando en mi interior”, que tiene la variante técnica del falso grabado, muestra una forma tridimensional (son cuadros para tocar, dice ella), de tonos oscuros, recorrida por una gruesa hilazón de cobre, que al final, en la parte inferior del cuadro, termina en un cabo suelto, una puntada sin dar. Mayor intensidad no cabe, mayor expresión simbólica con tan sencillos elementos, tan cercanos al hombre. La cumbre de la exposición llega con una composición de nueve módulos numerados (I-IX), titulada “Retazos del corazón”.
Esta obra es un frondosa geografía, un recorrido íntimo. Aparecen, junto a los tonos sombríos de “Hilvanando en mi interior”, otros tonos cálidos, de caldera encendida, de corazón que vuelve a palpitar, que crece, que es grande, aún surcado de costuras de cobre, de grandes agujeros no cicatrizados, pero vivo. Aunque también en esta calidez, en este ardor, hay grito, ¿de ayuda, de dolor, de liberación? El otro lado del tapiz, de nuevo. El misterio de la creación que nace de la propia vida.
He de decir que, al contemplar estas obra, no he podido evitar sentir que estaba delante de una galería de autorretratos de la misma persona, en distintos momentos. Espejos del alma , si se quiere. Con este líneas quisiera dejar constancia de que algunos lo hemos entendido, y nos ha emocionado, y avisar al lector de que siga la ruta de esta navegante por cuenta propia, de esta costurera tenaz que, no sé si dará mucho que hablar, pero si sé que tendrá mucho que dar, de ahora en adelante.
(publicado en Númenor)
El pan imprescindible
Soy vuestra voz. Antología.
Selección, prólogo y traducción de Belén Ojeda.
Anna Ajmátova
Hiperión, 2005.
“¡Oh, Musa del Llanto, la mejor de las musas!¡Oh, tú, aborto perdido de una noche blanca!Envías a Rusia la negra ventiscay tus lamentos se clavan en nosotros como flechas.”“Con estos versos abre Marina Tsvietáieva un ciclo de poemas escrito en 1916, dedicado a Anna Ajmátova, una de las voces más importantes de la literatura rusa, quien con su canto doloroso ha iluminado la poesía del siglo XX.”Y así abre Belén Ojeda su semblanza biográfica de Ajmátova, que no es sino un rosario de desgracias, como casi todas las biografías de escritores rusos a quienes la revolución hizo la vida imposible. Sufrió la desaparición, la deportación, el suicidio o el asesinato de muchos de los escritores a los que ella admiraba, de amigos suyos, de su marido, y la amenaza continua de encarcelamiento sobre su único hijo. Vio cómo se prohibían sus obras, tuvo que quemar sus archivos y memorizar sus versos para que pudieran perdurar. Sigue Ojeda: “Mandelshtam intuyó desde el principio el desarrollo del desprendimiento en la obra de Ajmátova, quien no sólo se vio despojada de sus seres queridos, sino que a través de ese doloroso camino, renunció a los bienes terrenales y nos dejó testimonio de ello en un lenguaje esencial, que nos marca por su sobriedad, su dignidad y su enorme dramatismo.” Ese lenguaje esencial, despojado y terrible, es el que encontramos a lo largo de estas traducciones directas del ruso. El lector español que se acerque por primera vez a los versos de la poeta rusa, tendrá una panorámica amplia de su obra a través de esta edición, y la curiosidad editorial de los Poemas no incluidos en libros.
En un poema de 1915, incluido en Rebaño Blanco, leemos, refiriéndose a la Musa: “En la tristeza severa y joven / está su fuerza milagrosa.” Nos llama la atención este par de versos, porque resumen nuestra lectura de la antología. Casi todos los poemas -salvo tibias pinceladas de humor- están marcados con una tristeza contenida, que a fuerza de no ser patética, histriónica, nos resulta sincera, sin más. “Severa y joven”, estas palabras pulsan la nota del estilo de Ajmátova: ominosa y fresca, como la vegetación primaveral de un cementerio. Y producen su fuerza y su milagro, el canto que llega hasta nosotros, tantos años después. En una página de El Rosario, escrita en 1913, de aparente simpleza emocional, lánguida y decadente, vemos un adjetivo luminoso, para referirse a la hermosura: “Es indigente la belleza del trágico otoño”. La belleza del mundo, no su fealdad, se nos muestra como necesitada, incompleta. Hacia esta necesidad se acerca la poesía. En Séptimo libro, del ciclo Secretos del oficio, retoma la idea, y va más allá: “Tal vez muchas cosas quieran aún ser cantadas por mi voz”. La vocación, la llamada, no es de un Ser superior para que cumpla una función en las cosas, sino que las cosas han querido en el pasado, y tal vez aún lo quieran, ser cantadas con su voz. De este modo, se perfila una concepción de la actividad creadora, a la que Ajmátova dedicó parte de su obra, como colaboración entre el mundo y la autora. Las cosas mudas que piden una voz, y el poeta se la presta. Es una visión humilde, y a la vez poderosa, de la creación poética, que abarca a los seres inanimados, y a sus compañeros de infortunio, el pueblo ruso, que sufre una época oscura, en la que la paz sólo la encuentran los muertos. Llegaría a escribir el siguiente verso: “Soy vuestra voz”. Éste es el título elegido para la antología que nos ocupa. Pero esta colaboración se va haciendo una misma carne con ella, se termina identificando con ella, de tal modo que la Musa “castiga con la dureza de una fiebre” cuando no aparece.Nos ha sorprendido la “modernidad” expresiva de los muchos poemas de amor-desamor que escribió Anna Ajmátova. A ratos nos recuerdan la excelente poesía amorosa de nuestra Amalia Bautista, cuando escribe -Ajmátova-, después de encontrarse el amor: “y desde entonces ando como enferma”.
El hecho biográfico tan novelesco de que quemara sus archivos, (y sus amigos memorizaran poemas enteros para conservarlos) concuerda muy bien con la dicción sencilla, y la ausencia de versos circunstanciales, o innecesarios. Es una especie de revelación para ella: “Y de todo lo terrenal / sólo quedó tu pan imprescindible, / la palabra dulce del hombre, / la voz limpia del campo.” Incluso crea en ella una doble naturaleza, que le hace desprenderse de antemano de todo lo que encuentra, porque sabe que de todos modos le será arrebatado: “No me des nada para recordar. / Yo sé cuán efímera es la memoria.”Anna Ajmátova pesó el valor de las palabras, a fuerza de ser despojada, de tener que despedirse. Aprendió dónde se encontraba el valor de toda una vida, el pan imprescindible:“¡Oh! Hay palabras irrepetibles.Quien las dijo, perdió demasiado.Sólo el azul del cieloy la misericordia de Dios son inagotables.”
(Publicado en poesiadigital.es)
Selección, prólogo y traducción de Belén Ojeda.
Anna Ajmátova
Hiperión, 2005.
“¡Oh, Musa del Llanto, la mejor de las musas!¡Oh, tú, aborto perdido de una noche blanca!Envías a Rusia la negra ventiscay tus lamentos se clavan en nosotros como flechas.”“Con estos versos abre Marina Tsvietáieva un ciclo de poemas escrito en 1916, dedicado a Anna Ajmátova, una de las voces más importantes de la literatura rusa, quien con su canto doloroso ha iluminado la poesía del siglo XX.”Y así abre Belén Ojeda su semblanza biográfica de Ajmátova, que no es sino un rosario de desgracias, como casi todas las biografías de escritores rusos a quienes la revolución hizo la vida imposible. Sufrió la desaparición, la deportación, el suicidio o el asesinato de muchos de los escritores a los que ella admiraba, de amigos suyos, de su marido, y la amenaza continua de encarcelamiento sobre su único hijo. Vio cómo se prohibían sus obras, tuvo que quemar sus archivos y memorizar sus versos para que pudieran perdurar. Sigue Ojeda: “Mandelshtam intuyó desde el principio el desarrollo del desprendimiento en la obra de Ajmátova, quien no sólo se vio despojada de sus seres queridos, sino que a través de ese doloroso camino, renunció a los bienes terrenales y nos dejó testimonio de ello en un lenguaje esencial, que nos marca por su sobriedad, su dignidad y su enorme dramatismo.” Ese lenguaje esencial, despojado y terrible, es el que encontramos a lo largo de estas traducciones directas del ruso. El lector español que se acerque por primera vez a los versos de la poeta rusa, tendrá una panorámica amplia de su obra a través de esta edición, y la curiosidad editorial de los Poemas no incluidos en libros.
En un poema de 1915, incluido en Rebaño Blanco, leemos, refiriéndose a la Musa: “En la tristeza severa y joven / está su fuerza milagrosa.” Nos llama la atención este par de versos, porque resumen nuestra lectura de la antología. Casi todos los poemas -salvo tibias pinceladas de humor- están marcados con una tristeza contenida, que a fuerza de no ser patética, histriónica, nos resulta sincera, sin más. “Severa y joven”, estas palabras pulsan la nota del estilo de Ajmátova: ominosa y fresca, como la vegetación primaveral de un cementerio. Y producen su fuerza y su milagro, el canto que llega hasta nosotros, tantos años después. En una página de El Rosario, escrita en 1913, de aparente simpleza emocional, lánguida y decadente, vemos un adjetivo luminoso, para referirse a la hermosura: “Es indigente la belleza del trágico otoño”. La belleza del mundo, no su fealdad, se nos muestra como necesitada, incompleta. Hacia esta necesidad se acerca la poesía. En Séptimo libro, del ciclo Secretos del oficio, retoma la idea, y va más allá: “Tal vez muchas cosas quieran aún ser cantadas por mi voz”. La vocación, la llamada, no es de un Ser superior para que cumpla una función en las cosas, sino que las cosas han querido en el pasado, y tal vez aún lo quieran, ser cantadas con su voz. De este modo, se perfila una concepción de la actividad creadora, a la que Ajmátova dedicó parte de su obra, como colaboración entre el mundo y la autora. Las cosas mudas que piden una voz, y el poeta se la presta. Es una visión humilde, y a la vez poderosa, de la creación poética, que abarca a los seres inanimados, y a sus compañeros de infortunio, el pueblo ruso, que sufre una época oscura, en la que la paz sólo la encuentran los muertos. Llegaría a escribir el siguiente verso: “Soy vuestra voz”. Éste es el título elegido para la antología que nos ocupa. Pero esta colaboración se va haciendo una misma carne con ella, se termina identificando con ella, de tal modo que la Musa “castiga con la dureza de una fiebre” cuando no aparece.Nos ha sorprendido la “modernidad” expresiva de los muchos poemas de amor-desamor que escribió Anna Ajmátova. A ratos nos recuerdan la excelente poesía amorosa de nuestra Amalia Bautista, cuando escribe -Ajmátova-, después de encontrarse el amor: “y desde entonces ando como enferma”.
El hecho biográfico tan novelesco de que quemara sus archivos, (y sus amigos memorizaran poemas enteros para conservarlos) concuerda muy bien con la dicción sencilla, y la ausencia de versos circunstanciales, o innecesarios. Es una especie de revelación para ella: “Y de todo lo terrenal / sólo quedó tu pan imprescindible, / la palabra dulce del hombre, / la voz limpia del campo.” Incluso crea en ella una doble naturaleza, que le hace desprenderse de antemano de todo lo que encuentra, porque sabe que de todos modos le será arrebatado: “No me des nada para recordar. / Yo sé cuán efímera es la memoria.”Anna Ajmátova pesó el valor de las palabras, a fuerza de ser despojada, de tener que despedirse. Aprendió dónde se encontraba el valor de toda una vida, el pan imprescindible:“¡Oh! Hay palabras irrepetibles.Quien las dijo, perdió demasiado.Sólo el azul del cieloy la misericordia de Dios son inagotables.”
(Publicado en poesiadigital.es)
Saludos a todos los blogueros
Aquí tenéis el flamante nuevo blog de un servidor (es decir, mío, no de un servidor de internet). Este Enrique García-Máiquez ha conseguido picarme, y que pruebe con esta casa de blogs, después de usar un sitio de ya.com. Hasta ahora he escrito más en el blog de Enrique que en el mío. Qué locura.
¡Buenas noches, País de la Velocidad!
¡Buenas noches, País de la Velocidad!
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