Excelencia


La secular tradición ha sido buscar la excelencia, empezando por imitar modelos: grandes prohombres de la patria, artistas excelsos, maestros admirables, santos en sus altares; el peligro es no saber que esta imitatio es sólo una herramienta, incluso una humilde metáfora, y que la excelencia de la persona es diferente para cada una, si no única, y aguarda latente a ser revelada. Esa paulatina revelación es el proceso de perfeccionamiento, con el concurso de la libertad personal, y no es el mismo para nadie, por lo que no se puede aplicar una plantilla.
Ratzinger se refiere a esto en lo que él llama la oculta memoria de Dios, que habita en el fondo de cada hombre. Y no es es algo diferente, porque Cristo revela el Rostro del Padre, y también el de cada hombre a sí mismo. También el Cardenal respondió a la pregunta "¿cuántos caminos hay para llegar a Dios?", con estas simples palabras: "Tantos como personas".
La individualidad pasmosa de cada ser es un rasgo de la "excelencia" de Dios. Profundizar en esta cualidad individual es "escarbar" en busca de esa brillante excelencia. Y la última vuelta de tuerca: sólo es posible en relación con los otros, pues somos, ontológicamente -y no sólo como circunstancia- seres comunitarios. El misterio del individuo habitado, que emana, no sabemos cómo, de la bullente Trinidad.

4 comentarios:

Anónimo dijo...
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Rictus Morte dijo...

Es curioso que le hayas dado ese enfoque a la excelencia. Yo vuelvo a él en seguida, después de decir la envidia que a veces me produce la educación anglosajona donde verdaderamente se premiaba la excelencia del alumno y donde éste tenía que esforzarse, orientado por los tutores, en buscar su camino.

Y en el otro aspecto de la excelencia, la del alma -que no está en absoluto disociado con el anterior, sino que es una parte más honda- hace poco que llevo pensando en ello: hay tantos caminos para llegar a Dios como almas, tantas formas diferentes de amarle como personas hay.

Y es, como escribí en el post de Anacó, necesario salir del barro, desplegar las alas, despertar, porque cada uno es excelente, digno de ser amado tal cómo es -pero no por lo que son los otros; ser ovejas, no borregos-. Y no hablo de diferenciarse del resto por ser simplemente original, sino hacerlo para encontrarnos a nosotros mismos. Y creo que ya me estoy liando con el tema. Lo dejo, que luego me pierdo.

Un saludo

AnaCó dijo...

Sin duda la excelencia, su búsqueda y concreción, la hace cada quien, como bien dices, pero también hay que recordar esa dimensión social de la que hablas, la naturaleza común que para todos apunta hacia un mismo norte, aunque se llegue por distintos caminos. Rafael Alvira suele decir que la virtud nos universaliza, nos permite entrar en ese lugar común a todos, y nos protege de la idiotez, -idios- es decir, de la soledad individual, de la búsqueda egoísta y falsa de la propia excelencia sin los demás. Muy buena idea lo de la Venus de ¿Botero?...
Que mejore pronto ese brazo!

José Luis Sánchez Domínguez dijo...

Corroboro las distintas opiniones. Espero que te mejores Jesús del percance. Fuiste muy simpático cuando me firmaste (qué curioso) en la presentación del libro de Alejandro Martín. Te animo (y a tu señora) a que dejes tus opiniones en mi blog lasnochesdeorfeo.blogspot.com. Gracias y un abrazo, poeta.