Nota bio-bibliográfica

31 de marzo de 2009

Cuando estábamos vivos


Vuelvo a ver, durante un rato, El club de los poetas muertos. Señor, qué subidón nostálgico. Entonces, los seis o siete amigos del colegio –tercero de B.U.P., Fidel Villegas era nuestro profesor de Literatura– hicimos una tertulia, los sábados, con ese rollo ritual, encendido, literario e inocentemente gamberro. Qué recuerdos. "Descubrí el Congo, negra inmensidad, cruzo el largo río que se va hacia el mar". "Que prosigue el poderoso drama, y que tú puedes contribuir con un verso". "Oh, Capitán, mi Capitán". Incluso tenía la dinámica de la camaradería masculina a la que se suma después un grupito de muchachas, más o menos, con las consiguientes reticencias, deseo, confusión. (Es la magia de estudiar en un colegio sólo de varones, visto ahora).
Es cierto que la filosofía de fondo de la película no es muy consistente. Un entusiasmo de vivir apoyado en un impulso vital, sin rumbo o sin horizonte, revelándose ante la fría norma y la disciplina sin savia. La idea de que todos vamos a ser, inapelablemente, pasto de los gusanos, puede empujar en un momento a la actividad febril, y a cierta irresponsabilidad -¡Nuguanda!-, pero, en frío, es bastante cortante. No importa. La película es mágica, transmite el entusiasmo por la vida y la juventud, la generosidad del maestro que no sólo imparte unas lecciones, sino que se da en lo que enseña, y que cree que merece la pena intentar despertar la propia iniciativa, el gusto por los libros y la poesía, y la sana crítica en las mentes de sus alumnos. Y sobre todo el gusto por la vida, que sin cierta dosis de humorismo sería bastante sosa y estirada. Todo eso es suficiente, junto con la música -ah, la gaita en la laguna–, la nieve, la fotografía –la bicicleta siempre como un símbolo de libertad sencilla–, y el amor cortés. Porque la trama secundaria de la chica de instituto con el novio futbolista, de la que se enamora un chico de Welton, tiene toda la belleza del amor cortés, y a la vez la sana filosofía de "si no lo intentas, te arrepentirás siempre". Es una proposición que, como diría alguno, tiene un peligro. Pero merece la pena. Qué gusto daba estar tan vivos, joder. Oh, Capitan, mi capitán.

6 de marzo de 2009

Los abismos de Gesualdo


¿Por qué casi todos los comentaristas de la música de Gesualdo relacionan su sorprendente obra, sus delirantes cromatismos, directamente con su biografía? Ya decía Tolkien, en una carta a su hijo, que la moda actual es relacionar lo mejor de la obra de un autor con lo peor de su vida, olvidando que surge posiblemente de la parte de esa persona aún incorrupta. En el caso de Gesualdo, el asesinato de su mujer y del amante de ésta, la extraña muerte de sus hijos, su confinamiento expiatorio en una torre, dio pie a la leyenda que llevó a titular una biografía suya como "Asesino a cinco voces". Este estupendo post incide, desde un punto de vista histórico-filosófico, en dicha relación, entrando, con bastante acierto, en el aspecto de las tensiones armónicas que crecen con los libros de madrigales, como una asfixia que no encontrara salida, y que quiere ser más y más expresiva. Es cierto que la salida fue a través de los últimos libros de madrigales de Monteverdi, hacia la ópera. Pero ahí quedó la breve y convulsa obra vocal del Príncipe de Venosa, que cierta mañana de otoño hizo que se me congelara la sangre unos segundos, y me dejara literalmente boquiabierto, en una clase de Historia de la Música. El profesor me confesó tiempo después que siempre tiene algún alumno al que le pasa lo mismo con Gesualdo. Internet y la FNAC hicieron el resto, y el mamón de Ale Martín Navarro escribió en un par de horas –justo después de que le enviara por iméil un cortecito de tres minutos del Oficio del Sábado Santo– el poema que tenía, mil rayos, que haber escrito yo. El típico monólogo drámatico, de unos treinta versos, que expresan lo que yo intenté con menor éxito en unos noventa. Desde entonces ando disperso, necesitando emponzoñarme con el delirio cromático de su música cada dos por tres, pero no me atrevo, por si la saturación apagara el prodigio. Cabanillas me pidió cierta vez, en el estudio de Antonio del Junco, que apagara el équipo de música donde sonaba el Oficio de Tinieblas, porque se "estaba mareando". No pongo aquí el reproductor al uso con una pieza musical, porque no me gustan demasiado en los blogs, y porque debería ser una búsqueda personal, tras un descubrimiento aparentemente casual. O así lo sueño yo, que pienso en este encuentro sonoro como en un enamoramiento, como cuando leí las Radiaciones de Jünger, o más atrás, El Señor de los Anillos. Es como si la vida te dijera: pedazo de imbécil, quita esa cara de estar de vuelta de todo, de incapaz de sorprenderte con nada nuevo. Respira, y sumérgete en adoración. Hay abismos profundos que no conoces, y están ahí.

2 de marzo de 2009

La belleza de Skeletor


Sí, es bonito tener una vitrina con unas cuantas docenas de muñecos iluminados por una luz cenital. El Jabba de tres pulgadas, con su corte alrededor (aún inacabada), algunos imperiales, y detrás V, de Vendetta, y Robocop, y Mickey, de Los Goonies, y el Yoda de doce pulgadas –el más realista que se ha hecho nunca–. Y en la planta de abajo, los del Señor de los Anillos, Gandalf sobre Sombragrís, junto a una pequeña banda de negros jazzistas, y la novia cadaver...

Pero también me gustan mucho las cajas. Cajas de carton, discretas, entre los libros, con las que juego a olvidar que tengo esos otros muñecos. En concreto, un par de cajas de estas navidades, con una fabulosa colección de He-Man (muñecos jugados, very very ochenta, de un tío de los E.E.U.U., por eBay). Ahí están, arrebujados, unos sobre otros, en las cajas, con las armas tiradas y desordenadas, piernas sobre brazos, detenidas caderas giratorias (patentadas por Mattel). Igual que los tendría un niño, igual que los tenía yo de niño.

Abro una caja, y saco unas figuras. Coloco a He-Man sobre su tigre, a Skeletor sobre su pantera. Saco también a Man-at-Arms, y a Whiplash. Los dejo sobre el escritorio, mientras voy a poner un lavavajillas. Al volver, algo me detiene: ¿Whiplash junto a He-man? No, lo pongo al lado de Skeletor, que casualmente se encuentra delante del AT-ST, el transporte con que el Imperio atacó a los valerosos Ewoks. Qué curioso. He puesto a los buenos a mi derecha, y a los malos a mi izquierda. ¿Seré al final un simplista? ¿Todos los niños lo son? Como ya no soy niño, no sé la respuesta. Sé que quiero ser de los buenos, pero que los malos también me parecen bonitos. Y mucho. Sobre todo Skeletor.

24 de febrero de 2009

El café como método de trabajo

Lo tengo claro: el momento más feliz de mi día es ese rato –entre media hora y tres cuartos– después de tomar el café de la mañana. La cafeína opera en mis nervios deshaciendo contradicciones, tensiones internas (fotos, libros, guitarras...), volviendo cuanto miro entusiasmante a mis ojos. Y no hallo cosa en que poner los ojos que no sea recuerdo de la vida. Y sin bostezos.
Ante la objeción de que es un estado artificial de la mente, un dopping del ánimo, preguntaré ¿no será que sólo en ese momento tengo un atisbo de cómo miraríamos las cosas con un corazón nuevo? Lástima que el momento pase como las muestras gratuitas de champú. Si te ha gustado, tienes que comprarlo. Y lástima que esa mirada vigorosa no podamos comprarla. Sólo pedirla.

19 de febrero de 2009

Prisión de cristal

Recibo esto de la incansable poeta performancera Gracia Iglesias:

"Queridos amigos y colegas:

Como algunos ya sabéis, el próximo lunes, día 16 de febrero, me encerraré en una caja de metacrilato en la Alameda de Hércules de Sevilla para realizar la performance titulada "La habitación transparente", dentro del II Festival Internacional de Perfopoesía de Sevilla.

Durante al menos cuatro días estaré incomunicada en mi aislamiento transparente, pidiendo a los transeúntes que por allí se acerquen que depositen en mi urna, a través de una rendija, libros nuevos o usados con los que yo trataré de construir una escalera hacia mi libertad. El objetivo de esta acción es llamar la atención sobre la importancia de los libros como liberadores de la mente ("los libros te harán libre") y también, en este caso, como verdaderos instrumentos que conducen a la libertad física.

Los libros recogidos durante la acción serán enviados a los campos de refugiados del Sahara Occidental con la ayuda de una asociación sin ánimo de lucro vinculada al Frente Polisario.

Cuando logre (si lo consigo) salir de mi caja de libros –algo que está previsto que suceda el jueves próximo– seré la presentadora de los recitales y otras actividades que se realicen en la segunda parte del Festival de Perfopoesía, hasta su conclusión el día 22 de febrero.

Esta es la razón por la que os escribo hoy, para informaros de que durante una semana no daré señales de vida. Y también, por qué ocultarlo, para invitaros a que, si en esos días estáis cerca de Sevilla, o si vivís allí, paséis a depositar algún libro en mi prisión de cristal, ayudándome de este modo a construir el camino hacia mi libertad.

Bajo este mensaje encontraréis unos enlaces con algunas de las cosas que se han publicado sobre el asunto.

Un abrazo,

Gracia Iglesias".

En una entrevista para un periódico en que nos preguntaron a unos cuantos poetas sevillanos, hablé muy mal del invento ese de la "perfopoesía", y sus reivindicaciones. Censuraron el comentario, con afán, supongo, de velar por la concordia entre los poetas locales. Más tarde me di cuenta de mi equivocación: estas actividades no tienen nada que ver con la poesía, sino que se sirven de su nombre, aún prestigioso para las subvenciones, y escandaloso para el lector de suplementos literarios (y por lo tanto, comercial), y con ello consiguen atención. Y lo que hacen tiene más que ver con el teatro de vanguardia, las perfomances (un tanto rancias ya, pero ahí siguen), y la expresión corporal, etc. Expresiones artísticas que merecen respeto, o al menos indiferencia. Pero es que, al escuchar todas esas tonterías al respecto de la poesía, de que es algo anticuado y apolillado, y de que hay que recuperar al público, y hacer una especie de revolución, o conmoción, o qué sé yo, apareció mi vena más conservadora y turrieburnista. ¿Habría que aplicar aquello de "todo el que no está contra mí [sobra la mayúscula aquí], conmigo está"?.

También os preguntaría: ¿qué libros podríamos depositar en la prisión de cristal de Gracia, para que "recupere su libertad"?

15 de febrero de 2009

Camarones

"Era Semana Santa,
al bajar la marea.
Iban todos a misa
de la mañana, y mientras,
nosotros -ganapán
en ristre- por la arena,
entre algas y rocas
y olor a sal seca.
Ya sólo era cuestión
de pericia y paciencia,
mojarse hasta los muslos,
vadear bien las piedras.
Era un escalofrío
recorriendo las piernas,
igual al que aún sientes
al hacer un poema".

Este es el poema del comentarista del otro día, de nombre Santiago. Todo un poemón, y en concreto, un metapoemón.

Y cuando el Jesu me mande las fotos del Café del Cine, pondré alguna. ¡Los Walkman!