Cuando estábamos vivos


Vuelvo a ver, durante un rato, El club de los poetas muertos. Señor, qué subidón nostálgico. Entonces, los seis o siete amigos del colegio –tercero de B.U.P., Fidel Villegas era nuestro profesor de Literatura– hicimos una tertulia, los sábados, con ese rollo ritual, encendido, literario e inocentemente gamberro. Qué recuerdos. "Descubrí el Congo, negra inmensidad, cruzo el largo río que se va hacia el mar". "Que prosigue el poderoso drama, y que tú puedes contribuir con un verso". "Oh, Capitán, mi Capitán". Incluso tenía la dinámica de la camaradería masculina a la que se suma después un grupito de muchachas, más o menos, con las consiguientes reticencias, deseo, confusión. (Es la magia de estudiar en un colegio sólo de varones, visto ahora).
Es cierto que la filosofía de fondo de la película no es muy consistente. Un entusiasmo de vivir apoyado en un impulso vital, sin rumbo o sin horizonte, revelándose ante la fría norma y la disciplina sin savia. La idea de que todos vamos a ser, inapelablemente, pasto de los gusanos, puede empujar en un momento a la actividad febril, y a cierta irresponsabilidad -¡Nuguanda!-, pero, en frío, es bastante cortante. No importa. La película es mágica, transmite el entusiasmo por la vida y la juventud, la generosidad del maestro que no sólo imparte unas lecciones, sino que se da en lo que enseña, y que cree que merece la pena intentar despertar la propia iniciativa, el gusto por los libros y la poesía, y la sana crítica en las mentes de sus alumnos. Y sobre todo el gusto por la vida, que sin cierta dosis de humorismo sería bastante sosa y estirada. Todo eso es suficiente, junto con la música -ah, la gaita en la laguna–, la nieve, la fotografía –la bicicleta siempre como un símbolo de libertad sencilla–, y el amor cortés. Porque la trama secundaria de la chica de instituto con el novio futbolista, de la que se enamora un chico de Welton, tiene toda la belleza del amor cortés, y a la vez la sana filosofía de "si no lo intentas, te arrepentirás siempre". Es una proposición que, como diría alguno, tiene un peligro. Pero merece la pena. Qué gusto daba estar tan vivos, joder. Oh, Capitan, mi capitán.

4 comentarios:

E. G-Máiquez dijo...

Bien visto lo de la bicicleta; y el resto, claro.

Suso Ares Fondevila dijo...

Me daría miedo volver a ver esta película. En su momento me entusiasmó, pero no sé si habrá resistido bien el paso de los años.

Alejandro Martín Navarro dijo...

Y los que estudiábamos en colegios mixtos, nos buscábamos la manera de organizar un grupo exclusivamente masculino, irnos a una nave (esta sí industrial) abandonada y leer cuentos y poemas, con hoguera y tabaco incluídos. No me da nostalgia (no puedo evitar, con la perspectiva de los años, ver lo ridículo de la escena), pero entonces era genial. Y luego el rollo contestatario: "Señor Nolan, es para usted, es Dios, dice que debería haber chicas en Walton..."

Jesús Cotta Lobato dijo...

Con esta peli tengo sentimientos encontrados. Por un lado, me emocioné cuando la estrenaron. Por otro, ahora que soy profe, no me gusta la imagen tópica del padre autoritario e inflexible y de los profes malos (salvo Mi capitán). Pero, en fin, las pelis buenas son buenas a pesar de todo.