Nota bio-bibliográfica

12 de mayo de 2009

On the road

¡Qué bien nos lo pasamos los poetas! No todo va a ser rocanrol. Hemos vuelto, el amigo Cerero y yo, de dar un recital en Roquetas de Mar, invitados por el poeta y profesor Diego Reche. Aquí están los frutos de la nueva Sony Cyber-shot (deberían darme comisión). Las fotitos, mañana (donde "mañana" significa un día indefinido del futuro).


De camino:



Un mijita de recital:



De vuelta:

2 de mayo de 2009

El castillo de Belem y otras excusas para postear


Amigos, el amor me perjudica. O la vida, ese heterónimo. No paso por el blogg ni para regar las plantas, y sin embargo no dejo de visitar a los vecinos, que me nutren con sus miguitas de pan (que llevarán, digo yo, a algún sitio algún día...) Miro una de las muchas fotos que hice en Lisboa la última vez, el castillo de Belem como un juguete a tamaño natural, piedras mojadas, verdinegras, sobre las que el sol de la mañana se convertía en plata incandescente. Esas piedras como de Exin-Castillo, sus cañones de atrezzo, y el aire del Tajo que se despide anchuroso hacia la mar océana. Y nosotros como hormiguitas turistas, con nuestra cámara de fotos en el monumento a los conquistadores, en los Jerónimos, en un mercadillo con cachivaches sorpredentes (un Tintín de madera, del año de la polka, o cámaras de fotos de la época de Daguerre, o coches de carreras tamaño palma de la mano, o muñecas calvas de tétrica sonrisa).
Las cruces de piedra que esmaltan los muros,y la lejana cercanía de la lengua portuguesa, como de primo del pueblo al que vemos en una boda. La mañana sin nada más que hacer que deambular. El amor con ocio, que es más dulce, enseñoreándose del día, que languidece en tarde, en oros viejos que se van a la mar, que es el dormir.

10 de abril de 2009

Soneto de Viernes Santo

SONETO DEMASIADO CLÁSICO,
AL ESTAR CERCA LA SEMANA SANTA.
ESCRIBE DE VERAS.


Se acaba la Cuaresma, y no me entero.
Llegará como siempre el Viernes Santo
a derramar tu Gracia y, entre tanto,
perdido estoy por bosques que no quiero.

Pondrás, mi Redentor, tu cuerpo entero,
cual trapo sucio que se empapa en llanto
y yo pondré poemas como un manto
y encima creeré que soy sincero.

Los latigazos del romano altivo
sonarán muy lejanos, y yo, mientras,
haciendo versos y pensando en ventas.

Me esconderé de Ti mientras escribo,
mientras me buscas Tú, mientras me encuentras
en tu callada Cruz, en tu Amor vivo.


(Juan Luis de Soria)

31 de marzo de 2009

Cuando estábamos vivos


Vuelvo a ver, durante un rato, El club de los poetas muertos. Señor, qué subidón nostálgico. Entonces, los seis o siete amigos del colegio –tercero de B.U.P., Fidel Villegas era nuestro profesor de Literatura– hicimos una tertulia, los sábados, con ese rollo ritual, encendido, literario e inocentemente gamberro. Qué recuerdos. "Descubrí el Congo, negra inmensidad, cruzo el largo río que se va hacia el mar". "Que prosigue el poderoso drama, y que tú puedes contribuir con un verso". "Oh, Capitán, mi Capitán". Incluso tenía la dinámica de la camaradería masculina a la que se suma después un grupito de muchachas, más o menos, con las consiguientes reticencias, deseo, confusión. (Es la magia de estudiar en un colegio sólo de varones, visto ahora).
Es cierto que la filosofía de fondo de la película no es muy consistente. Un entusiasmo de vivir apoyado en un impulso vital, sin rumbo o sin horizonte, revelándose ante la fría norma y la disciplina sin savia. La idea de que todos vamos a ser, inapelablemente, pasto de los gusanos, puede empujar en un momento a la actividad febril, y a cierta irresponsabilidad -¡Nuguanda!-, pero, en frío, es bastante cortante. No importa. La película es mágica, transmite el entusiasmo por la vida y la juventud, la generosidad del maestro que no sólo imparte unas lecciones, sino que se da en lo que enseña, y que cree que merece la pena intentar despertar la propia iniciativa, el gusto por los libros y la poesía, y la sana crítica en las mentes de sus alumnos. Y sobre todo el gusto por la vida, que sin cierta dosis de humorismo sería bastante sosa y estirada. Todo eso es suficiente, junto con la música -ah, la gaita en la laguna–, la nieve, la fotografía –la bicicleta siempre como un símbolo de libertad sencilla–, y el amor cortés. Porque la trama secundaria de la chica de instituto con el novio futbolista, de la que se enamora un chico de Welton, tiene toda la belleza del amor cortés, y a la vez la sana filosofía de "si no lo intentas, te arrepentirás siempre". Es una proposición que, como diría alguno, tiene un peligro. Pero merece la pena. Qué gusto daba estar tan vivos, joder. Oh, Capitan, mi capitán.

6 de marzo de 2009

Los abismos de Gesualdo


¿Por qué casi todos los comentaristas de la música de Gesualdo relacionan su sorprendente obra, sus delirantes cromatismos, directamente con su biografía? Ya decía Tolkien, en una carta a su hijo, que la moda actual es relacionar lo mejor de la obra de un autor con lo peor de su vida, olvidando que surge posiblemente de la parte de esa persona aún incorrupta. En el caso de Gesualdo, el asesinato de su mujer y del amante de ésta, la extraña muerte de sus hijos, su confinamiento expiatorio en una torre, dio pie a la leyenda que llevó a titular una biografía suya como "Asesino a cinco voces". Este estupendo post incide, desde un punto de vista histórico-filosófico, en dicha relación, entrando, con bastante acierto, en el aspecto de las tensiones armónicas que crecen con los libros de madrigales, como una asfixia que no encontrara salida, y que quiere ser más y más expresiva. Es cierto que la salida fue a través de los últimos libros de madrigales de Monteverdi, hacia la ópera. Pero ahí quedó la breve y convulsa obra vocal del Príncipe de Venosa, que cierta mañana de otoño hizo que se me congelara la sangre unos segundos, y me dejara literalmente boquiabierto, en una clase de Historia de la Música. El profesor me confesó tiempo después que siempre tiene algún alumno al que le pasa lo mismo con Gesualdo. Internet y la FNAC hicieron el resto, y el mamón de Ale Martín Navarro escribió en un par de horas –justo después de que le enviara por iméil un cortecito de tres minutos del Oficio del Sábado Santo– el poema que tenía, mil rayos, que haber escrito yo. El típico monólogo drámatico, de unos treinta versos, que expresan lo que yo intenté con menor éxito en unos noventa. Desde entonces ando disperso, necesitando emponzoñarme con el delirio cromático de su música cada dos por tres, pero no me atrevo, por si la saturación apagara el prodigio. Cabanillas me pidió cierta vez, en el estudio de Antonio del Junco, que apagara el équipo de música donde sonaba el Oficio de Tinieblas, porque se "estaba mareando". No pongo aquí el reproductor al uso con una pieza musical, porque no me gustan demasiado en los blogs, y porque debería ser una búsqueda personal, tras un descubrimiento aparentemente casual. O así lo sueño yo, que pienso en este encuentro sonoro como en un enamoramiento, como cuando leí las Radiaciones de Jünger, o más atrás, El Señor de los Anillos. Es como si la vida te dijera: pedazo de imbécil, quita esa cara de estar de vuelta de todo, de incapaz de sorprenderte con nada nuevo. Respira, y sumérgete en adoración. Hay abismos profundos que no conoces, y están ahí.

2 de marzo de 2009

La belleza de Skeletor


Sí, es bonito tener una vitrina con unas cuantas docenas de muñecos iluminados por una luz cenital. El Jabba de tres pulgadas, con su corte alrededor (aún inacabada), algunos imperiales, y detrás V, de Vendetta, y Robocop, y Mickey, de Los Goonies, y el Yoda de doce pulgadas –el más realista que se ha hecho nunca–. Y en la planta de abajo, los del Señor de los Anillos, Gandalf sobre Sombragrís, junto a una pequeña banda de negros jazzistas, y la novia cadaver...

Pero también me gustan mucho las cajas. Cajas de carton, discretas, entre los libros, con las que juego a olvidar que tengo esos otros muñecos. En concreto, un par de cajas de estas navidades, con una fabulosa colección de He-Man (muñecos jugados, very very ochenta, de un tío de los E.E.U.U., por eBay). Ahí están, arrebujados, unos sobre otros, en las cajas, con las armas tiradas y desordenadas, piernas sobre brazos, detenidas caderas giratorias (patentadas por Mattel). Igual que los tendría un niño, igual que los tenía yo de niño.

Abro una caja, y saco unas figuras. Coloco a He-Man sobre su tigre, a Skeletor sobre su pantera. Saco también a Man-at-Arms, y a Whiplash. Los dejo sobre el escritorio, mientras voy a poner un lavavajillas. Al volver, algo me detiene: ¿Whiplash junto a He-man? No, lo pongo al lado de Skeletor, que casualmente se encuentra delante del AT-ST, el transporte con que el Imperio atacó a los valerosos Ewoks. Qué curioso. He puesto a los buenos a mi derecha, y a los malos a mi izquierda. ¿Seré al final un simplista? ¿Todos los niños lo son? Como ya no soy niño, no sé la respuesta. Sé que quiero ser de los buenos, pero que los malos también me parecen bonitos. Y mucho. Sobre todo Skeletor.