El castillo de Belem y otras excusas para postear


Amigos, el amor me perjudica. O la vida, ese heterónimo. No paso por el blogg ni para regar las plantas, y sin embargo no dejo de visitar a los vecinos, que me nutren con sus miguitas de pan (que llevarán, digo yo, a algún sitio algún día...) Miro una de las muchas fotos que hice en Lisboa la última vez, el castillo de Belem como un juguete a tamaño natural, piedras mojadas, verdinegras, sobre las que el sol de la mañana se convertía en plata incandescente. Esas piedras como de Exin-Castillo, sus cañones de atrezzo, y el aire del Tajo que se despide anchuroso hacia la mar océana. Y nosotros como hormiguitas turistas, con nuestra cámara de fotos en el monumento a los conquistadores, en los Jerónimos, en un mercadillo con cachivaches sorpredentes (un Tintín de madera, del año de la polka, o cámaras de fotos de la época de Daguerre, o coches de carreras tamaño palma de la mano, o muñecas calvas de tétrica sonrisa).
Las cruces de piedra que esmaltan los muros,y la lejana cercanía de la lengua portuguesa, como de primo del pueblo al que vemos en una boda. La mañana sin nada más que hacer que deambular. El amor con ocio, que es más dulce, enseñoreándose del día, que languidece en tarde, en oros viejos que se van a la mar, que es el dormir.

5 comentarios:

E. G-Máiquez dijo...

Oh, oh, y qué bien quedan tus juguetes y muñecos en este proema.

Anónimo dijo...

Conozco esa ciudad decadente, pero orgullosa. Mira con soberbia el
Atlántico, sabiendo que fue ella la primera en intentar domarlo. Preciosa LIsboa, hermosa entre todas las capitales. Nunca fue una villa, ni un pueblo engrandecido, sino una capital marinera y dominadora. Me parece que ya era hora que hiciéramos una reverencia a nuestros vecinos. Gracias por evocarla aquí...

Adaldrida dijo...

Pero qué bueno, Beades, vuelve el Berades proemático. Ay, esos adjetivos que duelen...

Breo Tosar dijo...

Esto me recuerda a "Una historia hablada", una genial película portuguesa que acaba mal.

Anónimo dijo...

Os recomiendo "La ciudad blanca"(1985) del suizo Alain Tanner.