Hay cositas

Caminando por las cercanías del hospital Macarena, borrachera de azahar, todo recién llovido, humedísimo, como si ese olor llamara a algo más allá de la prisa y la gestión inmediata. "Párate, huele, escucha. Todo lo demás importa menos". Pero me tenía que ir, a paso vivo, porque llegaba tarde, como el conejo desagradable de Alicia en el País de las Maravillas. Ya van a estar las jacarandas, florecidísimas, y yo con estos pelos. Pueden pasar sin pena ni gloria por la retina, y nosotros a lo nuestro, a la hipoteca y el coche en el taller, a los papeles del banco y al horario de las extraescolares de los niños. Pero las jacarandas no se repetirán, no las de este año. La vida pasa. Mi padre murió, y no se termina de morir nunca (y me asegurán que así será siempre). La muerte nos deja perplejos, como la bofetada a un niño al que nunca se la han dado, que mira con cara de asombro, más que de dolor. Hacerse mayor no tiene casi nada bueno. Digo casi porque, para poder disfrutar de los 8 años de Ángel, los 6 de Fer, los 3 de Nico, tenía que llegar yo a estos achaques de rodillas, de espalda, de resacas con cubata y medio. Sabina acaba de sacar un disco dedicado a la vejez, y dice "y la vida a mi alrededor ya no es tan mía". Pues eso. Pero hay cositas. El otro día, tocando con el saxofonista cubano Rolando Ochoa, entramos en conversación sobre Cuba -cómo no- y hablando, hablando, él había tocado con un músico que era hijo de Cintio Vitier. Y mi querido José Pérez Olivares era maestro de Arte en la escuela en que estudió él. Y conocía a parientes de Eliseo Diego. Y vaya cómo toca Rolando. Hicimos, con mi Luis Abad, en trío, un bolo casi todo improvisado, y qué maravilla Cuba, cómo tocan esos señores, qué poderío y desenvoltura todoterreno. Hay cositas. Por ejemplo, Andy Irvine. Gracias a Youtube -que Dios los bendiga- descubro a este cantante, compositor, e intérprete de bouzouki irlandés -uno de mis recientes instrumentos con The Flying Inn-, que es una bendición para la grisura de los días planos. Nuestro disco, "The Songs of The Old Ship", de The Flying Inn, está a punto de salir, y va a ser cosa fina. Fátima Caballero se ha marcado unos violines hermosos y necesarios, que os van a dejar alucinados. Ya veréis. Y otro día hablaremos de París.

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