André Frosar dijo algunas ideas muy interesantes acerca del abismo entre los sexos, tomando el texto mítico del Génesis. El hombre, creado de la materia indiferente, de la fuerza ciega de la naturaleza, del pobre barro. El hombre, con sus pulsiones, con su tendencia egoísta y simple hacia las cosas, contiene la memoria de cuando estaba solo en el Edén. La mujer, al contrario, fue creada de la costilla del hombre (en arameo, significa lo mismo que "costado", "orilla", es decir, el punto justo donde termina el varón y empieza el mundo). Fue "creada para"; tiene, por tanto, siempre presente que su realización es "ser para otro", y no se aguanta ni a sí misma cuando no es así. Esto la hace superior, en cierto modo; visionaria, intuitiva, y extremadamente sensible (y esto es su talón de aquiles). Siempre está lo personal por encima de cualquier otro aspecto de la realidad, para ella. Este aspecto le encantaba a Chesterton, que veía en el varón un boceto inacabado de lo que después fue la mujer. Es en realidad, una idea poética, y lo justo es ver el equilibrio, la complementariedad, la contradicción entre los sexos -y la continua necesidad de llegar a un acuerdo, que los saca de sí mismos-.
La teología sobre la mujer tiene grandes nombres como Edith Stein, o Juan Pablo II, pero con el gran incoveniente de estar escrita en su mayoría por personas célibes. El efecto que hace el trato conyugal sobre el pensamiento acerca de estas cosas, es muy necesario. Atempera la secular tendencia humana a idealizar las cosas, o plantearlas en términos de todo o nada, de malos y buenos. Pues el abismo sigue abierto.