Van llegando a la fiesta...

Sí señor. Allá en la E.G.B., entre jardines –mientras los compañeros jugaban al futbol sobre el ardiente albero–, paseábamos Antonio Javier y yo. Él me hablaba de Nietzsche, yo le hablaba de Jim Morrison. No entendíamos gran cosa ninguno, pero nos unió la amistad de la música y los libros, de la pintura y las conversaciones. Más tarde empezamos a hablar de Dios, etc, discutiendo sobre si la creencia religiosa no era un modo de eludir el miedo a la muerte. Yo le concedía que sí, que podía serlo, pero que el testimonio de personas entregadas y gozosas era contrario a esa idea. Para miedo a la muerte, una religión sacrificial de conceder unas horas o unas ofrendas, y luego a vivir. Pero la entrega completa de la persona, el sumergirse de lleno en el objeto de su esperanza, era testimonio de realidad. Discrepaba él, daba un brochazo a un lienzo, tocaba la guitarra yo, terminó la E.G.B, nos dispersamos...
Pero prosigue la interminable conversación.

3 comentarios:

Suso Ares Fondevila dijo...

Sobre lo que me preguntas en tu comentario en mi blog sobre Olegario, te respondo en él a la cuestión. En realidad no respondo, sino que pido forma de responderte de manera privada.
Un abrazo, Jesús.

Rocío Arana dijo...

yo creo que hice aquí un comentario, pero no sé dónde está.

Antonio dijo...

¡Qué sorpresa, Jesús, verme citado en tu blog! No dudes que lo tengo por un timbre de gloria. No sé si tu entrada será previa o posterior a nuestro reciente encuentro. Ando algo desconectado de la red. Yo también recuerdo aquel tiempo con añoranza, esa época de adolescente ebrio de nietzscheanismo mal digerido, de ateísmo dogmático y beligerante. En fin, quizá la impiedad sea preferible a la simple indiferencia. Es posible que en ciertos ateísmos haya mucha hambre de Absoluto desorientada y confusa. Me gustaría haber tenido entonces un acceso a la palabra viva y eficaz de la Biblia, haber podido gustar el arrebato y la suavidad del Dios de los profetas, haber entrevisto al menos la belleza inefable de Cristo. La Escritura rompe todas las imágenes idolátricas de Dios, que a menudo constituyen el muro contra el que se choca una y otra vez el ateo. Bueno, que me enrollo. Hasta otra.