Junio se va deslizando sin calores de espanto, y en casa aún no hemos cargado el gas del aire acondicionado. Está nublado, y pasamos del biruji al calor, leve chispeo, sofocos repentinos. Varias veces, en lo que va de mes, he recordado los versos de Pablo García Baena (enlace en el título), que terminan apuntando un detalle: la felicidad no es placidez, lago en calma, siesta sonriente; al menos, no siempre: "y mis párpados se tiñen con el violento jacinto de la dicha". Felicidad no como ataraxia, sino como acción, movimiento, dinamismo; separación de la idea de éxtasis de cierta impresión estática (el cielo con nubes blanditas, angelitos y liras). Si Dios es poderío, danza y fiesta (la Trinidad es un baile), la Gloria no es una calma chicha. O también lo es. El perfecto hombre de acción es el que tiene dentro un fuego sereno, una valle remansado, un santuario secreto, y por fuera es un acróbata, un guerrero. Sin embargo, la ansiedad ya la definió Mesanza en aquel verso inmejorable: "duerme siempre en un carro de combate". No soy un perfecto hombre de acción, por tanto. Contemplo, con cierta nostalgia, esta foto que me envía una donante argentina, mientras suena de fondo una melodía: Bajo tu sombra, Junio, salvaje parra...
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15 de junio de 2007
Bajo tu sombra, Junio
Junio se va deslizando sin calores de espanto, y en casa aún no hemos cargado el gas del aire acondicionado. Está nublado, y pasamos del biruji al calor, leve chispeo, sofocos repentinos. Varias veces, en lo que va de mes, he recordado los versos de Pablo García Baena (enlace en el título), que terminan apuntando un detalle: la felicidad no es placidez, lago en calma, siesta sonriente; al menos, no siempre: "y mis párpados se tiñen con el violento jacinto de la dicha". Felicidad no como ataraxia, sino como acción, movimiento, dinamismo; separación de la idea de éxtasis de cierta impresión estática (el cielo con nubes blanditas, angelitos y liras). Si Dios es poderío, danza y fiesta (la Trinidad es un baile), la Gloria no es una calma chicha. O también lo es. El perfecto hombre de acción es el que tiene dentro un fuego sereno, una valle remansado, un santuario secreto, y por fuera es un acróbata, un guerrero. Sin embargo, la ansiedad ya la definió Mesanza en aquel verso inmejorable: "duerme siempre en un carro de combate". No soy un perfecto hombre de acción, por tanto. Contemplo, con cierta nostalgia, esta foto que me envía una donante argentina, mientras suena de fondo una melodía: Bajo tu sombra, Junio, salvaje parra...
19 de marzo de 2007
Cazado "al vuelo", en un chat
-"...porque, ¿para qué compartir la soledad?
- Para repartir la tarta, y caber a menos.
- Para repartir la tarta, y caber a menos.
2 de marzo de 2007
Excelencia

La secular tradición ha sido buscar la excelencia, empezando por imitar modelos: grandes prohombres de la patria, artistas excelsos, maestros admirables, santos en sus altares; el peligro es no saber que esta imitatio es sólo una herramienta, incluso una humilde metáfora, y que la excelencia de la persona es diferente para cada una, si no única, y aguarda latente a ser revelada. Esa paulatina revelación es el proceso de perfeccionamiento, con el concurso de la libertad personal, y no es el mismo para nadie, por lo que no se puede aplicar una plantilla.
Ratzinger se refiere a esto en lo que él llama la oculta memoria de Dios, que habita en el fondo de cada hombre. Y no es es algo diferente, porque Cristo revela el Rostro del Padre, y también el de cada hombre a sí mismo. También el Cardenal respondió a la pregunta "¿cuántos caminos hay para llegar a Dios?", con estas simples palabras: "Tantos como personas".
La individualidad pasmosa de cada ser es un rasgo de la "excelencia" de Dios. Profundizar en esta cualidad individual es "escarbar" en busca de esa brillante excelencia. Y la última vuelta de tuerca: sólo es posible en relación con los otros, pues somos, ontológicamente -y no sólo como circunstancia- seres comunitarios. El misterio del individuo habitado, que emana, no sabemos cómo, de la bullente Trinidad.
6 de febrero de 2007
Ser un hombre de exito
"El éxito lo confirman los demás. Quizá sólo consista en los demás", dice Gabriel Miró en El Obispo Leproso. Pensé al leerlo que una definición de la felicidad, de la cualidad de los santos, es que el éxito se viva de un modo ajeno a los demás, es decir, por sí mismo. Otra forma de decirlo (de decir "por sí mismo"), es que "los demás" se refiera a Dios (y el plural sería exacto). Entre tanto, mientras somos pecadores -toda la vida- los demás representan a Dios. La vanidad es la más venial de los aspectos del orgullo; es -como apuntábamos al hilo de Gómez Dávila- una pregunta, no una afirmación. Quien necesita la aprobación de los demás, sino es una necesidad única y obsesiva, está vacunado contra la verdadera soberbia, en que el éxito sólo se lo puede confirmar uno mismo.
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