Nota bio-bibliográfica

24 de abril de 2006

Sabiduría e inocencia

El grandísimo G.K.Chesterton, o tío Chesnut para sus sobrinos (que somos muchos), está saliendo decididamente de su purgatorio editorial. Cada vez hay más ediciones de sus libros. Recientemente he adquirido El hombre vivo (Manalive, en el original), en Valdemar, editorial que está sacando poco a poco joyitas de G.K.C. Cuál fue mi alegría cuando me encontré El regreso de Don Quijote en Cátedra Letras Universales. ¿Para cuándo las Obras Completas? Reivindico una manifestación pública, todos los manifestantes con jarras de cerveza reivindicativas, cigarros puros, y sonrisa manifiesta, cantando aquello sobre Noé en el arca:

"¡Por fuera corra el agua,
por dentro corra el vino!"

(De La hostería volante, o La taberna errante, según la edición.)

Mientras tanto, deleitémonos con los sabrosos artículos que se recojen en el reciente libro de El Acantilado, Correr tras el propio sombrero, y otros ensayos. Todavía me duele la mandíbula de mi reacción al comenzar uno de ellos: "La raza humana, a la que muchos de mis lectores pertenecen..."

¡Esta-mos-hartos-de-no-tener-lo-todo!, podría ser el lema de la manifestación, en un claro deseo de universalidad. O, para aprovechar el viaje a la Puerta del Sol-y los pulmones-: ¡No a la Eta-Sí Obras Completas!

Con la de árboles que se talan para el Cólico da Vinci (Enrique Dixit), o la biografía de Alfonso Guerra...

22 de abril de 2006

teología bloguera



No se pierdan la conversación histórico-teológica que va aumentando en Rayos y Truenos, en las entradas tituladas "San Anselmo", y "La Pascua" (sobre todo en esta). Abran juego, señores.

Y brindemos, ¡por San Viernes!

16 de abril de 2006

Y nombraré las cosas

"Y nombraré las cosas, tan despacio
que cuando pierda el Paraíso de mi calle
y mis olvidos me la vuelvan sueño,
pueda llamarlas de pronto con el alba."

Estos versos de Eliseo Diego, que merecerían comenzar con entusiasmo un nuevo blog sobre poesía hispanoamericana, me han llenado de entusiasmo por escribir. Inconcreto entusiasmo, pues no me ha llevado a ningún verso propio. Quizá porque es tardísimo y estoy muerto de sueño. Y mi musa, más que caprichosa, es perezosa. A veces, la cualidad de lo poético nos visita, sin venir acompañado del poema. Pero algo es algo (expresión que podríamos adoptar ya como lema heráldico), y el poeta necesita esa vasta respiración, esa intensidad -expresión que gusta a José Mateos. Por cierto que lo de "vasta respiración" lo dice Borges (siempre Borges) al hablar de los psalmos de Walt Whitman, con añoranza para sus propios versos.

Todo esto para recomendaros el excelente texto sobre Eliseo que Pablo Moreno publica en poesiadigital.es . No os lo perdáis. Ni la reseña de Enrique sobre Almuzara. Y, claro está, la de un servidor sobre Dionisia García. Buena la está montando Javier García Clavel con su revista. Aquí la publicidad es gratuita.

Animáos, mis amigos, gloria del apolíneo sacro coro, y fundemos un blog común, para lanzarnos a la cabeza citas y apologías y libelos. Que la vida es demasiado corta para emplearla en cosas útiles. (Toma ya).

¡Y Juan Luis de Soria que no se esconda más, que me tiene frito!

15 de abril de 2006

SALUDO A TODOS LOS CENTINELAS

¿Qué hubiera hecho Zenobia con un servidor de correo electrónico, con una página web? Probablemente, las obras completas autorizadas -y actualizadas- de Juan Ramón. Obras completas que por supuesto, no incluiría Ninfeas. Algo así como Juanra.com. O todojrj.esEl peligro de la inmediatez cibernética es que elimina el reposo, el precipitado lento y previo a la publicación, que tan bien hace a los libros. ¡Cuántos poetas habrán agradecido el hecho de no haber podido publicar sus primeros poemas (cosa que tanto deseaban entonces)! ¡Y cuántos se han tirado de los pelos después, si los publicaron! Hoy día, lo peor que le puede pasar a un protopoeta de dieciséis o veinte años, es que le publiquen y le den bombo. Podría creerse que es bueno, y además luego se tirará de los pelos. Algunos premios muy politizados provocan esos dramas ocultos. Son modas.No todo el mundo es Claudio Rodríguez.

Esta ley tiene su compensación por el hecho de que, por ahora, lo publicado en internet no tiene mucho peso editorial. Hasta ahora, sólo lo publicado en papel perdura con prestigio. Siempre podrás negar haber escrito algo y decir que "fue un jacker" enemigo político nuestro, o un poeta envidioso y rival que firmó con nuestro nombre. O "la rebelión del procesador de textos", que puso digo, cuando dije Diego.Pero lo bueno del blog, y la web, es lo mismo que lo malo: su inmediatez, universalidad y accesibilidad. Y es muy atractivo porque, aunque de hecho no sea así, "en teoría" te puede leer todo el planeta. Esto es una simple nota de saludo, para todos los Centinelas de la mañana, ahora que la mañana llega también por el hilo interminable de cobre, o por la fibra óptica. Amigos, sumaos a este fluido electrónico, y que canten los ordenadores con voz de lata: ¡Buenos días, País de la Velocidad!

14 de abril de 2006

De Re Publica


Ya es 14 de abril. Que es un día muy importante, porque es el cumpleaños de mi tía Marga. Y que ella -o usted- naciera, es más importante que cualquier suceso político, perecedero por principio. De todos modos, habrá quien celebre la segunda República española, exaltando los valores de los luchadores (el ripio le hace justicia) por la libertad y la democracia (sic). Porque tenían una amor a la democracia en los años treinta que quitaba el sentido. O eso me han contado en la serie Cuéntame, de TVE. Es que lo de la Re Publica, la Cosa Pública, es un afán que recrea y que enamora a cualquiera, según saben en Marbella, en un tres por ciento de Barcelona, y en tantos lugares de nuestra espaciosa y triste España. "Hoy tenemos el corazón tricolor", dirá -más o menos, siguiendo su libro de estilo- nuestro Presidente del Gobierno. Es lo que tiene llevar las orejas puestas, que uno escucha cada cosa...

Las dos Españas. Dice el refrán que "dos no se pelean si uno no quiere". Me temo que la Historia, que es Maestra -frustrada- de la vida, nos enseña ejemplos contrarios. Porque el refrán no dice que ese uno sea Gandhi o la Madre Teresa de Calcuta. Ese uno puede ser como usted o como yo, es decir, un hijo de vecino al que sólo le han tocado un par de mejillas para poner. Y se están acabando. ¡Viva mi tía Marga!

Poeta de estreno

El alba en tu ventana
Iván García Jiménez
Cuadernos de Poesía Númenor, 2005


Hay una manera esquemática de hacer reseñas de libros, muy parecida a los comentarios de texto del colegio, que consiste en contarnos “de qué va” el libro, o el poema, y luego hablar de su técnica, de sus “recursos estilísticos”, etc. Es decir, hacer el camino contrario de la poesía, en que “lo que se dice” y “cómo se dice” es la misma cosa. El estilo es el libro, que decía Borges. A esa manera se le añade la costumbre actual de encuadrar al autor en una clasificación: de la experiencia, del realismo sucio (y otra vez etc). Y si además se pueden referir sus “influencias”, mejor que mejor. Por ejemplo: “fulanito es de la escuela de Miguel d’Ors” o “ha bebido en los versos de Eloy Sánchez Rosillo”, y así.

Todo esto es muy socorrido, y es que hace falta ayuda, apoyos, muletillas, para levantar una reseña de un libro de poemas. La poesía siempre se ha resistido a ser comentada. Como dice José Julio Cabanillas, sólo se la puede señalar: “ahí está”. Pero hay autores en que esto es más palpable aún. Porque el corazón de un libro, su cogollo, su misterio, es siempre algo que no se ve a las claras, sino que más bien es un clima. Se respira, como la cercanía del mar. El alba en tu ventana da la impresión de ser como el silencio: si se nombra, se rompe. Es un poemario delicado, sin altisonancias, que tiene la difícil humildad de no ser original, de no decir demasiado, es más, de ser un tanto parco en palabras. Se diría que tiene alma de haiku. En un autor que aún no ha cumplido la treintena sorprende esta contención, que muchos autores no alcanzan hasta que se dan cuenta que han escrito versos de más, cuando aparecen sus antologías. Este libro parece una antología de lo mejor de Iván García Jiménez hasta la fecha, porque apenas tiene veinte páginas, y no se encuentra ni un poema prescindible, ninguna concesión, homenaje, traducción, versos de circunstancias, alusión culturalista, o variación de un tema de otro autor. Son sólo unos pocos (muy pocos) poemas expuestos así, sin más, a quien pueda interesar, a quien tenga la ocasión de bajar el volumen de la vida apresurada, y leer lentamente estos sencillos versos.

Se diría que es un libro de soledad, pues el autor utiliza a menudo la segunda persona del singular, que, como hizo Cernuda, sirve para no sentirse tan solo, para hablar con uno mismo en los versos. “A veces en las tardes, tú lo sabes, nos duele en el recuerdo...” “Oyes el mar rompiéndose en la arena, y sientes la caricia de la espuma”. Leemos para saber que no estamos solos, y esta segunda persona, cuando la escucha el lector, es invocación, invitación a participar del mundo silencioso del autor. Deja de ser la soledad del que escribió, para ser la compañía de la literatura, la muchedumbre de los lectores.

Los elementos del mundo exterior que entran en estos poemas son el mar, el viento, el sol, la luz. No hay guiños culturales, porque incluso en el soneto sobre Las Hilanderas, lo que le importa al poeta es el misterio de la luz que se abre al fondo, como llamándole, y no confeccionar un logrado tema velazqueño: “Y ves cómo la puerta allá, a la entrada, / deja pasar la luz en un torrente, / que no ciega, que crece y que te llama.”

También encontramos en estos versos una función de exhortación (del poeta a sí mismo, y luego al lector). Una mano en el hombro, un aliento para vivir. Es frecuente el suave imperativo: “Hay que seguir a pie por el camino, / hay que coser entonces las heridas.” “Ten paciencia y espera.” “Olvida todo: mira: / otra noche se asoma la noche a tu ventana.” Y en el soneto Luz sin medida: “No pongas todavía rumbo al mar.”

El centro sobre el que se apoya esta poesía es una cierta esperanza, una serenidad en el fondo de toda soledad y tristeza. Lo resumen estos versos: “Lo dice el corazón, que siempre espera / en la noche la luz del nuevo día.” Una esperanza que nace de una doble perspectiva sobre la realidad: “El mundo se hace largo en la distancia... / Pero cabe en la palma de la mano.”
Y poco más. Este libro sorprende porque es como un acertijo, que se puede repetir en voz alta mucho tiempo para encontrar la clave. Y tiene alma de haiku, porque dice mucho, casi todo, en unas pocas palabras verdaderas.

(Publicado en Clarín)

La Casa del Hombre

Casa Propia
Enrique García-Máiquez
Ed. Renacimiento, Colección Paréntesis


Enrique García-Máiquez, de El Puerto de Santa María, y que nació en Murcia en 1969, publica ahora su tercer libro de poemas. En su dos anteriores poemarios, que aparecieron casi simultáneos en 1997, ya se ve claramente quién es Enrique García-Máiquez: un poeta situado en contra de la corriente nihilista, que vuelve, animado por el impulso de dos generaciones anteriores (por lo menos) a la tradición, metro y rima, homenajes y paráfrasis, culturalismo, biografía íntima hecha arte, y un considerable gusto por lo inteligible. La emoción inteligible, podemos decir, oscuro el borrador y claro el verso, siguiendo la estela de Miguel d’Ors: y acaso sea el mejor de sus lectores que luego se hicieron autores. Su dominio del verso clásico, del guiño intertextual (como se dice), del prosaísmo difícil y poético (como el de Víctor Botas), Y también la comunión con ideas políticamente incorrectas y con la a pertenencia a la Cristiandad Católica y la felicidad manifestada en la rebeldía: la ortodoxia. Todo esto en dos libros, Haz de Luz y Ardua Mediocritas, en los que había de todo: pareados alejandrinos en los que, con ingenio de Cyrano, nos contaba su vida y sus ideas, hermosos retratos en verso (sonetos, coplas) de personajes diversos, y luminosos poemas de amor, sin pesimismo fatal.

Después de siete años, nos brinda su Casa Propia, en esta hermosa colección Paréntesis que dirige Abel Feu en Renacimiento. Se muestra el poeta, desde el título mismo, y desde el poema introductorio, Arquitectura, cimentándose en su nueva situación de hombre casado, que vive en su propia casa, con su mujer, a la que ama con locura. En fin, nada excepcional, dirá el lector. Aburrido prosaísmo cotidiano que nada dará de sí para la lírica. Lo poético parece residir en el límite, en lo marginal, en los amores perdidos o nunca disfrutados, en el exilio en la sombra del tiempo, en el etcétera de tanta poesía pretendidamente romántica. Veamos. Enrique, como el Dante, comienza con lo que parece ser una aventura viajera, de la que aguarda una maravilla final, aún no desvelada: “el tejado... / ...el humo blanco / que anuncia: “abajo, adentro, en el futuro / hay un fuego encendido”... Iré hacia él. // Pondré, cuando me muera, los cimientos.” El viaje empieza en uno mismo, hacia las fuentes del ser, hacia la esencia del hombre. Y la llegada es una “nueva creación”, donde están los cimientos. “Mi fin es mi principio”, que es el lema de Chesterton en las últimas páginas de su Autobiografía. No es casualidad que el autor que ha trabajado más tiempo, y del que después ha publicado sus versiones en Renacimiento, haya sido el gran poeta inglés. El poeta que llamó a la Iglesia Católica “Casa del Hombre”.
Hay metapoesía en este libro. La declaración de intenciones del poeta, en Elogio de la indiferencia: “... Lo importante es / -silencio y música- tu obra; // o sea, hacer, aislado, ileso / de envidias, puro, dos o tres / poemas. Lo demás te sobra.” Hay un deseo de estar al margen de las olas de la moda, de las envidias del mundo literario y sus premios, de las rencillas. Los adjetivos: aislado, ileso, puro. Da un salto más cuando en Poética nos dice: “Dejar sobre el papel / tan sólo a un hombre sabio / y bueno, y parecerme / a ese hombre con los años.” Este sentimiento de que los versos van por delante de uno, de que son mejores que uno, lo hemos tenido algunos muchas veces. La poesía como acicate, como tirón hacia una mayor sabiduría y hacia el bien. Como programa de vida. Lo que Alejandro Martín Navarro, de quien nuestro autor se fía mucho, decía en el prólogo a Clara Contraseña, recientemente aparecido, de Pablo Moreno: “un poeta que sabe sacar lo mejor de su propia vida, porque sabe que la poesía no puede ser el vertedero de nuestras frustraciones, sino la copa donde damos a otros una verdad que, en la experiencia de la belleza, hemos encontrado en el mundo.” Y aquí hay otro salto, otra vuelta de tuerca, que encontraremos en los versos de Casa propia. La poesía como ofrenda al mundo, a los demás. Enrique, como apuntamos, es un escritor católico, lo que significa que ve la universalidad de la literatura, y su carácter de don, pues todo es don. Juan Pablo II escribió una Carta a los artistas, que comenzaba con esta exhortación: “A los que con apasionada entrega buscan nuevas epifanías de la belleza, para hacer de ellas un don al mundo en la creación artística.” La poesía es una forma de darse a los demás, y esto, he aquí lo universal, lo sienten también así autores no cristianos, aunque no nihilistas, como por ejemplo Eloy Sánchez Rosillo. “Cuento mi vida, pero lees la tuya”, dice Enrique. El lector recibe del poeta un espejo en que mirarse, las palabras que el lector no tiene para expresar la vida que sí tiene, que es, en esencia, común a todos los hombres. Universalidad.

También es este libro un salto adelante (hacia dentro, según su arquitectura) respecto a los precedentes. El poeta es consciente de que “...un poema es pálpito en el pecho. / Ni guiño a la afición ni flor formal. / Cuento –sí, son catorce-, y no está hecho.” El poema no es un juego malabar de conexiones literarias, para que los críticos y amigos se diviertan y se sientan cultos y cercanos en un mundillo común y en un círculo cerrado, ni tampoco pura forma acabada, oficio aprendido del que se espera el aplauso. Puede ser todo esto, y no estar hecho. En Ardua mediocritas, en Haz de luz, había poemas de impecable construcción, como la maquinaria ajustada de un coche, que “funcionan”, pero ya está. O de estructura de artículo de prensa, chistoso, juguetón. El autor, como se ve en los versos arriba citados, se da cuenta. Y pasa adelante (o hacia dentro).

Encontramos también una visión muy tierna y personal de la poesía: “es justo que mi oficio, que no logra / darme felicidad, haga feliz / a quien me hace feliz. Por eso, ten; / es suficiente con que a ti te guste.” Esto es un rarísimo rendimiento del criterio propio, en favor de los lectores, empezando por la persona a quien va dedicado el poema. Cuántos autores se acogen a ese atractivo desprecio de la chusma, en favor de sí mismo y su “mundillo” poético, y luego se quejan de que nadie entiende la poesía, y de que es algo para gentes cultivadas. Es posible en una mentalidad que ha perdido el rumbo, la visión de que el arte es don recibido, para darlo a otros. “Lo que gratis recibisteis dadlo gratis”, dice el Evangelio.

Hemos de notar que el oficio aprendido, que es capaz de hilvanar en un detalle toda una tradición literaria (en español y en otras lenguas), no se deja de lado, sino que se entierra en los cimientos de la emoción buscada, de la cercanía mayor a la vida. Basten estos versos de De vita beata como ejemplo: “Inesperada- / mente la música de los horteras / de mis vecinos vuelve locus / horribilis el huerto ameno, y no hay –Nevermore, /grazna la radio- escapatoria...” En una puntada se hace el tantas veces visto homenaje a Fray Luis –a quien se dirige el poema-, con la ruptura del adverbio, y luego aparece el tópico invertido del locus amoenus, y luego, como quien no quiere la cosa, el cuervo de Poe. “Grazna la radio”, este detalle verbal da testimonio de lo bien que recibe de d’Ors, que a su vez lo aprendió con Borges, la densidad connotativa de una conjugación o un adjetivo.

Encontramos también amargura, en estos cimientos comenzados desde el humo de la chimenea. Es un punto nuevo de la poesía de Enrique, que siempre había posado de feliz, con una insolente intención de epatar a los contrarios, los de la amargura esencial. Esta amargura, o desencanto, no deviene en infelicidad, o en arrojar sobre los demás basuras y maldiciones. Más bien es tranquila, sabedora de sus límites: “Y aquellos poetas jóvenes / que, cómplices, me enviaban / sus manuscritos, comentan / muy serios a mis espaldas / lo que sé: que no he cumplido / lo que de mí se esperaba.”

Significativamente, hay un sección central titulada Las ventanas, en las que se siente el aire entrar, meciendo unas cortinas verdes sobre el escritorio de trabajo. “Cansado. Y, de repente, la luz cae sobre el mundo;” Aquí hallamos el corazón del libro, como el hogar donde se encienden las brasas, en torno al cual es posible el hogar, el amor, las palabras. Es el poema Sin fin, que se levanta como un credo feliz: “Nunca se acaba de leer un libro / ni de mirar la luna. / Amar a una mujer no tiene fondo. /(...) Sólo el aburrimiento o el cansancio / son muerte. / La vida es ese libro interminable.” Es lo contrario de la “filosofía de lo potencial”, el ciento volando que piensa que lo mejor de la vida es lo que no tuvimos o lo que perdimos. No. Lo que es real, el hecho, no lo potencial que no fue, es lo más lírico, lo que esplende en su verdad inacabable, porque recibe la vida de su fuente originaria y creadora. De su fuente que es Dios. Es el argumento a favor del amor perdurable, del voto irremisible: amar a una mujer no tiene fondo. Una persona no da tiempo de conocerla y de quererla, así vivamos mil años. También se aborda este nervio central, desde Moradas, que trata del yo, no como limitación asfixiante, sino como riqueza: “Mas allá de ti mismo, en tus adentros, / hay un castillo de cristal que tiene / muchas moradas y una luz. De lejos / puedes verla brillar. Alguien la enciende.”

En el Poema de otro día, y en la sección titulada Buenas noches, se habita la casa propia por la señora que la gobierna y da sentido, su amada, su esposa. El poema que parafrasea al de Antonio Machado, está (aparte de estupendamente construido) en una situación metafísicamente distinta a su modelo: el poeta no está sólo, y no habla solo. Está junto a quien ama y le ama, y le habla a ella, con quien pasea y comparte el pan de cada día. Así, los poemas de amor se llenan de la luz del hogar, de las llamas que no se dejan apagar, y se encuentran versos hermosísimos: “Nos hemos dado el lujo de olvidar / todo lo triste. Tu sonrisa tiene / razón, bella durmiente, amor dormido...” Con este panorama, el corazón se enciende, justo al contrario que con el páramo nihilista, que se apaga. “Tú vela, corazón: que nunca deje / de oír, aquí, en el fondo, por debajo / del mundo y sus disfraces, corazón, / tu aplauso agradecido por la vida.”
Y junto al canto de amor, pone el poeta (no es casualidad), versos que apuntan a la resurrección, como nueva creación, como encuentro en el origen: “Porque siempre, / después, / volveré a ver el mundo / con ojos de recién resucitado.” Así termina el libro, y comienza ( vuelve a comenzar) la vida. La que estaba, muda, antes de los versos. La que cantó en los versos. La que después de cerrar el libro, se presenta ante los ojos, misteriosa, sin fin, inagotable.

(Publicado en Clarín)

Primeros días con Insausti

Últimos días en Sabinia
Gabriel Insausti
Pre-Textos

El monólogo dramático como forma poética, tan bien utilizado por Robert Browning, y recogido por Borges y Cernuda con gran acierto, es una de las formas recurrentes de los poetas de la generación del setenta. Hay ejemplos admirables en Eloy Sánchez Rosillo y, en contra de lo opinan algunos, no implican necesariamente un frío culturalismo, una exhibición de conocimientos que intenta eludir la intensidad directa y lírica. A veces, un monólogo en poesía llega a convencernos tanto que emociona como una rima de Becquer o una sentencia manriqueña. Porque en Poesía cabe todo, si es bueno y auténtico. Un poeta cubano, José Pérez Olivares, muy unido a la generación española del setenta, ha desarrollado ampliamente esta técnica, demostrando que lo que le ocurre a una persona les ocurre a todas, como gustaba decir a Borges.

Gabriel Insausti acomete la empresa de hacer un monólogo dramático que ocupa todo un libro, más bien extenso (LI poemas), de un sólo personaje, Horacio, en los últimos días de su vida. Empresa nada fácil, independientemente del poeta que se atreva a ello. Y esto por dos razones. La primera, que no es un personaje cercano, ni en el tiempo ni a nuestra cultura. Nuestra cultura actual (o subcultura) “posmoderna”, ha sido calificada a veces por ciertos moralistas de “pagana”. Ojalá lo fuera, suspiramos algunos. La dignidad personal –casi indiscernible del orgullo-, el desprecio por la mundanidad decadente de Roma, el aprecio por la naturaleza y la vida retirada, y los buenos amigos, y la lealtad, y la celebración, y la aceptación serena de la muerte como ocaso natural, distan mucho de nuestra Europa, desgajada de sus raíces.

La segunda razón es la dificultad de mantener la intensidad poética a lo largo de más de setecientos versos, de manera que a veces leemos ligerezas como las frecuentes referencias a su barriga (la de Horacio), los repetitivos y tibios desprecios a Augusto, y la sucesión de tópicos latinos que difícilmente se podrán exponer mejor que en sus originales (“Espera la venida de los hechos / sin miedo ni rencor. Y en la hora adversa / recuerda los placeres de otros días.” El lenguaje es una tradición, es cierto, a la que no hay que traicionar, pero sí superar, añadir, rehacer con materiales nuevos y antigua sabiduría. En este libro no siempre se consigue. Vemos intentos de emular Europa de Julio Martínez Mesanza, admirado por Insausti, pero es que en Europa alienta un sentido trascendente, épico, y de un claro simbolismo moral –cristiano- que da sentido a los motivos medievales o simplemente bélicos, y le confiere una fuerza poca veces vista, y, lo que más nos interesa ahora, inimitable. Aún así, entre los LI poemas de Últimos días en Sabinia, hay muchos muy buenos, emocionantes y sobrios, con la sencillez del endecasílabo blanco casi nunca encabalgado. En XX (De amicitia) el recurso nos otro que la enumeración: “Tuvimos la alegría del camino / por los campos de Nursia amurallados, / el júbilo en las calles de Amiterno (...)”, para terminar diciendo: “Que esto no nos baste, qué desgracia.” El poema del mismo título de Europa, es jubiloso, fiero, casi desafiante (y una maravilla también); éste es efectivo de otra forma, poniendo de manifiesto la nostalgia incurable, lo insatisfactorio de todo lo terreno.Estos versos, y unos cuantos más, nos hacen pensar que hubiera estado muy bien dejar el libro en un tercio de lo publicado. Empieza a ponerse de moda el libro de poemas extenso, no sé si como demostración de la supuesta capacidad del autor, o consecuencia de cierta incontinencia al publicar. Insausti tiene aquí versos hermosos e intensos, pero diluidos entre otros francamente tibios. Otro ejemplo de los primeros: “Si buscáis denigrarme es bien sencillo: / ved cómo luce el mundo y yo no puedo / copiarlo con palabras suficientes.” Otro ejemplo de los segundos, refiriéndose a los médicos: “sospecho que no alivian nuestros males / y que su ciencia tiene un solo fin: / perpetuar el mórbido negocio.”Esperamos el próximo libro del autor, en que Horacio (o quién sea) mengüe, para que Insausti crezca. Pensamos que merecerá la pena. Se sabe si alguien es un buen poeta tan sólo con leer dos o tres páginas, e Insausti lo es. Tan sólo deseamos más rostro y menos máscara, más intensidad en menos extensión. Y también el ir más allá de la simple formulación en verso de temas paganos, ya que Insausti (lo sabemos) no lo es. Ni tampoco es un posmoderno suicidado en vida. Vemos más atractivo e interesante, ya que se ve el intento de hacer una poesía a veces meditativa, a veces epigramática o filosófica, el convertir en poesía las propias ideas, las íntimas convicciones. Es mucho más jugoso –y más “poético”- que intentar hacer hablar a Horacio. Aunque –repetimos- Insausti consiga en su intento algunos poemas muy hermosos.

(Publicado en Clarín)

Todo es posible todavía

La certeza
Eloy Sánchez Rosillo
Tusquets, Nuevos textos sagrados, 2005

Desde que Eloy Sánchez Rosillo obtuvo el Premio Adonais en 1977, su obra ha sido -como la de muchos grandes poetas- una serie de variaciones sobre el mismo tema. Gustan los críticos de despachar a este autor con el adjetivo “elegíaco”, al que se añaden otros: “clásico”, “sereno”, “meditativo”, por ejemplo. Lo primero alude a la manera recurrente de abordar los versos, generalmente con una rememoración de circunstancias del pasado, que suelen desembocar en un anticlímax final: todo se ha marchado, y tú estás solo y triste. Como en All passion spent: “Y removemos, tercos, la escoria de la luz. / Pero nada encontramos. Y respiramos muerte.” Dice Sánchez Rosillo que ser poeta y ser nihilista es una contradicción. Pero esta contradicción la encontramos a menudo en los poetas; se esfuerzan por trasmitirnos una idea, como la consabida inexorabilidad del tiempo, con un final frío y mortecino (un anticlímax), y sin embargo -los buenos poemas- nos dejan de algún modo con el corazón extrañamente calentado, vivaqueando, inquieto. Parece que el espíritu contradice a la letra. ¿Cuál es si no la explicación de que la lectura de Elegías, de este mismo autor, sea tan cálida, tan animosa, cuando está hablando de la desaparición de la hermosura? Eloy Sánchez Rosillo se ha interesado, como estudioso y traductor, por la obra de Leopardi, y, así, encontramos una cierta fraternidad con el poeta de Recanati, que respiraba dolor y cantaba la belleza cotidiana al mismo tiempo, en los mismos versos, acompasado, dual, roto y a la vez íntegro.

En La certeza, Sánchez Rosillo parece haberse decantado hacia un aspecto de su poesía, ese resquicio que siempre ha habido en su obra (aunque pequeño, muy significativo), de canto libre, esperanzado, desahogado, en el que no prevalece la estrechez, la angustia temporal: “con plenitud respira tu pecho el raro don / de la felicidad. Y bien quisieras / que nunca se apagara la intensidad que vives.”, encontramos en la primera página del libro. Y en los finales de la mayoría de los poemas no hay un brusco tirón que nos lleve al suelo otra vez, no hay regreso a la tierra de la miseria: “Y nada puede (...) / evitar que despierto sueñe el sueño / de que todo es posible todavía.”

Siempre hemos visto la obra de Sánchez Rosillo como un equilibrio fino entre el lamento y la celebración. Pero con un matiz: en la antesala del lamento, en el recuento detenido de sus posesiones pasadas, la voz del poeta parecía encandilarse, recrearse en cada detalle, hacerse luminosa, con una luz que ninguna sentencia lapidaria podía borrar luego. Al contrario, la resaltaba. Y en La Certeza parece tomar partido por la esperanza, o por una esperanza, la “de que todo es posible todavía.” Y, aunque de modo sutil, pudoroso, inconcreto, aparece el tema de la salvación: “la luz (...) / siempre estará contigo para que no claudiques, / para que en ti no acabe nunca el canto, / para que seas quien eres y te salves.” ¿Qué salvación? No es esta, ciertamente, una poesía confesional, pero ese “para que seas quien eres” sugiere un jugosa idea: el final de todo es el cumplimiento, no ya de una tarea, sino de la gran tarea, que es el desvelamiento del propio ser, de la esencia última de un hombre. Los cristianos encuentran esto en la parábola de los talentos, tantas veces entendida de un modo cosificado, mercantil, cuantificable. Y en un hermoso símbolo del Apocalipsis: Dios dirá a cada uno su nombre secreto, al final de los días. Un poeta puede saber que su vida es una realidad abierta, potencial, y que no todo termina con la muerte. Esto lo intuyen, si son logrados, hasta los versos más oscuros, más nihilistas.

Y, hablando del dolor, no es esta una realidad borrada de la poesía de Sánchez Rosillo, en aras del himno, sino que se mira con otros ojos, como un gran misterio que algo significa, y que ha de ser convertido en luz: (Plegaria) “Que este dolor tan grande no sea en vano, / que aquí, en mi pecho, poco a poco vaya / transformando yo en luz tanta tiniebla;” Es una oración (¿a quién?), pero lo más significativo, a nuestro juicio, es la palabra “pecho”, que, vecina de “corazón” alude al ser total del hombre, a su yo completo. No es el dolor una realidad que se pueda comprender nunca con la mera razón, sino que va más allá, más adentro o más afuera, donde nace toda poesía, “un punto inhabitable en que coincide / la vida con la muerte.” (Allí).
Para terminar, nos acercamos a los versos finales de Las estrellas y un sueño: “Qué inexplicable es todo, qué maravilla es / defender este sueño, no traicionarlo nunca, / estar conmigo en paz y al mismo tiempo en guerra, / y a avanzar decidido, pues el trayecto aún / al parecer prosigue.” Vemos claramente que el autor no se ha detenido en su viaje, por mucho que titule a su libro La certeza, sino que contempla de frente, con la mirada clara, el misterio del tiempo.

(Publicado en Clarín)

La poesía de Joaquín Moreno

Parece que el hombre camina sobre dos abismos, que le atraen y le repelen sucesiva, y a veces, simultáneamente. A un lado, debajo de uno de sus pies, la esperanza, terca, insolente, irreflexiva acaso, la misteriosa sensación de que lo bueno es perdurable, de que las cosas buenas son más buenas que malas las malas. Así, cuando se enamora, cuando goza con la belleza y el placer, cuando es creativo. Por otro lado, bajo el otro pie, terreno quebradizo y pegajoso: la experiencia del dolor, de la fragilidad de cuanto ama, de la fugacidad de su bonanza, de la cercanía de la muerte. Así camina el hombre, unas veces cargando más sobre un pie que sobre el otro. Chesterton sitúa el realismo cristiano en el justo medio aristotélico: ni el optimismo de Whitman, ni el pesimismo de Huxley o Wells. Ambos extremos dicen la verdad, pero no toda la verdad. Y ambos gritan con voces tremendas, reclamando lo suyo.

Los poetas no han hecho otra cosa (con múltiples variaciones, modas, y maneras) que inclinarse un poco (o un mucho) hacia uno u otro abismo. Depende de su carácter, del espíritu de su época, y pienso que aún más de un especial destino personal que de sus ideas conscientes sobre el mundo. La experiencia creadora nos muestra que “lo poético”, esa inaprensible esencia, nos sale al paso en cualquiera de las dos direcciones. Tan “real” es el monte Tabor como el Gólgota. “Qué bien se está aquí” y “¿Por qué me has abandonado?” son palabras entre las que cabe la vida entera del hombre en la tierra.

La poesía de Joaquín Moreno Pedrosa (Sevilla, 1979), parte de una aguda -afilada- consciencia de este doble abismo. Con distintas imágenes, como la del exilio, comienza su andadura poética en su primer y único libro hasta la fecha, Desde otro tiempo (Cuadernos de Poesía Númenor, 2002): “Yo vengo de un palacio de otro tiempo”, dice; y después: “Aquí soy solamente un exiliado”. El mundo de Tolkien tiene una gran influencia en Joaquín Moreno, desde el mismo punto de partida. No porque le proporcione “motivos” poéticos particulares (Frodo, Haldir), sino porque cuando Tolkien escribió sobre los Dunedáin, los montaraces, estaba encarnando una realidad universal. Gentes que viven con los pies en la tierra (una tierra salvaje, incómoda, pero que hacen suya), y con la mente y el corazón en otro mundo, un mundo perdido y mejor que esperan recobrar de algún modo. Tolkien describió al hombre. Y Joaquín Moreno se ve, desde el principio, identificado con estos numenóreanos. En el poema Hado, el segundo del libro, describe una visión bélica, heroica, y a la vez cainita y sanguinaria, a través de una espada, y el poeta puede “ver esculpidos en su puño / mi nombre y mi linaje.” Esta es la visión de la caída, de la pérdida, del envilecimiento, inseparables -trigo y cizaña- de la experiencia de lo hermoso. Los montaraces vagan y penan, sirviendo, ocultos, a los demás, y cargando con el peso de una antigua infamia.

No todo, ni mucho menos, es motivo heroico. En Joaquín Moreno se dan cita las lecturas infantiles (y no infantiles), y la familia y la música y los cercanos amigos. Stevenson, Lewis, el jazz, la cerveza y la celebración. Pero el hilo conductor es esa búsqueda (esa persecución, como en el relato de Cortazar sobre Charlie Parker) de la esencia última, de la luz que se transparente pálida a través de los días. Los recuerdos que llegan en una tarde solitaria, “las horas / que pasé disfrutando con otros, / buscando esa Belleza que nos daba / la alegría y el llanto.” son algo más que recuerdos: “Por eso, hoy los alzo como un fiero estandarte / contra esa tentación de no ser nada.”

Una idea platónica, y no por ello menos verdadera, atraviesa sus poemas: “puede / que merezca vivir allí donde mi obra / refleje, ya sin mancha, / el rostro exacto y puro de lo Hermoso.” Hay un salto continuo, esforzado, hacia siempre otro lado, hacia siempre otra cosa, superior al que se nombra. Y con incertidumbre: “Y no puedo dejar de preguntarme / a qué nuevo fracaso, a qué recuerdos / derrotados me llevan estas horas / de buscar esa luz detrás de las palabras.” Y con esta desazón toma forma su libro: “son las cosas con las que, poco a poco, / va creciendo mi obra, que entreteje, / con sus hebras de música y palabras, / el recuerdo de todo cuanto amo.”
Pero Joaquín Moreno no es neoplatónico, sino cristiano, y su mundo no es el de los Arquetipos sino el de Dios que escucha y habla y hace. Y conforme su libro avanza, se ve
más claramente el Rostro oculto: “tan sólo el tiempo mostrará los frutos: / por eso desde ahora ya agradezco / la obra de tus manos con las mías.” Y esto hace que la luz que a veces deslumbra al poeta no le deje en las tinieblas del deslumbramiento: “una Luz más serena se abre paso / entre las ruinas.” El Dios encarnado es más terrible -más real- que las voces del oráculo, pero también más amable, porque es Humano. Esto es la cima de sus versos, el quicio de su persecución. Esto es la esperanza. “Por eso sé que, el día en que yo muera, / mi alma tendrá paz en el Oeste.” “Hasta que, puro, / nos sea dado un rostro / digno de contemplar todas las cosas.” La hermosura es paciente, y los versos de Joaquín Moreno tienen la honestidad de no saberse la última palabra sino, balbucientes, las primeras. Vale.